Aunque muchos no lo crean, componer un estudio historiográfico, sea sobre el pasado lejano o muy cercano, es muy distinto a armar un rompecabezas. Los hechos no son piezas dispersas sino holísticas y dinámicas. Holísticas porque en cada uno está contenida la totalidad de un contexto y dinámicas, porque aún pertenecientes al pasado, los hechos se encuentran en movimiento perpetuo, desde el pasado a veces remoto, repercutiendo sobre el presente y en dirección al futuro. En ese sentido, un hecho, pongamos por ejemplo la revolución norteamericana, o la revolución francesa, o la independencia latinoamericana, continúan viviendo, sea en su legado sea en sus consecuencias. Un hecho que no deja huellas en el tiempo no es un hecho histórico.
Un hecho existe y sigue actuando a través del tiempo. De ahí que sea tan importante, antes de pensar sobre un tema, partir de los hechos y no de las opiniones que tengamos. Entonces así, y solo así, descubriremos que hechos aparentemente aislados están vinculados de modo más estrecho al que quizás suponemos. Si eso ha sido así en el pasado, mucho más lo es ahora, en un mundo globalizado hasta en sus últimos rincones.
LO PRIMERO ES LO PRIMERO
En eso pensaba cuando durante el desayuno al escuchar las diarias noticias. Las dos primeras se referían a acontecimientos que suceden en el presente, me refiero a la movilización de barcos de guerra norteamericanos en el Caribe, por una parte, y a los 28 puntos propuestos en torno a la paz entre Rusia y Ucrania, redactados por el amigo íntimo del presidente Trump, el megamillonario Steve Witkoff, por otra parte.
Aparentemente dos noticias distintas en dos puntos geográficos muy diferentes. No obstante, el actor principal, el presidente Donald Trump, aparece en los dos dramas: el de una guerra que busca iniciar en el Caribe en contra, según Trump, del narcotráfico que proviene según él de la dictadura de Nicolás Maduro, y el de una guerra iniciada por la dictadura de Vladimir Putin en Ucrania en la que, renunciando a ser parte, Trump intenta oficiar como mediador. Ahora bien, si ambos sucesos ocurren al mismo tiempo, y el actor principal es el mismo, es imposible no pensar que más de un vínculo debe existir entre el uno y el otro. Ese “entre” puede ser muy importante. Veamos:
La por Trump llamada guerra en contra del narcotráfico apunta hacia Venezuela, aunque, comparada con otros países sudamericanos (pensemos en México o en Colombia, Ecuador o Bolivia) Venezuela está lejos de ser el principal productor y difusor de drogas del continente. No obstante, puede ser que, debido al carácter ilegítimo y delictivo de su gobierno, Maduro aparezca como uno de los más comprometidos en el tráfico de drogas, lo que tampoco es tan cierto.
Seguramente organizaciones como el Tren de Aragua y el Cartel de los Soles no son ficticios, pero no podemos descartar que el gobierno norteamericano, apelando a los inmensos complejos mediáticos que controla, los haya sobredimensionado. La periodista alemana Francisca Lindner escribe incluso en la revista Telépolis que el Cartel de los Soles no tiene existencia concreta; se trata más bien de un apelativo que originariamente usó la CIA para referirse a generales del ejército venezolano que llevan la insignia del sol en sus uniformes. En cualquier caso Venezuela no produce fentanillo, principal causa de los muertos que contabiliza Trump. Tomando en consideración estos aspectos, es posible deducir que la principal razón que usa Trump para organizar en el Caribe una movilización militar sin parangón, no es la verdadera, sino simplemente una ideologización que legitimaría una intervención directa, de modo parecido a la de por Bush jr. llamada lucha en contra de las “armas de destruccion masiva” con respecto al Irak de Sadam Hussein. Como es sabido, esa solo fue una mentira cuyo objetivo era dar legitimación a la invasión a Irak para, desde ahí, controlar un supuesto centro del “terrorismo internacional”.
