Creo no mentir si afirmo que la vida, nuestra vida, transcurre en tres planos. Uno al que podríamos llamar vida pública; otro, vida y privada; y el tercero, vida espiritual. Pero no seamos tan esquemáticos: no se trata de compartimentos estancos, algo así como un edificio de tres pisos, sino de planos intercomunicados.
También es cierto que a estos tres planos podríamos agregar un cuarto (para psiquiatras y psicoanalistas, el más importante). Ese es el plano del inconsciente, sea individual o colectivo.
Ninguno de esos planos, si es que no estamos hablando de situaciones patológicas, es determinante, aunque sí, usando el vocabulario de Freud, suelen ser sobredeterminantes, es decir, pueden aparecer representados los unos en los otros. Así, en el plano privado o íntimo hablamos de política, en la vía pública conversamos de temas privados, y en el retiro espiritual -cuando nos ponemos en comunicación con Dios, o con el espíritu, o con lo trascendente- lo hacemos usando el lenguaje de lo íntimo y de lo privado (a Dios lo tuteamos). Sobre todos esos planos es transferida la voz insonora de una inconsciencia no posible de ser transcrita inmediatamente en palabras, y allí anidan deseos inconfesos, pulsiones reprimidas, pasiones innombrables y, por cierto, miedos y odios, representados en objetos que solo son sustitutos del padre de todos los miedos y odios. Me refiero a ese miedo -a veces horror, a veces terror- a la muerte.
EL SER Y EL ESTAR DE LA POLÍTICA
Somos ese ser al que fue dado el dudoso honor de tener noción de su propia muerte para que la introdujéramos clandestinamente, y sin saberlo, en el ser de cada día. Vivimos, quiero decir, en un mundo poblado de representaciones de las que no queremos ver ni saber. Esas, las representaciones, se hacen visibles en cada uno de los tres planos mencionados.
Todo indica entonces que, para llevar una vida más o menos equilibrada, debemos evitar que la vida de un plano determine a la de otro plano. Dicho más simple: que lo político o lo público no se convierta en cosa privada, o peor, que lo privado no se convierta en cosa pública; con mayor razón en referencia al mundo espiritual, donde solemos traspasar condiciones sacras o divinas a pobres diablos que se nos ofrecen para “liderarnos” hacia determinadas metas post-históricas.
Y bien: creo que justo aquí estoy llegando al nervio del artículo que me he propuesto escribir, y este no es otro sino el principio de representación determinante, uno que se da con más relieve en la política que en otras “esferas del ser”. Ese es, por cierto, el principio de todo populismo, a saber, la articulación de diversas demandas -sean económicas, políticas, culturales- en torno a una entidad a la que delegamos nuestra racionalidad individual. Alcanzado este punto, nos convertimos en objetos de un sujeto por nosotros mismos creado. Ese “elegido”, puede que no solo sea una persona. También puede ser un partido, una secta, una iglesia, una mafia, esto es, una entidad que suplanta nuestro propio yo pensante por un yo situado sobre y más allá de nosotros, pero que al mismo tirmpo le da cierto sentido colectivo a la vida que individualmente arrastramos.
Baste comprobar por ejemplo que, al asumirse como de izquierda o de derecha, decimos “soy” de izquierda o “soy” de derecha. En un mundo normal deberíamos decir, esta vez yo voté por alguien de izquierda o de derecha. La fusión del ser con una posición política es, objetivamente visto, una anomalía. En la política, como en muchas cosas de la vida, no se “es”; se “está”. Quienes “son de algo” o de “alguien” en la política dañan su propio ser y dañan a la política.
