Alejandro Lafluf - LA GUERRA HÍBRIDA


El conflicto entre la OTAN y Rusia está tomando un cariz cada vez más preocupante. Sanciones, ciberataques, sabotajes, acusaciones mutuas, cierre de misiones diplomáticas, amenazan con convertirse en el preámbulo de una confrontación directa como no se ha visto desde la segunda guerra mundial.

Zelenski diciendo que “si Ucrania arde, Moscú arderá” y el canciller Lavrov contestando que “si Europa ataca a Rusia, la guerra será muy breve”, pone los pelos de punta.

Escribo este artículo, sin embargo, para demostrar lo siguiente: la guerra que se avecina será inevitable, letal y total, pero no será nuclear, sino híbrida.

La hibridación del ser y del sentido.
La filosofía como saber se articula en torno a la relación ser-pensar. Esa relación recorre la historia de la filosofía en occidente y asume cuatro formas: monismo, dualismo, dialéctica y virtualización. En el monismo el ser y el pensar se fusionan, en el dualismo se separan, en la dialéctica se relacionan y en la virtualización se abisman.

Si tuviera que resumir este proceso diría lo siguiente: la sustancia griega se verbaliza con el cristianismo (Monismo). El verbo reclama ahora un objeto y un sujeto (Dualismo). Como no hay objeto sin sujeto, ni sujeto sin objeto, entonces hay sentido (Dialéctica). Pero como el sentido es inconmensurable con el ser – so pena de solipsismo o paradoja -, el ser se resuelve como ser del ente y el sentido como sentido del ser (Virtualización).

Con la virtualización de Heidegger el ser y el pensar se desfondan provocando la hibridación del ser y del sentido.

La Crisis paradigmática y el Jinete “Rojo”.
Un paradigma es una formación ontológica que implica una relación dialéctica entre Filosofía – Saber – y Ciencia y Cultura – Poder –. La Ciencia y la Cultura son saber normalizado, pero el saber que se normaliza es filosófico. La Ciencia y la Cultura se alinean respecto a la Filosofía. La Cultura se alinea con la Ciencia, porque no hay praxis sin teoría y la Ciencia se alinea con la Filosofía porque no hay teoría sin ontología – sin conceptos primitivos -.

La Ciencia y la Cultura despliegan - traducen - normalizan, un saber que es filosófico – porque es ontológico – hasta toparse con sus límites – que también son ontológicos -. Cuando eso ocurre, surgen dilemas en la Ciencia y problemas en la Cultura que no expresan sino los límites del paradigma. Y si la Ciencia y la Cultura se revuelven contra esos límites, es porque no pueden lidiar con ellos. La Ciencia y la Cultura jamás han podido dar un solo paso fuera del mapa ontológico que la Filosofía les proporciona.

Como la Ciencia y la Cultura no pueden superar esos límites, el paradigma entra en crisis. Y esa crisis se expresa siempre del mismo modo: enigmas en la ciencia, profunda crisis socio – económica y cultural, pandemia y guerra total.

La gran guerra que se avecina, es uno de los “cuatro jinetes del apocalipsis”. Los otros tres son: la pandemia, los enigmas de la ciencia y la crisis socio – económica y cultural. Estos cuatro “heraldos del caos” siempre viajan juntos y anuncian el ocaso de un paradigma. Siempre ha sido así, y esta vez no será la excepción.

Siempre ha habido guerras; pero las guerras que marcan el ocaso de un paradigma, son totales. Siempre ha habido enfermedades; pero las enfermedades que marcan el ocaso de un paradigma son – como lo dice la propia palabra – pandemias. Y lo mismo puede decirse de las incertidumbres de la ciencia. Cuando un paradigma se agota, las incertidumbres que asaltan a los científicos, no son meras dudas o anomalías, sino verdaderos enigmas. Y lo mismo sucede con la crisis social, económica y cultural. La sociedad, la economía y la cultura, siempre experimentan cambios; pero los que ocurren en el ocaso de un paradigma, son profundos y revolucionarios.

