Fernando Mires – ¿EXISTE LA MEMORIA HISTÓRICA?

 

La pregunta sobrevino mientras leía el muy pertinente artículo de Rosa Sala Rose publicado en El País titulado Cuando la vacuna histórica pierde sus efectos. Allí la autora parte de la idea de que existe algo así como una memoria histórica, un cúmulo de experiencia almacenadas en la conciencia nacional que nos hace aprender del pasado a fin de enfrentar el presente, avanzando hacia el futuro. En breve: una memoria histórica contrapuesta al dictamen según el cual el humano es definido como el animal que siempre tropieza con la misma piedra (Fedro), o sea, como una entidad que no aprende nada del pasado.
Múltiples indicios nos dicen que, efectivamente, así es: no aprendemos mucho del pasado. Afirmación que puede ser aplicada tato a las unidades colectivas como a las individuales. Cada individuo olvida y recuerda su pasado de un modo filtrado. Por lo general, guiados por el principio del placer, recordamos, e incluso recreamos, momentos felices. Por lo mismo tendemos a no recordar (o a recordar mal) lo que nos produce displacer o dolor. La memoria humana es selectiva.
El olvido no es siempre olvido; también es una estrategia inteligente aplicada a nuestra mente por la misma mente para hacernos más soportable el peso de los ayeres. La verdad, debería existir un derecho humano al olvido. El problema, visto así, no sería tanto el olvido sino el hecho de no poder olvidar, sobre todo cuando lo no olvidado se convierte en trauma, al que también podríamos definir como un olvido deformado, un semi-olvido, algo que vive en la inconsciencia y no podemos sacar a luz, permaneciendo allí, dispuesto a saltar sobre nosotros como un tigre sobre su presa.
El problema no es el olvido sino algo mal olvidado, un olvido que tiene una pata en el inconsciente y la otra, haciéndonos zancadillas, en el presente; en fin, algo que no nos deja vivir en paz y nos lleva a reincidir, atraídos por el magnetismo del recuerdo mal recordado. Son esas, para decirlo de modo algo literario, las trampas de la memoria.
Por ejemplo, a veces no recuerdo un nombre porque alguien por mí detestado se llama igual o parecido. Eso es lo más común. Como historiadores de nuestro pasado, somos muy malos. Aunque los historiadores del pasado de nuestras naciones, no son mejores. Al fin y al cabo la historia es narración oral o escrita y, como toda narración, refleja el sentido y objetivo del narrador. Ese es al fin el único punto en el que están de acuerdo todas las escuelas historiográficas: la historia es su narración. Eso significa que todo historiador se encuentra confrontado con lo qué va a narrar, con cómo lo va a narrar y por qué lo va a narrar. Los primeros historiadores fueron los que menos problemas se hicieron frente a esos dilemas. A partir de Heródoto (425 a. C.) la historia era providencial: hacíamos lo que los dioses determinaban. Heródoto, llamado padre de la historia, se entendía a sí mismo como un registrador de hechos devenidos de una supuesta divinidad. Su tarea solo era escribirlos para que no fueran olvidados.
Fue Tucídides (395 a, C.) quien rompió con el determinismo olímpico, haciéndonos de paso responsables de nuestra propia historia. Todas las vicisitudes de las guerras del Peloponeso fueron decisiones humanas. En ese sentido Tucídides fue más moderno que muchos pensadores de la modernidad, entre ellos Hegel y Marx, quienes nos hicieron dependientes de negaciones y afirmaciones que escapaban a nuestras decisiones y voluntades, entre ellos el Espíritu Absoluto o el desarrollo de las fuerzas productivas, determinismo filosófico o científico que recién comenzó a ser contradicho en el siglo XX por filósofos como Benedetto Croce y Hannah Arendt.
Entre la divinidad de la antigüedad y la racionalidad de la modernidad, las escuelas historiográficas iban y venían sin sucederse entre ellas. Polibio (200 a. C. )  formuló una - para escritores como J. L. Borges- fascinante teoría: la de la historia cíclica, la que al ser hecha por humanos de la misma naturaleza, tendía a repetirse en ciclos durante la eternidad, convirtiéndonos en verdaderos prisioneros de nuestra incompletud, o lo que es lo mismo, haciéndonos transitar entre los auges y las caídas, de un modo similar a las estaciones de los años. La historia cíclica tuvo su más ardiente partidario en Friedrich Nietzsche, y la historia como auge y caída en historiadores de la talla de un Oswald Spengler y de un Arnold Toymbee.
