La Quincalla de Fina, como todos los pequeños negocios todavía sobrevivientes de las revolucionarias intervenciones de las propiedades y actividades productivas y comerciales privadas (proceso iniciado en el mismo año de 1959 con las grandes nacionalizaciones), había sido considerado por la política económica y social del país una forma de explotación capitalista, un rezago del pasado inadmisible en un Estado de sistema socialista que apuntaba al futuro mejor de la nación, incluso de la humanidad. Aunque entonces yo no tenía capacidad para preguntarme a quiénes explotaban Serafín y Fina, ni por qué el limpiabotas insignia del barrio, el Negro Caridad, desde ese momento debía ejercer su oficio como empleado del Estado (con horario laboral y asignación de betún, tinta, cepillos y quizás hasta los trapos que utilizaba para abrillantar los zapatos), constaté desde muy pronto que ahora sería más difícil, y en ocasiones imposible, comprar un lápiz, tomarme un granizado o lustrarme los zapatos, entre otras muchas posibilidades menguadas, deterioradas o simplemente desaparecidas.
Unos 25 años después, en ese mismo país socialista, con los mismos dirigentes al mando y en pleno apogeo de una crisis en la que faltó todo (y todo fue todo), se permitió la apertura, muy controlada, por supuesto, de pequeños negocios privados. Cafeterías, diminutos restaurantes (solo podía tener dispuestas 12 sillas y ocupar una habitación de una vivienda particular) y otras pocas actividades de producción y servicio. Cargados de condiciones y siempre sospechosos algunos sobrevivieron tenazmente, aceptados si acaso como un mal necesario, como lo fue desde entonces la legalización de la tenencia de divisas extranjeras, hasta poco antes perseguida y hasta penada con años de cárcel.
En los más recientes 25 años, con la permanencia de una crisis que se ha revelado sistémica, el proceso de reapertura de las actividades comerciales y económicas cubanas ha sido un proceso turbulento, marcado por los controles, la desconfianza oficial y, sobre todo, perseguido por el que ha sido el mayor temor del Gobierno: la posibilidad de que algunos acumulen dinero. Porque, sin que se haya dicho, esa siempre ha sido la razón política que ha gravitado sobre esa sociedad. Pues bien se sabe que el dinero puede cambiar las políticas.
En este mismo plazo reciente y aun con tan pequeñas reformas, en la isla socialista del Caribe ha ocurrido un fenómeno importante: el compacto tejido social creado allá por 1968 se ha comenzado a dilatar, aunque en dos direcciones opuestas: mientras en algunos sectores de la sociedad se ven destellos de riqueza, en otros, los mayoritarios, se ha producido un galopante empobrecimiento que, a la altura de 2026, ha llevado a esa gran masa humana a existir en francos niveles de supervivencia. Prolongados cortes de electricidad, dificultades para comprar los alimentos (ya ni hablar de cómo conservarlos o incluso procesarlos), falta de medicamentos y, sobre todo, una patente pérdida de esperanzas han aflorado y se han enquistado en la vida de millones de ciudadanos. Como alternativa más recurrida para escapar de ese foso ha estado la emigración, que, en cinco años, acumula cifras cercanas a los dos millones de personas, algo así como el 15% de la población efectiva del país. Y estamos contando los que han podido irse, no a los que quisieran largarse y no han contado con los recursos necesarios para hacerlo.
Y ahora resulta que en ese mismo país, con el mismo sistema y casi con las mismas personas al frente se anuncia un nutrido paquete de medidas que, han dicho, resultaban necesarias para solucionar los problemas socioeconómicos del país. Desde ahora, también han dicho, cualquiera puede abrir no ya una quincalla mucho mayor que la de Fina —eso era posible desde hace un tiempo—, sino incluso una fábrica capitalista con muchos obreros y, claro, con plusvalía, incluso fundar un banco —y debería ser también con mucho dinero—. Y podrán hacerlo todos, aun gentes como Fina, Serafín y el Negro Caridad si estuvieran vivos y tuvieran con qué. También hubiera podido hacerlo mi difunto padre, condenado en 1985 a seis meses de cárcel acusado de tráfico de divisas por haber comprado tinte de pelo para la peluquería —por supuesto que clandestina— que en el patio de mi casa llevaba mi madre.
Ha hecho falta que la sociedad cubana descienda a la más tenebrosa crisis general para que se considere que lo inaceptable, lo punible, lo condenable es hoy conveniente, apropiado, justo. Ha sido necesaria una política de máxima presión proyectada desde Washington, con amenazas incluidas de acciones militares, para que se revierta el férreo sistema económico del país y se establezca una economía de mercado y una sociedad de sálvese quien pueda con un Estado que, mientras se desentiende de responsabilidades incluso básicas de la población, por supuesto que sí pretende conservar la más importante y eficiente de sus industrias, la del control. Porque, incluso ahora, en Cuba ya se podrá jugar con cada uno de los eslabones de la cadena, pero (como advierte la sabiduría popular) sin tocar al mono.
Muchas son las preguntas y casi siempre alarmantes las respuestas que engendra el nuevo contexto económico cubano. Y algunas van desde quiénes confiarán en un Gobierno que alimentó la desconfianza para llegar ahora a invertir sus dineros en Cuba. Y, otra, convergente, sería saber quiénes desde las estructuras del poder estarán mejor posicionados para una previsible piñata inversionista. Evidentemente, la lista de interrogantes puede ser interminable.
N. B. Mi más reciente novela publicada se titula Morir en la arena. En el título juego con el significado del refrán que reza: “Tanto nadar para morir en la orilla”. Hice el cambio de sitio y de palabras, porque pertenezco a una generación a la que se le pidió mil renuncias y sacrificios para llegar y avanzar por la orilla, por la arena. Encaminados hacia el más luminoso futuro. En ese proceso, en realidad, muchos han sido los que han quedado sepultados en las tembladeras de una arena histórica voraz, mientras los sobrevivientes, entre tinieblas actuales, si acaso podrán aspirar a que alguien venido de nadie sabe dónde los ilumine un poco, mientras ese alguien (que hasta hablará de libertad y democracia) engordará sus bolsillos con negocios mucho más suculentos que una quincalla o una peluquería clandestina de barrio.
LEONARDO PADURA Leonardo Padura es escritor y periodista, premio Princesa de Asturias de las Letras 2015.05 Juli 2026
Ha hecho falta que el país cayera en la peor de sus crisis para que lo hasta ahora inaceptable sea aceptable