El paradigma de la virtualización está agotado. Los enigmas de la ciencia ya están ahí (energía oscura, materia oscura, fluctuación cuántica del vacío, asimetría materia-antimateria) y en las últimas dos décadas ya hemos vivido la pandemia (Covid) y la crisis social (sociedad digital) y económica (hipotecas sub-prime). Por lo tanto, no debería extrañarnos que se rompa otro “sello” y el jinete rojo – de la guerra – haga su entrada triunfal.

La guerra será inevitable, pero no será nuclear, sino híbrida.
La guerra que viene será “contra el mundo”, “por el mundo” y “en el mundo”. Porque será “contra un mundo que muere”, será inevitable, porque será “por un mundo que nace”, no será nuclear y porque será “en el mundo que vivimos” será híbrida. Veámoslo detenidamente.

La guerra que se avecina está asociada al ocaso del paradigma vigente y por lo tanto será inevitable. El orden militar, posterior a la segunda guerra mundial, está agotado. Ergo, la guerra será inevitable porque la reconfiguración de ese orden es inevitable. El mapa militar del mundo – mi estimado lector – no necesariamente coincide con el mapa jurídico de los países. Basta ver lo que sucede en Groenlandia, Ucrania y Taiwán – para poner solo tres ejemplos -.

Las fronteras de ese mapa (militar) han comenzado a reconfigurarse. Y lo harán hasta adecuarse a la nueva configuración del poder mundial - que Mires ha denominado como la lógica de los Tres Imperios: China, Rusia y USA -.

La guerra será inevitable, pero no será nuclear. En primer lugar, por la razón del artillero: si todos los participantes tienen armas nucleares, entonces todos pueden usarlas. Y si todos pueden usarlas, entonces nadie puede. Sin embargo, la razón más importante por la que la guerra no será nuclear, es porque hay algo que el Poder ama más que la destrucción. Y es la dominación (o hegemonía). “El poder se ejerce” decía Foucault haciendo gala de su genio. Y, por lo tanto, el propio poder se encargará de asegurar las condiciones para su ejercicio. La guerra que viene, entonces, será letal y total, pero no será nuclear, sino híbrida.

Ahora bien, la guerra no será híbrida porque utilice medios no convencionales (ciberataques, desinformación, presión económica, etc) sino porque ese carácter viene impuesto por la hibridación del ser y del sentido que gobierna la ciencia y la cultura. La guerra que viene será contra el mundo y por el mundo, pero sobre todo “en el mundo”. Y ese mundo es virtual.

Por lo tanto, la guerra no será nuclear, pero tampoco será clásica. En una guerra clásica, los participantes (amigos y enemigos) así como las condiciones espacio - temporales están claramente definidos. Una guerra clásica es por definición local – aunque sea nacional, regional o mundial – y lineal – aunque el conflicto crezca o disminuya con el tiempo -. En una guerra clásica hasta las palabras significan lo que significan.

Cuando Churchill dice, en plena segunda guerra mundial, “sangre, sudor y lágrimas” – todos entienden lo que significa y lo que les espera – y así fue - y cuando dice “lucharemos en las playas, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas y jamás nos rendiremos” todos entienden la amplitud y alcance geográfico que tendrá el conflicto – y así fue -. Y por, sobre todo, todos entienden a quién va dirigido el mensaje y contra quién.

A diferencia de una guerra clásica, la virtual, desquicia la categoría amigo-enemigo. No solo porque el enemigo, en muchas ocasiones, no muestra su rostro – como ocurre con el terrorismo o el fenómeno de los testaferros del Poder – que llevan adelante acciones en nombre propio, pero en interés ajeno -, sino porque el enemigo militar, puede ser, a un mismo tiempo, amigo en lo comercial y financiero o a la inversa, el amigo comercial o financiero, puede devenir, en un abrir y cerrar de ojos, en enemigo militar.

Lo mismo ocurre con las palabras. Cuando comparamos las expresiones de Churchill con las de Trump, que afirma un día que “borrará a Irán de la faz de la Tierra” y al siguiente que “un posible acuerdo con Irán lo convertirá en un país más grande” (sic), las diferencias entre lo híbrido y lo clásico quedan palmariamente expuestas.