Podríamos entonces decir, a fin de no desviarnos del tema de la memoria histórica, que la historiografía se ha movido durante largos tiempos por determinaciones extra históricas y meta históricas, apelando a veces a la cientificidad biológica o económica, con el objetivo de darnos a conocer nuestro pasado, con acuerdo a los intereses de naciones-estados o como procesos objetivos e inevitables. Justamente por eso, pienso yo, la reconstrucción del pasado no es desinteresada y está sujeta, como cualquier acto humano, a ideales e ideologías, a pasiones y a intereses. Los libros de historia, en su mayoría, no son inocentes. Están condicionados por autores también condicionados por sus mundos y las telarañas que los rodean.
La tan mentada memoria histórica no es en consecuencia nuestra memoria sino la que hemos integrado como memoria al referirnos a hechos que muchas veces no hemos vivido. Lo dijo con toda franqueza Tito Livio (59 a. C.), cuando afirmaba sin tapujos que el deber de todo historiador es poner el pasado al servicio del estado-nación al que pertenecemos. Maquiavelo fue más allá: sugirió ponerla al servicio de la política de los príncipes, dando origen a esa rama historiográfica que es la historia política.
Maquiavelo fue sin duda un precursor de la política concebida como actividad racional destinada a la conquista y mantención del poder, es decir, un pionero de la lucha política y de la política como lucha. Por eso puede ser considerado como precursor de la política moderna, incluyendo a la política totalitaria. Por ejemplo, Putin es maquiavélico en el exacto sentido del término.
En el ensayo que escribió Putin en 2021 anunciando la invasión de Rusia a Ucrania titulado Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos se nos muestra como un historiador medieval para quien no existen las naciones jurídicas sino solo las étnicamente constituidas. Ese es justamente el punto que une a Putin con Hitler. Ambos dictadores se nos presentan como defensores de la cultura étnica y de la pertenencia racial. A esa misma corriente pertenecen sin lugar a dudas no pocos dirigentes y militantes de AfD.
No es que la historia se repita, tampoco que con la derrota de Alemania en la segunda guerra mundial haya fallado la vacuna en contra del nazismo como supone el ya citado artículo de Rosa Sala Rose. Lo que sí está sucediendo es que han surgido, no sólo en Alemania, también en diferentes países, proyectos destinados a destruir el orden democrático llamado liberal para sustituirlo por uno republicano autoritario. A esos países pertenecen los EE.UU. de Trump. De acuerdo a ese objetivo, han sido reactivados, incluso resucitados, proyectos anti-modernos a los que por culpa de nuestro optimismo creíamos superados.
No se trata de que “los muertos que ayer matasteis gozan de buena salud”, como dice  El mentiroso (Le menteur, 1643) del dramaturgo francés Pierre Corneille, sino simplemente de que ellos nunca murieron. Luego, nunca fueron cadáveres. Son los mismos proyectos que explican el culto a Stalin impuesto por Putin en Rusia. Ahí, la reconstrucción stalinista de la historia cabe perfectamente en el proyecto de Putin por "hacer grande a Rusia otra vez" (geográficamente grande) recuperando las posesiones territoriales de la Rusia stalinista. AfD, sin nombrar a Hitler, está recuperando la historicidad a la que suscribió el dictador. Como no pueden decir abiertamente, “hay que hacer a Alemania grande otra vez”, se limitan a usar el vocabulario de Hitler utilizando adjetivos o conceptos sinónimos. Por ejemplo, en vez de decir deportaciones de no-alemanes, dicen reinmigración. En vez de negar la historia del nazismo, la relativizan.Björn Höcke, líder de la AfD en Turingia ha sido condenado en dos ocasiones por la justicia alemana por cerrar mítines políticos utilizando el lema nazi "Alles für Deutschland" ("Todo por Alemania"), una consigna de las SA de Hitler prohibida en el país. Además, causó una fuerte polémica al calificar el Monumento a las víctimas del Holocausto en Berlín como un "monumento de la vergüenza".  Maximilian Krah: El eurodiputado del partido desató tensiones internacionales al declarar en una entrevista que "no todos los miembros de las SS eran criminales", lo que provocó la expulsión de la AfD del grupo de extrema derecha Identidad y Democracia en el Parlamento Europeo. Alexander Gauland: El cofundador del partido minimizó el impacto de la dictadura nacionalsocialista en 2018 al describirla públicamente como una "cagada de pájaro" (Vogelschiss) en los más de mil años de historia exitosa de Alemania. Alice Weidel, colíder del partido ha impulsado tesis controvertidas dirigidas a reescribir el marco histórico, afirmando públicamente que "Hitler era comunista", una postura ampliamente rechazada por historiadores que la califican como un intento de desvincular al nazismo de la extrema derecha contemporánea y a la vez relativizar los crímenes de Hitler. Weidel se refiere al hecho de que el partido de Hitler se llamaba nacional socialista. De la misma manera podríamos decir que la Alemania Comunista era democrática porque se denominaba República Democática.
