Robert Habeck - DESPUÉS DE TRUMP PUEDE SER PEOR (Handelsblatt)


Robert Habeck es ahora un ciudadano de a pie y viaja con frecuencia. Va en tren de ciudad en ciudad para presentar su libro “Artic Meltdown” (Colapso ártico). Para la entrevista en la redacción del Handelsblatt, llega en el tren de cercanías (S-Bahn).
Habeck no solo quiere hablar del Ártico. También le preocupa el papel de Europa en un mundo cada vez más amenazante. Durante dos horas, responde a las preguntas. No a las que le hacen en todas partes últimamente —sobre si volverá a la política o qué opina de Friedrich Merz—, sino sobre cómo está evolucionando el mundo y cómo deben reaccionar Europa y Alemania. “Cuanto más esperemos, peor será”, afirma Habeck.


Señor Habeck, en su libro sobre el Ártico describe cómo Europa está siendo acorralada por potencias imperiales: Rusia, China y los EE. UU. ¿Se convertirá Europa, la cuna del colonialismo, en la presa de nuevos colonialistas?

Es una forma muy válida de entender el mundo actual. Europa ha aprendido su lección histórica y es, probablemente, el último gran espacio de orden que aún actúa basándose en reglas, mientras que Rusia, China y los EE. UU. de Trump se han desmarcado del orden internacional regulado y ejercen mecanismos de presión contra Europa. En ese sentido, la tesis es acertada.

¿Cómo puede defenderse Europa?

La política no es una ley de la naturaleza. Precisamente esta semana se han producido resultados electorales interesantes en Serbia y Brasil. Europa no está perdida, pero tiene una tarea por delante. Y esa tarea no consiste en confiar en que el viejo mundo vuelva a encarrilarse por sí solo, sino en afrontar el nuevo mundo de frente, "de volea".

A menudo fueron personas individuales las que impulsaron la Europa unida: Adenauer, Kohl, Mitterrand... ¿Quién podría encarnar esa figura hoy en día?
Macron lo fue al principio de su mandato, pero Alemania no le siguió el ritmo, ni bajo la canciller Angela Merkel ni bajo el canciller Olaf Scholz.

¿Y ahora?

El primer ministro canadiense, Mark Carney, es quien mejor encarna la idea europea en este momento. Se ha convertido en el símbolo de la resiliencia democrática. Muchos europeos, incluyéndome a mí, desearíamos una actitud similar por parte de sus gobiernos. Los canadienses dicen: "No vamos a dejar que nos avasallen". Los europeos no deberíamos dejar solos a los canadienses. Que el gobierno alemán esté impidiendo un acercamiento entre la UE y Canadá es un error.
Berlín se resiste a convertir a Canadá en un "miembro asociado" de la UE.
Con ello, el gobierno alemán debilita la iniciativa de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y rebaja la señal política. Lo correcto sería todo lo contrario. Y ahí no importa si alguien se sintió ofendido porque Von der Leyen propuso la asociación de forma unilateral y sin consensuar, o si se tiene miedo a los caprichos de Donald Trump.

Si el mayor exponente de Europa resulta ser un canadiense, es un veredicto bastante devastador para los líderes de los gobiernos europeos.

Por supuesto, Carney lo tiene un poco más fácil. Solo es canadiense y lo eligen los canadienses; el sistema europeo es mucho más complejo. Aquí, los cancilleres, presidentes o primeros ministros viajan a Bruselas y luego la opinión pública los juzga según si han conseguido sacar el máximo beneficio posible para su propio país. Pero esta mentalidad, esta estructura, destruirá a Europa a medio plazo. En teoría, en Europa todo el mundo considera que Carney es fantástico, pero nadie se atreve a asumir las consecuencias.

Carney propone una alianza de potencias medias. El canciller federal Friedrich Merz aboga por una alianza para el libre comercio basado en reglas. ¿Está entrando el canciller, después de todo, en la senda de Carney?

Me temo que no. Buscar nuevos socios comerciales es lo correcto, pero con eso solo no basta. Conlleva la esperanza de que regresemos a un mundo de comercio basado en reglas. Sería ingenuo apostar únicamente por eso. China ha convertido el libre comercio en una trampa.

¿En qué sentido?

