Si pensamos al pensamiento veremos que el pensamiento es muy asociativo. Pensamos con asociaciones y una de las más preciosas herramientas del pensamiento, la llamada memoria, actúa permanentemente en medio de nuestras frases. Por lo mismo, el pensamiento, al ser asociativo, saca siempre a relucir trozos del pasado, del más reciente, y del más pasado. Así he llegado a entender por qué uno de mis escritores favoritos (en este periodo invernal de mi vida, el más favorito) sea el noruego Jon Fosse. Lo es porque cuando escribe lo hace pensando, o sea, escribe como se piensa, a veces sin comas ni puntos, de modo reiterado y majaderamente repetitivo. En ese punto Fosse lo hace mejor que Faulkner y Joyce. Justamente por eso Fosse no gusta a muchos: escribe deliberadamente de modo imperfecto porque no le gusta escribir de modo perfecto. Y esa es su gran virtud.
Pensamos de modo imperfecto y ello se deja ver cuando hablamos, pues nadie habla de modo perfecto, sin interjecciones, sin silencios repentinos, sin repeticiones y, como es el caso del que aquí escribe, con la ayuda de las manos, sobre todo cuando la palabra que busco no quiere llegar. Pensamos de modo imperfecto, y es bueno que así sea, porque si pensáramos de modo perfecto, dejaríamos de pensar, o lo que es lo mismo, dejaríamos de ser. Pensamos de modo imperfecto porque pensar es perfeccionar lo no pensado que, si no fuera imperfecto, no podríamos pensar. Y eso es y será así, ya que pensar de modo imperfecto es precisamente pensar y, pensando, somos. Pensar es ser, ser es pensar. El cogito certesiano ha sido hasta ridiculizado. Rebatido, jamás. “Pienso luego existo” es una frase perfecta. Quizás por eso nos molesta. Me incluyo en ese “nos”.
Vivimos en un mundo imperfecto
En medio de estas reflexiones que desde hace tiempo me acosan, fue publicado el libro del italiano darwiniano Telmo Pievani titulado precisamente “Imperfección”. Un libro que tenido mucho eco en Alemania. Eco tardío, pues el libro fue publicado en Italia el 2021. Al buscarlo en la red, me di cuenta de que ya lo tenía, aunque sin leer, en la edición española de Alianza Editorial del 2022. Suele suceder. Compramos libros, lo arrumamos entre los no leídos y luego, la vida con sus vicisitudes nos hace ocuparnos de otros temas, hasta que el destino o la suerte nos lleva a reencontrarlos. Debo decir, el libro me atrapó como si fuera una novela policial. Creo que lo leí en el momento preciso.
El autor había puesto en forma científica y literaria una serie de pensamientos que me rondaban de modo incoherente. Lo comencé a presentir desde el subtítulo: “historia natural”. Por lo de natural el libro debe ser apasionante para biólogos, antropólogos, paleontólogos, físicos, filósofos, e incluso teólogos y, por cierto, historiadores. Es, entre mil otras cosas más, un breve libro de historia que a la vez contiene una teoría de la historia válida para toda historia, sea esta natural, social o política.
Lo que leíamos en Pievani, ya lo sabíamos gracias a Darwin, a saber: que la evolución, no solo la biológica, también la del universo entero, no es un proceso sujeto a leyes determinadas. Todo lo contrario: se explica por medio de un caos zigzagueante e indeterminado, uno que se procrea (autopoiesis) a través de “readaptaciones” de la naturaleza consigo misma y sus seres mutantes para sobrevivir a las imperfecciones del medio, sea este natural o social. No hay nada más imperfecto, sugiere Pievani, que la historia, sea esta la humana, la no humana, la prehumana, la poshumana.
La historia de esos millones y millones de años que nos preceden es una historia de imperfecciones las que al ser superadas genera nuevas imperfecciones pues la superación de una imperfección no elimina las imperfecciones sino las mantiene, ya sea como piezas de museo incrustadas en la materia (en nuestro cuerpo hay muchísimas) ya sea readaptadas al cumplir tareas para la cual no fueron creadas.
Quiere decir Pievani: el universo fue perfecto solo cuando no existía, cuando no solo era nada sino algo más profundo que la nada: vacío. Un vacío vaciado de todo, incluso de vacío. Somos los hijos del vacío y, como tales, llevamos al interior de nuestra alma y de nuestro cuerpo a ese vacío que lucha en contra de lo no vacío en ese proceso sin fin del que participamos todos y al que llamamos vida. Una vida que al ser vivida requiere como condición la imperfección que resulta de un desequilibrio perpetuo. O como dice Pievani: “El planeta verdaderamente perfecto es el que está en equilibrio; es decir muerto”. Frase que me lleva a pensar: Donde hay perfección no hay historia. Eso significa a su vez: la evolución no ha terminado, sea como historia contada gracias a nosotros, sea la incontada que nos precedió y – podría ser posible – después de nosotros.
