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Leonardo Padura: CUBA, MORIR EN LA ARENA

 



La Quin­ca­lla de Fina, como todos los peque­ños nego­cios toda­vía sobre­vi­vien­tes de las revo­lu­cio­na­rias inter­ven­cio­nes de las pro­pie­da­des y acti­vi­da­des pro­duc­ti­vas y comer­cia­les pri­va­das (pro­ceso ini­ciado en el mismo año de 1959 con las gran­des nacio­na­li­za­cio­nes), había sido con­si­de­rado por la polí­tica eco­nó­mica y social del país una forma de explo­ta­ción capi­ta­lista, un rezago del pasado inad­mi­si­ble en un Estado de sis­tema socia­lista que apun­taba al futuro mejor de la nación, incluso de la huma­ni­dad. Aun­que enton­ces yo no tenía capa­ci­dad para pre­gun­tarme a quié­nes explo­ta­ban Sera­fín y Fina, ni por qué el lim­pia­bo­tas insig­nia del barrio, el Negro Cari­dad, desde ese momento debía ejer­cer su ofi­cio como empleado del Estado (con hora­rio labo­ral y asig­na­ción de betún, tinta, cepi­llos y qui­zás hasta los tra­pos que uti­li­zaba para abri­llan­tar los zapa­tos), cons­taté desde muy pronto que ahora sería más difí­cil, y en oca­sio­nes impo­si­ble, com­prar un lápiz, tomarme un gra­ni­zado o lus­trarme los zapa­tos, entre otras muchas posi­bi­li­da­des men­gua­das, dete­rio­ra­das o sim­ple­mente desa­pa­re­ci­das.

Unos 25 años des­pués, en ese mismo país socia­lista, con los mis­mos diri­gen­tes al mando y en pleno apo­geo de una cri­sis en la que faltó todo (y todo fue todo), se per­mi­tió la aper­tura, muy con­tro­lada, por supuesto, de peque­ños nego­cios pri­va­dos. Cafe­te­rías, dimi­nu­tos res­tau­ran­tes (solo podía tener dis­pues­tas 12 sillas y ocu­par una habi­ta­ción de una vivienda par­ti­cu­lar) y otras pocas acti­vi­da­des de pro­duc­ción y ser­vi­cio. Car­ga­dos de con­di­cio­nes y siem­pre sos­pe­cho­sos algu­nos sobre­vi­vie­ron tenaz­mente, acep­ta­dos si acaso como un mal nece­sa­rio, como lo fue desde enton­ces la lega­li­za­ción de la tenen­cia de divi­sas extran­je­ras, hasta poco antes per­se­guida y hasta penada con años de cár­cel.

En los más recien­tes 25 años, con la per­ma­nen­cia de una cri­sis que se ha reve­lado sis­té­mica, el pro­ceso de rea­per­tura de las acti­vi­da­des comer­cia­les y eco­nó­mi­cas cuba­nas ha sido un pro­ceso tur­bu­lento, mar­cado por los con­tro­les, la des­con­fianza ofi­cial y, sobre todo, per­se­guido por el que ha sido el mayor temor del Gobierno: la posi­bi­li­dad de que algu­nos acu­mu­len dinero. Por­que, sin que se haya dicho, esa siem­pre ha sido la razón polí­tica que ha gra­vi­tado sobre esa socie­dad. Pues bien se sabe que el dinero puede cam­biar las polí­ti­cas.

En este mismo plazo reciente y aun con tan peque­ñas refor­mas, en la isla socia­lista del Caribe ha ocu­rrido un fenó­meno impor­tante: el com­pacto tejido social creado allá por 1968 se ha comen­zado a dila­tar, aun­que en dos direc­cio­nes opues­tas: mien­tras en algu­nos sec­to­res de la socie­dad se ven des­te­llos de riqueza, en otros, los mayo­ri­ta­rios, se ha pro­du­cido un galo­pante empo­bre­ci­miento que, a la altura de 2026, ha lle­vado a esa gran masa humana a exis­tir en fran­cos nive­les de super­vi­ven­cia. Pro­lon­ga­dos cor­tes de elec­tri­ci­dad, difi­cul­ta­des para com­prar los ali­men­tos (ya ni hablar de cómo con­ser­var­los o incluso pro­ce­sar­los), falta de medi­ca­men­tos y, sobre todo, una patente pér­dida de espe­ran­zas han aflo­rado y se han enquis­tado en la vida de millo­nes de ciu­da­da­nos. Como alter­na­tiva más recu­rrida para esca­par de ese foso ha estado la emi­gra­ción, que, en cinco años, acu­mula cifras cer­ca­nas a los dos millo­nes de per­so­nas, algo así como el 15% de la pobla­ción efec­tiva del país. Y esta­mos con­tando los que han podido irse, no a los que qui­sie­ran lar­garse y no han con­tado con los recur­sos nece­sa­rios para hacerlo.