Los chinos han dopado sus industrias y han creado un exceso de capacidad con el que pueden absorber mercados enteros. Quien piense que a la industria automotriz alemana le va mal en este momento, no se imagina lo mal que le puede llegar a ir. China podría absorber mañana mismo toda la producción automovilística europea con las capacidades de producción que ya tiene existentes.

¿Cómo debería tratar Europa con China?

China no es una democracia, pertenece al eje de las autocracias y apoya a Rusia en Ucrania. Sin embargo, Europa debe combinar su política exterior basada en valores con una política basada en intereses. Una alianza firme entre la China de Xi Jinping, los EE. UU. de Trump y la Rusia de Putin iría en contra de los intereses europeos; sería un escenario de pesadilla para Europa. Por lo tanto, Europa debe explorar vías para no empujar a China a los brazos de Putin, sin renunciar por ello a proteger la industria europea. Hay algo que diferencia a China: los chinos no reclaman derechos territoriales en Europa.

En Europa no, pero en Asia sí.
Es cierto. En el caso de Taiwán, parece que China solo está esperando su oportunidad.

Los expertos en seguridad temen que sea solo cuestión de tiempo que China ataque militarmente a Taiwán.

Los análisis que conozco apuntan siempre al año 2029 como fecha límite en la que China bloqueará o atacará Taiwán, tal vez ya en 2028. Debemos tomárnoslo en serio. Especialmente tras el error histórico de Alemania de haber ignorado durante años las advertencias de una invasión rusa en Ucrania. Y esto nos obliga a adoptar una política de intereses propia frente a China.

La diferencia es que dependemos de las materias primas, los chips y los medicamentos chinos.
Pero China también necesita el mercado europeo, porque los EE. UU. han cerrado prácticamente el suyo. Eso nos da influencia. Hasta ahora, Pekín no ha castigado con el boicot de materias primas críticas o imanes ni la prohibición de inversiones en el puerto de Hamburgo, ni los controles de inversión más estrictos dictados bajo mi mandato, ni la nueva firmeza de la Comisión Europea contra China.

Pero en el conflicto comercial con los EE. UU., China utilizó exactamente ese mecanismo de presión.

Con el cambio de era (Zeitenwende) en Alemania, empezamos a cuestionar cosas que deberíamos haber cuestionado mucho antes: la dependencia del gas ruso, la dependencia de China. ¿Habría sido inteligente darse cuenta de esto tras la guerra de agresión de 2014, es decir, el primer intento de arrollar a Ucrania? Sí. ¿Ocurrió? No. ¿Significa esto que la consecuencia deba ser no hacer nada? No.

Usted ya se había pronunciado en 2021 a favor del envío de armas a los ucranianos. ¿Deberíamos armar también a Taiwán?

Es una pregunta legítima y muy difícil de sopesar, porque Taiwán pertenece a esas potencias medias amenazadas al estilo de Carney. Aquí es donde la política de valores y la de intereses chocan directamente. Aun así, desde mi punto de vista, sería contraproducente para el intento de distanciar a China de Rusia. Además, ni siquiera sé si Taiwán necesita armas de Europa. Lo reciben todo de los EE. UU.

El canciller Merz, junto con Macron, ha iniciado una postura más dura hacia Pekín. ¿Estamos viviendo un cambio de era en la política hacia China?
No iría tan lejos. De ser así, tendríamos que ser probablemente mucho más críticos en las auditorías tecnológicas; es decir, analizar de manera mucho más minuciosa la tecnología china en los aerogeneradores, los inversores de las instalaciones solares y los coches eléctricos. Ahí no somos tan robustos como otros países. Pero sí veo que hay mano dura frente a China, y eso es lo correcto: por un lado, proteger sus mercados y, por otro, intentar no arrinconar a China en la misma esquina donde ya están Trump y Putin.

El problema es que China desafía nuestro modelo económico. No puede haber dos campeones mundiales de la exportación.

Eso es lógico. Estamos obligados a producir nosotros mismos las cosas que el mundo necesitará mañana. Y la oportunidad está ahí. Los próximos 15 años estarán marcados por el hecho de que Europa, por razones de seguridad, deberá intentar volverse resiliente en sectores industriales esenciales; lo que significa independizarse simultáneamente de la tecnología estadounidense y de la china. Eso cuesta dinero, y no poco. Las inversiones de 800 millones de euros anuales de las que habla el informe Draghi no caen del cielo.

