Antes de aplicar un concepto político conviene saber si lo hacemos como agravio o como denominación. Sucede con la diversos significantes, no solo en política. La mayoría de ellos tiene una doble significación: la del uso cotidiano y la del uso específico. Por ejemplo, ya hemos dicho en otras ocasiones que a veces usamos las palabras, derecha extrema o izquierda extrema, para referirnos a nuevos movimientos o partidos que siguen orientaciones provenientes de gobiernos como los de Putin o los de Trump, o de ambos a la vez. Pero, si escarbamos un poco, veremos que izquierda o derecha son denominaciones intersistémicas y luego no pueden ser usadas para calificar a movimientos o partidos que se plantean subvertir el sistema político establecido. En ese punto estamos de acuerdo con pensadores como Anne Appelbaum cuando afirman que las nuevas apariciones antisistémicas, al declararse en contra del orden político internacional y por ende nacional, pueden ser denominadas como revolucionarias.
El problema para muchos es que el concepto revolución, debido a experiencias del pasado reciente, llegó a ser patrimonio de las llamadas izquierdas -no de todas, sino de las autodenominadas revolucionarias- produciéndose así una división entre las izquierdas democráticas y las revolucionarias. Estas últimas por cierto, se encontraban muchas veces situadas dentro y fuera del sistema. Lo mismo sucede con partidos como AfD en Alemania los que, anidados en el sistema en donde participan, pretenden erosionar y sustituirlo por otro al que no pocos llaman fascista o neofascista.
¿No sucedía acaso lo mismo con los antiguos partidos comunistas del pasado? Participaban del orden “burgués” o capitalista pero su propósito histórico era subvertir al sistema y sustituirlo por uno “proletario“ o socialista. Esa fue una de las razones por las cuales no pocos políticos de derecha exigían la prohibición del los partidos comunistas la que, efectivamente, tuvo lugar en Alemania Occidental, aunque no con extrema dureza. Hoy, en esa misma Alemania Federal, parlamentarios que exigen la prohibición de AfD, alegando, y a veces con buenas razones, que no son solo partidos fascistas, sino, como sucedía con los comunistas de ayer, se encuentran al servicio de imperios antidemocráticos enemigos de Alemania. Los comunistas del siglo XX seguían a la URSS, la AfD sigue al imperio de Putin. De modo que cuando algunos parlamentarios democristianos y socialistas se refieren a AfD como “enemigos de la patria” podría parecer exagerado, pero erróneo no lo es.
El concepto de patria, según los nacional populistas, es cultural, y en eso no se diferencian del nazismo hitleriano. Ese concepto, según los políticos democráticos, es además político y constitucional (patriotismo constitucional, para decirlo en la terminología de Dolf Sternberger, adoptada por Jürgen Habermas). Precisamente ese “culturalismo” es una de las razones por las cuales grandes masas se sienten atraídas en Alemania por AfD. A la “culturalidad”, no a la ciudadanía alemana, es la que hay que proteger frente a los enemigos anticulturales representados por los emigrantes, sobre todo (por ahora) por los de origen islámico. Esa supuesta “culturalidad” -aquí las comillas son válidas, la mayoría de los dirigentes del AfD son personas extremadamente incultas- es la marca de fábrica de AfD. Es por eso que los dirigentes de AfD han activado el concepto de “re-migración” (deportación dicen entre ellos) lo que quiere decir, devolver a las culturas diferentes hacia sus espacios culturales originarios. Ellos, naturalmente, creen hablar en nombre de una democracia cultural. No pueden aceptar que en el siglo XXi, democracia y multiculturalidad son términos complementarios.
Esa es la diferencia entre el vocabulario empleado por Alice Weidel y las otras dos mujeres líderes del nacional populismo europeo: Marine Le Pen y Giorgia Meloni. Las dos últimas están en contra de las migraciones masivas pero toman distancia de las expresiones de los miembros de AfD y, aunque no más fuera para no asustar a sus seguidores, entre los que se cuentan no pocos emigrantes, han optado por distanciarse del furioso lenguaje de su colega alemana. En la mayoría de los países europeos hay un sentimiento antimigratorio, pero también prevalece un sentimiento antifascista, denominación de la que Weidel y los suyos no hacen mucho por escapar. El nacional populismo alemán, representado por AfD, es el más extremista de Europa. Y eso, no solo porque es alemán, hasta a muchos nacional-populistas les da miedo.
