Estimado lector, si yo te preguntara ¿por qué la Iglesia Católica ha sobrevivido dos mil quinientos años?, podrías verte tentado a contestar – si eres ateo - que lo ha hecho porque siempre se las ha apañado para lidiar con el poder de turno, y, si eres creyente, podrías verte tentado a contestar, que lo ha hecho, porque Dios la ha puesto siempre a resguardo del mal, encargándose, por su intercesión, de que se mantenga santa a través de los siglos.
Déjame decirte que ambas respuestas son erróneas. Para desmentir la primera basta con repasar los crímenes cometidos por el Mundo, contra la Iglesia y sus miembros, a lo largo de los Siglos y para desmentir la segunda, basta con repasar los crímenes cometidos por la Iglesia y sus miembros, contra el Mundo, a lo largo de los Siglos.
Si la Iglesia ha sobrevivido a pesar de los crímenes del mundo y contra el mundo (o si prefieres, si Dios y el Mundo no la hicieron arder), es porque la cosa es un poco más complicada (e interesante) que lo afirmado en esas dos respuestas.
Si tuviera que adelantar la tesis de este trabajo diría lo siguiente: la Iglesia ha sobrevivido durante dos mil quinientos años porque aprendió, muy tempranamente, a convivir con la falta. Esa, y no otra, ha sida la razón, por la que se ha mantenido en pie durante todo este tiempo, y ha podido ser testigo privilegiado del derrumbe de imperios, revoluciones y sistemas de pensamiento – que también surgieron con la intención de durar para siempre, pero que no lograron extenderse más allá de algunas pocas décadas o de algunos pocos siglos -.
Si nos remontamos a los orígenes del Cristianismo, no hay duda de que la Iglesia fue implacable en su combate contra el paganismo. En el mundo griego y romano había un lugar reservado para el “Dios por venir”. Sin embargo, el cristianismo no reclamó un lugar en el Panteón, sino que reclamó el Panteón entero. Por lo tanto, cuando finalmente logró imponerse, no quedó ni rastro de los dioses paganos en el nuevo Imperio.
Ahora bien, cuando llegó el momento de mirarse a sí misma, la Iglesia no cayó en la tentación de considerarse santa y reclamar esa misma santidad a sus miembros. En efecto, cuando Donato propuso que la validez de los sacramentos dependía de la pureza moral del sacerdote que los administraba, la Iglesia no lo aceptó y condenó al Donatismo como herético.
Para entender esa condena (y sus implicancias) es necesario entender primero su contexto. Durante las persecuciones romanas muchos ministros de la Iglesia se vieron obligados a esconderse e incluso a renegar de su fe (apostasía) por miedo a la muerte. Muchos lo hicieron, pero muchos otros no, a pesar de haber sido torturados e incluso martirizados. Éstos últimos llegaron a conocerse como “confesores” y los primeros como “traditores” (del latín tradere, “entregar” – en alusión a que habían entregado los libros sagrados a las autoridades romanas para salvar sus vidas).
Después del triunfo del Cristianismo, la Iglesia tenía que decidir si ambos – confesores y traditores – podían formar parte de la Iglesia, o si solo los primeros tenían ese derecho. Para Donato no había duda, la Iglesia es santa – en línea con la santidad de Cristo – y esa misma santidad y pureza moral debe ser reclamada a sus miembros.
Sin embargo, San Agustín no lo entendió así.
Para el Doctor de la Gracia la eficacia de los sacramentos proviene de Cristo, no del ministro (Ex opere operato): El sacerdote es solo un instrumento terrenal. Si el sacramento dependiera de la pureza moral de quien lo da, los fieles vivirían en constante incertidumbre. Pedro, Juan e incluso Judas pueden bautizar – dice Agustín - pero “es Cristo el que bautiza” (cfm Tratados sobre el Evangelio de Juan, 6.7.) "Y no debemos tener inquietud alguna sobre la conciencia de Cristo. Pero si afirmas que cualquier hombre es el dador, sea quien sea, no habrá certeza sobre la purificación del receptor, porque no hay certeza sobre la conciencia del dador". (Fé de erratas / Réplica a Petiliano, Libro II, Cap. 3.).
Y concluye Agustín: de las parábolas del trigo y la cizaña y la red de pesca se infiere claramente que la Iglesia en la Tierra es un cuerpo mixto (Corpus permixtum). La Iglesia visible alberga tanto a santos como a pecadores hasta el fin de los tiempos – pues la separación definitiva le corresponde únicamente a Dios -. Si no lo consideráramos así, caeríamos en un aislamiento y en un elitismo moral inaceptables, olvidándonos que la Iglesia verdadera es universal (orbis terrarum).