Ser de un partido no es lo mismo que ser de una familia, de una etnia, de una nación. Michael Walzer distinguía en ese sentido entre identidades cambiables e identidades no cambiables. La identidad política pertenece a la primera, y deberíamos asumirla de acuerdo a las condiciones del presente, mediante el uso de nuestra propia reflexión. Como me decía un amigo alemán, “yo siempre he votado por los verdes o por los socialdemócratas, pero esta vez votaré por la derecha porque me parece que es la mejor alternativa en contra de la extrema derecha”. Puede estar equivocado mi amigo, pero lo que está claro es que él piensa por cuenta propia, y eso es lo que vale. No votar a favor de … sino en contra de ….. La persona mencionada no se deja llevar por emociones, sino por cálculos que han surgido de su mente en comunicación con otras mentes, entre ellas, la mía. Esa es la diferencia entre un ser político y un ser populista.
LA SINRAZÓN POPULISTA
El populismo, al apelar a las emociones y no a la razón, a la que pertenece la política, termina desvirtuando el sentido mismo de la política. Por cierto, las emociones son muy importantes en los espacios del amor, de la religión, del arte y de la poesía. Pero actuar emocionalmente en la política es tan absurdo como escribir un poema racional.
Si observamos al fenómeno político llamado populismo desde una ventana psicoanalítica, o simplemente psíquica, podemos convenir en que nuestra mente se encuentra alienada en entidades sobrepuestas, algo que vio con suma claridad Freud cuando escribió su legendario Psicología de las Masas y Análisis del Yo. Alcanzado ese punto los límites que separan a la vida privada de la pública y de la espiritual, si no desaparecen, se vuelven borrosos, algo que captó mejor que nadie Hannah Arendt. Para la filósofa de “lo político”, recordemos, la característica primordial del totalitarismo, o reducción de la ciudadanía a masa, se da cuando lo público inunda el espacio de lo más privado e íntimo. Y así es: si todo es político, nada es político, pues lo político solo puede darse entre lo que es político y lo que no lo es, decía Arendt.
Podemos afirmar que el totalitarismo aparece cuando se da la supresión de la política en nombre de la política. A la vez, por lo general, sobre todo en sus fases de inicios, el totalitarismo ha pasado por la fase populista o, lo lo que suele ser muy parecido, revolucionaria.
¿Fueron las masas alemanas, fascistas porque fueron -literalmente – poseídas por Hitler, o fueron fascistas y por eso las poseyó Hitler? Esa parecer ser una versión de la historia del huevo y la gallina y, por lo mismo, no la podremos resolver apelando a la lógica de la razón pura. Pero no importa. Lo que aquí interesa destacar es que entre la representación colectiva y la realidad vivida hubo una usurpación de lo político por una entidad cuyo objetivo no era otro sino destruir la política. O dicho así: Hitler, como todo populista, fue un creador del fascismo, pero a la vez, el fascismo adoptó a Hitler produciéndose de este modo la fusión entre lo objetivo y lo subjetivo en una sola amalgama. Bajo Hitler (bajo Stalin también) tuvo lugar una sobrepolitización de la sociedad y, justamente porque todo fue político, desapareció la política.
El populista es un sembrador de semillas y el árbol populista, que puede ser fascista como ayer, o putinista y trumpista como hoy, aparece solamente cuando encuentra la tierra apropiada para aparecer. Eso es justamente lo más intranquilizate de nuestro tiempo. Como he tratado de precisar en artículos precedentes, las condiciones para que nazcan diversos fenómenos y procesos de tipo populista que llevan al declive de la política y de la democracia, están hoy tan dadas como lo estuvieron en los años treinta del pasado siglo.
Esos populismos pueden decirse de izquierda o de derecha, lo que no significa que lo sean. Los populismos de nuestro tiempo, como ocurrió con el fascismo europeo de los años treinta sobrepasan a las posiciones de izquierda o de derecha y se convierten en otra “cosa” situada más allá de la política. Los populistas usan la política, claro está, pero la usan en contra de la política.