Los resultados son conocidos. Irak, uno de los países más industrializados y a la vez laicos del Oriente Medio fue destruido, su territorio convertido en nido de terroristas islámicos, y el terrorismo es hoy más fuerte que antes. El terrorismo internacional existía y existe del mismo modo como hoy existe el narcotráfico pero, evidentemente, ambas existencias han sido amplificadas a fin de otorgar cobertura ideológica a acciones militares como las que pretende realizar el gobierno de Trump en el Caribe, principalmente hacia Venezuela, en ataque directo a la dictadura de Maduro.
Probablemente, en el campo de los partidarios de una intervención militar, sea en los EE UU, sea en la misma Venezuela, no faltarán quienes opinen que, falsa o real, la ideología de “la guerra en contra del narcotráfico” es importante porque EE UU intentará derrocar a la dictadura de Maduro. Pero si aceptamos esa tesis, habría que formular otra pregunta: ¿Por qué el gobierno de Trump estaría interesado en derrocar a la dictadura de Maduro? La respuesta para algunos es obvia: porque la de Maduro es una dictadura constituida por un grupo de maleantes que no vacilan en violar la soberanía política de todo un pueblo y han convertido en una cárcel a su nación. Sin embargo, para Trump el problema no es ese. Si alguien cree que Trump es un moralista no entiende nada.
A diferencias de su predecesor, Joe Biden, quien desde un comienzo formuló que la principal contradicción que atraviesa el mundo es la que se da entre democracia y dictadura, Trump y la gente que lo rodea no son conocidos como enemigos declarados de las dictaduras. Todo lo contrario: Trump busca contacto con diferentes dictaduras como son las de Arabia Saudita y Egipto y, no por último, Rusia. En ese punto, la política internacional de Trump es brutalmente pragmática y, en cierto modo, se parece bastante a la de Xi Jinping. La lucha no es en contra enemigos sistémicos sino contra quienes amenazan los intereses de los EE UU, sean económicos o geoestratégicos. ¿Amenaza Maduro a los EE UU? Es una pregunta pertinente. La respuesta es que por el momento parece que no.
Ya Trump se ha dado cuenta de la baja calidad moral de Maduro y sus secuaces quienes, con tal de mantenerse en el poder, son capaces de hacer las más inimaginables concesiones a los EE UU, entre ellas oro y petróleo. Desde luego Maduro recibe apoyo militar desde Rusia y económico desde China. Putin ha repetido en diversas ocasiones que él está dispuesto a apoyar militarmente a la dictadura de Maduro en caso de que esta sea atacada por los EE UU. En el hecho ya ha enviado más que simbólicamente armas, como diciendo claramente que Venezuela es un país aliado de Rusia. Y efectivamente lo es. El tema en este caso sería comprobar si en una situación extrema interesaría a Putin jugárselas a favor de Venezuela. Todo parece indicar que no será así. Cierto es que en noviembre de 2025 entró en vigor un Tratado de Asociación Estratégica y Cooperación, que incluye áreas de defensa y seguridad. En el mismo mes, ambos países firmaron 42 nuevos acuerdos en diversas áreas, incluyendo inteligencia y contrainteligencia, y el suministro de armas y equipos. Agreguemos que existe una presencia continua de asesores, técnicos y contratistas rusos en Venezuela. Su función principal es la reparación y mantenimiento del equipamiento militar ruso previamente adquirido por Venezuela, que incluye aviones, tanques T-72, y vehículos de combate BMP-3. Todo esto es verdad. Pero también es verdad que Putin no se ajusta a acuerdos por el mismo firmados si estos contradicen sus intereses. Maduro mismo, si no es tan limitado como muchos creen, debe saber muy bien que, frente a mejores postores, Putin no vacilará en lanzar todos esos acuerdos al canasto de la basura.
Ni Venezuela, ni Cuba ni Nicaragua son objetivos de posesión rusa. En ese tema, como en muchos otros, Putin piensa de un modo parecido a Trump. Lo supimos cuando no movió un solo dedo para defender a su íntimo amigo al-Assad a pesar de que este había convertido a Siria en una colonia militar rusa. Simplemente Putin lo dejó caer. Lo que interesaba en esos momentos al dictador ruso era destruir Ucrania y con ello doblegar a Europa y no en abrir nuevos frentes de guerra.