Vivimos una guerra híbrida porque vivimos en un mundo virtual. Y una guerra virtual no está caracterizada por la violencia, la certeza y la veracidad, sino por la virulencia, la incertidumbre y la contradicción.

Y la cosa no se detiene ahí. Porque lo más grave de la guerra virtual (o si prefieres, lo más desconcertante) es lo que ocurre con el espacio y el tiempo: la guerra híbrida es no-lineal y no-local.

Me explico: creo que es la tercera o cuarta vez que escucho que habrá una escalada. Y, sin embargo, esa escalada no ocurre. Sin embargo, debo apresurarme a señalar que, la escalada no ocurre, no porque el conflicto no sea grave – vaya si lo es - sino porque la guerra es virtual. Y lo virtual es lo que es real, sin ser actual.

Nadie quiere una escalada, pero en cierta forma, si ocurriera, espantaría a todos, pero no sorprendería a nadie ¿Por qué? Porque la escalada de un conflicto es, precisamente, lo que un tiempo lineal y un espacio local, indican que debe ocurrir cuando un conflicto se agrava. Entonces, si el conflicto se agrava ¿por qué no escala? Porque la guerra es virtual, y lo virtual está gobernado por un tiempo no lineal y por un espacio no local. Y eso lo cambia todo.

La guerra híbrida está regida por la incertidumbre. Y será una pesadilla para los generales que les toque pelearla. Sin embargo, no me refiero a la incertidumbre de los ataques sorpresa o de la guerra de guerrillas. La guerra es híbrida no porque sea asimétrica – que no lo es – sino porque es cuántica. Y una guerra cuántica está regida por el principio de incertidumbre.

¿Qué dice ese principio? Que no puedes conocer a un mismo tiempo la posición y la velocidad (o momento lineal) de una partícula subatómica. Si mides la posición, ya no puedes conocer la velocidad, porque el sistema se resetea y arroja un nuevo catálogo de probabilidades. Y si no mides, puedes conocer el momento lineal, pero no puedes saber dónde está la partícula – ni anticipar su trayectoria – porque la energía está cuantizada.

Feynman solía decir que si afirmas que entiendes la cuántica estás mintiendo. ¿Por qué? Porque el entendimiento es local y la cuántica es no-local. Si dices que entiendes la cuántica, entonces cuentas con un modelo local que te permite dar cuenta de la no-localidad, lo cual es un absurdo. Si dices que entiendes la realidad cuántica significa que has dado con una imagen de la realidad cuántica, pero si eso fuera cierto, entonces la realidad cuántica no sería cuántica, ergo, eres un mentiroso.

Con la guerra virtual ocurre igual. Puedes identificar un acto de esa guerra, pero no puedes saber qué ocurrirá luego – porque con cada acto de guerra el sistema se resetea y arroja un nuevo catálogo de probabilidades -. Pretender anticipar la trayectoria de una guerra híbrida es como pretender anticipar la trayectoria de un electrón. Simplemente no se puede. Y el que diga lo contrario, miente.

Sun Tzu decía que ejecutar una guerra es como ejecutar una danza. Solo que esta vez esa danza, será una danza de electrones. ¿Qué quiero decir? Que frente a una guerra híbrida es muy difícil posicionarse. Si eres un gobernante europeo, por ejemplo, y te pregunto ¿Rusia está en guerra con Ucrania o con Europa? Seguramente contestes que está en guerra con Ucrania. Pero si te digo que la suerte de Europa depende de la suerte de la guerra de Ucrania. Entonces pensarías dos veces tu respuesta. Incluso podrías verte tentado a ayudar a Ucrania de todas las maneras posibles. Pero si la ayuda a Ucrania termina desbalanceando la suerte de la guerra, quizás eso provoque una reacción de Rusia contra Europa que, en principio, no estaba en los planes de nadie. Entonces ¿qué haces?