LA POLÍTICA DE LA ANTIPOLÍTICA
El fascismo de ayer y los putinismos y trumpismos de hoy representan una radical subversión política en contra de la política; y eso ocurrió desde el primer momento. Así como Putin ha sustituido a la política por la guerra, Trump, en su segundo mandato, ha sustituido, y de modo radical, a la política por la economía. Para el ruso todo está permitido si ese todo se traduce en la obtención de nuevos territorios para su imperio. Para el norteamericano todo está permitido si ese todo se traduce en ganancias contantes y sonantes para su nación (en eso concuerda con su colega Xi Jinping). Si los propósitos de ambos mandatarios chocan con la legalidad internacionalmente establecida, simplemente arrasan con ella. Eso es precisamente lo que más une a ambos.
Intentar apropiarse de un país vecino, como hace Putin, es radicalmente ilegal. Declarar deseos de posesión de naciones como Groenlandia, Canadá, Venezuela, o de espacios como el estrecho de Ormuz, es igualmente ilegal. No obstante, hoy en día, si un imperio tiene los medios para arrasar con el mundo, pues, lo hará. Aunque eso cueste el fin de la política, de las democracias y de las leyes e instituciones que la sustentan. Trump y Putin viven fuera de la ley.
Sin el deseo de dramatizar, cada día que pasa se parece más a los del pacto que se dio entre Hitler y Stalin el que, afortunadamente para el curso de la historia, fue traicionado por Hitler (y no por Stalin, amigos comunistas). Nunca vamos a olvidar que, el día en el que Putin inició su invasión a Ucrania, Trump escribió en las redes: “fue una operación genial”. Había comenzado a tomar forma un pacto, sino explícito, implícito.
Eso es perturbador: Vivimos una realidad muy semejante a la que hizo posible la aparición de un Mussolini y de un Hitler quienes, robando argumentos a izquierdas y a derechas llegaron al poder en nombre de la unidad nacional. Pero la diferencia entre los dos periodos es aún más perturbador. Mientras el fascismo fue un fenómeno europeo, el nacional populismo, particularmente en su expresión trumpista, es un fenómeno inter-occidental, vale decir, es europeo, norteamericano y sudamericano a la vez. Y, para volver al tema que me llevó a escribir estas líneas, tanto Putin y Trump, como ayer Stalin y Hitler, gozan de aprobación popular, no solo en sus propios países.
Hay una premisa a la que conviene siempre recurrir: ningún pueblo es democrático por naturaleza. La democracia, aunque parezca tautología, es una condición democráticamente adquirida y solo puede existir sobre la base de un orden republicano fundamentado en instituciones y constituciones. Si este basamento es erosionado, ocurrirá lo mismo con la práctica democrática. Podríamos decir entonces que la democracia desaparece cuando un liderazgo popular mayoritario imagina estar más allá, o por sobre de la ley. Puede ser de izquierda, como sucedió ayer cuando la democracia fue caracterizada como una forma de dominación de la burguesía. O puede ser de derecha como hoy, cuando la democracia es vista desde la perspectiva de un Putin o de un Trump, como un dique que se opone a la grandeza territorial, militar y económica de sus respectivas naciones. Razón tenía en este punto Arendt: imperialismo y democracia son realidades incompatibles, razón que explica por qué su libro Los Orígenes del Totalitarismo contiene una detallada descripción del fenómeno imperialista. No hay totalitarismo sin imperialismo, es una deducción de Arendt. Podríamos decir también, no hay totalitarismo sin ruptura con el orden legal que nos hemos dado para vivir en este mundo. El totalitarismo – no es una definición de Arendt – es el salvajismo imperialmente organizado.
