El 24 de febrero de 2027 se cumplirán cinco años desde que Rusia lanzara su invasión a gran escala de Ucrania, en flagrante violación del derecho internacional. La aventura neoimperialista del presidente ruso, Vladímir Putin —su «operación militar especial»— se suponía que iba a ser una guerra de conquista breve y decisiva. Pero pronto quedó claro que había subestimado a su víctima. Los ucranianos se han mostrado decididos a defenderse, cueste lo que cueste, y durante un tiempo pudieron contar con un Occidente unido, con Estados Unidos y Europa codo con codo a la hora de proporcionar apoyo militar y civil.Pero han pasado muchas cosas en los últimos cinco años, y los acontecimientos en el ámbito político han resultado ser más significativos que los del campo de batalla. El más importante, obviamente, fue el cambio de liderazgo en la Casa Blanca, con Donald Trump sucediendo a Joe Biden a principios de 2025. Trump no solo ha traicionado a Ucrania y a los aliados europeos de Estados Unidos en la OTAN, sino que se ha alineado cada vez más con Putin. Llegados a este punto, no sería de extrañar que la actual Administración estadounidense cambiara abiertamente de bando y se uniera formalmente al bando de Putin.
Los acontecimientos en la Unión Europea no han sido menos trascendentales. Un bloque que, por lo general, se encuentra en constante desacuerdo ha demostrado un grado inusual de unidad y determinación a la hora de apoyar a Ucrania, al tiempo que colabora más estrechamente con países no pertenecientes a la UE, como el Reino Unido, Noruega y Canadá. Este frente unido demuestra que las democracias europeas comprenden lo que está en juego. Al apoyar a Ucrania, pueden velar por sus propios intereses de seguridad a pesar de haber sido abandonadas por su antiguo protector.
Hasta ahora, la creciente presión externa sobre Europa —que se encuentra en una encrucijada, con Putin al este y Trump al oeste— no ha hecho más que reforzar su sentido de unidad. Al actuar con rapidez para garantizar su propia defensa, Europa también está demostrando su determinación de convertirse en una potencia mundial por derecho propio. Aunque aún queda por delante un camino largo y (financieramente) costoso, ya se ha dado el primer gran paso.
El verdadero peligro para Europa proviene ahora de dentro. A pesar de su unidad en el apoyo a Ucrania, debe hacer frente a diferencias de perspectiva arraigadas históricamente y al resurgimiento de su enfermedad hereditaria más autodestructiva: el nacionalismo egocéntrico. Los defensores de esta ideología consideran la integración política con los países vecinos como un mal, en lugar de una fuente de fortaleza. Si se les diera la oportunidad, desperdiciarían la ocasión histórica que tiene Europa de forjarse un papel independiente, libre de la dependencia o la dominación de cualquiera de las otras grandes potencias mundiales.
El retorno del chovinismo nacional es, por lo tanto, el mayor peligro para Europa. Esa política amenaza con reavivar los conflictos y hostilidades históricos que varias generaciones de europeos creían haber superado definitivamente. La gran ironía es que, si prevalecen los nacionalistas, la subyugación de Europa a potencias externas se volverá inevitable.
Las relaciones franco-alemanas serán la señal más clara de este riesgo en 2027. Francia elegirá a su próximo presidente en abril-mayo, y poco después se celebrarán elecciones parlamentarias. Estas elecciones no solo determinarán la distribución del poder político en Francia; si Marine Le Pen, del partido de extrema derecha Agrupación Nacional, gana la presidencia, podríamos asistir al inicio de una transformación sistémica con graves implicaciones para Europa. Una UE dividida contra sí misma uniría al Kremlin y al movimiento MAGA en celebración.
Peor aún, los déficits fiscales crónicos han dejado a Francia al borde de una crisis de deuda. A menos que se apliquen recortes presupuestarios importantes y reformas sociales dolorosas, cualquier Gobierno francés seguirá incumpliendo las normas fiscales de la zona del euro, lo que agudizará las tensiones con Alemania.
Pero también Alemania se enfrenta a la perspectiva de un caos político, debido a un Gobierno federal débil, un canciller impopular incluso entre los votantes de su propio partido y una situación económica difícil. El resultado podría ser una transformación radical del sistema de partidos alemán, acompañada del auge de la formación de extrema derecha y neonacionalista «Alternative für Deutschland».
En el peor de los casos, 2027 podría ser un año nefasto para Europa. Estados Unidos podría retirarse del continente para siempre, tras haberse pasado primero al bando de Putin, y el motor franco-alemán que constituye el corazón de la UE podría colapsar por completo en medio de caóticos acontecimientos políticos internos. Putin y Trump, con el apoyo de China, intentarían entonces imponer una «paz» a Ucrania, que implicaría su casi capitulación, amplias pérdidas territoriales y severas restricciones a su soberanía.
Trump ya ha anunciado que quiere negociar el fin de la guerra en una reunión a tres bandas con Putin y el presidente chino Xi Jinping, sin Ucrania ni Europa en la mesa de negociaciones. Si eso es lo que se considera liderazgo de las grandes potencias en el nuevo orden mundial, los europeos deben despertar.
Esta puede ser nuestra última oportunidad de elegir la soberanía frente a la sumisión.
Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
Derechos de autor: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org
Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
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