¿Cómo piensa financiar eso?

Alemania tiene los recursos, somos un país rico. Pero nos bloqueamos a nosotros mismos con el freno de la deuda (Schuldenbremse). Es como si tuvieras que renovar una casa a la que le gotea el tejado, pero dijeras: "Prefiero ahorrarme el dinero de la reparación para no endeudarme". Al final, la casa se pudre y sale aún más caro. Necesitamos un fondo de inversión para Europa financiado mediante bonos conjuntos, similar al fondo de recuperación de la COVID-19. Solo así podremos competir con los EE. UU. y China. Friedrich Merz lo ve de otra manera, él apuesta por el ahorro. Considero que ese es el camino equivocado para Alemania y Europa.

¿No es el ritmo y la velocidad de actuación aún más importante que el dinero?
Nuestro Estado no es especialmente bueno a la hora de ser rápido. Sin embargo, es el que dicta las reglas para esa velocidad. Por el contrario, el mercado no es especialmente bueno a la hora de adentrarse en zonas de riesgo. Así que no llegaremos a ninguna parte con esa oposición un tanto absurda de "mercado contra Estado". Necesitamos una tercera vía común que, a grandes rasgos, funcione de modo que el Estado proporcione seguridad al mercado y aproveche sus fuerzas de innovación en sectores estratégicos. Al fin y al cabo, esos 800 millones anuales tienen que proceder en su mayor parte del mercado.

¿Cómo debería funcionar eso en la realidad?

La Ley de Reducción de la Inflación (Inflation Reduction Act) del expresidente estadounidense Joe Biden era exactamente eso. El Estado podría ofrecer garantías sobre qué tecnologías europeas quiere utilizar en el futuro: satélites, lanzadores, drones o servicios en la nube. Eso combinaría la competencia con la seguridad y desencadenaría inversiones.

En Alemania se recuerdan sobre todo los fracasos de la política industrial: la fallida fábrica de Intel y el sueño roto de una industria europea de baterías.

Así es. Cuando intentas reconstruir una producción en Europa, a veces las cosas también salen mal. Esa es, precisamente, la definición de riesgo. El intento de ganar resiliencia se ve entonces rápidamente ensombrecido por casos aislados, y todo sigue igual. Pero esa no puede ser la respuesta si este debate tiene algún fondo de verdad. Más bien deberíamos fijarnos en los éxitos, que son abundantes: desde los convertidores que se construyen en Rostock hasta todas las start-ups que están irrumpiendo ahora mismo en el mercado.

Hoy nos enfrentamos a un presidente estadounidense completamente diferente. A menudo se dice que Donald Trump es un "creador de pactos" (dealmaker).

Si esa etiqueta pretende ser una pauta para sus acciones, considero que es fundamentalmente errónea. Entre otras cosas, porque los tratos que se cierran con Trump rara vez se mantienen; los cuestiona constantemente. Lo que salta a la vista es que, como persona, es codicioso y corrupto. Como político, busca conectar con la narrativa de una América enviada por Dios que está por encima de los demás países.

¿De ahí derivan sus ambiciones imperiales?

Sí. Trump utiliza el concepto del "destino manifiesto" (Manifest Destiny). Ve como su misión histórica la expansión de los EE. UU. Canadá como el estado número 51 de los EE. UU., Groenlandia, partes de Centroamérica... todo eso se remonta a una ideología del siglo XIX que él, demostradamente, conoce. Y entonces uno ya no se sorprende de la atracción que Putin ejerce sobre él.

Trump se encamina hacia una dura derrota en las elecciones legislativas. ¿Puede eso cambiar a los EE. UU. a largo plazo?

Sí, los EE. UU. no son Rusia. Las instituciones estadounidenses parecen resistir mejor de lo que yo mismo temía hace un año, y la mayoría de la gente parece estar dándole la espalda a Trump. Pero en los últimos de año y medio he aprendido que siempre nos enfrentamos a dos Américas y que nunca podemos estar seguros de cuál va a ganar. Una es la América que yo, y probablemente muchas otras personas, admiramos: el país de la libertad, el gran crisol de culturas, unido por los derechos civiles y la democracia.