No podemos cegarnos: el mundo está hoy sometido al dictámen de tres imperios en la fase de una nueva repartición al que de modo eufemístico muchos analistas llaman “nuevo orden mundial”. El problema, y esta es una reiteración, es que los tres imperios cuentan con un enorme apoyo popular, dentro y fuera de sus naciones. China es la capital de Asia, Rusia quiere ser la capital de Eurasia (el conflicto con China está programado, dijo Kissinger) y los EE. UU, según Trump, son los dueños del hemisferio occidental. Ahora bien, China y Rusia, en sus respectivos espacios vitales, no representan ninguna amenaza en contra de la democracia puesto que en las regiones sobre las que mantienen dominación directa, esta no ha existido nunca. No así EE. UU los que, bajo la batuta trumpista, considera a las democracias establecidas como un obstáculo para la grandeza del imperio. Esa es la razón por la cual para Putin, Europa es un gran enemigo militar y para Trump, Europa, o mejor dicho, la democracia liberal europea, es su principal enemigo político. No así para Xi para quien Europa es solo un excelente socio comercial.
Lo cierto es que la democracia interna de cada país europeo está siendo amenazada por las intromisiones de Putin y de Trump. En no pocas ocasiones, como es el caso de Alemania o Francia, el apoyo de ambos imperios a las llamadas ultraderechas, es abierto y desembozado. En breves palabras, estamos asistiendo a una rebelión antidemocrástica de connotaciones mundiales dirigida por dos potencias, al interior del mundo occidental. No obstante, ni un Milei ni un Bukele, ni una Le Pen o una Weidel, son productos made in USA. Todo lo contrario: Son muy nacionales, muy nacionalistas y muy imbricados con la cultura de sus respectivas naciones. EE. UU y Rusia se limitan a apoyarlos después que han crecido y llegados a convertirse en alternativas de poder en sus respectivos países. Para decirlo en síntesis: tales figuras son el producto de una crisis no solo económica sino también política e incluso cultural.
Los partidos que dieron origen a la modernidad se encuentran en crisis y ya no representan a multitudes hoy temerosas frente a un desarrollo económico mundial que no entienden ni se explican. Los miedos basales propios a la condición humana, han sido exaltados y sobrepolitizados por los líderes de los muchos partidos antidemocráticos, pero esta vez en contra del orden democrático. Estamos hablando de una verdadera revolución mundial, antidemocrática y antipolítitica. Una revolución mundial basada en el miedo, ya sea a la delincuencia, a las invasiones migratorias que “inundan” Occidente, a la sexualidad diversa, a todo lo que amenaza, real o imaginariamente, a la supuesta tranquilidad ciudadana. La promesa, esta vez, no reside en el futuro sino en la restauración de un pasado del que casi nadie se pregunta si alguna vez existió. Sobre este tema seguiremos escribiendo.
PS. Mientras escribía estas líneas (14.08) la prensa anunciaba que una niña fue violada en Ceuta. La noticia no dice por quien fue cometido el delito. Pero ya apareció Santiago Abascal politizando el terrible hecho, culpando, sin pruebas, a los emigrantes de lo sucedido. La información según Europa Press dice lo siguiente: "Abascal acusa a los migrantes de Ceuta de generar "terror sexual" y a Sánchez de convertir España en el "tercer mundo". Probablemente no pocos lectores, al leer a Abascal, se sienten indignados. Los miedos primarios que viven en sus cuerpos han sido canalizados y sobrepolitizados por VOX en contra de “los invasores islámicos ”. Es evidente: Abascal desea ser visto como el representante de la justicia y de la cristiandad frente a la barbarie invasora. El líder extremista ha logrado así politizar un delito brutal pero, tenemos lamentablemente que decirlo, en España muy corriente.
Según cifras de Amistía Internacional, en España el promedio de denuncias por agresión sexual con penetración (violación) se sitúa en torno a las 5.200 a 5.300 anuales, lo que equivale a unas 14 violaciones denunciadas por día. Esta es solo una cifra mínima, ya que la gran mayoría de las violaciones no son denunciadas. Entre los violadores hay españoles, extranjeros, cristianos, musulmanes, ateos. Ese es el verdadero problema. Pero ese problema no conviene a Abascal nombrarlo. Es demasiado verdadero.