Los mandamientos religiosos son órdenes: mandan. Y un mandado o mandamiento existe cuando induce a una o a varias personas a hacer lo que, si no existiera ese mandamiento, no harían por decisión. Por lo general se nos manda a hacer lo que no queremos hacer. En la tradición cristiana, por ejemplo, se nos invita a amar a tu prójimo como a ti mismo. No más ni menos: como a ti mismo; es decir, no demasiado.
El prójimo es el ser próximo, no un lejano; y eso significa que hay que comenzar por amar a los cercanos, a los que nos rodean. Lo que es obvio. Nadie puede amar a un ser abstracto, lejano, anónimo. No puede hacerlo por la sencilla razón de que no está al alcance espacial o temporal de nuestro amor.
El próximo, en términos no religiosos, es el cercano: el humano que se nos acerca o al que nos acercamos. No obstante, de acuerdo con la tradición cristiana, el próximo va más allá de la cercanía espacial o temporal. El próximo, siguiendo la literalidad de la letra religiosa, es todo ser humano. De los demás animales podemos estar cerca, pero ninguno es próximo o prójimo. El próximo cristiano no solo no es nuestro pariente, o amigo personal, o conciudadano. El próximo es el ser humano. Todo ser humano.
Imposible, me dijo alguien: ¿cómo voy a amar a un Hitler o a un Stalin o a un Putin solo por que pertenecen a nuestra especie? Nadie te pide que los ames, contestaría con toda seguridad un buen teólogo. Todo lo contrario, los nombrados pertenecen a nuestra especie pero al propagar el asesinato de millones de humanos, dejan de ser próximos y se convierten en lejanos. Esos seres traicionan a nuestro ser, destruyen a la vida y a sus portadores. Actúan en contra del amor y, por lo mismo, en contra del que, por ser nuestro Padre (creador), nos convirtió en hermanos. Un Hitler o un Stalin o un Putin, actúan en contra del principio de la creación. Se han alejado, no aproximado al ser. Podemos no odiarlos; amarlos, jamás.
Quizás el problema resida en la palabra amor, me dijo alguien muy próximo. En efecto; las connotaciones entre el amor mundano y el amor bíblico pueden diferir radicalmente, algo que no siempre tomamos en cuenta. Si sustituyéramos la palabra amor por la palabra respeto (que es el verdadero sentido cristiano del amor), estaríamos probablemente más cerca del amor bíblico que del amor mundano, tal como lo entendemos. Hay que respetar al prójimo como a ti mismo. Suena mejor. ¿O no? Es en ese sentido podemos entender la palabra amor cuando no está dirigida a alguien no inmediatamente cercano como nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros cónyuges, nuestra pareja.
El amor bíblico, al menos el neotestamentario, es el respeto al prójimo, nuestro semejante; de otro modo no se entiende. Sin ese respeto básico nunca podría haber amor. Y bien; ese justamente es el amor-respeto que hoy predica León XlV en su apasionada defensa de los emigrantes de esta tierra: aceptar como próximos a los que vienen de lejos. Quiere decir: respetar al ser humano, nuestro prójimo genérico. Respeto que nos es ordenado y que, por lo mismo, no es natural. Mandar a amar (respetar) al prójimo en palabras no teológicas significaría, lisa y llanamente, practicar la solidaridad de especie la que, a diferencia de otros seres de la creación, no forma parte de nuestros instintos y, luego, no siempre practicamos como lo hacen hasta las más temibles fieras. Hay que respetar y ser solidario con todo ser humano por la sencilla razón de que tú también eres un ser humano. Así queda mejor.
Para vivir en comunidad, es decir, juntos, en un mismo territorio o en un mismo mundo, no necesitamos al amor mundano, pero sí necesitamos del respeto a nosotros mismos, incluyendo el respeto a sí mismo, pues quien no se respeta a sí mismo, nunca podrá respetar a los demás. Este es el sentido político del amor al prójimo, entendido por Hannah Arendt cuando nos hablaba de la “banalidad del mal“ en contrapunto a la “radicalidad del mal“, según Kant. Para este último, el mal radical es el cometido conscientemente en contra de la ley moral. Para Arendt, el mal banal es el que se practica aún en nombre de una ley pero sin recurrir al pensar (ejemplo, Eichmann), destruyendo así ese espacio de convivencia que nos pertenece a todos por el solo hecho de ser humanos.
Probablemente los que odian a los extranjeros aman a los suyos. Pero el amor a lo suyo (o a lo propio) no lleva necesariamente a no respetar a lo no suyo. Nadie tiene que amar a un emigrante solo porque es emigrante, diría Arendt, pero estamos obligados a respetarlo si es que aparece en nuestro espacio de convivencia. Si lo aceptamos o no en nuestro trozo de mundo, depende de la discusión política en torno a las leyes establecidas. El odio al emigrante, la xenofobia, en cambio, no distingue entre emigrante legal e ilegal o en vías de legalización. En ese sentido podríamos definir a la xenofobia como odio al prójimo genérico y, en muchos casos, al prójimo-ciudadano solo porque es diferente en algunos aspectos a los que él considera miembros genuinos de una nación, o nativo. Mirado así el tema, la tesis que considera a la xenofobia como resultado directo de la migración debe ser invertida.