Una aclaración: Un movimiento-partido como AfD puede ser parte de una tradición antipolítica y antidemocrática a la que pertenece el nazismo hitleriano, pero no por eso, es una repetición del antiguo nazismo. Si fuera lo mismo, tendríamos que suscribir la tesis de que la historia se repite. Pero hay muchas pruebas que demuestran lo contrario. El nacional-populismo de Weidel difiere del nacionalsocialismo de Hitler, no porque Weidel y los suyos sean más buenas personas, sino porque, aunque las condiciones de lugar sean las mismas, las condiciones de tiempo son radicalmente diferentes. Y a estas últimas condiciones son las que todo historiador debe atender.
O dicho más claramente: no vivimos en un tiempo donde la amenaza comunista ha enardecido a millones de ciudadanos; no ha sobrevenido una crisis coyuntural de dimensiones gigantescas como fue la de 1929; no existe una humillación nacional como fue la infligida a Alemania después de la primera guerra mundial con el Tratado de Versalles, ni nada parecido. Enfrentamos acontecimientos históricos nuevos a los que hay que descifrar, y entenderlos de acuerdo a sus “propias propiedades”. Estamos, digamos así, frente a acontecimientos inéditos. Intentar entender lo que está sucediendo como una repetición del pasado puede llevar a cometer grandes errores políticos.
La historia no es cíclica, como creía Nietzsche; tampoco vertical, como imaginaban los comunistas. La geometría de la historia se entiende a través de su propio transcurso, no por sus similitudes con acontecimientos pretéritos, mucho menos mediante la aplicación de analogías y, en ningún caso, utilizando catálogos o modelos sociopolíticos. AfD es un movimiento-partido de nuestro tiempo, del tiempo de la globalización, del tiempo de la robotización, del tiempo de la sociedad digital y del tiempo de la inteligencia artificial. Si queremos comparar a AfD con algo, comparemoslo con movimientos o partidos contemporáneos. Si así lo hacemos, podríamos darnos cuenta que AfD –sea fascista o no- se parece más al movimiento MAGA de Trump que al nacional NSDAP de Hitler. En otras palabras: la peligrosidad de AfD no reside en que sea una repetición del pasado sino porque augura un futuro que puede llegar a ser letal para la democracia alemana y europea. El hecho de que se haya convertido en el partido alemán favorito de Trump, Vance y Putin, habla por sí solo.
¿Cómo puede ser posible que los dos países ayer rivales se encuentren unidos cuando se trata de apoyar a AfD en desmedro de los partidos democráticos de la nación alemana? La respuesta puede ser una sola: AfD, aún más que sus equivalentes cercanos, es profundamente anti-europea. Weidel es nacionalista como Putin o como dice serlo Trump. En ese antieuropeísmo, uno que abarca el espacio cultural y político, Weidel se entiende muy bien con el ruso y con el norteamericano. Para los tres personajes no existe Occidente, ni sus leyes.
No las tradiciones democráticas ni los valores heredados de la Ilustración es lo que hay que preservar, sino la comunidad de naciones culturales independientes y a la vez unidas las unas con las otras. Pues bien, las vanguardias nacionalistas para AfD son en estos momentos la Rusia de Putin y los EE UU de Trump. Solo así se explica el servilismo que profesa AfD a los mandatarios de ambos países. El ideal utópico de AfD es convertir a Alemania en el tercer miembro de un eje mundial, al lado de EE UU y Rusia en contra de las fuerzas internacionales e internacionalistas que, según ellos, asolan a Europa.
Particularmente estrechas son las relaciones establecidas entre AfD y el gobierno de Putin, hasta el punto que se puede decir que, en su guerra híbrida y cinética a Europa, AfD es un aliado táctico y estratégico a la vez. AfD y Putin comparten objetivos similares. El hecho de que AfD presente a Putin como un líder racional que defiende los valores tradicionales frente a un Occidente en decadencia moral, es solo un punto de partida que ha llevado a un acercamiento cada vez más estrecho entre el líder ruso y AfD.
Ya no llama la atención que los relampagueantes avances electorales de AfD sean celebrados por la prensa rusa como avances territoriales en una guerra aún no declarada oficialmente a Europa. Por ejemplo: los allegados a Putin declararon en la prensa que la victoria electoral alcanzada por AfD en Sajonia Anhalt fue “un Stalingrado político”. No extraña así que la guerra que libra Putin contra Ucrania sea apoyada desde las directivas de AfD. Weidel no solo exige públicamente el abandono del apoyo a Ucrania sino, además, la devolución de Ucrania de dineros alemanes para dedicarlos a “beneficios sociales” en Alemania. Naturalmente, las políticamente subdesarrolladas masas que siguen a AfD imaginan que los problemas económicos de Alemania son consecuencia de su apoyo a Ucrania, mensaje que comparte con Weidel la putinista de izquierda Sarah Wagenknecht. De la misma manera, Weidel y los suyos se pronuncian abiertamente en contra de las limitaciones económicas a Rusia, señalando que solo sirven a los intereses de la UE.