¿And la otra?

La otra historia, que en su momento pensé que se había superado con la presidencia de Barack Obama, es una América religiosa, racista, blanca y chovinista. En el mito fundacional de los EE. UU. siempre estuvo presente la idea de esa "Nueva Jerusalén" cristiana y blanca.

¿Convertirán las elecciones a Trump en un "pato cojo" (lame duck) sin poder real?
Si pierde el Congreso y el Senado, sí. Que la corriente se estaba volviendo en contra de Trump era algo que ya se veía venir desde hace tiempo. La pregunta crucial, sin embargo, será si Trump aceptará su derrota.

¿Y usted qué espera?

El nuevo Congreso electo no se reúne hasta enero. Solo entonces estaremos seguros. Y Trump y su gente ya demostraron una vez que la barrera para ignorar el resultado de unas elecciones no es especialmente alta para ellos. Cuanto mayor sea la derrota de los republicanos, más difícil será afirmar que las elecciones fueron manipuladas. Si la cosa está reñida y el asunto depende de unos pocos cientos de votos en Georgia, entonces sí habrá que preocuparse más.

Las encuestas apuntan más bien a una clara victoria de los demócratas. ¿Estamos ante el principio del fin del trumpismo?

Tal vez sí. Los cambios de tendencia a menudo no se manifiestan de forma lineal, sino eruptiva. Se van acumulando y luego estallan. Así ocurrió con el ascenso de Trump, y quizás esté ocurriendo lo mismo ahora. Evidentemente, cada vez más gente se está distanciando de él.

El jefe de Audi, Gernot Döllner, no lo ha hecho; acaba de subirse al escenario con Trump en un acto de campaña.

Quizá ocurra ahora el "efecto Tesla" y la gente empiece a pegar pegatinas en sus Audi que digan: "Compré este coche antes de la sumisión a Trump". A menudo vemos que Trump provoca exactamente lo contrario de lo que intenta conseguir.

Eso tendría que explicarlo.

Carney no habría sido elegido sin Donald Trump. Que su vicepresidente J.D. Vance haya ayudado a Viktor Orbán en Hungría es bastante cuestionable, y evidentemente en Brasil tampoco funcionó. Además, Trump es el mayor promotor de las energías renovables porque, debido a su guerra contra Irán, destruyó la confianza en los mercados globales de combustibles fósiles, y ahora se está produciendo una oleada de electrificación. Todo lo que Trump toca, lo rompe.

¿Qué vendrá después de Trump?
Quizá alguien peor, por no ser tan abiertamente mezquino. Quizá los republicanos vuelvan a recordar sus viejas virtudes: la decencia, la protección de las instituciones, la rectitud y el trabajo en favor del orden global.

¿Una esperanza ingenua?
Probablemente. Los republicanos se han transformado de forma muy profunda, y el espíritu de la época tiende a la polarización. Detrás de Trump hay suficiente gente que piensa igual, pero que podría actuar de una manera mucho más estratégica. La pregunta es brutalmente inquietante: si Trump no fuera tan errático, tan codicioso, tan corrupto, tan misógino... ¿en qué posición estaría hoy? Las cosas pueden ponerse peor que con Trump.

Elon Musk sigue manteniéndose firme al lado de Trump. ¿Por qué?
Durante el trabajo para mi nuevo libro, conocí al presidente de una ONG noruega que entabló amistad con Elon Musk hace veinte años. Me contó que de vez en cuando le pregunta a Elon: "¿Por qué te has pasado al lado oscuro de la fuerza?".