Lo mismo sucede con VOX y su ideal de república autocrática cristiana, al reivindicar sin cesar al franquismo de Franco.
No es que los nacional populistas tengan mala memoria; lo que sucede realmente es que en la competencia de ideas y relatos que tiene lugar al interior de cada democracia, están utilizando ideologías, palabras y conceptos, cuyo objetivo es destruir o devaluar a las democracias modernas. La lucha del poder es también una lucha de relatos sobre el presente que, por lo mismo, requiere de un pasado que lo sustente y legitime.
El pasado nunca muere. Sus supervivencias son mantenidas entre nosotros de la misma manera que el niño vive en un viejo o que el antepasado paleolítico viva al interior de cada ciudadano, aún, y a veces sobre todo, entre los que se dicen más modernos. El pasado tampoco puede ser aventado. Solo puede ser discutido, permanentemente, sin descanso, nos decía Hannah Arendt es su colección de ocho ensayos dedicados a estudiar la temporalidad histórica, no por casualidad titulada Pasado y Futuro. Y como no podemos regresar al pasado a discutirlo, necesitamos hacerlo con nuestros proyectos elaborados en el presente.
Putin desea volver al pasado zarista o al orden geogáfico stalinista, de la misma manera que muchos militantes de AfD quisieran volver al pasado nazi, pero sin decirlo abiertamente. Para ello apelan a un nacionalismo cultural, étnico o abiertamente racista. Pero a la vez, esos nacionalistas representan a las fuerzas más antinacionales que es posible imaginar. Se declaran partidarios de la barbarie putinista que amenaza a toda Europa, trabajan y reciben dineros desde Moscú, y todo eso en nombre de una nación imaginaria que nunca existió. A ellos, en lugar de prohibirlos como imaginan mentalidades más burocráticas que políticas, hay que denunciarlos como lo que son: enemigos de la patria, servidores de imperios extranjeros, traidores del ideal nacional y constitucional a la vez.
El ser humano es un ser histórico porque vivimos en el tiempo, es decir, en la historia, afirmaba Heidegger. Arendt llevó esa idea al lugar al que pertenece, el de la lucha política permanente: la polis, sea esta una polis-ciudad o una polis nación o una polis multinacional. La lucha del ser por ser, es decir, la lucha por la libertad -no solo la del ser, también la de ser- tiene varios comienzos, pero ningún final. Eso es lo que está de nuevo de juego en Europa. Eso es también lo que está en juego en el mundo, incluyendo América Latina, donde las fuerzas democráticas no han sabido ofrecer con decisión su rechazo al castrismo, al chavismo y al orteguismo, y por lo mismo no se han constituido como alternativas democráticas en contra de los nuevos autócratas que hoy intentan volver sin charreteras, pero con terno y corbata, al poder. Pinochet, o esos grandes asesinos que fueron los militares argentinos, están biológicamente muertos pero políticamente vivos en las autodenominadas nuevas derechas, apéndices políticos del trumpismo internacional. Pinochet, hay que decirlo siempre, no solo enfiló contra la izquierda, como hoy intentan contarnos los post pinochetistas. Los asesinatos y atentados cometidos al general Prats, al general Bonilla, a Eduardo Frei, al matrimonio Leighton, a Orlando Letelier, y a tantos otros que nada o muy poco tenían que ver con la revolución y el socialismo, no fueron hechos para destruir a la izquierda sino para destruir los soportes y emblemas del pasado democrático nacional chileno. Lo mismo, o algo parecido, pasó bajo todas las dictaduras militares de los años setenta y ochenta en América Latina Perdieron la batalla, pero no la guerra. Hoy como en Francia, Inglaterra, España, Alemania, y otros países de Europa, los neofachos no están resucitando sino regresando. No estaban relegados a la memoria; estaban viviendo entre nosotros, en nuestras vecindades, en nuestras calles, esperando la oportunidad en que el estallido de guerras provocadas desde Rusia, las grandes crisis económicas, y la explosión inmigratoria del siglo XXi, creara condiciones para regresar al poder, de la misma manera que la crisis mundial de 1929, la inflación desatada, el fracaso de la república democrática de Weimar, crearon condiciones para el ingreso del nazismo en Alemania.