Para Putin, como para Trump, lo primero es lo primero. Trump parece haberse dado cuenta de eso. Lo primero para Putin, y también para Trump, es asegurar dominación en el espacio que cada uno de ellos considera su “reservado natural”. Pues bien, tanto Venezuela como Nicaragua y Cuba están situados en ese “reservado natural” de Trump; “nuestro hemisferio”, para decirlo con las palabras de Pete Hagseth. A partir de esa visión, Venezuela, después del horrendo fraude electoral cometido por Maduro, aparece como el eslabón más débil de la cadena dictatorial latinoamericana, formada por tres podridos residuos de la Guerra Fría que, por el momento, no son zonas de gran interés para el gobierno de Trump. Más importante que Venezuela, debe pensar Trump, es Groenlandia.
Evidentemente, Trump está interesado en un acuerdo a mediano plazo con Putin para delimitar de una vez por todas la política que llevarán a cabo ambos mandatarios con respecto al problema que, para Trump, y en cierto modo también para Putin, es fundamental: nos referimos a los límites geoestratégicos que han de corresponder a Rusia y a EE UU en el espacio global. Ese puede ser un escalón que lleva al otro, a saber: el que delimitarán China y los EE UU. En el ideal trumpiano Rusia podría ser un aliado de ambos imperios. Ahora bien, para que eso sea posible, cada potencia deberá barrer sus patios traseros. Visto desde esa perspectiva Trump considera a América Latina como parte del hemisferio occidental donde los EE UU deben ejercer su hegemonía. En ese contexto, no solo Venezuela interesa a los EE UU de Trump. El interés por el momento es apoyar a todos los gobiernos pro-trumpistas que aparezcan en América Latina y ya tiene a varios. Muy pronto, después de las elecciones en Chile y Honduras, tendrá más. A Trump –quien lo diría– le va mejor en América Latina que en los EE UU.
Desde un punto de vista lógico (aunque Trump nunca es lógico) la primera tarea que tiene por delante es solucionar parcialmente el tema Ucrania junto con, y no en contra de Putin. La solución del tema venezolano puede que también devenga de una conversación entre Trump y Putin y no de Trump con Maduro, pero también puede ser posible que Trump se adelante en Venezuela a las intenciones de Putin en Ucrania. De ahí que por el momento solo podemos prever dos hechos: el primero, la necesidad que avistan ambos mandatarios por delimitar los espacios geoestratégicos que han de corresponder a cada imperio; el segundo, que Putin acepte una iniciativa parecida a la “rendición honrosa” de Ucrania, una con la que está de acuerdo Trump (en el fondo, de eso tratan los 28 puntos) a cambio de que Putin no intente inmiscuirse en el hemisferio occidental.
No exageramos: los puntos 6, 7 y 8 de los 28 presentados bajo el nombre de Trump, dejan todas las puertas abiertas a Putin para que el dictador intente atacar de nuevo a Ucrania cuando lo estime necesario. La exigencia de que Ucrania reduzca su ejército, el condicionamiento de la seguridad internacional a Ucrania, el impedimento de que Ucrania pueda ejercer su soberanía internacional recurriendo a la protección de la OTAN, no garantizan ni siquiera la posibilidad de una “rendición honrosa”.
Anne Applebaum, en un documentado artículo, nos informa de una serie de negocios adicionales entre Rusia y los EE UU, contraídos en los mismos momentos en que eran redactados los 28 puntos. Pero seguramente Trump o sus asesores inmediatos esperan de Rusia algo más que buenos negocios. A cambio de una concesión territorial, la de Ucrania, lo que más necesitan los EE UU es que Putin no asome sus narices en el espacio del llamado “hemisferio occidental”, lo que en efecto, no causa ningún problema a los planes de Putin. Trump tendría así las manos libres para actuar sin ninguna impunidad en países como Venezuela y otros que alteren la seguridad interna de “su” hemisferio. Así estaríamos frente a un nuevo comienzo en las relaciones entre EE UU y América Latina. No una nueva Doctrina Monroe, como aventuran algunos apresurados comentadores; ni siquiera una nueva doctrina de Seguridad Nacional como fue la impuesta por Kissinger en contra del comunismo, sino simplemente un descarado reparto territorial entre tres potencias mundiales, si incluimos a China, la que seguramente también apoyará los 28 puntos de Trump (Putin no da un paso que signifique contrariar a Xi).