Y ahora resulta que en ese mismo país, con el mismo sis­tema y casi con las mis­mas per­so­nas al frente se anun­cia un nutrido paquete de medi­das que, han dicho, resul­ta­ban nece­sa­rias para solu­cio­nar los pro­ble­mas socioe­co­nó­mi­cos del país. Desde ahora, tam­bién han dicho, cual­quiera puede abrir no ya una quin­ca­lla mucho mayor que la de Fina —eso era posi­ble desde hace un tiempo—, sino incluso una fábrica capi­ta­lista con muchos obre­ros y, claro, con plus­va­lía, incluso fun­dar un banco —y debe­ría ser tam­bién con mucho dinero—. Y podrán hacerlo todos, aun gen­tes como Fina, Sera­fín y el Negro Cari­dad si estu­vie­ran vivos y tuvie­ran con qué. Tam­bién hubiera podido hacerlo mi difunto padre, con­de­nado en 1985 a seis meses de cár­cel acu­sado de trá­fico de divi­sas por haber com­prado tinte de pelo para la pelu­que­ría —por supuesto que clan­des­tina— que en el patio de mi casa lle­vaba mi madre.

Ha hecho falta que la socie­dad cubana des­cienda a la más tene­brosa cri­sis gene­ral para que se con­si­dere que lo ina­cep­ta­ble, lo puni­ble, lo con­de­na­ble es hoy con­ve­niente, apro­piado, justo. Ha sido nece­sa­ria una polí­tica de máxima pre­sión pro­yec­tada desde Was­hing­ton, con ame­na­zas inclui­das de accio­nes mili­ta­res, para que se revierta el férreo sis­tema eco­nó­mico del país y se esta­blezca una eco­no­mía de mer­cado y una socie­dad de sál­vese quien pueda con un Estado que, mien­tras se desen­tiende de res­pon­sa­bi­li­da­des incluso bási­cas de la pobla­ción, por supuesto que sí pre­tende con­ser­var la más impor­tante y efi­ciente de sus indus­trias, la del con­trol. Por­que, incluso ahora, en Cuba ya se podrá jugar con cada uno de los esla­bo­nes de la cadena, pero (como advierte la sabi­du­ría popu­lar) sin tocar al mono.

Muchas son las pre­gun­tas y casi siem­pre alar­man­tes las res­pues­tas que engen­dra el nuevo con­texto eco­nó­mico cubano. Y algu­nas van desde quié­nes con­fia­rán en un Gobierno que ali­mentó la des­con­fianza para lle­gar ahora a inver­tir sus dine­ros en Cuba. Y, otra, con­ver­gente, sería saber quié­nes desde las estruc­tu­ras del poder esta­rán mejor posi­cio­na­dos para una pre­vi­si­ble piñata inver­sio­nista. Evi­den­te­mente, la lista de inte­rro­gan­tes puede ser inter­mi­na­ble.

N. B. Mi más reciente novela publi­cada se titula Morir en la arena. En el título juego con el sig­ni­fi­cado del refrán que reza: “Tanto nadar para morir en la ori­lla”. Hice el cam­bio de sitio y de pala­bras, por­que per­te­nezco a una gene­ra­ción a la que se le pidió mil renun­cias y sacri­fi­cios para lle­gar y avan­zar por la ori­lla, por la arena. Enca­mi­na­dos hacia el más lumi­noso futuro. En ese pro­ceso, en rea­li­dad, muchos han sido los que han que­dado sepul­ta­dos en las tem­bla­de­ras de una arena his­tó­rica voraz, mien­tras los sobre­vi­vien­tes, entre tinie­blas actua­les, si acaso podrán aspi­rar a que alguien venido de nadie sabe dónde los ilu­mine un poco, mien­tras ese alguien (que hasta hablará de liber­tad y demo­cra­cia) engor­dará sus bol­si­llos con nego­cios mucho más sucu­len­tos que una quin­ca­lla o una pelu­que­ría clan­des­tina de barrio.

LEONARDO PADURA Leo­nardo Padura es escri­tor y perio­dista, pre­mio Prin­cesa de Astu­rias de las Letras 2015.
05 Juli 2026


Ha hecho falta que el país cayera en la peor de sus cri­sis para que lo hasta ahora ina­cep­ta­ble sea acep­ta­ble