La xenofobia es de por sí un problema, uno que no puede ser cubierto con un análisis demográfico o político y, por lo tanto, debe ser entendido en términos psíquicos, o si se prefiere, psicopolíticos. Luego, la xenofobia no aparece como resultado de la migración; la precede.
El emigrante no causa la xenofobia; la xenofobia está “ahí”, antes del emigrante. La emigración solo hace posible que la xenofobia sea visible. Eso es importante decirlo. La emigración y la xenofobia no son dos problemas correlativos y, por consiguiente deben ser tratados de modo separado. La emigración, no lo vamos a negar, puede ser un problema cuando escapa a toda reglamentación, pero la xenofobia, sea en su forma racista, sea en su forma culturalista, es un problema aún más grande cuando escapa a todo control; peor todavía: cuando es organizada de modo militante por partidos políticos o gobiernos. La emigración es un tema demográfico; la xenofobia es un tema clínico, y cuando es multitudinario, es un problema psicopolítico.
No se trata de decir, reiteramos, que las grandes migraciones no puedan convertirse en problemas políticos; lo estamos viendo recién en el caso de Ceuta; lo vimos con más claridad en 2011 cuando los aviones de Putin destruyeron en Siria ciudades completas como Homs y Alepo a fin de reforzar la dictadura de Al Asad. Las migraciones sirias, en ese momento, parecían escapar a todo control. Pero había que afrontarlas, aunque fuera para evitar que Putin las convirtiera en armas en contra de Occidente. En ese contexto entendimos a Angela Merkel cuando dijo: “lo lograremos”. Miles de sirios fueron recibidos por los países europeos, principalmente por Alemania. Hoy la mayoría de ellos se encuentran integrados o en vías de integración; algunos han regresado.
Las migraciones no son un problema de hoy; las ha habido y las seguirá habiendo hasta que el mundo sea un solo mundo. Hoy están llegando miles de ucranianos a los países de Europa (así como millones de venezolanos han llegado a los países latinoamericanos). Como los ucranianos son en su mayoría rubios, pocos se dan cuenta. El tema es que mientras sigamos divididos en naciones, habrá que convivir con el tema migratorio.
Según un reciente informe de la OIM (Organización internacional de la emigración de las Naciones Unidas) los desplazamientos humanos siguen en aumento; a finales de 2024 se registraban más de 120 millones de personas desplazadas en todo el mundo, incluidos refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos, lo que refleja la magnitud y persistencia de prolongados conflictos y crisis superpuestas. Los desplazamientos internos han alcanzado niveles sin precedentes, con 83,4 millones de personas en situación de desplazamiento interno a finales de 2024. Durante 2024, se registraron 65,8 millones de nuevos casos de desplazamiento interno, entre los cuales 45,8 millones estaban relacionados con desastres naturales y 20,1 millones con conflictos y situaciones de violencia. Esto hay que repetirlo. Muy pocos emigran por emigrar. Quienes lo hemos hecho, ha sido debido a catástrofes bélicas, políticas, económicas o naturales. Desde Caín, hay que aceptarlo de una vez, los humanos somos migratorios.
Las cifras indican que enfrentamos una crisis migratoria a nivel mundial. Una más entre muchas que ha habido y vendrán. Que lo mismo esté ocurriendo en diversas latitudes muestra de por sí que las razones son globales, lo que no debe extrañar. La globalización no solo es un fenómeno económico y digital, sino uno multidimensional. A las dimensiones de la globalización pertenecen las migraciones de nuestro tiempo. El mundo, en un nuevo orden que nadie se atreve a denominar, está globalizando a la fuerza de trabajo y con ello dando formas a nuevas estructuras sociales. En efecto, ha aparecido un nuevo proletariado global que, en algunas ocasiones, choca con los restos del proletariado industrial integrado en el orden pre-global. La antigua lucha que se dio entre pueblos nómadas y pueblos sedentarios ha reaparecido, pero esta vez al interior de las naciones más desarrolladas.
En palabras simples: los mercados laborales, así como otros mercados, están siendo configurados al interior del orden global. En el fondo no hay nada nuevo. Si la fuerza de trabajo es una mercancía, esa se vende al mejor postor, y ellos están en los países menos pobres. Los emigrantes son viajeros que buscan comercializar su mercancía (fuerza de trabajo), y desde un punto de vista puramente económico, nadie los puede criticar. El problema para muchos es que, además de comerciantes, son seres humanos, vale decir, portadores de identidades, costumbres, religiones diferentes.
