Fernando Mires – LA TRAICIÓN DE TRUMP

 




La indignación que ha producido el boicot militar al que ha sometido Trump a Ucrania entre los gobiernos democráticos de Europa de los EE UU, así como entre muchos de los que nos dedicamos a comentar la política de nuestro tiempo, no ha podido ser más grande. No solo colabora Trump con el imperio más agresor del mundo al haber suspendido todas las sanciones e iniciar un intercambio comercial, No solo ha roto de hecho con la OTAN, como quería Putin, sino, además, ha dejado librada a su suerte la vida de miles de ucranianos. Si eso no es una traición, la palabra traición no debería existir.

Sin embargo, pasado el momento de ofuscación y al leer algunos tuits de partidarios de Trump, pude observar que, lo que para muchos era una enorme traición, era asumido por ellos como la cosa más natural del mundo. Puede ser que lo que para algunos hay valores inquebrantables como la decencia, la palabra dicha, la solidaridad, el cumplimiento de la ley, el respeto por los derechos humanos, hayan perdido vigencia, del mismo modo como la modernidad arrasó con los valores del romanticismo. ¿No estaremos viviendo en una época anterior a la de Trump y Putin?

Las épocas no cambian de un día a otro. El espíritu Universal de Hegel, si es que existe algo parecido, es muy astuto. Yo prefiero llamarlo opinión pública. Un cambio en el espíritu de las opiniones públicas aparece como preludio pero también como resultado de un cambio de época. Los científicos nos hablan de cambios de paradigmas. En fin, puede ser que uno sea, junto a millones de seres humanos, un personaje fuera de época.

Al fin pude concluir; estamos en un momento de transición paradigmático caracterizado por una lucha entre dos tiempos, uno que se va y otro que viene. Como todo choque de dos tiempos el actual podría dar lugar –para seguir entonando a Hegel- a un nuevo tiempo, que no es del ayer pero tampoco es el que nos anuncian estos dos emperadores, tan distintos y tan parecidos a la vez. El tercero de marras, me refiero a Xi Jimping, solo observa, toma notas, y al fin, como siempre hacen los gobernantes chinos, sacará conclusiones que naturalmente no pueden (ni deben) ser las nuestras, los llamados occidentales. Repito, occidentales, porque lo que parece estar sucediendo es una nueva crisis de Occidente, en el sentido que otorgaron al término un Spengler, un Nietzsche, un Toymbee y, no por último, un Marx. Como sea, esa fue mi conclusión, no podemos permanecer siempre en el piso de la condena moral o jurídica. Además hay que entender que estamos en un momento de quiebre histórico.

EL COMIENZO DEL FIN

Todo comenzó con el derrumbe del comunismo en su versión ruso europea y con la transformación del comunismo agrario chino en el más sólido capitalismo de estado de nuestro tiempo.

Después de la caída de los muros soviéticos la tendencia general fue creer que desde el mundo bipolar pasábamos a uno uni-ipolar, bajo la hegemonía política, tecnológica y militar de los EE UU. No obstante, EE UU no podía hacerse cargo de todo el mundo como entendieron prontamente Clinton, Bush padre, y Obama. Así, al no haber más una confrontación dual, no pocas naciones debieron reconstruir su identidad geopolítica, dando lugar a diversos y agresivos nacionalismos, conflictos que anunciaban el paso a nuevas alineaciones alrededor de tres potencias, una económica como la china, otra militar como la rusa y otra económica, militar y cultural como la norteamericana. Fue un periodo cruento poblado por nacionalismos, integrismos religiosos, guerras étnicas, terrorismos de estado.

Podemos así decir que, tras la caída del comunismo, dos tendencias convergieron en sentido contrario, pero dependiendo la una de la otra. Por un lado, el retorno del tribalismo nacionalista: por otro, el fenómeno de la globalización de los mercados. Que ambas tendencias no solo eran contrarias sino también complementarias, no lo podíamos prever en esos momentos.