EL ORDEN DE LOS TRES IMPERIOS
El dictador Putin y el autoritario Trump concuerdan en un punto, y es el siguiente: toda la legislación internacional construida después de la Guerra Fría ha perdido validez. Si se trata de construir un nuevo orden mundial, la legalidad que lo sostiene deberá ser muy distinta a la que por ahora rige, aunque cada día menos, al mundo. El mensaje de Trump a Putin parece ser, en ese contexto, claro: “Hace tú lo que quieras en tu "espacio natural" y yo hago lo que quiero en el mío”. Xi podría suscribir sin ningún problema ese mensaje. El problema es que el espacio deseado por Trump se cruza con el de Xi. Puede ser así que hoy nos encontremos solo en las preliminares del enfrentamiento final entre dos concepciones del mundo: el del hemisferio occidental pro-americano de Trump y el del Sur Global pro-chino de Xi. Pero no nos adelantemos. Xi, como buen chino, tiene paciencia.
Lo decisivo, hay que repetirlo, es que estamos en el comienzo de una era que dará lugar a una nueva repartición del mundo entre tres grandes potencias. Putin, como ha afirmado el filósofo del imperio ruso, Alexander Dogin, persigue la utopía relativa a una Eurasia cuyos límites todavía no están claramente definidos. Trump, quién está lejos de seguir a una utopía, cree a sus consejeros como Steve Bannon y JC Vance, cuyo propósito inicial es asegurar la dominación de los EE UU en el, por ellos llamado, “hemisferio occidental”. China ha elaborado un nuevo tipo de dominación transversal cuyo propósito es lograr la hegemonía mundial apoderándose de los mercados inernacionales, aunque no renuncia a objetivos geográficos, entre ellos el llamado Sur Global donde ejerce sin contrapeso hegemonía sobre subpotencias como Brasil, India, Sudáfrica, Irán, y la misma Rusia. ¿Qué tienen en común esas tres geoestratégias?
Aparte del intento por consolidar un nuevo orden mundial, las tres geoestrategias mencionadas pasan por la inhabilitación política, económica y militar de Europa. Lo ha demostrado el mismo Trump. Sus 28 puntos destinados a sellar la capitulación de Ucrania frente a Rusia pasan por sobre la opinión de los gobiernos europeos, incluyendo en primer lugar a Ucrania.
El mundo pertenece a los fuertes, es el convencimiento de los tres líderes globales de nuestro tiempo, y Europa, pese a que intenta, aunque con mucha tardanza, construir un sistema de defensa continental, se encuentra interiormente minada debido al avance de las llamadas ultraderechas populistas, muchas convertidas ya en gobiernos. Pues bien, la mayoría de esas ultraderechas son seguidoras de Putin y de Trump a la vez. En el marco de ese nuevo orden, Trump, al asociarse objetivamente con Putin en la cuestión ucraniana, ha roto, de un modo tal vez irreversible, con el “atlantismo” (expresión de Joschka Fischer). La participación de los EE UU en la OTAN solo la conservará Trump como reserva, si se da el caso de que pueda alguna vez necesitarla.
Todo eso significa, para decirlo en pocas palabras, que el destino de países como Venezuela y Ucrania no será resuelto ni en Caracas ni en Kiev sino en y entre Washingtony Moscú. ¿Cuándo ocurrirá eso? La respuesta solo puede ser: cuando esas dos superpotencias lo consideren conveniente.
Hay que precisar, antes de cerrar este artículo, que las aquí presentadas son solo tendencias geoestratégicas generales. El “viejo topo de la historia” según Marx, o “las astucias de la historia” según Hegel, no siguen tendencias visibles. Ambas cavan por dentro y, sobre eso, no sabemos nada. Hay que dejar entonces siempre un lugar abierto para que lo menos esperado ocurra.
Sobre el tema, ver
Anne Applebaum - ¿Por qué Steve Witkoff sigue poniéndose del lado de Rusia?
Joschka Fischer - COMO MAGA ESPERA PERVERTIR EL TRANSANTLISMO
Fernando Mires - EL MUNDO ESTÁ FUERA DE LA LEY