Los choques interculturales son consustanciales a la universalización del espacio común: la tierra. Lo que de por sí no es un problema grave. Todas las sociedades democráticas modernas son multiculturales, hasta el punto de que la multiculturalidad ha llegado a ser consustancial a la democracia. No es el caso de China o Rusia. Desde el punto de vista social, la conflictividad que arrastran las migraciones masivas no se dan con mucha fuerza en el campo social. Todo lo contrario. Sin emigración en ningún país desarrollado podrían funcionar los hospitales, los servicios, entre ellos los asilos de ancianos en una población donde la ancianidad comienza a ser mayoritaria. Del mismo modo, las grandes empresas industriales son partidarias de la emigración porque sin ellas se quedarían sin masa laboral abundante y barata. El problema viene entonces de otra parte. El problema son los miedos. Sin miedos no habría odios.
Esos miedos, como hemos insinuado, no son a las migraciones. Estas son solo representaciones de esos miedos. Nos referimos a esos miedos atávicos a lo desconocido, miedos que portamos todos, pero no todos han logrado razonar. Por eso es importante señalar que en los sectores sociales medios los miedos colectivos son más manifiestos. Lo que es obvio. Los sectores medios tienen siempre miedo a “bajar”. Miedos infundados, por lo demás. Las masas migratorias no vienen a competir con ellos, si es que contra alguien compiten. Pero igual; la imagen de las invasiones propagadas por los partidos neo fascistas son funcionales para alimentar con odios a personas invadidas por miedos.
Freud nos hablaba del miedo a lo Unheimlich (lo desconocido, lo misterioso, lo tenebroso). Y bien, solo por venir de otros mundos culturales, el emigrante, además de ser pobre, es un ser desconocido. No deja en este punto de ser interesante mencionar que, estadísticamente comprobado, la xenofobia es mucho más fuerte en lugares donde hay pocos emigrantes como son las ciudades pequeñas y las aldeas. Y está claro: los emigrantes son, en esos lugares, desconocidos. No así en las grandes ciudades, cada vez más cosmopolitas y multiculturales. Nadie teme a lo conocido.
Por lo demás, reconociendo que las migraciones de hoy son abundantes, no son en ningún caso una amenaza ni cultural ni política. Por cierto, adoptamos algunas costumbres o comidas de los que llegan. Pero de las series televisivas, por ejemplo, la gente adopta mucho más formas culturales (vestimenta, gestos, hábitos) que de los contactos interculturales. La mal intencionada novela “Sumisión” del escritor francés Michel Houellebecq, un éxito editorial, nos da a conocer como occidente será “islamizado” por las migraciones, distopía que no tomó en cuenta de que manera los emigrados son occidentalizados, como puede observar cualquiera persona que de un paseo por las calles de Europa.
Antes de que llegaran las invasiones masivas de nuestro tiempo, Europa y los EE. UU eran zonas transculturales. Y era bueno que así fuera. Si las culturas no son modificadas, mueren. Por lo demás, como reconoce el mencionado informe de la OIM: “La migración internacional sigue siendo relativamente poco común en proporción a la población mundial; a mediados de 2024 se contaban alrededor de 304 millones de migrantes internacionales en todo el mundo (3,7% de la población mundial), lo que confirma que la mayoría de las personas siguen viviendo en su país de nacimiento, por más que la movilidad siga siendo fundamental para los sistemas económicos y sociales”.
La emigración descontrolada, como todo lo que carece de control, puede ser un problema. Pero para eso están los gobiernos y las leyes. Controlar a los miedos propios a la condición humana es, sin embargo, más difícil. Más aún si se toma en cuenta que esos miedos son atizados por partidos que han hecho de la xenofobia una doctrina destinada a transformar esos miedos en odios. Los partidos protofascistas, y no los emigrantes, son el verdadero problema que amenaza la convivencia humana en Occidente. Ellos deben ser confrontados con la verdad, diciendo verdades, entre ellas: que en ningún lugar los nativismos, los tribalismos, los culturalismos y los racismos, han ayudado al progreso de las naciones. Esa tarea la ha emprendido, entre otros, León XlV, enfrentando a esas amenazas mundiales que son el antihumanismo trumpista y el militarismo putinista.
Quizás valga la pena remarcar que lo aquí dicho no busca embellecer al fenómeno migratorio. Junto a las masas laborales, llegan mafias delictivas, mercaderes sexuales, fanáticos religiosos. Pero están lejos de ser la mayoría y enfrentarlos siempre será posible. Basta aplicar con rigor la norma constitucional, la misma que los partidos neo-fascistas, o nacional populistas, intentan subvertir.
Por último, será importante señalar que todos los partidos anti-migratorios obedecen a las directivas de Moscú o de Washington, o de ambas a la vez, con la misma sumisión con la que los comunistas del pasado reciente seguían las instrucciones de la URSS. Ellos son hoy los verdaderos enemigos de las naciones democráticas. Bajo el manto del nacionalismo representan intereses y proyectos radicalmente internacionales.
Al fin y al cabo las migraciones desbordadas son controlables; los imperios que amenazan destruir al mundo, no. No son los emigrantes los que bombardean Ucrania o al estrecho de Ormuz ni los que dicen y buscan apoderarse de otras naciones. Claro, siempre será más fácil proyectar el nacionalismo en contra de los más pobres que en contra de los estados poderosos. Ante esa maldad organizada debemos rebelarnos. Acompañemos a León XlV.