La pregunta sobrevino mientras
leía el muy pertinente artículo de Rosa
Sala Rose publicado en El País titulado Cuando
la vacuna histórica pierde sus efectos. Allí la autora parte de
la idea de que existe algo así como una memoria histórica, un
cúmulo de experiencia almacenadas en la conciencia nacional que nos
hace aprender del pasado a fin de enfrentar el presente, avanzando
hacia el futuro. En breve: una memoria histórica contrapuesta al
dictamen según el cual el humano es definido como el
animal que siempre tropieza con la misma piedra (Fedro), o sea, como una
entidad que no aprende nada del pasado.
Múltiples indicios nos dicen
que, efectivamente, así es: no aprendemos mucho del pasado. Afirmación que puede ser
aplicada tato a las unidades colectivas como a las individuales. Cada
individuo olvida y recuerda su pasado de un modo filtrado. Por lo
general, guiados por el principio del placer, recordamos, e incluso
recreamos, momentos felices. Por lo mismo tendemos a no recordar (o a
recordar mal) lo que nos produce displacer o dolor. La memoria humana
es selectiva.
El olvido no es siempre olvido; también es una estrategia inteligente aplicada a nuestra
mente por la misma mente para hacernos más soportable el peso de los
ayeres. La verdad, debería existir un derecho humano al olvido. El
problema, visto así, no sería tanto el olvido sino el hecho de no
poder olvidar, sobre todo cuando lo no olvidado se convierte en
trauma, al que también podríamos definir como un olvido deformado,
un semi-olvido, algo que vive en la inconsciencia y no podemos sacar
a luz, permaneciendo allí, dispuesto a saltar sobre nosotros como un
tigre sobre su presa.
El problema no es el olvido
sino algo mal olvidado, un olvido que tiene una pata en el
inconsciente y la otra, haciéndonos zancadillas, en el presente; en
fin, algo que no nos deja vivir en paz y nos lleva a reincidir,
atraídos por el magnetismo del recuerdo mal recordado. Son esas,
para decirlo de modo algo literario, las trampas de la memoria.
Por ejemplo, a veces no
recuerdo un nombre porque alguien por mí detestado se llama igual o
parecido. Eso es lo más común. Como historiadores de nuestro
pasado, somos muy malos. Aunque los historiadores del pasado de
nuestras naciones, no son mejores. Al fin y al cabo la historia es
narración oral o escrita y, como toda narración, refleja el sentido y objetivo del narrador. Ese es al fin el
único punto en el que están de acuerdo todas las escuelas
historiográficas: la historia es su narración. Eso significa que
todo historiador se encuentra confrontado con lo qué va a narrar,
con cómo lo va a narrar y por qué lo va a narrar. Los primeros
historiadores fueron los que menos problemas se hicieron frente a
esos dilemas. A partir de Heródoto (425 a. C.) la historia era providencial:
hacíamos lo que los dioses determinaban. Heródoto, llamado padre de
la historia, se entendía a sí mismo como un registrador de hechos devenidos de una
supuesta divinidad. Su tarea solo era escribirlos para que no fueran
olvidados.
Fue Tucídides (395 a, C.) quien rompió
con el determinismo olímpico, haciéndonos de paso responsables de
nuestra propia historia. Todas las vicisitudes de las guerras del
Peloponeso fueron decisiones humanas. En ese sentido Tucídides fue
más moderno que muchos pensadores de la modernidad, entre ellos
Hegel y Marx, quienes nos hicieron dependientes de negaciones y
afirmaciones que escapaban a nuestras decisiones y voluntades, entre
ellos el Espíritu Absoluto o el desarrollo de las fuerzas
productivas, determinismo filosófico o científico que recién
comenzó a ser contradicho en el siglo XX por filósofos como
Benedetto Croce y Hannah Arendt.
Entre la divinidad de la
antigüedad y la racionalidad de la modernidad, las escuelas
historiográficas iban y venían sin sucederse entre ellas. Polibio
(200
a. C. ) formuló una - para
escritores como J. L. Borges- fascinante teoría: la de la historia
cíclica, la que al ser hecha por humanos de la misma naturaleza,
tendía a repetirse en ciclos durante la eternidad, convirtiéndonos
en verdaderos prisioneros de nuestra incompletud, o lo que es lo
mismo, haciéndonos transitar entre los auges y las caídas, de un
modo similar a las estaciones de los años.
