El 03.01 marca un punto de radical inflexión en las relaciones que se dan entre los EE UU y Venezuela (y en América Latina en general).
La llamada extracción de Maduro no fue igual a la de Noriega en Panamá. Cierto es que la “ideología de la extracción” fue la (supuesta) vinculación entre Maduro y el narcotráfico. Pero eso ni el mismo Trump lo cree. Tampoco el objetivo fue “salvar” a Venezuela de una atroz dictadura, como era la de Maduro. Todos sabemos que Trump cultiva intensas relaciones políticas con las más furiosas dictaduras del planeta, entre ellas con la Rusia de Putin y, por eso mismo, está muy lejos de ser un luchador por la democracia fuera o dentro de su país. Del mismo modo, aunque muchos no crean, su interés primordial no era hacerse del petróleo venezolano. Lo declaró el mismo Trump: “tenemos suficiente petróleo, no necesitamos más”. Y es cierto.
Cierto también es que el petróleo juega un papel adicional y Trump no va a decir nunca no a la oportunidad de hacer un buen negocio como fue el que hizo con Delcy Rodríguez. Pero si bien no le interesaba en primer lugar el petróleo venezolano sí le interesaba que ese petróleo no fuera a parar a manos chinas, o rusas, o iraníes. Pues bien, ahí se encuentra un punto histórico de inflexión.
LA INFLEXIÓN
La extracción de Maduro tiene que ver antes que nada con la implementación de la Doctrina Trump que Trump adjudica a Monroe. Esa doctrina dice: En una era marcada por el predominio de los tres imperios, los EE UU se encuentran en la obligación de asegurar “espacios vitales”, en este caso, los del “hemisferio occidental”. Esa, por cierto, no es una idea de Trump. Es un mandato impuesto por la reformulación de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE UU, hecha bajo su mandato. En ese documento yace el punto de inflexión. La extirpación de Maduro es solo una de sus consecuencias.
Maduro, es sabido, había entregado económicamente su país a China y militarmente a Rusia. De acuerdo al espíritu y a la letra de la nueva estrategia la ocupación económica de China no podía ser aceptada por el gobierno de los EE UU. Menos la intromisión militar de Rusia. Trump puede tolerar -lo estamos viendo- a Rusia en Europa, pero no en América Latina. En esa misma línea, no sabemos que es lo que ha conversado Delcy Rodríguez con Putin y Rubio. Pero lo más probable es que la presidenta encargada ha asegurado que rusos, chinos, iraníes deberán hacer sus maletas cuanto antes. Si no hubiera sido así, ella no estaría en el poder.
Las conversaciones entre Rodríguez y Trump, según confesión de las partes, tenían lugar desde hace tiempo. La intervención de Maduro fue, de eso ya no cabe duda, un resultado de una conspiración hecha al más alto nivel. Que la presidenta encargada continúe afirmando que el presidente legítimo es Maduro forma parte del juego político, no nos engañemos. Lo contrario significaría echarse encima a sectores pro-maduristas que evidentemente existen al interior del PSUV.
Lo cierto es que con Rodríguez en el poder ha comenzado un tercer capítulo en la ya larga historia del chavismo. La inmoral pero genial extracción de Maduro marca una ruptura con el madurismo del mismo modo como Maduro rompió con el legado de Chávez. Vista así, la historia del chavismo es la historia de sus mutaciones. Creo que esta tesis merece ser explicada.
CHAVISMO MUTANTE
El gobierno de Chávez, pese a que el caudillo provenía de las filas militares, fue mucho menos militar que el del civil Maduro. Fue, y en ese punto creo que podríamos estar de acuerdo, un gobierno populista. Desde esa visión, el de Chávez no puede ser considerado como un simple gobierno de izquierda, como lo fueron el de Allende, o el de Mujica e incluso el de Evo Morales, solo para poner algunos ejemplos.
El de Chávez fue el segundo gran movimiento populista de América Latina. El primero, obvio, fue el de Perón. Chávez, eso está claro, se sirvió, al igual que los peronistas, de fragmentos ideológicos de izquierda pero nunca pudo ocultar que el no provenía de una cultura política de izquierda, como sí Maduro. Su discurso era en primera línea nacionalista y solo en una segunda, socialista, combinación que ha dicho decir a algunos tipólogos, que el de Chávez era un gobierno fascista.
Tipologías aparte (a veces solo sirven para enredar) el de Chávez fue un gobierno populista, entendiendo por populismo un movimiento de masas fragmentadas que se identifican con una figura mesiánica situada más allá de la Constitución y de las Leyes, cuyo objetivo histórico reside más allá de la realidad inmediata. De acuerdo con esa definición, como ya veremos, el movimiento que encabeza María Corina Machado, también es populista.
