Fernando Mires - PAX TRUMPIANA



No me digan que fue casualidad. Justo en los momentos en que Ucrania anuncia recuperación de territorio en Donbas, justo cuando Ucrania atacaba exitosamente con sus drones centrales eléctricas, depósitos militares, ciudades rusas; justo cuando todo hacía prever que Rusia ya no podría ganar; justo en los momentos en que Ucrania pasaba de la guerra defensiva a la guerra ofensiva; junto cuando nadie lo esperaba, llegó el artero cuchillazo en las espaldas de Zelenski.

Pocas veces una nación ha sido tan miserablemente traicionada por un aliado. Y, sin embargo, debemos contenernos. Lo sé: no es el momento de putear en público (ya lo he hecho muchas veces en privado). Pues el problema, si lo pensamos bien, no solo es ético o moral. Estamos –y este es el punto central- ante una nueva estrategia ruso- norteamericana, y probablemente china, en el proceso de repartición del mundo que supuestamente llevará a un nuevo orden mundial.

El tema ucraniano parece haber llegado a su término para la administración Trump. Ucrania será parte de una negociación con Rusia, incluida en el marco más grande de reparticiones que tendrán lugar después de la guerra en Ucrania. Así parece haber sido el cálculo de Trump. Ucrania no estará nunca en condiciones de enfrentar a tres imperios a la vez. Sí; a tres.

Para nadie es un misterio que en esa guerra Putin ha recibido total apoyo económico y militar del imperio chino y ahora del norteamericano. Ucrania solo cuenta con el apoyo limitado de gobiernos europeos, acosados desde Rusia y EE UU desde el exterior, y por movimientos nacional-populistas (o neofascistas) en el interior, todos, con la excepción del de Meloni, prorrusos.

El objetivo imperial de Trump pasa por la capitulación de Ucrania. Así lo ha dicho el presidente Zelenzki. A su vez, Trump no ha vacilado en culpar a Zelenski de la guerra, llegando a la grosería de llamarlo dictador, como si Putin fuera un excelso demócrata. Visto de ese modo, el pacto del diésel con Rusia no fue el detonante de la alianza geoestratégica entre Rusia y los EE UU -como intenta hacerlo aparecer Trump- sino al revés: la alianza con Rusia en contra de Ucrania llevó al pacto del diésel (más de 300.000 toneladas de diésel ruso al mercado internacional para mitigar los precios del combustible provocados por la guerra con Irán)

La paz trumpiana es coincidente con una paz putiniana, concebida tras una larga e intensa conversación telefónica entre Putin y Trump. La idea de Putin, convocar a un encuentro sobre el tema Ucrania a Xi, Trump y el mismo Putin, sin la concurrencia de Europa y Ucrania, fue evidentemente planeada entre Trump y Putin. No se sabe la reacción del gobierno chino todavía, aunque Xi estaba seguramente al tanto antes de que Putin hiciera su propuesta a Trump.

Estamos entonces ante una nueva situación en donde una entente tripartita busca la posibilidad del surgimiento de un nuevo orden mundial en nombre de la paz. Una nueva Yalta, dicen algunos analistas poco imaginativos. Pero hoy, a diferencia de 1945, en esa supuesta “Yalta” no está Inglaterra y en su lugar está China: Dos países antidemocráticos y uno, el de los EE UU, en peligro de dejar de serlo. En esa nueva constelación la inmolación de Ucrania sería una medida útil y necesaria para alcanzar una (supuesta) paz tri-imperial. Así al menos piensan Putin y Trump. De Xi nunca sabremos bien lo que piensa.

Lo que está claro es que estamos asistiendo a un proyecto de convergencia entre tres imperios. Algo difícil de alcanzar aunque Trump regalara toda Ucrania a Rusia. Más allá de Ucrania está la guerra de Irán, impulsada por Trump para favorecer las posiciones de Israel en contra precisamente de los intereses de China y de Rusia. Está también Taiwán, que puede ser en cualquier momento reclamada por China a cambio de permitir a Trump actuar en Groenlandia, en el Golfo de México, en Canadá, e incluso en algunas zonas de África.