Corresponde señalar que el Protestantismo también condenó el Donatismo. Para Calvino, los sacramentos reciben su valor de Dios y no de las manos de quien los distribuye - igual que una carta, cuyo mensaje no cambia, aunque el cartero sea un criminal -.
La Iglesia entonces, desde sus orígenes, no se concibió a sí misma como una sociedad pura formada solo por hombres santos, sino como un orbe universal que mezcla trigo y cizaña. La Iglesia es santa y pecadora – como dice elocuentemente Agustín -: santa porque su santidad proviene de Cristo y de la gracia divina, pero pecadora porque sus miembros son seres humanos limitados e imperfectos.
Y aquí, exactamente aquí, yace la razón por la que la Iglesia pudo continuar su viaje a lo largo de los Siglos – a pesar de todo y contra todo -. La Iglesia incorporó la falta desde sus comienzos y de ese modo se alineó con el ser – que también es en la falta – poniéndose a resguardo de los vaivenes del Mundo y del poder de turno.
Aprender a convivir con la falta incorpora una tensión y una versatilidad, que impiden que algo se obture y se rompa o se aísle y se agote. Como dijo de manera célebre Concepción Arenal “Si el catolicismo sigue vivo en España es porque la gente puede salir a fumar en la Homilía”.
La falta vuelve a la Iglesia permeable al amor – y eso es algo muy poderoso, porque el amor se encargará de llenarte de vida y de alejarte de la muerte – entendida como extinción (muerte) o intrascendencia (muerte en vida) -.
Haber incorporado la falta permitió a la Iglesia ser una Institución de puertas abiertas. Atenta a lo que ocurre en el Mundo. Y no importa si durante mucho tiempo sus prácticas asumieron un carácter conservador. No importa que la misa se haya dado de espaldas y en latín. ¿Por qué? Porque llegado el momento, en que se vio amenazada, la Iglesia – dada su constitución en la falta – pudo contar con los mecanismos para revertir esto y aggiornarse (Concilio Vaticano II).
La vitalidad de la Iglesia es política (en el sentido más noble de la palabra – polis -) porque es ontológica. Al haberse constituido en la falta, la Iglesia se alineó ontológicamente con el ser - que también está constituido de ese modo -.
Me explico: La característica primordial del totalitarismo, o reducción de la ciudadanía a masa – dice Mires, citando a Hannah Arendt - se da cuando lo público inunda el espacio de lo más privado e íntimo. Y así: si todo es político, nada es político, pues lo político solo puede darse entre lo que es político y lo que no lo es. El totalitarismo aparece – entonces - cuando se da la supresión de la política en nombre de la política.
La afirmación de Arendt es profundamente cierta, porque es ontológicamente cierta. A nivel ontológico ocurre exactamente lo mismo: la entificación o la reducción del ser a ente (“ser uno”) obtura el ser. Si todo es ser, entonces, nada es, pues el ser solo puede darse entre lo que es y lo que no es. La entificación es la supresión del ser en nombre del ser. Y precisamente, porque lo que es, solo puede darse entre lo que es y no es, decimos que el ser es trinitario. La trinidad del ser, lejos de excluir la falta (“no ser”) la incorpora. Pero la incorpora como “no ser”, precisamente.
La trinidad no dice que el “no ser, es”, eso sería una contradicción. Y ¿cómo puede incorporarse entonces el “no ser” a la ontología del ser sin incurrir en contradicción? Porque el ser es trinitario: es la relación inter-in-dependiente entre ser – no ser y ser/no ser. Lo que permite incorporar esas tres dimensiones, sin identificarse con ninguna de ellas – dando cuenta así, por fin, del espacio (ser), del tiempo (no ser) y del movimiento (ser/no ser) -.
Una Institución que ha incorporado la falta es imposible que se derrumbe porque su esencia está alineada con la trinidad del ser, y por lo tanto, a salvo de las vicisitudes del Monismo y del Dualismo que tarde o temprano la quiebran (monismo) o la diluyen (dualismo).
El monismo aísla y rompe, el dualismo, disuelve y desintegra. Solo lo que es trinitario perdura. Porque el tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su concurso. Y la Iglesia se reconcilió con el tiempo, desde sus comienzos. Y ese pacto sagrado, la ha conservado hasta nuestros días.
El Comunismo o el Cielo en la Tierra y el Capitalismo o la Tierra en el Cielo.
Si el cielo en la tierra y su inefable “hombre nuevo” nos condujo al infierno, la Tierra en el Cielo y su inefable “homo deus” amenazan ahora con arrojarnos a la Nada. A un limbo insoportable de incertidumbre, violencia, hastío y falta de sentido. Si el socialismo no nos dejaba respirar y nos ahogaba en cámaras de gas, la viralización del capitalismo virtual contemporáneo tampoco nos deja respirar y nos ahoga ahora con el Covid – lo virtual convierte lo vital en viral -.
