Hungría, Serbia, Brasil y, ahora, Estados Unidos: las derrotas electorales de los autócratas demuestran que a la ciudadanía le importa algo más que el saldo de su cuenta bancaria.
Una de las explicaciones más socorridas para justificar el resultado de cualquier elección es la de «la cesta de la compra». La premisa es simple: si la cesta está llena, el gobernante se reelige; si está vacía, se le echa del poder. Es innegable que el encarecimiento de los alimentos ha desempeñado un papel crucial en las elecciones legislativas de esta semana en Estados Unidos. Por ello, los analistas del populismo suelen sobreponderar los argumentos económicos, señalando a la inflación, la pobreza y la desigualdad social como los grandes motores del auge populista —o, en este caso, como los causantes del descalabro del movimiento MAGA de Donald Trump—.
Por mucho peso que haya tenido la cesta de la compra en los comicios estadounidenses, un sondeo rápido entre mis contactos en el país revela motivaciones de una naturaleza radicalmente distinta para votar en contra de los republicanos: el abuso de poder de Trump, su asedio a los valores fundacionales y a la democracia norteamericana, sus guerras arancelarias contra los aliados tradicionales y la escalada bélica en Oriente Próximo. Razones que nada tienen que ver con la economía.
Ahí radica, a mi juicio, la gran noticia de las elecciones en Estados Unidos y de otros procesos electorales de este año: la ciudadanía vota contra la concentración del poder, contra los autócratas mesiánicos y sus dóciles oligarquías, y contra aquellos gobernantes que desprecian el Estado de derecho y se dedican al pillaje institucional. No se debe subestimar el instinto democrático de los ciudadanos reduciendo su decisión electoral a una mera cuestión financiera. Esto es válido para Estados Unidos, pero también para Serbia y Hungría —donde mandatarios con un largo arraigo en el poder han mordido el polvo—, o para las victorias oficialistas en Brasil y Armenia.
La rebelión balcánica contra la negligencia
En Serbia, la insurrección democrática prendió tras la tragedia de Novi Sad hace dos años, cuando el derrumbe del techo de la estación de tren segó la vida de 16 personas. Aquel suceso, y la posterior gestión del Ejecutivo, se convirtieron en el símbolo de la negligencia, la arrogancia y la descomposición del poder. La ola de protestas subsiguiente, liderada por estudiantes y colectivos jóvenes, se transformó en el artefacto político más potente contra el régimen autocrático del presidente Aleksandar Vučić, a quien Trump solía agasajar en Washington.
La rebelión balcánica contra la negligencia
En Serbia, la insurrección democrática prendió tras la tragedia de Novi Sad hace dos años, cuando el derrumbe del techo de la estación de tren segó la vida de 16 personas. Aquel suceso, y la posterior gestión del Ejecutivo, se convirtieron en el símbolo de la negligencia, la arrogancia y la descomposición del poder. La ola de protestas subsiguiente, liderada por estudiantes y colectivos jóvenes, se transformó en el artefacto político más potente contra el régimen autocrático del presidente Aleksandar Vučić, a quien Trump solía agasajar en Washington.
Los ciudadanos se rebelaron contra la corrupción sistémica, la asfixia a los medios y a la sociedad civil, la entrega de la infraestructura energética a Rusia y el bloqueo sistemático al acercamiento con la Unión Europea. En las elecciones anticipadas de octubre, Vučić erró por completo en sus cálculos: su Partido Progresista Serbio (SNS) sufrió una severa derrota frente a la candidatura estudiantil. Una ironía del destino.
El populismo de derechas no se frena con talonario
La caída fue aún más dolorosa para un estrecho aliado de Trump que, en muchos sentidos, le sirvió de fuente de inspiración. Viktor Orbán había convertido a Hungría, mediante la vía electoral, en una «autocracia light». Sin embargo, Orbán creyó que podría manipular los resultados de las urnas indefinidamente, cometiendo el mismo error de cálculo que Vučić y Trump. Todas las trampas y blindajes que introdujo en la legislación electoral para torpedear a la oposición se volvieron en su contra. Los escaños adicionales con los que Orbán pretendía primar al partido mayoritario han ido a parar a manos de su antiguo correligionario, Péter Magyar, cuya formación (Tisza) ha conquistado una mayoría de dos tercios.
La ciudadanía húngara se ha levantado contra el capitalismo de amiguetes de Orbán, el desmantelamiento de los servicios públicos y la inflación rampante, mientras el mandatario se dedicaba a restaurar palacios y monumentos de antiguos dictadores. Ha sido una rebelión contra su deriva euroescéptica y su crónica putinofilia. En estos días en que los húngaros conmemoran el 70.º aniversario de la revolución de 1956 contra la opresión soviética, el país entierra definitivamente el «orbanismo». El club global de los autócratas cuenta hoy con un veterano menos en sus filas.