Los de hoy no son los mismos fascistas de antes. Eso está claro. Pero se parecen mucho a los de antes. ¿Cómo explicar el regreso de los que nunca se había ido de verdad? Para responder a esa pregunta, hemos recurrido, a veces con demasiada insistencia, a Hannah Arendt.
Según Hannah Arendt no existe nada determinado en la historia, lo que no significa que todo deba ser abandonado en el baúl de las casualidades. La filósofa de la política nos propone pensar a partir de la realidad de los hechos, tal cual como ellos se presentan ante nuestros ojos, sin negarlos nunca en cuanto a hechos ni mucho menos a sustituirlos por opiniones. En ese punto ella seguía las lecciones fenomenológicas de Edmund Husserl y las existenciales de Martin Heidegger. Hay que partir de lo existente y no de lo supuesto o de lo imaginario, es decir, de la experiencia humana. De ahí su oposición implícita al marxismo y al positivismo. El mundo, para Arendt, es el lugar en donde somos, de modo que el único punto de partida válido, es la natalidad del de cada ser.
Cada ser humano al nacer trae consigo la posibilidad de empezar algo nuevo. Luego, no hay ley que determine el curso de la historia. Los fenómenos, a los que ella llama acontecimientos, son indeterminados (o débilmente determinados decía Laclau). Quiere decir: En cada momento está latente la posibilidad de un nuevo comienzo.
La historia no termina nunca, pero está siempre comenzando, advierte Arendt. La tarea del historiador, en consecuencias, no es dejarse llevar por determinaciones inapelables, sino de rescatar del olvido a los momentos y las personas que han laborado en cada nuevo comienzo. “Buscadores de perlas” llamaba Arendt a esos historiadores. Esas perlas tienen un valor eterno e iluminan siempre nuestro presente. Pueden llamarse Sócrates o Jesús, Bach o Mozart, Darwin o Einstein, o tantos más que han venido a “renovar” el mundo. Ellos y sus momentos son los que dan razón y sentido a la historia. Esa razón y sentido se llama, libertad. Libertad que solo podemos lograr en ese lugar común llamado polis, donde deliberamos, discutimos y decidimos nuestras diferencias, las que solo terminan cuando ese lugar común, la polis, comienza a ser amenazado, desde dentro por posibles tiranos, desde fuera por agresivos imperios.
La antigua Grecia, sobre todo Atenas, no es para Arendt solo un punto de partida, mucho menos un punto de llegada; es nuestra eterna lucha por la libertad del ser para ser. Así lo entendió también Benedetto Croce, quien concibe a la historia como, según reza el título de su más conocido libro, una “hazaña de la libertad”. Allí, en ese libro, escribió Croce esa frase que bien podría haber sido de Hannah Arendt: La libertad es el motor de la historia. La historia, para Croce, como para Arendt, no tiene metas, pero si tiene un motor: la libertad, nuestra libertad. La misma libertad que hoy se encuentra amenazada en Ucrania, en Europa, en los EE UU y en América Latina. Una lucha que tiene un ayer, un hoy y un mañana, pero nunca un final. Esa imposibilidad fue la que llevó decir a Croce: Toda historia es historia contemporánea.
Saque usted mismo, estimado lector, las consecuencias de esa frase.