Sin masas fragmentadas y sin líder mesiánico no hay, en efecto, populismo. Siguiendo a esa constatación, Maduro no fue populista. El sucesor de Chávez pese a sus bailes públicos y sus malas imitaciones del tono oratorio del caudillo muerto, estaba lejos de ser una figura mesiánica o un líder de masas. Por eso, cuando fue extraído del poder, no hubo huelga general ni nadie bajó de los cerros a defenderlo, como había prometido Maduro un par de días antes de que se lo llevaran. Todo lo contrario. El sentimiento general, incluyendo el de muchos chavistas, fue de alivio.
La mayor desgracia de Maduro no reside en su derrocamiento sino en su terrible soledad.
Si asumimos una idea del antropólogo René Girard, el chavismo ha encontrado en Maduro el chivo expiatorio que necesitaba para ser culpado de la ruina económica y moral que vive el país. Del mismo modo como su extirpación abrió la posibilidad para que el chavismo cambiara por segunda vez de rostro y forma y, rectificando pudiera, si no conservar el poder, al menos sobrevivir como fuerza política. Por eso afirmamos: con Delcy Rodríguez el chavismo experimenta una tercera mutación. El de Rodríguez es el tercer chavismo.
Chávez convirtió al movimiento populista en un estado populista. Maduro convirtió al estado populista en un estado policial y militar. Delcy –esa es al fin la misión que le ha encomendado el gobierno de Trump- sin abandonar el militarismo consustancial al régimen, intentará convertir al chavismo en un estado político, abriendo un camino de transición hacia una república en la cual el nuevo chavismo buscará recuperar el poder que perdió con Maduro, ya sea conservando la presidencia, ya sea como principal partido de oposición.
Para cumplir esos objetivos, Rodríguez necesita caminar los tres pasos recomendados por Rubio: 1) generación de estabilidad política mediante el uso de la diplomacia y de la fuerza, 2) dirigir la recuperación económica administrada por EE UU y 3) crear las condiciones para nuevas elecciones en las que, si se sigue portando tan bien como está sucediendo, Delcy podría llegar a ser la candidata de Trump en Venezuela, en desmedro de la figura mítica de la oposición: María Corina Machado. Se trata, como vemos, de una apuesta. Ya veremos que es lo que pasa. Todavía es temprano para dedicarnos a hacer augurios.
Lo que sí hay que tener presente es lo siguiente: Delcy Rodríguez no es solo la continuación de Maduro. Representa también un proyecto de restauración del chavismo bajo nuevas condiciones, estableciendo una alianza inédita con el gobierno norteamericano. Un proyecto que, además, podría servir a Trump para transportarlo a otros países de la región.
EL TUTELAJE POLÍTICO
Que ese proyecto hubiera comenzado en Venezuela y no en Cuba, por ejemplo, se explica fácilmente. De las tres dictaduras de “izquierda” latinoamericanas, la de Maduro era la más desprestigiada, no solo en América Latina sino, además, en el mundo. El fraude cometido el 28 de julio fue tan grotesco, que nadie, incluyendo a gobiernos de izquierda, se atreve a negar.
Hay en efecto, una línea que lleva desde el 28 de julio al 3 de enero. Pero no es una línea directa como imaginan los seguidores de María Corina Machado. El 28 de julio fue un punto más para justificar la extracción de Maduro el 3 de enero, pero no para implantar la democracia en el país. Hoy, ya lo estamos viendo, el propósito de Trump era asegurar la permanencia del chavismo si este aceptaba las condiciones impuestas por los EE UU.
Si la conexión entre Machado y Trump hubiera sido directa, Trump habría proclamado presidente del país a Edmundo González. En otras palabras, Trump no siguió la línea del machadismo. Al contrario, la contradijo. No fueron entonces las desesperadas súplicas de Machado las que lo impulsaron a la intervención sino, como ya hemos precisado, fue el propósito de Trump por asegurar geoestratégicamente a Venezuela como protectorado norteamericano en el hemisferio Occidental la razón suficiente que lo llevó a intervenir en el maltratado país. De hecho, a Trump le pareció que Venezuela estaba a mejor resguardo bajo el mandato de Delcy que bajo el mandato indirecto de María Corina. Los hechos hablan por sí solos. Eso no quiere decir, y esto es muy pero muy importante, que Delcy sea, como ya ha sido presentada por los propagandistas de Machado solo una servidora obsecuente de Trump; una “empleada”, como la llama un ingenioso académico machadista.
