Las categorías de la izquierda y la derecha son más rígidas que las realidades que quieren explicar; solo nos servirán para entender la realidad si las manejamos de un modo que permita configuraciones inéditas, coincidencias y desacuerdos nuevos. Uno puede seguir sosteniendo que los pobres votan a la izquierda y las élites a la derecha y, al comprobar que la sociología no le da del todo la razón, indignarse porque unos voten torpemente contra sus intereses y otros manipulen tan astutamente. ¿Qué tal si comenzamos por entender bien la realidad, aunque esto nos genere la incomodidad de tener que modificar el observatorio desde el que la miramos?
Se han reconfigurado las líneas de la disputa política, que ya no se comprende o explica bien con los conceptos habituales, por ejemplo, el conflicto entre una clase trabajadora de izquierdas y una burguesía de derechas, entre trabajo y capital, Estado y mercado. Ahora tenemos, además, unos conflictos que denominamos culturales y que enfrentan a quienes perciben la pérdida de los límites nacionales como una amenaza a sus intereses políticos o a su identidad y a esa élite formada que se beneficia económicamente de una globalización que multiplica sus opciones vitales.
Un tópico para explicar el actual malestar insiste en que se trata de una revuelta de los llamados “perdedores de la globalización”, sin que termine de estar claro de qué tipo de perdedores estaríamos hablando y cómo explicamos su sintonía con cierta parte de las élites. ¿Cómo entender esa curiosa alianza entre una parte de los de arriba y una parte de los de abajo en Estados Unidos, aunque solo sea porque para Donald Trump no hay nada peor que ser un perdedor? Mi interpretación es que los votantes de partidos de extrema derecha no proceden significativamente de medios desfavorecidos. Muchos de ellos no son quienes han perdido económicamente, sino quienes tienen más miedo a perder; están más preocupados por la condición económica general que por su situación personal. El populismo de derechas no es una reacción de las clases populares que se entienden perjudicadas por la liberalización, sino el proyecto de una parte de las clases dominantes. En todo caso serían los perdedores de la “sociedad del conocimiento”: la brecha cultural entre los sectores altamente cualificados, que trabajan en entornos laborales interpersonales (y tienen una visión liberal de la comunidad), y los sectores poco cualificados, que se dedican a tareas orientadas a objetos (y tienen una visión autoritaria de la comunidad).
Tampoco se explica el nuevo populismo por la revuelta de los trabajadores blancos. El hecho de que Trump haya sido votado en una cantidad significativa por asiáticos, hispanos y negros apunta a un “realineamiento étnico”. El Partido Republicano se parece cada vez más a una coalición multiétnica, mientras el Partido Demócrata se reduce progresivamente a ser el partido de los empleados en las grandes ciudades gentrificadas y blancas, una tendencia que tal vez se esté revirtiendo con los nuevos candidatos victoriosos en Nueva York o Michigan.
Las actuales combinaciones políticas se cuecen arriba a la derecha y son apoyadas por sectores de los de abajo que tradicionalmente habían defendido sus intereses de clase votando a la izquierda. Desde el punto ideológico se trata de una síntesis entre libertades económicas y etnocentrismo, mercado abierto y nación cerrada. Se observa con claridad en la actual Administración de Trump cuando combina —no sin contradicciones— un proteccionismo económico (sustentado por los altos aranceles a la importación) con un programa ultraliberal de recortes y disminución del Estado (proyecto DOGE de Elon Musk) y una fiscalidad favorable a las élites con altos ingresos.
En Europa asistimos a unas transformaciones muy similares; son metamorfosis políticas que ya se habían dado en Europa oriental tras 1990 y que se han extendido hacia el oeste: la fórmula política económica de izquierdas y política social de derechas, una combinación que suele llamarse “chauvinismo del Estado de bienestar”. El viejo mundo de los liberales se ha desplazado hacia la ultraderecha. Recordemos que los grandes poderes financieros en Gran Bretaña —anteriormente partidarios de la apertura global— apoyaron el Brexit. Es muy significativo lo que ha pasado en Alemania con los liberales del FDP, cuyos votantes son un nuevo nicho para la ultraderecha. También hay partidos de izquierda que han asumido posiciones de la derecha extrema en materia de migración. Los ejemplos más elocuentes son los del Partido Socialdemócrata danés de Mette Frederiksen (aliada ahora con la italiana Meloni en estas cuestiones) y el partido de Sahra Wagenknecht surgido de Die Linke en Alemania.