No debemos olvidar que la configuración de un mundo tripolar fue precedida por guerras separatistas. La guerra de los Balcanes (1991-2001) llevó a la desintegración del micro imperio construido por Tito en la ex -Yugoeslavia. El genocido de Ruanda (1994) fue uno de los capítulos más espantosos del fin del bipolarismo, cuando el 70% de la población tutsi fue exterminada. Luego, después del ataque a las torres de Nueva York (2001) sobrevino la guerra en contra del terrorismo, usada por Bush Jr. como represalia en contra de Afganistán y luego Irak y Libia. La emergente Rusia de Putin se sumó a la guerra anti-terror, usándola como pretexto para invadir Siria en apoyo del dictador Al Assad, llevando a cabo masacres que después serían repetidas en Ucrania. En ese marco multi bélico tampoco podemos dejar de lado la guerra Israel-Hamas, la que continúa hasta nuestros días, con la intromisión de los EE UU de Trump en una suicida guerra en contra de Irán apoyado por Rusia y China.

Hay ya quienes piensan que si la invasión de Bush Jr. a Afganistán e Irak fue el comienzo del deterioro de la administración Bush, la invasión del 2026 a Irán podría ser el comienzo del deterioro político del trumpismo. Dios los oiga. Si además consideramos guerras como las que todavía tienen lugar en Yemen donde se enfrentan los intereses de Irán y Arabia Saudita, podemos entender mejor el sentido complementario que se da entre globalización económica y faccionalismo político militar de imperios y naciones.

La economía mundial es una sola. Las guerras son muchas. La economía sin política, lo estamos viendo, en contra de las visiones de los economicistas, no une a las naciones. Por el contrario. Las separa

Las naciones no alineadas se encuentran amenazadas de ser sometidas a las soberanías de los grandes imperios. Eso es lo que intenta Putin hacer con Ucrania (ya lo logró en Chechenia y Georgia) y eso es lo que ya obtuvo Trump con Venezuela y está a punto de obtener en Groenlandia. Europa teme a los ataques de Rusia. Canadá deberá temer a los proyectos de Trump. En ese punto, ambos imperios, el ruso putinista y el americano trumpista, a pesar de sus diferencias internas, mantienen una muy parecida política internacional.

Estamos en medio de una repartición territorial del mundo, no cabe duda. A China, el imperio más moderno, interesa predominantemente la repartición de los mercados, y en ese objetivo ya es imparable. A la Rusia de Putin interesa la recuperación del imperio geográfico de la URSS y su hegemonía política en Europa. A los EE UU de Trump interesa el hemisferio Occidental, donde está incluida América Latina, pero también relaciones pragmáticas con todas las naciones que puedan aportar ventajas monetarias y energéticas, entre ellas, Rusia. Eso es lo que hace pensar a no pocos analistas en que el destino de Ucrania –sobre todo después de la gran traición de Trump– ya está sellado. Lo sabremos pronto con mayor claridad. La historia es una caja de sorpresas. Zelenzki ya lo sabe: lo que dice Trump suele no valer más de un día. Por eso no reaccionó con merecida furia en contra de la suspensión de sanciones a Rusia ni a la exigencia de Trump para que hiciera elecciones. Sin embargo, lo cierto, es decir, lo que parece irreversible, es que los EE UU de Trump ya han pasado a ser un aliado geoestratégico de la Rusia de Putin

¿EL FIN DE LAS DEMOCRACIAS?

Para que la alianza entre Rusia y los EE UU llegara a existir era necesario romper con todo el orden internacional, con la Carta de las Naciones Unidas, y con todas las normas diplomáticas construidas después de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien: eso es lo que han estado haciendo Putin y Trump. Gracias a ellos el mundo ha llegado a ser uno sin normas, sin leyes y con instituciones dañadas. Este es, a la vez, el punto que más une a Putin con Trump. Ambos se declaran nacionalistas. Ambos quieren hacer a sus naciones grandes “otra vez“; uno recuperando la extensión territorial del imperio soviético; el otro, volviendo a los tiempos de Búfalo Bill, cuando todo estaba permitido en nombre de la extensión de la nación. Ambos, y esto es muy importante, comparten un concepto anti-moderno de nación, uno según el cual nación es concebida como un organismo viviente en permanente crecimiento. Para Putin ese crecimiento es geográfico y militar. Para Trump también, pero agregando la expansión económica, donde entra a rivalizar no con Rusia sino con China.