No deja de ser interesante constatar que la nueva conformación de un mundo tri-imperial fue la misma que imaginó visionariamente George Orwell en su clásico libro 1984. Allí Orwell constató que tres imperios nunca logran imponer la paz mundial. Todo lo contrario. Siempre impera la correlación del “dos contra uno”. Por supuesto, cada imperio decía librar la guerra en nombre de la paz.

El lema de la “pax romana” -Si quieres la paz prepárate para la guerra- sigue vigente para los tres imperios de nuestra era. La palabra paz ha sido casi siempre una coartada para continuar la guerra. La mayoría de los grandes crímenes de la historia universal, no olvidemos, han sido cometidos en nombre de la paz. También en nombre de la paz Trump se está convirtiendo en un criminal de guerra, si es que ya no lo es. La traición a Ucrania fue un crimen de lesa magnitud. Miles de vidas fueron sacrificadas en nombre de una estrategia que llevará a cualquiera parte, menos a la paz.

Pero hay que decirlo, no todo ha sido producto de las infernales cabezas de Putin y Trump. En los EEUU al menos existe una larga tradición académica y geopolítica relativa a que la paz solo puede ser alcanzada mediante el equilibrio entre las principales potencias de la tierra con prescindencia de naciones subalternas. De acuerdo a esa línea, la existencia de imperios es indispensable para disciplinar al mundo y así alcanzar la paz. Nos referimos a la Teoría de la Estabilidad Hegemónica (así es conocida en los círculos geoestratégicos) confluyente con las teorías del realismo kissingeriano, hoy adaptado por autores como John Mearsheimer quien, asumiendo la narrativa de Putin, sostiene que la culpa de la guerra a Ucrania la tuvo Occidente al intentar incorporar a Ucrania a la OTAN. Una evidente mentira, por lo demás.

En lo que se refiere a la tradición politológica de la “realidad hegemónica” el principal mentor fue, sin duda, Robert Gilpin quien, en su conocido libro Guerra y Cambio en la Política Mundial (1981), formula la tesis de que la paz mundial depende de un imperio en condiciones de imponer reglas del juego a las demás potencias (naturalmente, pensaba en los EE UU). La doctrina Trump, diseñada por personajes como Steve Bannon, introduce en cambio la teoría de la coalición imperial, como la que puede tener lugar a partir de la entente China, Rusia, EE UU, es decir, no de un hegemón, sino de una alianza hegemónica, algo parecido a la unidad establecida entre EE UU, Inglaterra y la URSS en los tres años que siguieron a la Conferencia de Yalta, desobedecida por Stalin al intentar seguir avanzando hacia Europa, y, frenado por el gobierno de Truman, surgió el periodo de la llamada Guerra Fría.

En contra de la teoría de la dominación imperial hegemónica, ha persistido otra muy antigua. Viene de la pluma de Emmanuel Kant. Una teoría que imperó durante los años que siguieron a Yalta, a saber, una unión de naciones demócratas (en estricto sentido Kant hablaba de naciones republicanas al referirse a las que hoy día denominamos democráticas) y que ha sido base teórica de diversos gobiernos demócratas en los EE UU, como fueron los de Kennedy, de Clinton, de Obama, de Biden. Este último lo expresó muy claro cuando estableció que la contradicción fundamental de nuestro tiempo es la que se da entre democracias y dictaduras. Para Trump, como sabemos, esa contradicción no existe. Solo existe la que se da entre naciones fuertes y naciones débiles. La palabra democracia no aparece nunca en su reducido vocabulario. Con esa decisión, la administración Trump arrasa con una verdad histórica, a saber: "nunca, o casi nunca, ha habido una guerra entre dos democracias”. De acuerdo con esa premisa, dicho en sentido kantiano, la paz mundial debe ser buscada en primer lugar al interior de las propias naciones y, en segundo lugar, apoyando a todos los movimientos que surjan en contra de dictaduras. Trump, como hemos visto, ha hecho justamente lo contrario. Por ejemplo: era sabido que en Irán no solo había una dictadura, sino también un amplio movimiento democrático, uno que abarcaba desde los derechos individuales, incluyendo los femeninos, hasta llegar a los movimientos sociales, especialmente de sindicatos de trabajadores. Pues bien, después de la guerra en que Trump embarcó a EE UU en Irán, ese movimiento ha sido destrozado por la tiranía iraní, uniendo al fervor religioso el orgullo nacionalista frente a una nación agresora como son los EE UU en la región.

