Las dos personas que murieron tenían poco más de sesenta años. Los dos eran altos y robustos, con unos cuantos kilos de más. Él tenía el pelo gris y la cara cuadrada. La nariz ancha le restaba dignidad a su aspecto e impedía que fuera realmente agraciado. Ella tenía el pelo rubio, un rubio plateado que ya no se considera artificial —aun sabiendo que no es natural— porque lo han adoptado muchas mujeres de esa edad. En Navidad se pasaron un día por casa de Peg y Robert para tomar una copa, y ella llevaba un vestido gris pálido con una raya brillante, medias grises y zapatos del mismo color. Bebió ginebra con tónica. Él llevaba pantalones marrones y jersey de color crema, y bebió whisky de centeno con agua. Acababan de volver de un viaje por México. Él había practicado el paracaidismo, pero ella no había querido. Fueron a ver un sitio de Yucatán —parecía un pozo— donde, al parecer, arrojaban a las vírgenes para obtener buenas cosechas.
—Pero no es más que una idea del siglo diecinueve —dijo la mujer—. La preocupación decimonónica por la virginidad. Probablemente tirarían a la gente al pozo indiscriminadamente, a cualquier chica, hombre o viejo que pudieran coger. ¡O sea, que no ser virgen no suponía ninguna garantía de seguridad!
En el otro extremo de la habitación, los dos hijos de Peg —el mayor, Clayton, que era virgen, y el menor, Kevin, que no lo era— observaban a aquella rubia de conversación despreocupada con expresión grave y aburrida. Dijo que había sido profesora de inglés en un instituto. Clayton comentó después que conocía aquel tipo de mujer.
Robert y Peg llevaban casados casi cinco años. Robert no había estado casado antes, pero Peg había contraído matrimonio por primera vez a los dieciocho años. Sus dos hijos nacieron cuando aún vivían con los padres de su marido en una granja. SEGUIR LEYENDO>>