La amnistía, en su forma y en su legalidad, está siendo determinada por los intereses políticos del tercer chavismo. Los eventuales cambios de gobierno, los llevará a cabo la presidenta. Lo mismo ocurre con los nombramientos ministeriales y con las relaciones que se establecerán entre Rodríguez y una eventual oposición. Eso nos lleva a decir que al lado de Delcy no hay ningún trumpista indicando punto por punto lo que ella tiene que hacer. De hecho, Rodríguez cuenta con un ancho margen de autonomía. Así nos explicamos por qué, cuando Delcy ubica a María Corina como enemiga de la democracia, no hay nadie en los EE UU que la contradiga. Eso significa que, si en la economía la alianza entre Rodríguez y Trump es absoluta, en la política es relativa. El gobierno de Rodríguez depende de la voluntad de los EE UU pero no es un gobierno títere. Hay que tomar ese hecho en cuenta.
Sin embargo, este mismo hecho lleva a preguntarnos. ¿Por qué Trump dejó en el gobierno al chavismo representado en Rodríguez y no lo entregó a quien correspondía entregarlo, como imaginaban los seguidores de María Corina Machado? La razón la dio a entender el mismo Trump: un eventual gobierno de Machado, o dirigido por Machado, no garantiza la estabilidad mínima para hacer el recorrido que eventualmente llevaría hacia la transición política.
No se trata solo de que Machado no tenga ejércitos y armas. No es, quiero afirmar, solo un problema técnico, sino uno esencialmente político. Machado y su gente, para decirlo en pocas palabras, sigue una línea abiertamente confrontativa, la misma que ya recorrieron los golpistas Carmona y López, la misma que proclamó Guaidó en su juramento frente a miles de personas, la misma de Ledezma ,Vásquez, Guanipa y, más recientemente, Borges. Una línea que lleva al enfrentamiento directo y que acepta el diálogo político solo cuando puede imponer las condiciones. La gran diferencia con los políticos nombrados, es que María Corina Machado es una líder carismática y, por lo mismo, populista.
¿DEL POPULISMO CHAVISTA AL POPULISMO MACHADISTA?
Entiendo que la palabra populista será acogida por muchos como un insulto. Aclaro que esta no es mi intención. Hay incluso autores, entre ellos el fallecido Ernesto Laclau, que extienden el concepto de populismo a todos los movimientos de masa de la era moderna, es decir, el populismo sería la política de la sociedad de masas. Nos hablan incluso, y no sin razón, de la posibilidad de un populismo democrático. Bajo esa terminología, el movimiento Solidarnosc en Polonia también podría haber sido considerado como populista. Aquí en cambio uso el término en una versión más restringida.
Ya he expuesto tres rasgos fundamentales del fenómeno populista: un movimiento de masas no organizadas ni sindical ni partidariamente, vinculadas a un líder mesiánico cuya palabra tiene más valor que la constitución y las leyes y cuyos objetivos no son políticos sino meta-reales.
Con relación al primer punto, Hannah Arendt en sus estudios sobre el totalitarismo, señalaba que todo totalitarismo ha sido precedido por movimientos de masas en estado de desintegración (o de anomia, en la versión de Durkheim). A esas masas desintegradas Arendt las llamaba “Mob” (en español: chusma, turba, populacho) las que en condiciones pre-totalitarias pueden convertirse en seguidoras de un líder mesiánico, teniendo lugar así, según Arendt, una alianza entre las elites y el “Mob”. Pues bien, esa alianza cristalizó durante Chávez, cuando el caudillo, recurriendo al apoyo de algunos intelectuales (Dietrich, Monedero, Ramonet) estableció una relación de amor con las masas que lo seguían adorando de un modo incondicional.
El populismo, y esto es lo que no pueden entender muchos científicos sociales, supone una relación libidinosa entre masa y líder. Más que seguido, el líder populista es amado. Por lo tanto, movimientos de ese tipo no son racionales como los que se dan entre un partido y sus partidarios o entre los que se dan entre los trabajadores y sus sindicatos. Más bien son emocionales y libidinosos como fueron el peronismo, el chavismo y hoy el machadismo. Así se explica por qué estudiosos del populismo como el ya nombrado Laclau y algo después Žižek, habiendo notado el alto grado de irracionalidad propio a todo populismo, han renunciado a apoyar sus tesis en ideas sociológicas y politológicas, recurriendo a nociones psicoanalíticas, sobre todo a las elaboradas por Jacques Lacan.