La historia cíclica tuvo su más ardiente partidario en Friedrich
Nietzsche, y la historia como auge y caída en historiadores de la
talla de un Oswald Spengler y de un Arnold Toymbee.
Podríamos entonces decir, a
fin de no desviarnos del tema de la memoria histórica, que la
historiografía se ha movido durante largos tiempos por
determinaciones extra históricas y meta históricas, apelando a
veces a la cientificidad biológica o económica, con el objetivo de
darnos a conocer nuestro pasado, con acuerdo a los intereses de
naciones-estados o como procesos objetivos e inevitables. Justamente
por eso, pienso yo, la reconstrucción del pasado no es desinteresada
y está sujeta, como cualquier acto humano, a ideales e ideologías,
a pasiones y a intereses. Los libros de historia, en su mayoría, no
son inocentes. Están condicionados por autores también
condicionados por sus mundos y las telarañas que los rodean.
La tan mentada memoria
histórica no es en consecuencia nuestra memoria sino la que hemos
integrado como memoria al referirnos a hechos que muchas veces no
hemos vivido. Lo dijo con toda franqueza Tito
Livio (59
a. C.),
cuando afirmaba sin tapujos que el deber de todo historiador es poner
el pasado al servicio del estado-nación al que pertenecemos.
Maquiavelo fue más allá: sugirió ponerla al servicio de la
política de los príncipes, dando origen a esa rama historiográfica
que es la historia política.
Maquiavelo fue sin duda un
precursor de la política concebida como actividad racional destinada
a la conquista y mantención del poder, es decir, un pionero de la
lucha política y de la política como lucha. Por eso puede ser
considerado como precursor de la política moderna, incluyendo a la
política totalitaria. Por ejemplo, Putin es maquiavélico en el
exacto sentido del término.
En el ensayo que escribió
Putin en 2021 anunciando la
invasión de Rusia a Ucrania titulado Sobre la unidad histórica
de rusos y ucranianos se nos muestra como un historiador
medieval para quien no existen las naciones jurídicas sino solo las
étnicamente constituidas. Ese es justamente el punto que une a Putin
con Hitler. Ambos dictadores se nos presentan como defensores de la
cultura étnica y de la pertenencia racial. A esa misma corriente pertenecen sin lugar
a dudas no pocos dirigentes y militantes de AfD.
No es que la historia se
repita, tampoco que con la derrota de Alemania en la segunda guerra
mundial haya fallado la vacuna en contra del nazismo como supone el
ya citado artículo de Rosa Sala Rose. Lo que sí está sucediendo es que han surgido, no sólo en Alemania, también en diferentes
países, proyectos destinados a destruir el orden democrático
llamado liberal para sustituirlo por uno republicano autoritario. A
esos países pertenecen los EE.UU. de Trump. De acuerdo a ese
objetivo, han sido reactivados, incluso resucitados, proyectos
anti-modernos a los que por culpa de nuestro optimismo creíamos
superados.
No
se trata de que “los
muertos que ayer matasteis gozan de buena salud”, como dice El
mentiroso
(Le
menteur,
1643) del dramaturgo francés Pierre
Corneille,
sino simplemente de que ellos nunca murieron. Luego, nunca fueron
cadáveres. Son los mismos proyectos que explican el culto a Stalin
impuesto por Putin en Rusia. Ahí, la reconstrucción stalinista de
la historia cabe perfectamente en el proyecto de Putin por "hacer
grande a Rusia otra vez" (geográficamente grande) recuperando
las posesiones territoriales de la Rusia stalinista. AfD, sin nombrar
a Hitler, está recuperando la historicidad a la que suscribió el
dictador. Como no pueden decir abiertamente, “hay que hacer a
Alemania grande otra vez”, se limitan a usar el vocabulario de
Hitler utilizando adjetivos o conceptos sinónimos. Por ejemplo, en
vez de decir deportaciones de no-alemanes, dicen reinmigración. En
vez de negar la historia del nazismo, la relativizan.Björn
Höcke, líder
de la AfD en Turingia ha sido condenado
en dos ocasiones por la justicia alemana
por cerrar mítines políticos utilizando el lema nazi "Alles
für Deutschland"
("Todo por Alemania"), una consigna de las SA de Hitler
prohibida en el país. Además, causó una fuerte polémica al
calificar el Monumento a las víctimas del Holocausto en Berlín como
un "monumento
de la vergüenza". Maximilian
Krah:
El eurodiputado del partido desató tensiones internacionales al
declarar en una entrevista que "no
todos los miembros de las SS eran criminales",
lo que provocó la expulsión de la AfD del grupo de extrema derecha
Identidad y Democracia en el Parlamento Europeo. Alexander
Gauland:
El cofundador del partido minimizó el impacto de la dictadura
nacionalsocialista en 2018 al describirla públicamente como una
"cagada
de pájaro"
(Vogelschiss)
en los más de mil años de historia exitosa de Alemania. Alice
Weidel, colíder del partido ha impulsado tesis controvertidas dirigidas a
reescribir el marco histórico, afirmando públicamente que "Hitler
era comunista",
una postura ampliamente rechazada por historiadores que la califican
como un intento de desvincular al nazismo de la extrema derecha
contemporánea y a la vez relativizar los crímenes de Hitler. Weidel se refiere al hecho de que el partido de
Hitler se llamaba nacional socialista. De la misma manera podríamos
decir que la Alemania Comunista era democrática porque se denominaba
República Democática.