Trump es un fiel creyente de la religión económica. Para Trump no existe la política, solo intereses económicos; y en el mundo de la selva económica logrará imponerse quien haga crecer a su nación a cualquier precio. Por eso ni Putin ni Trump creen en la democracia. En Putin es comprensible, Rusia nunca ha sido democrática. Pero los EE UU sí lo fueron, y en cierta medida, todavía lo son. Ese es el talón de Aquiles de Trump. Por mucho que se esfuerce, no logra todavía romper la institucionalidad democrática de su país. Puede suceder incluso que alguna vez Trump sea desalojado del poder por los mismos medios que usó para llegar: los electorales.

El talante no democrático de Trump explica la atracción que él siente por los dictadores. Como ha anotado Anne Applebaum, no desde ahora, sino desde hace mucho tiempo, Trump ha estado fascinado por la personalidad de Putin. Trump o Vance no son democráticos, pero los EE UU sí. En ese sentido Trump no está en contra de Putin, pero sí está en contra de los padres de la nación norteamericana, (entre ellos James Madison, Alexander Hamilton y John Adams) quienes pensaban que la democracia sólo puede existir si es protegida por instituciones y leyes que van mucho más allá de los gobiernos de turno. Eso no quiere decir que Trump sea un ideologo anti-demócrata. Trump, como todo populista, llámese Milei, Bolsonaro, Le Pen o Weidel, cree en la “democracia pura”, vale decir, en una que no se basa en la ley ni en el soporte institucional, sino en una relación directa entre pueblo (o masa) y líder. Esa era al fin la misma religión democrática en la que creían en América Latina un Perón, un Castro un Chávez, y en Europa. “Democracia directa” la llamaba Carl Schmitt: una democracia sin estructuras democráticas que inevitablemente lleva a una dictadura del líder sobre el pueblo en nombre del pueblo. Solo así nos explicamos el desdén que siente Trump por las democracias europeas, para él (y Vance), burocráticas, ineficaces, leguleyas. Por esa razón, Putin y Trump apoyan, y probablemente financian, a partidos conducidos por figuras mesiánicas como Alice Weidel y Marine Le Pen, ambas partidarias de la “democracia pura” y, por lo mismo, seguidoras fanáticas de Trump y Putin.

Pero no solo Ucrania está en peligro. Toda Europa lo está. Trump, alguna vez se dirá, al levantar las sanciones a Rusia y al hacerse cómplice del dictador en la guerra imperial a Ucrania, ha abierto las puertas al imperio ruso para que intente penetrar en los interiores europeos.

El fin de la democracia institucional y constitucional, si es que llega a ser realidad, no significará naturalmente que los países europeos serán regidos por dictaduras, al estilo de América Latina en el siglo pasado. Probablemente, aquello que emergerá, serán repúblicas autoritarias, con fuerte poder ejecutivo y con débiles representaciones parlamentarias y judiciales, al estilo de la Turquía de Erdogan, para poner un ejemplo. Ese es al fin el ideal, no tanto de Trump (Trump no tiene ideales) sino de personajes que pueden ser más peligrosos para la democracia que el mismo Trump. Pienso en J. D. Vance, o en otros muy parecidos a él.

Por el momento, Ucrania, su gobierno y su gente, han sido traicionados por el gobierno Trump. Una traición que hace recordar a la de Stalin a España, cuando desde 1937 el dictador ruso redujo el envío de armas a los milicianos que combatían contra los ejércitos de Franco, preparando el “pacto de no agresión” firmado por Ribbentrop y Molotov de 1939 después de la derrota republicana. Hoy, al de Putin con Trump, los periodistas, tal vez rememorando al de Hitler con Stalin, lo llaman “pacto del Diésel”.

Los millones de ucranianos que padecerían bajo una dictadura putinista, no entran en los cálculos de Trump. Si es que eso sucede, volveremos a preguntarnos : ¿cómo fue posible eso?¿Era inevitable una penetración de Putin en Europa si después del plebiscito de 1991, cuando Ucrania, por voluntad de sus ciudadanos fue declarada república independiente, o el 2014 cuando Rusia ocupó Crimea, o el 2022 cuando Rusia inició su guerra, si Ucrania hubiese sido acogida por la UE y la OTAN?

Las democracias europeas siempre actúan con retraso y, como Gorbachov dijo, “quién llega con retraso, será castigado por la historia”. Así ha sido y así es.