Con el advenimiento del segundo gobierno de Trump ha sido trazada una nueva marca histórica en las relaciones internacionales entre EE. UU. y América Latina. El grueso de la marca pasa por la dictación de la Nueva Carta de Seguridad Interior de los EE. UU. (2025) dada a conocer como Corolario Trump a la Doctrina Monroe.
En verdad, la de 2025 es una nueva doctrina que poco o nada tiene que ver con la de 1823 dictada bajo la presidencia de Monroe con el objetivo de impedir avanzadas de países colonialistas europeos como Inglaterra, Francia y España hacia América Latina.
El espíritu anticolonial de la Doctrina Monroe fue, como es sabido, desvirtuado y sustituido por una doctrina destinada a legitimar pretensiones anexionistas de los EE. UU. en la región latinoamericana. En 1904 el presidente Theodore Roosevelt introdujo un corolario que le permitía pasar de la guerra defensiva a la ofensiva si es que se trataba de mantener "el orden" en Latinoamérica. Ya en 1903, EE. UU. apoyó a Panamá su separación de Colombia para asegurar el control del canal. En 1906 ocupó a Cuba en contra de la guerra a España. La de Trump de 2025 es una nueva desvirtualización de la doctrina Monroe otorgando a EE. UU. la hegemonía sobre todo el Hemisferio Occidental y erigida en contra de la penetración de potencias imperiales como Rusia, Irán y sobre todo China (no solo en América Latina).
La diferencia entre las dos doctrinas reside, en consecuencia, en que en la primera doctrina, la de Monroe, EE. UU. proyectó una defensa de límites territoriales, en la segunda, la de Trump, proyectó una defensa de límites económicos en el marco de un proceso no solo territorial que caracteriza al nuevo orden mundial cuyo control está en disputa, sobre todo entre China y los EE. UU.
Mirado el tema desde esa perspectiva, la Doctrina Trump -llamémosla simplemente así, dejando la de Monroe a un lado- es hoy, antes que nada, anti-China. Las pretensiones imperiales de Rusia e Irán son pedominantemente regionales y sus incidencias latinoamericanas son muy limitadas para que EE. UU. se vea obligado a dictar una nueva carta geoestratégica. De eso tomaron nota en Beijing cuando, casi imediatamente después de la dictación de la doctrina norteamericana del 2025, fue dictado el llamado Documento de política de China sobre América Latina y el Caribe en donde es propuesta una libre competencia entre las naciones latinoamericanas y China, sin intromisiones militares ni geopolíticas de parte de las grandes potencias.
El imperialismo chino es mucho más moderno (y global) que el de los EE. UU. y el de Rusia. A diferencias de Putin que encuentra apoyo casi incondicional en los partidos nacional populistas europeos, y de Trump, aplaudido por la derecha populista latinoamericana y europea, Xi Jinping no tiene aliados políticos en Occidente. China no tiene amigos (aparte quizás de Lula), pero tampoco enemigos en América Latina. Si esa es su ventaja o su desventaja, habrá que discutirlo en otra ocasión.
Si tuviéramos que resumir en una frase la diferencia fundamental entre la dominación norteamericana y la dominación china a nivel mundial tendríamos que decir que, para la primera, la dominación económica pasa por la dominación política (o militar) y, para la segunda, la dominación política (o militar) pasa por la dominación económica.
Así se explica por qué Estados Unidos ha intervenido directamente en las elecciones de Honduras con declaraciones y promesas a favor de Asfura y apoyado con un préstamo a Milei de 20 millones de dólares para comprar la lealtad de los electores argentinos. Así se explica también el golpe de estado perpetrado por vía externa en Venezuela al extraer de la residencia de Miraflores al dictador Maduro, asegurar el control del petróleo y dictar las condiciones de gobernabilidad en ese país. No obstante, aquí hay que caminar con cuidado. Es cierto que EE. UU. es un país intervencionista, y lo es no solo desde Trump, sino casi a lo largo de toda la historia de sus relaciones con América Latina. Pero Trump, y a ese punto vamos, no ha creado esa nueva situación.
Aunque parezca ironía decirlo: el avance de los partidos hoy trumpistas en América Latina se venía dando y gestando antes del segundo mandato de Trump. El éxito que hoy obtienen en casi todos los países latinoamericanos los partidos y movimientos nacional-populistas precede y se desarrolla paralelamente a la existencia del gobierno de Trump. Pero el nacional populismo, en su avance cada vez más apresurado, circula a lo largo y a lo ancho de todo el hemisferio occidental, a saber, en Europa, en EE. UU. y en América Latina a la vez.
Estamos hablando de un fenómeno global en el exacto sentido del término. O si se prefiere: de la globalización de los mercados, de las finanzas, de la tecnología. A esa globalización pertenece también la de la política en todos aquellos países en donde pervivían y perviven relaciones democráticas. En cierto sentido, el advenimiento al poder de los partidos y líderes nacional-populistas, no siendo obra directa de los EE.UU., ha venido como un anillo al dedo a las pretensiones norteamericanas en la región pues les evita intervenir de modo político o militar como en el pasado reciente.