Los historiadores, sean de lo que sea, son los cronistas de las imperfecciones de la misma manera que los biólogos y físicos nos cuentan la historia de la aparición del átomo que llevó a la asociación de átomos y otras microformas, obedece a razones no previstas por nadie; y ellas seguirán ocurriendo en ese proceso de adaptación perpetua a las nuevas imperfecciones que hemos creado (desde el hacha a la bomba atómica, desde el fuego a la IA).
La cooperación fortuita que establecen entre sí los microrganisos es casual y no está sujeta a regla ni ley. La historia, vista así, es la suma y síntesis de sus imperfecciones, pero también de sus divisiones, aumentos y restas. Nadie puede asumir el derecho de dar conocer el futuro que nos espera. De la vida solo podemos dar cuenta de su pasado. El futuro, como la ultima puerta que encierra a la ley, según el relato de Kafka, no lo podemos conocer a menos que no seamos más en y de esta vida. El mundo vacío de la luz perpetua solo lo encuentran o lo intuyen las almas en pena, como nos dice Fosse en algunas de sus narraciones breves. También lo intuyó ese gran escritor argentino al que nunca recordaremos lo suficiente. No, no me refiero a Jorge Luis Borges sino a Alfonso Bioy Casares. Pero también tiene que ver con Borges.
Una novela “perfecta”.
En su prólogo a la novela de Bioy Casares, “El Invento de Morel”, Borges nos asegura que esa es una novela perfecta. No dijo magnífica, grandiosa, genial, términos a los que yo podría subscribir; dijo perfecta. ¿Qué habrá querido decir Borges cuando dijo perfecta? No lo dice. Eso fue lo que me obligó a leer la novela por segunda vez. La primera la había leído en mis años mozos cuando era más indocumentado que ahora. Me gustó más que antes, la novela, debo decirlo.
La prosa siempre simple pero certera de Adolfo Bioy Casares tiene pocos parangones. Sabe narrar, sabe desaparecer de su narración y ser sustituido por su personaje, esta vez un fugitivo que, después de muchos avatares, llega a una isla turística a habitar en un museo del cual no es muy seguro que hubiera sido museo; más bien parecía, según las descripciones de Bioy Casares, un hotel.
La novela es simplemente genial, sin altos ni bajos, te mantiene leyéndola hasta que sin darte cuenta ya has tocado el final. Es una narración en el estilo más puro posible. No te emociona sí, no hay humor, ni sexo, ni suspenso, los tres ingredientes que necesito para gustar de una novela. Pero esas no aparecen tampoco, como en las del Fosse de hoy, y sin embargo, Fosse me gusta mucho más que otros autores. En ese sentido podríamos decir que, como las de Fosse, la de Bioy Casares es una novela imperfecta. Bien, precisamente por eso, me ha gustado.
Podría agregar que es una novela que convive con el más allá sin abandonar nunca el más acá, y eso es lo que la hace grandiosa. Una novela consciente de su “falta” para decirlo con el notable filósofo uruguayo Alejandro Lafluf. Me refiero a esa cuota de no-ser que cada uno arrastra por la vida. Una en donde el fugitivo, en un momento de su no-vida post mortem se da cuenta de qué el no está vivo y solo es un espectro de sí mismo. Por eso mismo, Borges, escúcheme Borges, esa novela no es perfecta. No puede serlo.
El fugitivo ama desde su invisibilidad a una mujer real llamada Faustine con la que no puede ni debe materializar su amor. Ni siquiera puede confesárselo. Ambos habitan en dos mundos distintos. Ella, en el mundo existente, el fugitivo en el mundo de los idos. Duplicidad alma-cuerpo que inventa Morel, uno de los supuestos pretendientes de Faustine.
Entre lo real y lo virtual no hay comunicación posible, a menos que, como está sucediendo en nuestro tiempo con la aparición de la IA, la duplicidad de ambas dimensiones se convierta en realidad, dándose así una comunicación imperfecta entre lo real que es lo que es, y lo virtual que es lo que existe pero no es. Y ahí, estimado lector, reside la genialidad de Bioy Casares.
No en el fugitivo al que nadie ve, sino en la invención de Morel, una que descubre la posibilidad de la coexistencia perpetua entre lo que no es con lo que es, pasa a ser el centro de la novela; dos vidas, una emocional y otra, su réplica, una virtual, o si se quiere, una vida espiritual sin vida sustancial. ¿Cómo llega a esa invención Morel? Pues, del modo más simple posible: cruzando las propiedades del teléfono con los de la radio, hasta obtener un duplicado, uno de la vida mortal, otro de la vida eterna.
Oiga: estoy hablando de un libro escrito en los años cuarenta del pasado siglo, y en ese libro Bioy Casares, por intermedio de Morel, ha descubierto nada menos que a la inteligencia artificial, es decir, a dos inteligencias imperfectas: la natural y la artificial la que mal usada puede convertirse en anti-natural, dos inteligencias imperfectas pues lo que falta a una lo tiene la otra. A la artificial le falta la emoción, a la natural le falta la información; por lo tanto esas dos inteligencias deben coexistir pues si una se apodera de la otra se convertirían en una sola inteligencia y luego, dejaría de ser imperfecta, para llegar a ser perfecta, y eso precisamente es lo que debemos evitar a todo precio, porque si eso llega a suceder, dejamos de ser lo que más somos: seres imperfectos, es decir humanos. Ahora, el invento de Morel consiste en cruzar las dos vidas y entregar la elección a cada persona. El fugitivo elige la vida eterna, pues solo en su espiritualidad total y perfecta, desde su no-vida, puede seguir amando eternamente a Faustine.