La dependencia de AfD con respecto a Rusia tiene lugar a ojos vista. Parlamentarios electos del AfD, funcionarios regionales, y dirigentes de la AfD, van y vuelven a Rusia sin cesar y participan como invitados de honor en las fiestas oficiales que Putin realiza para legitimar internacionalmente a su dictadura. Cuántos ríos de dinero corren desde Moscú a Alemania, no podemos saberlo. Sólo suponerlo.
AfD practica desde Alemania una diplomacia paralela con respecto a Rusia. Objetivamente, esos autodenominados nacionalistas, son traidores a su propia nación, agentes de un imperio enemigo, colaboradores de una dictadura asesina. Palabras que deberían ser dichas en voz alta por la oposición, sea en discursos parlamentarios, sea en contiendas electorales, sea en artículos de opinión. Que no sea así, solo se puede explicar por un falso temor a agudizar contradicciones políticas internas. Un error enorme, tan enorme como cuando socialdemócratas y liberales declaraban que Hitler, aún después de haber escrito Mein Kampf, era un político normal. Alguna vez los políticos demócratas alemanes lograrán entender que la política de AfD es parte de una guerra -su forma política, digamos así – tan demoledora como la "guerra terrorista de estado" (ISW: Institute for the study of war) que hoy practica Rusia en contra de diversas naciones europeas, incluyendo a Alemania.
Si a la utilización de AfD como pieza política en contra de la guerra a Europa se agrega el apoyo también abierto de los EE UU a AfD, podríamos deducir que AfD es el partido más ligado al mundo externo, mucho más que los partidos democráticos de la nación. El mundo está siendo repartido entre tres imperios y dos apoyan a AfD. Este hecho no debe ser desestimado. Internacionalmente visto, AfD cuenta aún con mejores cartas políticas que sus antecesores hitlerianos.
Por cierto, el apoyo que recibe AfD de EE UU no obedece a las mismas razones que las de Putin. Por una parte, y eso lo ha especificado Vance, AfD ha señalado a dos enemigos fundamentales los que a la vez son los mismos del régimen de Trump. Primero, la emigración. Segundo, la UE. A esas dos enemistades deberemos agregar pronto una tercera: la OTAN, de la que, por razones económicas, Trump pretende desertar. En el hecho esa deserción ya ha tenido lugar. Trump no se ajusta a ninguna de las proposiciones de la OTAN con respecto a Rusia.
Dicho en palabras más escuetas: La Europa democrática es un escollo para Trump en todo lo que tenga que ver con la repartición del mundo junto a China y Rusia. La Europa Unida debe ser dividida en pedazos para solo mantener relaciones con gobiernos dispuestos a seguir la directiva norteamericana. Ese es también el proyecto de Alice Weidel, no así el de Le Pen y Meloni, quienes apuestan por reformar a la UE, pero no por destruirla. Ahí yace la extrema peligrosidad de AfD
Desde un punto de vista jurídico no habría problemas para excluir a AfD del plano político nacional. Pero el problema no es jurídico. Es esencialmente político. El problema nace del hecho de que AfD es el partido mayoritario de Alemania. Un partido de masas, en el exacto sentido del término. De ahí que al crecimiento desorbitado que experimenta AfD hay que entenderlo desde abajo hacia arriba y no solo desde arriba hacia abajo.
El populismo, en sus más diversas formas, viene siempre de abajo. Eso significa, lisa y llanamente; que AfD ha sabido conectar con problemas reales que afectan a la mayoría de la población alemana, entre ellos, los miedos que surgen en el tránsito de dos modos de producción tan diferentes como son el industrial y el digital. Usando una terminología ya antigua, AfD no es ni quiere ser un partido de clases, sino, reiteramos, lo que es: de masas. Lo ha logrado. Pues bien, es en ese terreno, en la lucha de masas y no de clases; es donde debe ser enfrentado directamente AfD. En ese sentido se ha dicho hasta el cansancio que los partidos populistas ofrecen soluciones falsas para problemas reales. De lo que se trata entonces es de ofrecer soluciones reales frente a problemas reales.
