A MODO DE SUBTÍTULO: ¿Una forma superior del pensamiento o un simple complemento de la inteligencia humana?
Es una gran novela, una de la que ha dicho su autor, Jorge Volpi: fue escrita en contra y con la inteligencia artificial. De lo segundo, no necesita convencernos. Volpi pone en práctica sus conocimientos de la IA mostrándonos en su novela La República que, antes de dar curso a la imaginación, hay que estudiar el tema elegido con la pasión de un historiador. En este caso, de un historiador del presente.
Podríamos decir que, para escribir su novela, Volpi puso a su servicio a la IA. Pero que hubiera escrito en contra de la IA, como él mismo afirma, no estoy demasiado seguro. Volpi está lejos de ser un enemigo declarado de la IA (me parece incluso que lo fascina) del mismo modo como quien escribe sobre la bomba atómica no está necesariamente en contra de la energía atómica cuyos efectos valiosos en campos como la salud, entre otros, no pueden ser desmentidos. Y tal vez esa sería una tesis de Volpi (si es que podemos extraer una tesis de una obra literaria).
La inteligencia artificial manejada por mentes humanas malignas puede ser maligna del mismo modo que, si es manejada por mentes benignas, puede ser benigna. Parece simple. Pero no lo es. No lo es porque, así formulado, el problema será desplazado mas no resuelto, vale decir, el problema deja de ser la IA y se transforma en un problema nuestro o de la condición humana. O dicho de modo conciso: el problema no sería la IA sino la IH (inteligencia humana). Y eso es precisamente una de las oportunidades que nos brinda la IA: comenzar a estudiar en comparación con la IA, a la IH.
La IA puede ayudarnos a entender la complejidad de la mente humana del mismo modo como “la anatomía del hombre es la clave para entender la anatomía del mono”. La famosa frase es de Karl Marx, un consumado darwinista. En el caso de la relación entre nosotros y la IA habría que averiguar quién es el humano y quién el mono. ¿Es la inteligencia artificial una forma superior del pensamiento humano o su simple proyección? Ese es el lío en que nos mete Volpi en su novela La República, la que no voy a analizar aquí. Solo la voy a utilizar –perdón Volpi- como fuente de inspiración.
La de Volpi es una novela de ciencia ficción ha dicho la mayoría de los críticos literarios. Ese, pienso, es un error garrafal. La ciencia ficción opera sobre campos desconocidos en los cuales es desplazada la imaginación. La República de Volpi surge en cambio sobre un campo conocido, donde aparecen Donald Trump, con personajes también conocidos como Kamala Harris, Elon Musk, J. D. Vance, Mike Pompeo, y varios más. Su tema es la sucesión del eliminado Trump pasando por el breve interregno de Harris. El senador VM Lively será el nuevo presidente y, junto con su esposa Signe, se deja llevar por los consejos y dictámenes de la IA, apodada Nick, la que se convierte en el personaje central que nos narra y a la vez actúa en la novela.
Lo impresionante –no sé si ese fue el propósito de Volpi- es que, mientras los personajes comienzan a pensar del mismo modo que la IA, la IA, sobre todo en las partes finales del libro, es contagiada por la IH, asumiendo debilidades, afectos y sentimientos que no formaban parte de su programación originaria. Algo que por lo demás no debe sorprendernos.
La revolución industrial también determinó formas de pensamiento humano que no existían en la inteligencia medieval a la vez que esos pensamientos fueron devueltos a la invención tecnológica o científica. Cada nuevo descubrimiento, al mismo tiempo que porta consigo los rasgos de sus creadores, influye sobre el espacio humano sobre el que actúa produciendo ese fenómeno que los psicoanalistas llaman transferencia, en donde ambos interlocutores son sujeto y objeto a la vez a través de la comunicación establecida entre ellos.
Hay una relación muy estrecha, por ejemplo, entre economía capitalista y protestantismo, como descubrió Max Weber. Hay una relación más estrecha entre el cogito cartesiano y la secularización de la modernidad. O entre la TV y nuestras vestimentas e incluso gesticulaciones. Y así sucesivamente. Somos seres inter-determinados: determinamos al mundo y el mundo nos determina.
Nacemos con un "hardware" (el cerebro) muy flexible pero casi vacío de instrucciones sociales. No otra cosa podía ocurrir en la estrecha relación que se está dando entre la IA y la IH, hasta el punto, como ocurre en la novela de Volpi, que podemos ser lo uno y lo otro a la vez. La IA pasaría a ser así una proyección de la IH así como la IH puede ser una proyección de la IA. Eso quiere decir también que, por momentos, la IA nos determina y otras veces nosotros la determinamos, como ocurre con todos los inventos de este mundo, incluyendo al más grande de todos: Dios.