El populismo, para ambos autores, se manifiesta en la trilogía lacaniana que se da entre lo simbólico, lo real y lo imaginario. En ese contexto el populismo debe ser entendido como una proyección masiva de los símbolos terrenos hacia el espacio vacío de la realidad el que es llenado por la imaginación colectiva y popular. En efecto: si uno analiza las expresiones de los seguidores de Machado en las redes sociales, casi todos se basan en la dicotomía “nosotros los buenos y el resto los malos”. Los buenos son los tocados por el amor de la líder. Los malos, todos los demás. En el medio no hay nada, aparte de un muro.
Quien mejor ha definido la condición populista de su movimiento ha sido la misma María Corina Machado, cuando dijo: “nuestro movimiento es espiritual”. Con ello quiso decir la líder, nuestro movimiento no es político. No está basado en la transacción propia al hacer político ni en la aceptación del otro, ni en el cálculo y la razón. Es un movimiento del espíritu colectivo basado en una presencia luminosa y mosaica que guía al pueblo hacia la tierra prometida por Dios. Arendt habría dicho, se trata de la política vivida como religión en donde el bien (el líder) y el mal (los que no siguen al líder) aparecen claramente separados. Pues bien, frente a ese tipo de seguidores, no hay ninguna posibilidad de discusión. O tu crees en María Corina o eres un zurdo, un chavista, un vendido, un alacrán. Se comprende entonces por qué un discurso como el representado por María Corina Machado no puede ser el más idóneo para transitar a través de los patios semioscuros que llevan a una transición política. Así al menos lo entendieron Trump y Rubio.
¿Cómo fue posible que después de haber vivido bajo los tormentos de un populismo como fue el chavista muchos antichavistas se hubiesen vuelto populistas? Esa, sin embargo, no es una novedad. Ya Franz Fanon enseñó, siguiendo a Hegel, que el oprimido suele asumir la lógica del opresor. De un modo menos filosófico, preferimos aquí hablar de un “efecto de réplica”.
Cuando Chávez murió dejó detrás de sí un espacio vacío, el espacio del populismo que Maduro no supo o no pudo habitar. Las masas que después se identificaron con María Corina, en consecuencias, no nacieron de la nada. Fue el resultado de la adhesión del mismo pueblo que había adorado a Chávez, o de esa masa desintegrada por el propio Chávez o reprimida ferozmente por Maduro, la que encontró en María Corina y su espiritualidad la líder que les correspondía: una actitud que no se expresaba en términos políticos sino morales, una que buscaba la pureza del odio y del amor compartido en contra de un enemigo absoluto y total, y no por último, una que aceptaba medirse en elecciones solo cuando la candidata fuera ella, o un elegido por ella, y nunca alguien de “los otros”.
Sin querer generalizar, hay naciones en cuya historia se han incubado los virus populistas. Pensemos en Argentina, donde el mileísmo aparece como un populismo de derechas en contra del populismo de izquierda o peronismo. Puede que Venezuela pertenezca a ese tipo de naciones.
Como sea, el chavismo dejó de ser populista bajo Maduro y se convirtió en una simple dictadura militar con fachada civil. El recién emergente chavismo, el tercer chavismo, el de Delcy Rodriguez, se define en cambio como un gobierno de transición que busca la recuperación económica y política del país. Por ahora está apelando al centro político y al resto de la oposición moderada no machadista. Puede que, en esa empresa, tenga algún éxito. El centro político, después de la represión brutal a que fuera sometido por Maduro y a los ataques brutales recibidos desde la esquina machadista por líderes centristas como Capriles, se encuentra muy fracturado.
Puede ser, sin embargo, que la flexibilización que deberá imponer Rodríguez ayude a recuperar ese centrismo que en ocasiones anteriores lograra grandes victorias electorales, como fueron las elecciones plebiscitarias del 2007 y las parlamentarias del 2015. Al menos la sensación general es que lo peor, la tenebrosa dictadura madurista, ya es pasado.
Pero la extirpación de Maduro solo fue un acto simbólico, el aparato chavomadurista sigue intacto, nos dirán. De acuerdo. Pero la política es simbólica y por lo tanto, los símbolos pueden ser, más que importantes, decisivos.
La democracia venezolana está y se ve, lejos. Pero si las cosas no se hacen demasiado mal, el madurismo se verá también cada día más lejos. Para eso será necesario restituir el fatigoso trabajo de la política, el de una política que supone recobrar el lenguaje racional y logre despedirse de la pose épica. Aprender a conversar con los adversarios, a hacer pactos y alianzas con enemigos comunes y, no por último, a mostrar al poder ocupador, el de los EE UU, que la escena política venezolana no solo está ocupada por chavistas y machadistas, sino, además, por demócratas que buscan con ahínco la reconstitución de la nación, con todas sus diferencias y antagonismos. En fin de los que saben que la democracia perfecta no existe en esta tierra, pero si existe una que puede ser hoy mejor que la de ayer.