La guerra híbrida permite entender que cualquier respuesta convencional (léase, maniquea) a esa pregunta es errónea. Si contestas que sí y te comportas como si estuvieras en guerra, te equivocas. Pero si contestas que no, y te comportas como si no estuvieras en guerra, también te equivocas.

Entender que estamos frente a una guerra híbrida permite comprender que la respuesta correcta es “sí y no” – a la vez -. Y por tanto que la actitud correcta es comportarte, a un mismo tiempo, como si estuvieras en guerra y como si no lo estuvieras. Sé que suena contradictorio. Y lo es. Pero esa contradicción es consecuencia de la virtualidad que estamos viviendo. Y es precisamente lo que intento señalar en este artículo.

Si estás en una guerra híbrida, lo correcto es actuar de forma contradictoria. Por lo tanto, ayudar a Ucrania y comprarle gas a Rusia, puede ser un comportamiento contradictorio, pero está lejos de ser errático. En un mundo virtual, una actitud convencional puede ser inconveniente; en una guerra virtual, una actitud convencional – del signo que sea – puede ser, además de inconveniente, muy peligrosa.

Y si no quieres asumir la contradicción, entonces, solo te queda la a-dicción – porque no puedes resistirte a una guerra virtual -. Me explico: Foucault nos había dicho “donde hay poder, hay resistencia”. Con la virtualización del poder, la resistencia desaparece, porque la virtualización no viene a barrar - como dice Bauman - sino a borrar. Si no sabes lo que es real, no puedes resistirte – ahora solo te queda el miedo -. Si hay miedo, no hay poder, y sin poder no hay (no puede haber) resistencia. El miedo no te arma, te desarma: por fuera – anonimato – y por dentro – adicción -.

A modo de corolario. Hacia un poder trinitario.
Cuentan que una vez le preguntaron a Goethe si había leído a Kant. El genio alemán contestó que no, pero que no importaba, porque Kant estaba en el ambiente. Con la trinidad ocurre igual. No importa, mi estimado lector, si no has oído de ella. Porque la trinidad está en el ambiente. Y por lo tanto, no extraña que la política internacional se esté ordenando en torno a tres imperios (Mires).

Cualquier intento de alcanzar la unicidad del poder o de regresar a la bipolaridad del pasado está condenado al fracaso. La trinidad llegó para quedarse y gobernará todos los campos – incluido el de la política internacional -.

Y ¿cómo entiende la política una concepción trinitaria? Como aquello que se da entre lo político, lo no político y lo politizable. Si estas reglas se imponen, cualquier político que no distinga esas tres dimensiones y pretenda politizarlo todo será descartado. Y lo mismo ocurrirá con el político que no entienda que hasta los espacios íntimos - que por definición no son políticos -, son, sin embargo, politizables – y, por lo tanto, la política puede ingresar en ellos para preservarlos contra su propia degradación - como dice Mires -.

En el plano internacional ocurre lo mismo. La política internacional es la que se da entre lo occidental, lo no occidental (o lo oriental), y lo occidentalizable (u orientalizable). Para sobrevivir en un mundo trinitario las potencias deberán integrar la falta y aprender a convivir con “lo otro” – con lo extraño, con lo extranjero -.

Las potencias que no lo acepten y pretendan occidentalizarlo u orientalizarlo todo, perecerán. E idéntico destino correrán las que pretendan replegarse sobre sí mismas o regresar a la vieja bipolaridad.

En breve: Occidente no es Oriente, pero es orientalizable y Oriente no es Occidente, pero es occidentalizable. La potencia que comprenda esto, se salvará, y la que no, perecerá.

La trinidad llegó para quedarse. Por lo tanto, si una potencia desaparece (como potencia) el poder seguirá siendo trinitario y esa potencia será sustituida por otra (seguramente por India – ese gigante dormido -).

Una vez que la configuración trinitaria del poder internacional defina sus integrantes nos dará una de las configuraciones más estables en la historia de la Humanidad. Pues será como un Taburete que, con una o dos patas se cae, pero que, con tres, se mantiene.