No, Borges no tuvo razón; Ni la novela de Bioy Casares, ni el invento de Morel, son perfectos. Afortunadamente, diría yo. La perfección no debe ser parte de este mundo, porque si lo es, se acaba el mundo. Sin embargo, debo decir que la perfección, aún no no siendo de este mundo, puede aparecer fugazmente y de pronto se va, como la lucecita girante de un faro, o más simplemente, como una fugaz chispa de luz total en medio de la más profunda oscuridad. ¿Un ejemplo? La música de Bach. A veces pienso que, esa música, si no es perfecta, contiene en sí signos de la perfección.
¿Otro ejemplo? Trump: es el perfecto idiota, me dijo alguien. Por supuesto, este ejemplo está dicho en broma. Quisiera pensar que es solo una broma.
En defensa de la imperfección
Escribo estas líneas el día anterior al que debo ir a votar, como ciudadano de la comuna en que vivo. Creo que por primera vez votaré en contra de alguien y no a favor de nadie. Creo también que muchos otros ciudadanos de este país harán lo mismo.
Desde que AfD se impusiera con amplia mayoría en Sajonia -Anhalt no pocos han lllegado a la conclusión de que nos encontramos, como dijo el ministro de defensa Pistorius, frente a un dilema histórico existencial: o dejamos que AfD siga avanzando con sus extremistas protestas, o intentamos frenarlos con los únicos medios que tenemos: los democráticos.
No se trata esta vez de no votar o votar en contra de una oposición. AfD no solo es (aunque también lo es) un partido de oposición. Pero antes que nada es la vanguardia de una revolución en contra de todo el sistema político occidental y, por eso mismo, el partido punta de lanza de los antidemócratas de nuestra era, es decir, de Putin y de Trump, dos mandatarios dispuestos a luchar, en sus países y fuera de sus países, por la disminución de las relaciones democráticas que tanto tiempo y tanta sangre ha costado alcanzar.
AfD no es un partido nazi, pero sí es, como fue el nazismo, un partido de multitudes reducidas a masas, radicalmente opuesto al orden político, europeo, alemán y occidental. Algo así como un MAGA alemán pero bajo la forma de un partido.
Recordemos a la famosa frase de Churchill, “la democracia es la peor forma de gobierno con excepción de todas las demás”. Con esa frase que no por tanto repetirse ha dejado de ser genial quería decir Churchill que la democracia, como forma de vida o como sistema de gobierno, es radicalmente imperfecta y, por eso mismo, perfectible. Pues bien, en contra de esa democracia perfectible ha sido erigida la AfD.
Las dictaduras, y los autoritarismos no son perfectibles: ellos encarnan, o quieren encarnar, el ideal de la perfección, suprimiendo simplemente a toda imperfección. AfD, quiere hacerlo. Por eso predica el odio, no a la democracia, sino a los demócratas, entre ellos, al canciller Merz. Probablemente ellos quieren imponer la democracia perfecta, aquella que suprima de un soplo las inmigraciones, una que retire los dineros destinados a defender a Ucrania (es decir, a Europa) de la dictadura de Putin para invertirlo en el crecimiento de Alemania, como si un país amenazado por Rusia pudiera ser alguna vez un país rentable.
Alice Weidel no es Giorgia Meloni. Ni siquiera es Marie Le Pen. Ambas líderes son nacionalistas y ultraconservadoras, pero a la vez son partes constitutivas del sistema y del espíritu, si no democrático, republicano, que impera en sus respectivos países. Weidel en cambio es una mujer que habla con pasión de las remigraciones (dentro del partido ya se habla directamente de deportaciones mediante la vía armada) y sus compañeros de ruta no pierden oportunidad para llamar a la caída del gobierno Merz. Mientras Meloni y Le Pen son opositoras, Weidel es insurrecional. Mientras las dos primeras buscan racionalizar la inmigración, Weidel quiere suprimirla. Mientras la italiana y la francesa quieren reformar a la UE, la alemana quiere destruirla.
Alice Weidel no es un caso aislado en Alemania. Está secundada por una caterva que en vez de antecedentes pareciera tener prontuarios, ya sea como cohabitadores del antiguo sistema comunista, ya sea como miembros de sectas radicales, ultranacionalistas. Son en fin, los fanáticos irreductibles de la perfección. Contra esa posibilidad de perfección votaré mañana, y lo haré a favor de algún candidato perfectible, es decir imperfecto. No hay otra posibilidad. Defender a la imperfección es defender a la vida: ¡Que viva la imperfección!