La clave para el análisis es preguntarse por el sujeto que protagoniza estos movimientos. Mi hipótesis a este respecto es que se trata de un tipo de trabajadores que no corresponde a la clase trabajadora del mundo industrial y al conflicto social correspondiente. En la antigua división de clases los trabajadores votarían a la izquierda y la clase directiva a la derecha, mientras que ahora tendríamos distintos grupos de trabajadores con lógicas diversas, donde las personas se sitúan en la nueva dimensión cultural, cada vez más relevante. Los aliados de abajo no son las antiguas clases trabajadoras, sino algo más heterogéneo formado, principalmente, por los pequeños propietarios y, por supuesto, ciertos trabajadores y buena parte del mundo rural.
El laboratorio norteamericano proporciona buenas pistas para entender lo que está pasando. El actual ciclo de populismo de derechas no se inscribe en la historia de protestas contra la desindustrialización, sino en el declive del sector de la pequeña empresa. De hecho, fueron los miembros de la clase media no urbana los que impulsaron el Tea Party y luego el movimiento MAGA: empresarios autónomos, comerciantes locales, algo así como la pequeña burguesía del siglo XXI, cuyos intereses materiales no dependen de una mejor protección sindical, sino que confían en la desregulación del mercado y la defensa del patrimonio familiar.
Estos trabajadores son muy críticos con el Estado y la regulación; su ataque libertario al Estado se debe a que es percibido como intrusivo y confiscatorio, una sensación que ha dejado de ser propia de una minoría radicalizada. Se consideran gobernados por burócratas que no tienen ni idea del oficio regulado. Este sentimiento encaja muy bien con el discurso contra las prohibiciones de la ultraderecha y con esa convicción de ciertas élites conservadoras de encontrarse por encima de las reglas comunes.
Además del Estado, el otro objetivo de sus críticas son las grandes empresas de la economía financiarizada. Trump se presentó a sí mismo como amigo de la pequeña empresa, a pesar de haber hecho concesiones muy ventajosas para las grandes. Un icono de ese planteamiento fue su propuesta en 2017 de endurecer los requisitos para los camioneros migrantes y sustituirlos por veteranos del ejército. Desde este punto de vista, la evolución ideológica de los populismos de derecha se presenta menos extraña de lo que podía parecer desde la vieja concepción del conflicto político; para ser bien entendido hace falta únicamente que lo observemos con las categorías adecuadas.
Se han reconfigurado las líneas de la disputa política, que ya no se comprende o explica bien con los conceptos habituales, por ejemplo, el conflicto entre una clase trabajadora de izquierdas y una burguesía de derechas, entre trabajo y capital, Estado y mercado. Ahora tenemos, además, unos conflictos que denominamos culturales y que enfrentan a quienes perciben la pérdida de los límites nacionales como una amenaza a sus intereses políticos o a su identidad y a esa élite formada que se beneficia económicamente de una globalización que multiplica sus opciones vitales.
Un tópico para explicar el actual malestar insiste en que se trata de una revuelta de los llamados “perdedores de la globalización”, sin que termine de estar claro de qué tipo de perdedores estaríamos hablando y cómo explicamos su sintonía con cierta parte de las élites. ¿Cómo entender esa curiosa alianza entre una parte de los de arriba y una parte de los de abajo en Estados Unidos, aunque solo sea porque para Donald Trump no hay nada peor que ser un perdedor? Mi interpretación es que los votantes de partidos de extrema derecha no proceden significativamente de medios desfavorecidos. Muchos de ellos no son quienes han perdido económicamente, sino quienes tienen más miedo a perder; están más preocupados por la condición económica general que por su situación personal. El populismo de derechas no es una reacción de las clases populares que se entienden perjudicadas por la liberalización, sino el proyecto de una parte de las clases dominantes. En todo caso serían los perdedores de la “sociedad del conocimiento”: la brecha cultural entre los sectores altamente cualificados, que trabajan en entornos laborales interpersonales (y tienen una visión liberal de la comunidad), y los sectores poco cualificados, que se dedican a tareas orientadas a objetos (y tienen una visión autoritaria de la comunidad).
Tampoco se explica el nuevo populismo por la revuelta de los trabajadores blancos. El hecho de que Trump haya sido votado en una cantidad significativa por asiáticos, hispanos y negros apunta a un “realineamiento étnico”. El Partido Republicano se parece cada vez más a una coalición multiétnica, mientras el Partido Demócrata se reduce progresivamente a ser el partido de los empleados en las grandes ciudades gentrificadas y blancas, una tendencia que tal vez se esté revirtiendo con los nuevos candidatos victoriosos en Nueva York o Michigan.
