Creí esta vez que Francia podría tropezar. Marruecos venía precedido por excelentes partidos y siempre, ganando o perdiendo, había brindado fútbol del bueno. Francia, por su parte, venía de un encuentro en donde estuvo a punto de tropezar con un antifutbolístico equipo paraguayo, dejándose enredar en una maraña de golpes, patadas, caídas simuladas, en fin, en todo eso que afea al popular deporte. Pero con Marruecos no fue así.
Marruecos entró a jugar contra sus afamados contrarios alineando una formación no defensiva, es decir, de igual a igual, aún sabiéndose desigual. Solo por este hecho Marruecos merece respeto. Entró a jugar y a ganar, como se debe hacer y, como suele suceder, perdió. Frente a un rival tan noble, Francia pudo demostrar lo que todos sabemos que tiene: una gran calidad que obliga a considerarlos favoritos para alzar la codiciada copa. Una maquinaria que nos hizo recordar a la naranja mecánica holandesa de Cruyff y Neeskens, allá por los años setenta.
Francia no adaptó su formación al juego del adversario. Alineó de acuerdo a lo que quería hacer: vencer aplicando una estructura ofensiva de juego. Por eso, desde el primer momento, el accionar de los equipos fue agradable a la vista, pleno de movidas ofensivas por ambos lados. La diferencia -no podía ser de otra manera- no estaba entonces en el juego sino en la calidad individual de los jugadores franceses. Así fue: Francia hizo valer su superioridad futbolística sobre el campo, sin exasperarse, jugando simple, con la tranquilidad de un equipo que se sabe superior.
Interesante: para desplegar su proyecto ofensivo, Francia entró aplicando el más clásico de los esquemas futbolísticos: el antiguo y bien probado 4-2- 4, pero adaptado a las condiciones del siglo XXl, a saber: no de un modo estático sino elástico, un esquema que de pronto podía transformarse en un 4-3-3 e incluso en un 4-4-2. Para realizar esos despliegues, el técnico Deschamps cuenta con los jugadores adecuados: En la retaguardia, cerca del arco defendido eficientemente por Maignan una línea de cuatro cuya figura dominante es el central de Bayer Münich, Upamecano, considerado uno de los mejores líberos del mundo. Él es el jefe de la defensa y, a la vez, encargado de abrir el juego con pases que casi nunca fallan. A su lado, como cuidándole las espaldas, el fornido Saliba, quien además, terminó por anular al peligroso centrodelantero marroquí Talbi. Los laterales, Kounde y Digne, no son nada del otro mundo, pero cumplen sus funciones de defensa y correteos verticales con eficiencia y regularidad.
Francia, no es un ningún misterio, posee una delantera aterradora: entre Olise, Embelé y Mbappé son capaces de hacer añicos a la defensa más pintada. Esta vez se les sumó, además, el muy hábil y corredor Doue. Pero, todos sabemos, la mejor delantera del mundo puede fracasar si no cuenta con un medio campo que los sepa alimentar desde atrás. Si no es así, los delanteros se ven obligados a bajar, a buscar pelotas, y eso los desgasta para finiquitar como se debe. Y bien, la dupla mediocampista de Kone y Rabiot es extraordinaria, cada uno en su función. Rabiot, aunque poco elegante, cubre el medio campo con fuerza e, incluso, cuando es necesario, con rudeza. Kone, por su parte, es un fenómeno. Corre a lo ancho y largo del campo, es rápido, lo vemos en la defensa ayudando y al segundo siguiente cerca del arco contrario. En ese medio campo, al que a veces se les suman Olise o Mbappé (a ambos les encanta arrancar desde atrás) reside el secreto de la máquina francesa. Koné, el émbolo del cuadro, terminó algo lesionado. A Deschamps, el entrenador, no creo que eso le importe mucho. Su mejor mediocampista, y a la vez, el mejor del mundo en su puesto, Tchuameni se ha recuperado de su lesión y puede entrar en cualquier momento.
En suma, Francia es un gran equipo en el exacto sentido del término. Siempre lo ha sido, pero esta vez lo es más; entre otras cosas porque ha encontrado un centrodelantero mortífero. Si, me refiero a Embelé.
Un tardío descubrimiento, pues antes Embelé jugaba solo por la punta derecha. Hoy, como 9, es un centrodelantero movedizo y goleador a diferencia de esos delanteros grandes y estáticos a los que nos tenía acostumbrado Francia en el pasado reciente (Benzema o Giroud, por ejemplo)
Mbappé es sin duda la estrella, un delantero letal que por momentos muestra movimientos parecidos a los del legendario Pelé. Un goleador, un dribleador endemoniado, a lo que se suma una velocidad insuperable y un dominio prodigioso del balón. Hoy, sin duda, Mbappé es el líder del equipo francés, alguien a quien se le perdona todo, incluyendo errar penales, como ya es costumbre en Messi. Pero, a pesar de todo, el juego francés no gira alrededor de Mbappé. A diferencias de Argentina, cuyo equipo es Messi-dependiente, en ausencia de Mbappé, el liderazgo lo puede tomar sin problemas cualquier otro astro, sea un Upamecano, un Kone, un Olise.
Todo indica que Francia puede – yo agregaría, debería- ser campeón mundial de fútbol. Pero eso no significa mucho si tenemos en cuenta que una de las características esenciales del fútbol es su extrema contingencia. Quiero decir: en el fútbol no hay nada escrito. En ningún partido cuentan los antecedentes del pasado. El destino de cada juego se decide en 90 minutos o más, donde cada segundo es determinante.
El fútbol, en otras palabras, es agónico. Eso quiere decir, existencial.