Lo mismo sucede con VOX y su
ideal de república autocrática cristiana, al reivindicar sin cesar
al franquismo de Franco.
No es que los nacional populistas tengan mala memoria; lo que sucede realmente es que en la
competencia de ideas y relatos que tiene lugar al interior de cada
democracia, están utilizando ideologías, palabras y
conceptos, cuyo objetivo es destruir o devaluar a las democracias
modernas. La lucha del poder es también una lucha de relatos sobre
el presente que, por lo mismo, requiere de un pasado que lo sustente y legitime.
El pasado nunca muere. Sus
supervivencias son mantenidas entre nosotros de la misma manera que
el niño vive en un viejo o que el antepasado paleolítico viva al
interior de cada ciudadano, aún, y a veces sobre todo, entre los que
se dicen más modernos. El pasado tampoco puede ser aventado. Solo puede
ser discutido, permanentemente, sin descanso, nos decía Hannah
Arendt es su colección de ocho ensayos dedicados a estudiar la temporalidad histórica, no por casualidad titulada Pasado y Futuro.
Y como no podemos regresar al pasado a discutirlo, necesitamos
hacerlo con nuestros proyectos elaborados en el presente.
Putin desea volver al pasado
zarista o al orden geogáfico stalinista, de la misma manera que
muchos militantes de AfD quisieran volver al pasado nazi, pero sin
decirlo abiertamente. Para ello apelan a un nacionalismo cultural,
étnico o abiertamente racista. Pero a la vez, esos nacionalistas
representan a las fuerzas más antinacionales que es posible
imaginar. Se declaran partidarios de la barbarie putinista que
amenaza a toda Europa, trabajan y reciben dineros desde Moscú, y
todo eso en nombre de una nación imaginaria que nunca existió. A
ellos, en lugar de prohibirlos como imaginan mentalidades más
burocráticas que políticas, hay que denunciarlos como lo que son:
enemigos de la patria, servidores de imperios extranjeros, traidores
del ideal nacional y constitucional a la vez.
El ser humano es un ser
histórico porque vivimos en el tiempo, es decir, en la historia,
afirmaba Heidegger. Arendt llevó esa idea al lugar al que pertenece, el de la lucha política permanente: la polis, sea esta una
polis-ciudad o una polis nación o una polis multinacional. La lucha
del ser por ser, es decir, la lucha por la libertad -no solo la del ser,
también la de ser- tiene varios comienzos, pero ningún final. Eso
es lo que está de nuevo de juego en Europa. Eso es también lo que
está en juego en el mundo, incluyendo América Latina, donde las
fuerzas democráticas no han sabido ofrecer con decisión su rechazo
al castrismo, al chavismo y al orteguismo, y por lo mismo no se han
constituido como alternativas democráticas en contra de los nuevos
autócratas que hoy intentan volver sin charreteras, pero con terno y
corbata, al poder. Pinochet, o esos grandes asesinos que fueron los
militares argentinos, están biológicamente muertos pero
políticamente vivos en las autodenominadas nuevas derechas,
apéndices políticos del trumpismo internacional. Pinochet, hay que
decirlo siempre, no solo enfiló contra la izquierda, como hoy
intentan contarnos los post pinochetistas. Los asesinatos y atentados
cometidos al general Prats, al general Bonilla, a Eduardo Frei, al
matrimonio Leighton, a Orlando Letelier, y a tantos otros que nada o
muy poco tenían que ver con la revolución y el socialismo, no fueron hechos para destruir a la izquierda sino para destruir los soportes y
emblemas del pasado democrático nacional chileno. Lo mismo, o algo
parecido, pasó bajo todas las dictaduras militares de los años
setenta y ochenta en América Latina Perdieron la batalla, pero no la guerra. Hoy como
en Francia, Inglaterra, España, Alemania, y otros países de Europa,
los neofachos no están resucitando sino regresando. No estaban relegados a la
memoria; estaban viviendo entre nosotros, en nuestras vecindades, en
nuestras calles, esperando la oportunidad en que el estallido de
guerras provocadas desde Rusia, las grandes crisis económicas, y la
explosión inmigratoria del siglo XXi, creara condiciones para
regresar al poder, de la misma manera que la crisis mundial de 1929,
la inflación desatada, el fracaso de la república democrática de
Weimar, crearon condiciones para el ingreso del
nazismo en Alemania.