Las actuales combinaciones políticas se cuecen arriba a la derecha y son apoyadas por sectores de los de abajo que tradicionalmente habían defendido sus intereses de clase votando a la izquierda. Desde el punto ideológico se trata de una síntesis entre libertades económicas y etnocentrismo, mercado abierto y nación cerrada. Se observa con claridad en la actual Administración de Trump cuando combina —no sin contradicciones— un proteccionismo económico (sustentado por los altos aranceles a la importación) con un programa ultraliberal de recortes y disminución del Estado (proyecto DOGE de Elon Musk) y una fiscalidad favorable a las élites con altos ingresos.
En Europa asistimos a unas transformaciones muy similares; son metamorfosis políticas que ya se habían dado en Europa oriental tras 1990 y que se han extendido hacia el oeste: la fórmula política económica de izquierdas y política social de derechas, una combinación que suele llamarse “chauvinismo del Estado de bienestar”. El viejo mundo de los liberales se ha desplazado hacia la ultraderecha. Recordemos que los grandes poderes financieros en Gran Bretaña —anteriormente partidarios de la apertura global— apoyaron el Brexit. Es muy significativo lo que ha pasado en Alemania con los liberales del FDP, cuyos votantes son un nuevo nicho para la ultraderecha. También hay partidos de izquierda que han asumido posiciones de la derecha extrema en materia de migración. Los ejemplos más elocuentes son los del Partido Socialdemócrata danés de Mette Frederiksen (aliada ahora con la italiana Meloni en estas cuestiones) y el partido de Sahra Wagenknecht surgido de Die Linke en Alemania.
La clave para el análisis es preguntarse por el sujeto que protagoniza estos movimientos. Mi hipótesis a este respecto es que se trata de un tipo de trabajadores que no corresponde a la clase trabajadora del mundo industrial y al conflicto social correspondiente. En la antigua división de clases los trabajadores votarían a la izquierda y la clase directiva a la derecha, mientras que ahora tendríamos distintos grupos de trabajadores con lógicas diversas, donde las personas se sitúan en la nueva dimensión cultural, cada vez más relevante. Los aliados de abajo no son las antiguas clases trabajadoras, sino algo más heterogéneo formado, principalmente, por los pequeños propietarios y, por supuesto, ciertos trabajadores y buena parte del mundo rural.
El laboratorio norteamericano proporciona buenas pistas para entender lo que está pasando. El actual ciclo de populismo de derechas no se inscribe en la historia de protestas contra la desindustrialización, sino en el declive del sector de la pequeña empresa. De hecho, fueron los miembros de la clase media no urbana los que impulsaron el Tea Party y luego el movimiento MAGA: empresarios autónomos, comerciantes locales, algo así como la pequeña burguesía del siglo XXI, cuyos intereses materiales no dependen de una mejor protección sindical, sino que confían en la desregulación del mercado y la defensa del patrimonio familiar.
Estos trabajadores son muy críticos con el Estado y la regulación; su ataque libertario al Estado se debe a que es percibido como intrusivo y confiscatorio, una sensación que ha dejado de ser propia de una minoría radicalizada. Se consideran gobernados por burócratas que no tienen ni idea del oficio regulado. Este sentimiento encaja muy bien con el discurso contra las prohibiciones de la ultraderecha y con esa convicción de ciertas élites conservadoras de encontrarse por encima de las reglas comunes.
Además del Estado, el otro objetivo de sus críticas son las grandes empresas de la economía financiarizada. Trump se presentó a sí mismo como amigo de la pequeña empresa, a pesar de haber hecho concesiones muy ventajosas para las grandes. Un icono de ese planteamiento fue su propuesta en 2017 de endurecer los requisitos para los camioneros migrantes y sustituirlos por veteranos del ejército. Desde este punto de vista, la evolución ideológica de los populismos de derecha se presenta menos extraña de lo que podía parecer desde la vieja concepción del conflicto político; para ser bien entendido hace falta únicamente que lo observemos con las categorías adecuadas.
(El PAÍS)
Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y Senior Fellow del Instituto Europeo de Florencia. Acaba de publicar el libro El futuro de la democracia (Galaxia-Gutenberg).