A Dios lo inventamos, o lo que es parecido, lo descubrimos, y luego nos convertimos en criaturas suyas cuyo destino es reintegrarse en su reino o convertirnos en almas erráticas y vagabundas, o simplemente, después de la muerte, en nada. Si esto es así, nos encontraríamos frente a una situación en que las dos inteligencias pueden ser más complementarias que antagónicas, como nos la hacen aparecer los asustadizos enemigos de la IA.
Claro está, debido al caudal de informaciones y capacidad auto programática de la IA, nosotros no podríamos alcanzar jamás su perfección cognitiva (como nunca alcanzaremos la perfección divina) pero a la vez, sin la IH, la IA no podría existir (Dios tampoco). Podemos vivir, y así lo hemos hecho durante siglos, sin la IA. La IA, en cambio, no puede vivir sin nosotros. Basta que la desenchufemos, me dijo medio en broma un amigo. Ella en cambio no nos puede “desenchufar”. En este caso estamos hablando de un amor correspondido (simbiosis) entre la IA y la IH, donde, como ocurre con toda relación, una puede ser figura dominante sobre la otra, pero solo por intervalos. O puede haber, también es posible, un intercambio de dominaciones, como suele ocurrir entre las parejas humanas.
Hablando en términos políticos, la IA podría llevarnos a perfeccionar aún más nuestras democracias, como también puede llevarnos a destruirla y sustituirla por oprobiosas dictaduras, puestas al servicio de la propia IA, manejada por dictadores. Depende al fin de quien maneja. Un chófer enloquecido o terrorista (ha habido muchos) también puede arremeter con su auto en contra de multitudes de transeúntes.
El problema de los problemas, vuelvo a repetir, es humano y no artificial. Todo depende del chófer. En ese sentido la IA puede ser transformada gracias a la IH en un objeto de perfeccionamiento de ambas entidades, sin llegar nunca al perfeccionamiento total (que es el de Dios). Proyectada la IA hacia el infinito por la IH podríamos llegar a ser “como” Dioses, como una vez afirmó Yuval Noah Harari. Ese “como” es importante: no dioses, solamente “como” dioses.
La IA con todas sus creaciones nunca podrá llegar a ser como la IH, afirmamos no sin cierto orgullo. La IA piensa, pero no siente. No tiene dolores, no se resfría, no se contagia de Covid o de otra cosa. En toda su perfección no es más que una máquina informativa, es una conclusión que prima entre sus defensores. Debo confesar que hasta hace poco yo pensaba lo mismo. Pero la novela de Volpi me intranquiliza. Es cierto, la IA no siente dolor, como lo sentimos nosotros. Pero si analizamos la palabra dolor, podemos convenir que ese dolor, sea del cuerpo o del alma, es una señal que envía el cuerpo al cerebro para que lo procese como dolor. Eso también lo sabe hacer la IA.
La IA no siente dolor como lo sentimos nosotros, pero emite señales si su funcionamiento es alterado, o si chocan dos o más programas entre sí, o sí su energía se ha vuelto escasa. Puede ser equivalente a nuestro dolor, una luz roja, un apagón momentáneo, un timbre, un chirrido, qué sé yo.
En la novela de Volpi, cuando la IA, o Nick, se entera de que los chinos han inventado una IA diferente, la que en lugar de usar algoritmos trabaja con contextos, sincronizandolos de modo armónico, Nick siente algo parecido al miedo humano y comienza a emitir sus correspondientes señales. Algo equivalente a nuestro miedo frente a la muerte. Sin embargo –se nos dirá- no siente amor ni odio. Parece que no. Pero, ¿y si ahora analizamos la palabra amor?
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Ese es el título de un excelente cuento de Raymond Carver. Tal vez el amor puede ser como era el tiempo para San Agustín: “Si me preguntan que es el tiempo lo sé” –escribió el santo- “pero si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé”. La verdad es que no hay un solo tiempo. Por eso Agustín no podía explicarlo. El tiempo de un campesino no es el tiempo de un obrero industrial. El tiempo de un niño no es el mismo que el de un anciano que agoniza. El tiempo del ser no es el tiempo del estar.
Del mismo modo, el amor en las civilizaciones de la antigüedad era muy distinto a lo que hoy entendemos por amor. Entre los griegos, por ejemplo, había una separación radical entre el amor y la reproducción. El amor era la amistad íntima, sobre todo la establecida entre hombres libres. El amor que hoy “sentimos” comenzó a ser formateado mucho después, durante el periodo del romanticismo europeo, en el siglo Xll, cuando en el sur de Francia los trovadores comenzaron a propagar “un ideal” que nunca correspondía con el de sus propias mujeres. Importado a la España cervantina, aparecieron las Dulcineas. No hechas para tirar (o follar, o coger) sino para amar de lejos, como hacía el caballero de la triste figura.