¿Y qué responde?
Musk dice que la humanidad tiene un problema distinto al de la democracia. Esta élite tecnológica ya no cree que la democracia pueda resolver las grandes cuestiones de la humanidad. Por eso se han decantado por este sistema de gobierno autoritario, antidemocrático y, yo diría, tecnofascista. No son idiotas; evidentemente han tenido la capacidad de fundar empresas y crear innovaciones. Y creen, probablemente con razón, que solo Trump puede ser el instrumento para este cambio de sistema.
La élite tecnológica, con sus algoritmos, está profundamente arraigada en nuestro sistema. ¿No es Trump, por tanto, solo el síntoma de una evolución que ya nunca desaparecerá?
La idea es terrible, pero no se puede descartar. Sin embargo, los últimos días, las elecciones en Brasil y en Serbia, y quizás también en los EE. UU., demuestran que a veces los métodos más tradicionales funcionan mejor que todos los algoritmos juntos. Al fin y al cabo, son las personas, en su conjunto, las que marcan la diferencia. Al final, como ciudadanos, podemos ser más y mejores de lo que somos como consumidores o usuarios.
El poder de Trump en política exterior difícilmente puede ser recortado por el Congreso. ¿Podría un Trump herido ser aún más peligroso para Europa?
Sí. Tomemos como ejemplo el acuerdo sobre Groenlandia que Dinamarca y Groenlandia negociaron con Trump. El acuerdo fue un gran éxito diplomático para Dinamarca y Groenlandia; Trump, en el fondo, no obtuvo nada. Pero nadie en Dinamarca cuenta con que Trump vaya a abandonar a largo plazo sus fantasías de gran potencia con respecto al Ártico.
¿Sino qué?
Si, por ejemplo, se da cuenta de que según la legislación groenlandesa no es posible conceder nuevas licencias para perforaciones petrolíferas, podría, por puro despecho, rescindirlo todo de nuevo. El escenario extremo, que ya estuvo sobre la mesa durante el primer intento de Trump por hacerse con Groenlandia, era que realmente enviara tropas estadounidenses allí. Teóricamente, eso habría sido un caso de aplicación del Artículo 5 para la OTAN, con la salvedad de que esta vez sería un país miembro atacando a un socio. Por supuesto, eso nunca habría sucedido, pero habría significado el fin de la OTAN.
¿No nos obliga esto a concebir la nueva "alianza de potencias medias" de una manera completamente distinta, no solo en lo económico, sino como un sustituto de la OTAN?
Esta pregunta pertenece a esa categoría de cuestiones que uno, políticamente, no debe responder. Porque si dijera que sí, se convertiría en una profecía autocumplida. El mero intento de construir una "OTAN de repuesto" sellaría el fin de la propia OTAN. Si dijera que no, sería un ingenuo. Para Europa, esto solo puede significar que debe trabajar aún más duro y más rápido para ser capaz de defenderse por sí misma, sin necesidad de abrir un debate formal.
En Brasil, Serbia y quizás también en los EE. UU., se está logrando hacer retroceder a los populistas. Solo en Alemania la AfD es cada vez más fuerte. ¿Cómo se explica esto?
En primer lugar, no creo que se deba a problemas de la política cotidiana actual. Es decir, a un exceso de protección climática, a la falta de compensación social en las medidas climáticas, a demasiada migración, al apoyo a Ucrania, a la jubilación a los 63 años o a la retórica de Friedrich Merz. Esos son problemas políticos importantes.
¿Pero?
La verdadera explicación debe buscarse a mayor profundidad, concretamente en la promesa de progreso de la democracia. La AfD recibe votos en sectores sociales que están muy expuestos a la globalización o, dicho de otro modo, a la transformación de la sociedad industrial. Ciertos puestos de trabajo van a desaparecer, y no porque un político de Los Verdes así lo haya deseado, sino porque las fuerzas del mercado actúan de esa manera. La pregunta es: ¿conseguiremos crear otros nuevos y serán esos nuevos empleos accesibles para la gente que pierde los antiguos?
¿Su respuesta?
Por supuesto que se puede lograr, y encaja con la estrategia de resiliencia de la que hemos hablado. Pero lleva tiempo. Por lo tanto, tendremos que convivir con partidos populistas de derecha y con el éxito de la AfD durante otros cinco o diez años. Si las cosas van bien. Si van mal, mucho más tiempo. Sin embargo, cuanto más esperemos, peor será. En ese sentido, nos encontramos en una carrera contrarreloj para defender la democracia.
Señor Habeck, muchas gracias por la entrevista.
Robert Habeck: escritor, filósofo y político alemán. Es miembro del partido Alianza 90/Los Verdes, cuya presidencia asumió en 2018 junto con Annalena Baerbock a quien apoyó durante su candidatura a la cancillería en las elecciones federales alemanas en el año 2021