La paz kantiana conocida hoy día como paz democrática (a diferencia de la paz imperial), se encuentra afianzada en instituciones que representan a los derechos humanos proclamados por primera vez en los propios EE UU. Kant nunca propuso un imperio mundial sino una federación de repúblicas libres, basadas en una Constitución que garantice las libertades ciudadanas. En ese sentido, Trump y los suyos ignoran que, si EE UU se convirtió en la nación hegemónica de Occidente, no fue solo por su economía, o por su poderío militar, sino también por su atractiva democracia interna. Generaciones de jóvenes buscaban imitar el modo norteamericano de vida. Ese modo de vida es precisamente lo que está amenazado día a día en los propios EE UU gracias a las irrupciones antidemocráticas de MAGA y otros movimientos anti-sistema. Trump, visto así, es un revolucionario anti-sistema, en el peor sentido del término. O dicho más escuetamente: Trump no es democrático. De ahí que su ideal sea imperial. En cierto modo Trump se ha adaptado perfectamente a la caricatura que hacían los comunistas de los EE UU. La historia suele ser muy irónica.

Fue Hannah Arendt -a quien podemos calificar como una filósofa neo-kantiana- quien, en su clásico libro sobre la dominación totalitaria, estableció de modo muy claro que hay una relación estrecha entre proyecto imperial y totalitarismo. Fue esa la razón por la cual propuso que, en contra de proyectos antidemocráticos, lo fundamental es ampliar el espacio del mundo político tanto a nivel nacional como a nivel internacional. La contrapartida de la guerra no era para Arendt la paz sino la política. En cierto sentido Arendt modificó el dictamen de Clausewitz: la guerra no es la continuación de la política por otros medios sino la destrucción de lo político por medios no políticos.

Todo imperio, desde los momentos de formación hasta los de consolidación, necesita de la fuerza militar para nacer y mantenerse en el tiempo. Los imperios no son fuente de paz sino de guerra. Las guerras solo adquieren justificación cuando se trata de defender ese mundo común llamado democracia, justamente lo contrario a la política internacional que está llevando a cabo Trump. Frente a un país que había optado por la democracia, Ucrania, tomó partido por Rusia, un país en donde cualquier opositor, por el solo derecho de oponerse, puede ser asesinado. Entre la posibilidad democrática que ofrecía Ucrania y la posibilidad totalitaria que ofrece Rusia, Trump tomó partido por la segunda.

En contra de la propuesta kantiana-arendtiana, podría argüirse que, durante la Guerra Fría, la existencia de dos imperios, el de la URSS y el de EE UU evitó una guerra mundial que habría hecho explotar al mundo. Eso es aparentemente verdad, pero solo hasta cierto punto. La Guerra Fría fue en realidad muy caliente y los imperios dominantes del periodo se enfrentaron permanentemente entre sí en las llamadas guerras de representación, algunas de ellas muy cruentas.