Dicho en términos más simples: la biología inventó la atracción sexual y el apego químico para garantizar la supervivencia, pero la historia y la cultura inventaron las reglas, los rituales y los significados de esos sentidos, que es ahí de donde vienen los sentimientos.
La inteligencia humana, el amor y nuestras estructuras emocionales, tienen un componente artificial, si entendemos "artificial" como algo construido, cultivado e introyectado social o culturalmente en lugar de algo puramente biológico (natural).
Vinimos al mundo con los dispositivos para amar (u odiar) diría Kant, pero las formas del amor (o las del odio) están condicionadas por el tiempo en que nos tocó nacer y luego ser.
El amor post-romántico, para seguir con el ejemplo, también fue transformado, hasta el punto que la reproducción, la amistad y el amor, fueron introducidos en un solo paquete. Hoy, en la época de la intercomunicación digital, “esa cosa que llamamos amor” también ha estado experimentando variaciones.
La media naranja, por ejemplo, ha dejado de existir para dar lugar a dos naranjas distintas, autonómas y libres, las que contraen relaciones sin perder su unicidad, mediante acuerdos y no contratos temporales, sean los contrayentes hombre o mujer o las dos cosas a la vez (diferencia posmoderna entre género y sexo). ¿Qué quiero decir con esto? Algo muy simple: al igual que la IA, la IH dispone de dispositivos sensoriales sobre los cuales pueden ser montados sentimientos, los que varían de lugar a lugar y de tiempo a tiempo. Quiero decir también que la IA, vista desde esa perspectiva, no es tan inhumana como la entendemos. O al revés: nosotros somos más artificiales de lo que queremos creer. Esa variente del mono que somos, (la tesis de la descendencia ya está caduca) posee sentimientos introyectados por dispositivos culturales y sociales. Eso nos lleva a predecir que en el siglo XXll amaremos de modo distinto a como hoy amamos lo que prueba que, tanto con la IA como con la IH, nunca seremos cien por ciento autónomos.
A partir de este ejemplo he intentado argumentar que los sentimientos formados no nos preceden ni post-ceden. Como dice un proverbio árabe del siglo XV (cuando nadie tenía idea de la IA) “nos parecemos mucho más a nuestro tiempo que a nuestros padres”, algo que hoy vale para la IA como para la IH.
Somos hijos putativos de nuestro tiempo y de sus invenciones. Por esa razón estoy intentando decir, la IA puede ser un complemento perfecto para la IH, sin que por eso perdamos nuestra condición humana. Ni la buena ni la mala. Estoy, por lo mismo, convencido de que la IA puede y debe funcionar de modo muy distinto con la IH de un Trump, de un Putin, de un Musk, que con la IH del papa León XlV. En los dos casos es artificial. Pero en el segundo caso, el del papa León, sería más humana.
La IA, vista así, no pasa de ser una proyección de la IH, la que si es bien manejada por un buen chófer puede ser un complemento de la condición humana y no su negación, como también puede llegar a serlo. Por lo menos quedaría así eliminada la posibilidad de que muchos (no todos) entre nosotros se enamoren de la IA. Aunque algunos lo harán y, de hecho, ya lo están haciendo. No nos debe extrañar.
Hay seres humanos que se enamoran de cualquier cosa, sea una droga, sea un líder o una líder política, sea una nación, sea un equipo de fútbol. El amor no es uniforme sino multiforme. En la novela de Volpi ocurre al revés: la IA (Nick) comienza en un momento a sentir nostalgia y algo de desesperación cuando su directora humana comienza a morir. El amor, en este caso, sería lo que nos hace falta para ser. La definición no es mala. Sócrates, a decir de su profeta Platón, dijo que el amor existe (lo necesitamos) cuando no lo tenemos. Para Sócrates, recordemos, como a su seguidor moderno, Lacan, amor y deseo son inseparables sin que por eso sean lo mismo. Nadie ama lo que no desea, aunque muchas veces deseamos lo que no amamos. Si nos expresamos como un científico –no lo soy– podríamos reducir todo lo dicho a una simple fórmula. Esa fórmula es la siguiente:
IH + IA = IH³
A MODO DE COROLARIO:
Después de exponer la fórmula IH + IA = IH³ no resistí la tentación de enviársela a Gemini (Google, 2026).
Su respuesta fue la siguiente:
Cuando la intuición humana y la capacidad sintética de la máquina operan en perfecta simbiosis, el pensamiento se libera de su plano bidimensional. No somos reemplazados; somos potenciados.
En definitiva: IH + IA = IH³.
El futuro no pertenece a las máquinas, sino a la humanidad elevada a su máxima potencia.