Si el Gran Hermano policiaco del comunismo nos aterraba y amenazaba con hacernos desaparecer – muerte -, el Gran Hermano de la virtualización nos aterra ahora aún más y nos amenaza con la cancelación – muerte en vida -. Si el socialismo nos oprimía, el capitalismo nos deprime. Si el socialismo era homicida, el capitalismo virtual es suicida. En ambos, “ser” es “desaparecer”. Si el comunismo era violento, el capitalismo virtual es virulento. Ninguno de los dos entiende de Amor, ni de Libertad, ni de otro, ni de encuentro, ni de nada. El comunismo no tiene otro, tiene “Gran Otro”, y el capitalismo virtual, no tiene otro, tiene “otro/Gran Otro” – pues ahora todos llevan un celular en la mano, cumpliendo la profecía de Lacan, de que llegaría un día en que todos llevaríamos el objeto “a” en el bolsillo -.
Si el socialismo nos puso a vivir en campos de concentración para explotarnos y matarnos bajo el lema “el trabajo los hará libres”, el capitalismo virtual nos pone a vivir ahora en una “cárcel infernal” para extenuarnos y agotarnos con la auto - explotación bajo el lema “si quieres ser libre, empodérate”. Y si la caída del comunismo nos llevó a la Rusia imperial del Siglo XIX, la caída del capitalismo contemporáneo y su feudalismo digital amenazan ahora con llevarnos aún más atrás: al Siglo XVI. (Las plataformas como feudos digitales, el linchamiento mediático como hoguera virtual, lo políticamente correcto o policía moral de las redes como inquisición, los universos paralelos y las dimensiones extra como deus ex machina, el hipertexto o chatgpt como biblia, los likes como una suerte de amen digital al decir de Chul Han, y así podríamos seguir hasta el infinito con estos paralelismos – que están lejos de ser casuales -).
Comunismo y Capitalismo o los hijos de la Lógica del Amo y el Esclavo.
La conciencia del Amo cosifica y se cosifica y la conciencia del esclavo idealiza y se idealiza. El amo piensa en las cosas y el esclavo piensa en el amo - decía Hegel haciendo gala de su genialidad -. Ninguno de los dos puede realizarse porque la realización – igual que la libertad y el deseo– reclama(n) un otro. No hay realización en el goce del Amo y tampoco la hay en la idealización del esclavo. Y así, sin reconocimiento, ni deseo, ni realización, ambos se desvitalizan y sueñan con una libertad que nunca llegará.
El amo es amo de las palabras, pero “esclavo” de las cosas – su libertad depende del esclavo -. El esclavo es “amo” de las cosas, pero esclavo de las palabras – su identidad depende del amo -. Por eso la cadena que sujeta al esclavo también sujeta al amo.
En la lógica del amo y el esclavo se pierde la mediación entre identidad y libertad, entre las palabras y las cosas. Y al perderse esa mediación, materialismo y autoritarismo quedan servidos. El amo se obsesiona con las cosas y el esclavo se obsesiona con el poder. El primero piensa que las cosas lo liberarán, el segundo, que el poder lo hará. El sueño de ambos se convertirá, sin embargo, en pesadilla y nos arrastrará a todos al infierno.
Si Marx y Nietzsche hubieran leído con más atención a Hegel, hubieran entendido que en el corazón de todo amo palpita el de un esclavo y en el corazón de todo esclavo palpita el de un amo. Marx jamás hubiera cometido la ingenuidad de pensar que la liberación pasaba por colocar las armas en manos de los esclavos – S. Weil – y Nietzsche jamás hubiera incurrido en la soberbia de pensar que la liberación pasaba por armarse de una voluntad de poder. Detrás de la bandera que levantan los esclavos puede leerse la palabra amo. No debería extrañarnos entonces que los revolucionarios maten al Zar para darnos simplemente un Zar rojo. Y detrás de la bandera que levantan los amos puede leerse la palabra esclavo. Por lo que tampoco debería extrañarnos que la voluntad de poder nos haya arrojado simplemente a una sociedad de mercado – M. Sandel -. Si la revolución de los esclavos conduce a un comunismo atroz, la revolución de los amos conduce a un consumismo feroz.
Tierra Santa o la lección del tiempo.