Entre las muchas guerras de representación, podemos mencionar la guerra civil en China inmediatamente después del término de la segunda guerra mundial, cuando la URSS apoyó a las tropas de Mao Tsé Dong y EE UU a la de Chian Kai-Chek; la guerra de Corea (1950) y la larguísima y dolorosa guerra de Vietnam (1955-1975) a la que en otras ocasiones hemos definido como una guerra entre Rusia y los EE UU librada en suelo vietnamita, con muertos vietnamitas. En Europa, en 1945, estalló la guerra civil en Grecia en la que Stalin, traicionando a las recién firmadas resoluciones de Yalta, apoyó a las guerrillas comunistas. A esas guerras agregamos la afgano soviética (1979-1989) cuando Rusia invadió Afganistán para apoyar al gobierno pro-soviético instalado en el país. Los EE UU junto con Arabia Saudita y Pakistán armaron a los rebeldes islamistas (muyahidines) en contra de la URSS hecho que han tenido que pagar caro hasta nuestros días. En África hay que mencionar la guerra civil angoleña (1975-2002) donde la URSS y Cuba apoyaron al gobierno socialista del MPLA, mientras que EE UU y Sudáfrica apoyaron a los rebeldes de la UNITA. Hay que mencionar también la guerra civil del Congo (1960-1965) en donde se enfrentaron el movimiento nacionalista comandado por Patrick Lumumba apoyado por la URSS y las fuerzas contrarias apoyadas por la CIA. Agreguemos a la sangrienta guerra de Somalia contra Etiopía (1977-1978) cuando la URSS traicionó su alianza con Somalia pasando a apoyar a la Etiopía pro-soviética. En América Latina es imposible olvidar la casi guerra mundial de los misiles (1962) como consecuencia del armamento propiciado por la URSS a Cuba. El mundo se salvó por un pelo gracias a la cordura de Jruschov y a la habilidad del, por su hermano comisionado Robert Kennedy, quienes acordaron retirar los misiles de Cuba, en contra de Fidel Castro, quien en su locura ya había elegido la vía del suicidio colectivo. Luego la guerra de “los Contra” en Nicaragua (1979-1990), apoyados y armados desde los EE UU. La guerra civil de El Salvador (1979-1992) y la guerra civil de Guatemala (1960-1996) donde estaban otra vez presentes las manos de la URSS y de los EE UU. Vale la pena recordar que Putin, cuando fue iniciada la guerra a Ucrania, amenazó a los EE UU de Biden con sus contingentes militares instalados en Cuba y en Venezuela.

Solo la mención de esas múltiples guerras basta para poner en entredicho la estúpida teoría de que la paz solo puede ser resguardada por una coalición de imperios como piensan Trump y su grupo.

Al final de este recuento cabe agregar que la derrota del comunismo, la transformación más radical del periodo de la Guerra Fría, ocurrió como consecuencia del estallido de revoluciones democráticas, sin intervención de los EE UU. La política, y no la guerra, se comprueba una vez más, puede ser más efectiva que los misiles atómicos cuando se trata de alcanzar la paz. Por eso, mientras existan imperios como los de Putin y de Trump, aunque logren momentáneamente unirse entre sí, no habrá paz sobre la tierra. Solo la lucha en defensa de la democracia, sea política o militar, puede llevar a la paz que concibieron en tiempos tan distintos Emmanuel Kant y Hannah Arendt. Si Ucrania es derrotada por los dos imperios será derrotada la Europa democrática, y ese solo puede ser un paso más hacia otras guerras.

Solo la política puede salvarnos de más guerras. Escribo esta frase pensando en las elecciones de segundo término que tendrán lugar en los EE UU. Si Trump pierde, lo más seguro es que gracias a la autonomía que goza el presidente, los planes imperialistas mundiales continuarán. Pero al menos Trump volará con un ala herida. Y eso puede crear condiciones para que los EE UU vuelvan a ser lo que una vez pensaron sus fundadores: un país políticamente democrático.

La guerra de Trump es también una guerra en contra de Jefferson.