Diques de contención y soberanía popular
Este año no solo nos ha dejado derrotas de líderes autoritarios, sino también la consolidación de gobernantes que operan como diques de contención frente al populismo radical de derechas. En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva logró imponerse en la segunda vuelta gracias a una audaz y milimétrica campaña en redes sociales. Al competir contra el candidato de la derecha populista, Flávio Bolsonaro, Lula supo articular una doble identidad: la del histórico defensor de las clases desfavorecidas y la del guardián de las instituciones democráticas. Esa fórmula binaria fue la clave de su éxito.
El populismo de derechas no se frena con talonario
La caída fue aún más dolorosa para un estrecho aliado de Trump que, en muchos sentidos, le sirvió de fuente de inspiración. Viktor Orbán había convertido a Hungría, mediante la vía electoral, en una «autocracia light». Sin embargo, Orbán creyó que podría manipular los resultados de las urnas indefinidamente, cometiendo el mismo error de cálculo que Vučić y Trump. Todas las trampas y blindajes que introdujo en la legislación electoral para torpedear a la oposición se volvieron en su contra. Los escaños adicionales con los que Orbán pretendía primar al partido mayoritario han ido a parar a manos de su antiguo correligionario, Péter Magyar, cuya formación (Tisza) ha conquistado una mayoría de dos tercios.
La ciudadanía húngara se ha levantado contra el capitalismo de amiguetes de Orbán, el desmantelamiento de los servicios públicos y la inflación rampante, mientras el mandatario se dedicaba a restaurar palacios y monumentos de antiguos dictadores. Ha sido una rebelión contra su deriva euroescéptica y su crónica putinofilia. En estos días en que los húngaros conmemoran el 70.º aniversario de la revolución de 1956 contra la opresión soviética, el país entierra definitivamente el «orbanismo». El club global de los autócratas cuenta hoy con un veterano menos en sus filas.
Diques de contención y soberanía popular
Este año no solo nos ha dejado derrotas de líderes autoritarios, sino también la consolidación de gobernantes que operan como diques de contención frente al populismo radical de derechas. En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva logró imponerse en la segunda vuelta gracias a una audaz y milimétrica campaña en redes sociales. Al competir contra el candidato de la derecha populista, Flávio Bolsonaro, Lula supo articular una doble identidad: la del histórico defensor de las clases desfavorecidas y la del guardián de las instituciones democráticas. Esa fórmula binaria fue la clave de su éxito.
Por su parte, en Armenia, el actual mandatario Nikol Pashinián obtuvo una victoria incontestable frente a una oposición autocrática y cleptocrática. Entre sus rivales destacaban dos oligarcas que contaron con el respaldo masivo del aparato ruso mediante financiación, campañas de intoxicación digital y un embargo comercial contra el país. Los oligarcas desplegaron recursos económicos y promesas populistas en sus mitines, pero la estrategia fracasó. Los armenios renovaron su confianza en Pashinián a pesar de atravesar una coyuntura económica extremadamente delicada. Su voto fue un mandato claro a favor de un acuerdo de paz con Azerbaiyán, de un estrechamiento de lazos con Europa y de una ruptura con la Rusia de Putin.
La lección de las urnas
Todos estos procesos electorales demuestran que el populismo de derechas no se vence a golpe de talonario. La situación económica influye, qué duda cabe, pero hay un factor superior: las sociedades que han sufrido recientemente la experiencia real de un régimen autoritario o de un proyecto de dictador vuelven a valorar la separación de poderes y las libertades democráticas. Ese es el hilo conductor que une a realidades tan dispares como las de Estados Unidos, Serbia, Armenia, Brasil y Hungría.
La lección de las urnas
Todos estos procesos electorales demuestran que el populismo de derechas no se vence a golpe de talonario. La situación económica influye, qué duda cabe, pero hay un factor superior: las sociedades que han sufrido recientemente la experiencia real de un régimen autoritario o de un proyecto de dictador vuelven a valorar la separación de poderes y las libertades democráticas. Ese es el hilo conductor que une a realidades tan dispares como las de Estados Unidos, Serbia, Armenia, Brasil y Hungría.
Solo queda la esperanza de que las dos principales potencias de la Europa continental, Alemania y Francia, no necesiten despeñarse por la pendiente del autoritarismo para redescubrir el valor incalculable de su propia democracia. (Die Zeit).
