Fernando Mires: España- Francia, LOS PARTIDOS SE GANAN EN LA CANCHA



Dicho en la forma más simple: España jugó mejor y por eso ganó. Un comentario tan obvio que casi no necesita explicación. La verdad, no la necesitaría si el favorito hubiera sido España. Pero ocurría lo contrario: el favorito era Francia. Favorito porque, viendo nombre por nombre, Francia se veía superior. Pero, y aquí viene el tema: el mejor en el fútbol significa jugar mejor, no ser mejor, entre otras razones porque el fútbol es un juego que se juega. Un partido de fútbol no se gana por currículum, sino jugando, planteando el juego en tiempo presente en un espacio donde cada minuto cuenta.

Ahora bien, por lo general gana quien mejor juega en las tres dimensiones del juego: defensa, mediocampo, delantera. España jugó mejor en las tres.

Puede ser que Francia sea el mejor cuadro (mirado en el papel) pero España fue (y, ahora lo sabemos, es) el mejor equipo. La diferencia entre cuadro y equipo no es antojadiza. El mejor cuadro es un concepto pasivo. El mejor equipo es uno activo. Jugar en equipo significa integrar diversas mentalidades y cuerpos en una sola unidad, hasta el punto en que, cada parte, en este caso, cada jugador, se convierte en un órgano de un solo cuerpo colectivo. Pues bien, eso es lo que ofreció España a lo largo del partido. España es un equipo interconectado. Podríamos decir, intercorporizado.

El concepto de intercorporización, debo decir, proviene de la filosofía de Merleau-Ponty.

En uno de sus textos clásicos (Fenomenología de la percepción, 1945) señalaba el filósofo francés que nuestros cuerpos, para existir, están incorporados en otros cuerpos antes aún de que se de entre ellos una comunicación en el plano racional. Roto el cordón umbilical se mantienen, en efecto, las inconexiones con el cuerpo materno y, después, con el cuerpo cultural y político en donde somos y actuamos.

La interconexión máxima la alcanzamos en el amor, en la guerra y en la política junto con los “nuestros” y, por cierto, en el fútbol (esto no lo dice Merleau-Ponty) cuando los miembros de un equipo se entienden unos a otros con gestos, con movimientos, con miradas, estableciéndose esa relación intercorporal que, para los mosqueteros de Alexander Dumas era la de “todos para uno, uno para todos”.

Para volver al fútbol, podríamos decir que todo buen equipo es un tejido intercorporal. Francia poseía las mejores individualidades, España la mejor integración colectiva, esto es, el mejor equipo. Hecho que observamos desde el comienzo del partido. Una integración que venía de atrás hacia adelante gracias a ese engranaje casi perfecto conformado por la defensa y el medio campo.

La defensa española no está constituida por hombres recios sino por jugadores versátiles, o sea, no por los que solo cierran el camino sino por unos que, además, salen jugando desde el más atrás. Esa es la diferencia con la defensa francesa donde casi todas las salidas pasan por Upamecano. Los defensas laterales franceses Kounde y Digne son cancerberos duros, difíciles de pasar. Pero los españoles Porro y Cucurella, salen jugando desde atrás para desdoblarse como mediocampistas e incluso como delanteros extremos. El primero ya ha anotado dos goles en este campeonato. Del segundo ya sabemos mucho: es uno de los laterales más inteligentes del mundo, una figura incansable a lo largo de cada partido, en breve: un gran futbolista. A su vez, los centrales, Laporte y Cubarsi no solo son contenedores, además son muy técnicos, sobre todo Cubarsi quien, pese a su juventud, ya se perfila como un zaguero de talla mundial. En cierto modo esa defensa es más técnica que el medio campo compuesta más bien por jugadores rápidos, movedizos y que saben hacer de delanteros cuando llega el momento. Veamos por ejemplo a Olmo. A diferencia de la mayoría de los mediocamopistas que hacen de eje y ordenadores de juego, Olmo cumple una función adicional, la de convertirse en atacante imprevisto, un delantero que corre (¡y cómo corre!) desde atrás.

En las puntas delanteras, Francia posee a los letales Mbapeé y Olise. Pero el segundo no ha andado bien en este mundial. No se sabe por qué, está lejísimo de ofrecer lo que hace cada semana en el Bayern. Puede ser que esté cansado. Hace mucho tiempo que no para de jugar. Los jugadores, al fin, son seres humanos y los factores llamados subjetivos, pesan. Del mismo modo Embelé, quien había sido una carta de gol en partidos anteriores, contra España no veía una. Esos son factores llamados imponderables. Esos mismos factores actuaron esta vez a favor de España. Simón, el arquero, por ejemplo, estaba en su día. Hizo atajadas espectaculares. Y la reacción tomada en fracciones de segundo, al arrebatar la pelota con los pies nada menos que a Mbapeé cuando este iba solo lanzado hacia el arco, será difícil que la vuelva a repetir. Fue sencillamente genial.

En el duelo librado entre Mbapeé y Yamal, el joven español fue el más decisivo. Mientras Porro quitaba limpiamente la pelota a Mbapée, a Yamal había que “faulearlo” entre varios. De una de esas faltas nació el tempranero e indiscutible penal cometido a Yamal y ejecutado limpiamente por Oyarzábal.

En fin, un merecido triunfo español. Ahora esperemos la final de este magnífico campeonato mundial, uno que no han logrado enrarecer ni las corrupciones de la FIFA, ni las intrigas de Trump, ni las apariciones del fascismo racista.

El fútbol es, definitivamente, más grande que todo eso.