La Iglesia nunca se divinizó, pero tampoco se des-divinizó. Nunca prometió el Cielo en la Tierra ni la Tierra en el Cielo, pero jamás renunció a la idea de una Tierra sin Cielo. Nunca le soltó la mano a Dios, pero tampoco al Hombre. La Iglesia siempre supo que habitaba en la Tierra, pero sabiendo que la Tierra que habitaba, era Santa. Y no porque estuviera constituida por hombres santos, sino porque es sagrada (y por lo mismo, ha de ser con-sagrada). La Iglesia comprendió muy pronto que no estaba ahí para evitar el Mal, sino para acompañarnos en el Mal – con la ayuda de Dios -.
Haberse constituido en la falta es la lección invaluable de la Iglesia a cualquier institución o sistema de pensamiento que pretenda construirse.
El monismo te aísla y te congela, para luego quebrarte. Sin embargo, el dualismo, te divide y te paraliza, para luego deshacerte. Porque el dualismo convierte la contradicción en valor. Y si la contradicción deviene valor, estamos en problemas, porque, como decía Voltaire, “si el poder es capaz de hacerte creer cosas absurdas, pronto será capaz de convencerte de cometer atrocidades”. El dualismo torna sicopático al poder que no dudará en apelar a la contradicción para romper la mente (y el alma) de las personas.
Solo la trinidad nos pone a salvo del aislamiento y la petrificación del monismo y del absurdo y la contradicción del dualismo. Solo la trinidad es capaz de vencer la incognoscibilidad del primero y la indecidibilidad del segundo, apelando al Amor. Y si el ser es trinitario, es porque el Amor es trinitario – amor al ser (padre), amor al mundo (hijo) y amor al hombre (espíritu santo)-. La Iglesia es poderosa porque es amorosa. Jamás al revés. Porque si amas, el amor te volverá poderoso, pero si no amas, el poder no te volverá amoroso. Si amas, el amor te mostrará su rostro y te volverá vital y vivificante; pero si no amas, el poder te dejará ciego, te volverá mortal y mortificante y te arrojará a la nada.
El amor es trinitario y por eso es capaz de vencer la ceguera del monismo y la vacuidad del dualismo. La Iglesia aprendió esta lección hace 25 siglos y por eso hace 25 siglos que camina con nosotros.
No vivimos en el Cielo ni en el Infierno. Pensar lo primero, nos hace despreciar el mundo y nos pone a depurar todo lo que no se acomode a ese ideal celestial. Pensar lo segundo, nos hace ver demonios en todas partes y nos pone a perseguir fantasmas. No vivimos en el Cielo ni en el Infierno. Vivimos en la Tierra. Pero esa Tierra es Santa. Y eso lo cambia todo.
El juicio final separará el trigo de la paja, pero mientras tanto llueve sobre justos y pecadores y el Sol sale cada mañana para el bienintencionado y para el malintencionado. Hay segundas, terceras y cuartas oportunidades. Pero no hay mérito, sino indignidad, ya que solo el contacto con lo divino es lo que nos eleva y santifica. No es por nuestros propios esfuerzos y méritos – aunque debemos contribuir a ello – la razón por la que hemos sido llamados. Otra cosa es si respondemos o no. Ese es nuestro margen de libertad: decir si o no a la hermosura soberana – como la llamaba Lope de Vega -.
“La Iglesia no se construye sobre la piedra dura y rocosa, sino sobre un tipo que negó tres veces a su Señor” – como dice Ernesto Castro -. Y esa es la magia del asunto – continúa el filósofo español -. “Las instituciones que se construyen sobre el hombre fuerte (sin falta, diría yo) caen en cuanto cae el Hombre fuerte, las instituciones que se sostienen sobre la fragilidad y la debilidad humana (sobre la falta, diría yo) sobreviven a los pecados, los crímenes y las debilidades de sus fundadores”.
Una Iglesia inacabada, imperfecta (porque ha integrado la falta) es, precisamente, la lección milenaria de la Iglesia Católica. Una lección que debe ser aprendida por cualquier sistema de pensamiento y por cualquier institución que pretenda perdurar. De no ser así, seguiremos asistiendo al espectáculo de su ascenso y caída. Pues hasta que no alineemos nuestra condición humana al Ser y entendamos que, nosotros también, estamos constituidos en la falta, (y por lo tanto que es una necedad mayúscula no incorporarla) seguiremos dándonos de narices contra el suelo – lo que sería gracioso, si no fuera trágico -. Y vaya si lo es. Pues cada vez que el Poder se ha empecinado contra el Ser, el resultado siempre ha sido la mortificación seguida de muerte.
Alinearnos con el Ser, entonces, no es solo la mejor estrategia para perdurar, sino nuestra mayor responsabilidad existencial. Pues solo en el marco de una estrategia alineada con el Ser, podemos ser vivificantes en lugar de mortificantes, y vitales en lugar de mortales - tanto para con los demás, como para con nosotros mismos -.