No basta sentarse y esperar que el AfD toque alguna vez el techo de crecimiento y tenga lugar un acomodamiento de ese partido ante la realidad verdadera, como ocurrió con los partidos comunistas europeos durante el periodo de los eurocomunistas, o como ocurrió con los Verdes que al fin, convirtiéndose en lo que eran, un partido conservador, lograron establecerse en la política real.
Hay quienes esperan que en AfD haya contradicciones internas que la obligarán a definirse frente a la democracia en la que formalmente participan. Es evidente que entre la fracción mayoritaria, la del Este, predominan las posiciones más revolucionarias (o retrógradas, depende cómo se miren). Ahí tuvo lugar la asociación entre sectas protofascistas que nunca dejaron de existir en la Alemania de posguerra, reorganizadas y dispersas a lo largo y ancho de las estructuras del partido, cada uno con sus respectivos partidos, ahora unificados, con sus camisetas negras, sus himnos fachos, y sus mazos de béisbol. Allí, en los márgenes de las ciudades alemanas, en las aldeas y pueblos del Este alemán, vemos el rostro más feo de AfD; ahí pululan los negacionistas; los que dicen que el Holocausto nunca existió; los que buscan enlazar con el pasado nazi, los que predican, en nombre de la cultura nacional, el odio de razas. ¿Cuál será el ala que finalmente se impondrá en AfD, la fascista, o la (llamémosla así) nacionalista republicana? No podemos saberlo. Solo podemos saber que la que predomina en estos momentos es la primera, a los que reconocemos aún cuando aparecen con pieles de oveja en la escena pública.
El populismo es un monstruo con muchas manos. En cada mano ofrece un distinto manjar. A los conservadores les ofrece el amor por la tradición y los símbolos patrios; a los liberales, una economía ultraliberal; a los miedosos e inseguros, incluso a los fracasados, les ofrece terminar drásticamente con los emigrantes, convirtiéndolos en chivos expiatorios de todos los males del mundo. Incluso, mediante el uso adecuado de las nuevas tecnologías, AfD ha sabido llegar a la población más joven.
Según informa la IA de Google: “La Inteligencia Artificial (IA) se ha convertido en el arma secreta y más eficiente de la AfD para dominar el espacio digital. El partido ha sido pionero en Alemania al integrar generadores de imágenes, clones de voz y automatización en su maquinaria propagandística ordinaria, logrando tres objetivos clave: bajar costes de producción, multiplicar sus mensajes a escala masiva y esquivar la censura de derechos de autor”. Basta consignar que el líder regional en Sajonia-Anhalt, Ulich Siegmund, acumula más de 820.000 seguidores en TikTok. En la campaña de 2026 sus videos acumularon 28 millones de visualizaciones (el 64.5% de todo el tráfico político medido en la región), frente al modesto 9% que obtuvo toda la maquinaria de la CDU unida”. El nuevo líder, miembro del ala extrema, acumula más de 820.000 seguidores en Tik Tok. En la campaña de 2026, sus videos acumularon 28 millones de visualizaciones (el 64.5% de todo el tráfico político medido en la región), frente al modesto 9% que obtuvo toda la maquinaria de la CDU.
Hasta ahora nos hemos dedicado a denunciar los peligros que conlleva la IA. Es hora de bajar del pedestal y comenzar a usarla para fines democráticos y no antidemocráticos como hasta ahora ha venido sucediendo. Es hora de imaginar nuevas formas de enfrentamiento político frente a enemigos que conocen todas las piezas del teclado populista. Es hora de ofrecer un nacionalismo democrático en contra de un nacionalismo dependiente de imperios, como es el que AfD ofrece. Es hora, en fin, de entender la política como pedagogía pública, en lugar de pedir la exclusión jurídica de los nacional-populistas.
Los enemigos no están ahí para juzgarlos, sino para combatirlos. La democracia, cuando está en peligro, debe ser militante o no ser.
Hasta ahora nos hemos dedicado a denunciar los peligros que conlleva la IA. Es hora de bajar del pedestal y comenzar a usarla para fines democráticos y no antidemocráticos como hasta ahora ha venido sucediendo. Es hora de imaginar nuevas formas de enfrentamiento político frente a enemigos que conocen todas las piezas del teclado populista. Es hora de ofrecer un nacionalismo democrático en contra de un nacionalismo dependiente de imperios, como es el que AfD ofrece. Es hora, en fin, de entender la política como pedagogía pública, en lugar de pedir la exclusión jurídica de los nacional-populistas.
Los enemigos no están ahí para juzgarlos, sino para combatirlos. La democracia, cuando está en peligro, debe ser militante o no ser.