Los de hoy no son los mismos
fascistas de antes. Eso está claro. Pero se parecen mucho a los de
antes. ¿Cómo explicar
el regreso de los que nunca se había ido de verdad? Para responder a
esa pregunta, hemos recurrido, a veces con demasiada insistencia, a
Hannah Arendt.
Según Hannah Arendt no existe
nada determinado en la historia, lo que no significa que todo deba
ser abandonado en el baúl de las casualidades. La filósofa de la
política nos propone pensar a partir de la realidad de los hechos,
tal cual como ellos se presentan ante nuestros ojos, sin negarlos
nunca en cuanto a hechos ni mucho menos a sustituirlos por opiniones.
En ese punto ella seguía las lecciones fenomenológicas de Edmund
Husserl y las existenciales de Martin Heidegger. Hay que partir de lo
existente y no de lo supuesto o de lo imaginario, es decir, de la
experiencia humana. De ahí su oposición implícita al marxismo y al
positivismo. El mundo, para Arendt, es el lugar en donde somos, de
modo que el único punto de partida válido, es la natalidad del de
cada ser.
Cada ser humano al nacer trae consigo la posibilidad de empezar algo nuevo. Luego, no hay ley que
determine el curso de la historia. Los fenómenos, a los que ella
llama acontecimientos, son indeterminados (o débilmente determinados
decía Laclau). Quiere decir: En cada momento está latente la
posibilidad de un nuevo comienzo.
La historia no termina nunca,
pero está siempre comenzando, advierte Arendt. La tarea del
historiador, en consecuencias, no es dejarse llevar por
determinaciones inapelables, sino de rescatar del olvido a los
momentos y las personas que han laborado en cada nuevo comienzo.
“Buscadores de perlas” llamaba Arendt a esos historiadores. Esas
perlas tienen un valor eterno e iluminan siempre nuestro presente.
Pueden llamarse Sócrates o Jesús, Bach o Mozart, Darwin o Einstein,
o tantos más que han venido a “renovar” el mundo. Ellos y sus
momentos son los que dan razón y sentido a la historia. Esa razón y
sentido se llama, libertad. Libertad que solo podemos lograr en ese
lugar común llamado polis, donde deliberamos, discutimos y decidimos
nuestras diferencias, las que solo terminan cuando ese lugar común,
la polis, comienza a ser amenazado, desde dentro por posibles tiranos, desde fuera por agresivos imperios.
La antigua Grecia, sobre todo
Atenas, no es para Arendt solo un punto de partida, mucho menos un
punto de llegada; es nuestra eterna lucha por la libertad del ser
para ser. Así lo entendió también Benedetto Croce, quien concibe a
la historia como, según reza el título de su más conocido libro,
una “hazaña de la libertad”. Allí, en ese libro, escribió Croce
esa frase que bien podría haber sido de Hannah Arendt: La libertad es el motor de la historia. La
historia, para Croce, como para Arendt, no tiene metas, pero si tiene
un motor: la libertad, nuestra libertad. La misma libertad que hoy se
encuentra amenazada en Ucrania, en Europa, en
los EE UU y en América Latina. Una lucha que tiene un ayer, un hoy y
un mañana, pero nunca un final. Esa imposibilidad fue la que llevó decir a Croce: Toda historia es
historia contemporánea.
Saque
usted mismo, estimado lector, las consecuencias de esa frase.