Pts el partido pa güeno, me llamó un amigo chileno, convertido por dudosa ascendencia en repentino hincha del fútbol español (a los chilenos, como se sabe, no nos queda más que ser mirones). Como sea, es un hincha, y a los hinchas del fútbol hay que diferenciarlos de los de la política y, por lo mismo, hay que respetarlos.
Al fin y al cabo los humanos inventamos el fútbol para depositar en un lugar adecuado nuestra naturaleza hinchista. Y a quien escribe, hincha del fútbol y de la política, pero de ningún equipo y de ningún partido, no queda sino también decir: fue un partido muy bueno. Bueno y vibrante. No tanto como el que presenciamos entre Argentina y Marruecos, el que, más que vibrante, fue dramático; no apto para corazones débiles.
Desde los octavos de final los partidos comienzan a ser de vida o muerte, de modo que no siempre gana el mejor sino el más cojonudo y eso no se puede conocer antes del final del partido. Solo los hinchas de un equipo creen, en un sentido más religioso que futbolístico, que su equipo ganará. Los hinchas del fútbol, por el contrario, tendemos un velo de la ignorancia (para usar un término de John Rawls) a lo largo de nuestra mente, y esperamos el resultado fijándonos en cada detalle del juego. En cierto modo, no solo vemos el partido, lo pensamos. Así, pude decir al final del partido, todo bien: ganó quien mejor jugó, quien tuvo más suerte y quien, después de todo, tuvo más cojones. Bélgica también tuvo los suyos, pero recién aparecieron en toda su magnitud en los minutos finales del partido. No les alcanzó; lástima por ellos. Alguien tenía que perder y, esta vez, les tocó a ellos.
España comenzó muy bien. Dominaba en la cancha, sus pases eran ajustados y dictaba el ritmo de juego. Las oportunidades de gol se sucedían una tras otra, y el entrenador Luis De la Fuente justificó haber cambiado al popular Pedri por Fabian, quien hizo el primer gol.
La superioridad de España ya estaba sentada en los números y todo indicaba que ya tenía el partido en el bolsillo. Hasta que pasó lo que casi siempre pasa. A los 41 minutos, un joven belga con nombre de marqués de capa y espada, Charles de Keteleare, hizo un gol con un cabezazo imparable, tras un centro de Castagne, dictando de este modo el inmerecido empate.
A España, bajo esas condiciones, no le quedaba más que revertir el empate para no llegar a la no deseada prolongación. Y aquí fue cuando entró a jugar “el factor suerte”: a los 70, el arquero Courtois, que hasta el momento estaba atajando hasta al viento, hubo de abandonar el campo de juego, cojeando y llorando (seguro, este es el mundial donde se han derramado más lágrimas que en todos los demás; lástima que sobre eso no haya estadísticas)
España atacaba y atacaba, sobre todo por las puntas, y más que nada por la derecha, donde Yamal perdía pelota tras pelota. Sin embargo, el crack de 18 años jugó bien. Sabedores los belgas de que el puntero derecho es capaz de imaginar en un segundo una obra maestra, lo vigilaban entre dos y tres jugadores; por eso justamente perdía tantas pelotas. Pero a la vez, debe ser dicho, atraía mucha gente hacia la derecha dejando amplios espacios por el lado izquierdo. Al fin a De la Fuente le cayó la chaucha (la locha, dicen en algunos países). Envió a Williams, quien venía recuperándose de una lesión sufrida antes de comenzar el torneo, hacia la izquierda, y asi el equipo comenzó de inmediato a tomar la estructura que lo llevó a campeonar en Europa. Yamal quedó más libre e incluso se atrevió a incursionar hacia al centro de la cancha, acompañando más de cerca al, hasta entonces, muy solitario Oyarzábal.
Dicho aparte, se me ocurre que, más temprano que tarde, Yamal pasará a ser el futuro 10 de la selección española. Ya está más alto que en el campeonato de Europa y no termina todavía de crecer. Ya no es un niño. Por ahora, claro está, hay que dejarlo de puntero derecho donde se entiende muy bien al lado de Pedro Porro. Se ha llevado muchas críticas, casi todas injustas. Pero es un nombre, y los nombres asustan a los adversarios. Pues como dijo muy bien De la Fuente después del partido: “Cada uno tiene su tiempo…. Son todos igual de importantes. España ganó por plantilla y paciencia, no solo por titulares ….”
Luis De la Fuente puede estar conforme consigo mismo. Hizo los cambios en los momentos más oportunos. Sobre todo el último, a los 84 minutos, cuando mandó al campo al superjocker del campeonato, Mikel Merino, y este hizo un gol gracias a un mal rechazo del portero suplente Lammens después de un disparo del juvenil defensa central Pau Cubarsí (ya es un patrón del área). En un campeonato donde Messi ha batido todos los récords, Merino tiene el suyo: por tercera vez le da el triunfo a España después de pocos minutos de haber salido del banquillo.
En los últimos minutos, los belgas atacaron con todo, replegando al extremo a los españoles; parecía que en cualquier momento iban a empatar. El pitazo final los salvó por muy poco. Aquí vuelve la pregunta que me he hecho tantas veces. ¿Por qué Bélgica tenía que esperar los últimos minutos para entregarlo todo como tantos otros equipos lo hacen cuando se acaba el tiempo? Por ahora no se me ocurre otra respuesta que la siguiente: solo frente a la muerte se revela en toda su intensidad el valor de la existencia humana. Solo en ese momento olvidamos esquemas, proyectos y cálculos. No podemos hacer otra cosa que elegir entre el ser y la nada.
Pero por ahora no digo más, estoy comentando un partido de fútbol y no escribiendo un tratado de filosofía existencial.
Para muchos el partido España- Francia será una final anticipada. Para los que no somos hinchas de nada y de nadie, solo será un partido más.