Podríamos decir que en la mayoría de los países latinoamericanos la hegemonía norteamericana es ejercida de modo indirecto y democrático a través de los propios gobiernos latinoamericanos, pro-trumpistas, pero a la vez usuarios de la democracia representativa. Solo un gobierno ha sido impuesto de modo no electoral, el de Delcy Rodríguez en Venezuela, pero contando no solo con el apoyo inicial de la oposición (sobre todo de la machadista) que se tragó el cuento de que Trump quería imponer la democracia en Venezuela, sino, además, con la colaboración estrecha de las directivas chavistas.
EE. UU., a diferencia de su accionar del siglo XX, cuando imponía y financiaba a siniestras ditaduras militares, dejando al lado el surrealista caso de Venezuela, no ha necesitado intervenir directamente en la región. Por eso hablamos, al mencionar a los nuevos gobiernos nacional populistas latinoamericanos, de un golpe de suerte para Trump en América Latina.
Los partidos de la antigua izquierda imperialista latinoamericana (en su forma clasista del siglo XX, o en su forma populista del siglo XXl) se encuentran, salvo una que otra excepción, en franco descenso (sobre este tema escribiré un próximo artículo). Muchos de ellos ya pertenecen al pasado y no es probable que vuelvan a renacer en un corto plazo. Pongamos un ejemplo: el saqueo que hoy realiza Trump de las riquezas venezolanas habría ocasionado cientos de protestas en el pasado reciente a lo largo y ancho del subcontinente. No ha sido el caso. De la misma manera, si Trump desea hoy intervenir en Cuba o en Nicaragua, puede hacerlo sin problemas y cuando quiera, y si todavía no lo hace es porque seguramente no le interesa el destino de esas pobres naciones.
Los gobiernos latinoamericanos nacional-populistas son, sin decirlo siempre de modo abierto, trumpistas. Nunca antes EE. UU. había contado con tantos apoyos gubernamentales desde América Latina como está sucediendo hoy. Al lado de Trump, y sin condiciones, están Asfura (Honduras), Bukele (El Salvador), Fernández (Costa Rica), Fujimori (Perú), Kast (Chile), Milei (Argentina), Paz (Bolivia), Peña (Paraguay) y, no por último, Rodríguez (Venezuela)
Si Bolsonaro logra llegar al poder en Brasil, el continente sudamericano, salvo una que otra insignificante excepción, será tanto o más trumpista que Trump. Esa es la gran diferencia de EE. UU. con respecto a China, país que no tiene ningún aliado político y militar en la región. La guerra económica la libra China en las estratosferas globales de la economía y de la nueva tecnología. Trump, en cambio, las libra primero en los espacios territoriales.
Trump como Putin, busca apoderarse de otras naciones, sea por las buenas (como sucede en América Latina) o como lo hace Putin, por las malas (como sucede en Ucrania). Por eso Trump no puede ni quiere criticar a Putin sus avanzadas en Ucrania si a la vez el mismo amenaza a países como Canadá, Groenlandia, Panamá. Putin y Trump, hay que decirlo de una vez por todas, son –o han llegado a ser- caimanes del mismo pozo.
No hay que tener mucha imaginación entonces para percibir que detrás de las brutales groserías impartidas por Milei a Lula se encontraba la partitura trumpiana. El Brasil de Lula, en efecto, es el principal cliente de la China de Xi.
Los EE. UU. se aprestan a jugárselas en Brasil por la opción Bolsonaro. Si el hijo del expresidente llega al gobierno sería la guinda de la torta en las pretensiones de Trump a fin de culminar el proceso que llevaría a una América Latina políticamente y geopolíticamente trumpista. ¿La suerte está entonces echada? Estará echada si es que no aparece en los EE. UU. y en América Latina una alternativa política al trumpismo interno y externo. Por ahora esa alternativa no se divisa, y si algo se viera de ella, sería más en los EE UU. que en América Latina.
Por supuesto, Trump usará toda su influencia (con o sin Bolsonaro) para introducir a Brasil en su nueva órbita. Ya intervino en Honduras, en Argentina, y en Venezuela mediante un golpe militar externo, ilegal como todo golpe pero aplaudido por la mayoría de los venezolanos al haber tenido lugar en contra de un perverso dictador como Maduro. A Xi no importa el color del gato: lo importante es que ese gato compre y venda; y eso continuará, aunque bajo las condiciones impuestas por los EE. UU. en terrenos estratégicos como son la energía, las telecomunicaciones y la minería. Al fin y al cabo, aún con Trump, los EE. UU. siguen siendo uno de los mejores clientes de China.
Para Trump, el golpe de estado a Maduro fue también un golpe al imperialismo chino. Si logra en las próximas elecciones de Brasil consolidar su influencia, habrá ganado a China la guerra por América Latina sin haber siquiera combatido.
¿Y Rusia? Que se quede con Ucrania, si es que puede, pero que no se aparezca más por estos lados. Ese tema ya no interesa a Trump.