Fernando Mires – EN DEFENSA DEL FÚTBOL ARGENTINO

 


Dicho muy entre nosotros, voy a contarles que antes de que comenzara el partido entre Argentina y Egipto yo me había declarado simpatizante del fútbol egipcio. Más aún; después del partido que Egipto perdió con Argentina, lo sigo siendo. Me gusta su forma rápida de avanzar, la conducción de Salah, la movilidad de jugadores como Zico, la elasticidad de su arquero Shobeir, el partido heroico que se mandó frente a Australia, y no por último, la alegría poco islámica de sus fans. Todo eso y mucho más no deja de impresionarme. Puedo incluso afirmar que, después del primer tiempo contra Argentina, ese dos a cero confirmó mis simpatías futbolísticas (políticas no tengo ninguna) hacia Egipto.


 El primer tiempo fue de Egipto. El segundo tiempo fue de Argentina

Fue un partidazo el de los argentinos. Ese segundo tiempo ya conocido como “la remontada”, pasará a la historia del fútbol como una gran hazaña deportiva. No obstante, precisamente esa “remontada” que llevó al merecido triunfo argentino (lo puse en negrillas para que se sepa de antemano lo que yo opino) intenta ser opacada por una prensa que vive de sensaciones, de anuncios nunca confirmados, de las informaciones falsas y, no por último, de escándalos bien explotados. Por todas partes he estado leyendo que ese triunfo, el de los argentinos, fue amañado (en las palabras del DT egipcio) o lo que es igual, manipulado. No diré ni que sí ni que no, diré simplemente que no hay ningún indicio serio para confirmar esa afirmación.

¿Cuáles son los argumentos que llevan a sectores de la prensa, a algunos técnicos sin renombre, a los que saben mucho de todo pero nada de fútbol a afirmar sin empacho de que ese fue un partido amañado? El principal de esos argumentos es que en el primer tiempo el árbitro invalidó a Egipto un gol legítimo.

He estado observando el video. Parece que sí, de verdad, fue legítimo el gol. Claro, depende en gran parte de la posición del video, la jugada fue rapidísima; pero sí, da la impresión de que el hacedor del gol venía de atrás, de modo que el cobro del offside habría sido incorrecto. Aceptemos entonces: fue ilegítimo el cobro. Pero, si observamos el curso de otros partidos de este mundial, hay varios goles a los que podríamos declarar ilegítimos. No hay en verdad ninguna ley más difícil de aplicar en el fútbol que la del offside. Por eso, entre otras cosas, el fútbol es un deporte discutitivo.

Convengamos: cada partido de fútbol está lleno de faltas mal cobradas, entre otras cosas porque los jugadores son maestros en fabricar faltas nunca habidas. Por una falta mucho más discutible que la aplicada al delantero egipcio, fue eliminada Alemania del torneo, pero en esa ocasión a nadie se le ocurrió decir que fue un triunfo amañado. Por lo demás, todos los que vemos semanalmente los partidos de fútbol en los países en que vivimos, sabemos que el cometido a Egipto fue un error común, ya casi normal. Sabemos también que miles gritan al árbitro ¡vendido!, pero también que al rato, todo eso se olvida. Son, al fin, cosas del fútbol.

Aparte de ese error, si se quiere, de ese gran error, no han faltado quienes afirman que Argentina no mereció ganar. Aquí hay que manejar con cuidado. Merecer es un verbo muy subjetivo. No obstante hay indicadores que podrían llevar a una opinión más objetiva. Si por merecer o no merecer entendemos dominar o no dominar el juego, Argentina ganó con creces. Argentina mantuvo el balón el 64% del tiempo, frente al 36% que registró Egipto, consolidando un claro dominio de la posesión durante todo el encuentro, nos dicen las estadísticas. Eso se llama, dominar.

Además, Argentina sumó 602 combinaciones contra 349 de Egipto. En cuanto a efectividad de pases: 91% de acierto para Argentina y 83% para el conjunto egipcio. La capacidad ofensiva del equipo argentino fue notablemente superior, según reflejan los datos oficiales. Remates totales: Argentina generó 19 intentos, mientras que Egipto pateó solo 5 veces. Disparos a puerta: La Albiceleste colocó 7 tiros entre los tres palos, por solo 2 de Egipto. Grandes ocasiones creadas: Argentina fabricó entre 5 y 6 jugadas claras de gol frente a las 2 que tuvo Egipto.

Sí, ya sé lo que ustedes me van a decir: que el fútbol no se gana por puntos, como a veces ocurre en el boxeo, sino por goles. De acuerdo, pero si aplicamos el criterio del merecimiento, no hay que dudarlo; el resultado lo mereció Argentina.

Los tres goles marcados por Argentina en el segundo tiempo fueron legítimos. Sobre eso no hay nada que decir. Esos goles producidos por “la remontada”, fueron el resultado de una reacción colectiva del equipo frente a la casi eminente derrota y su consecuente descalificación. Los jugadores lo dieron todo, cada uno se sobrepasó a sí mismo en una reacción espectacular. Esos once nos hicieron gritar, aplaudirlos desde nuestros sofás, contemplar como el ser humano, esa especie tan defectuosa, es capaz de levantarse por sobre sus sombras y emocionar a sus actores, llenarlos de lágrimas y dejarlos exhaustos por el esfuerzo cometido. Lamentablemente no podemos decir lo mismo de los egipcios.

Como cuando casi siempre sucede, al ir ganando cómodamente dos a cero, los egipcios se echaron para atrás, tratando de hacer tiempo y mandando pelotazos al vacío. A ellos, claro está, les parecía imposible, bajo esas condiciones, una “remontadadel adversario. En el peor de los casos, podría haber un empate y en eso ganarían ellos, como lo hicieron contra Australia. Calcularon mal, y eso lo pagaron muy caro. Olvidaron que el equipo argentino tenía ganas de ganar y, sobre todo, tenían a Messi.

No vamos a exagerar. Messi, para ser suaves, no jugó uno de los grandes partidos de su vida. El penal que disparó en el primer tiempo era atajable para cualquier buen arquero, y el egipcio Mostafa Shobeir lo es de sobra. En pocas palabras: Egipto se achicó más de lo necesario y Argentina se agrandó más de lo humano. En términos psicológicos – y eso cuenta en el fútbol – también ganó Argentina.

Messi, repetimos, no jugó bien. Tampoco mal (eso no lo sabe hacer) pero su presencia es muy importante en el juego. Incluso en sus momentos malos, Messi mira al cielo, como si tuviera arriba una extraña comunicación con el Altísimo. Sin embargo, en este partido, los jugadores se emanciparon de Messi y cada uno jugó lo que sabía y podía. Dos ejemplos: Romero es un defensa muy defensivo pero hizo un gol imparable. Fernández es un creador típico del medio campo para arriba, pero nadie le conocía esas dotes de cabeceador con las que hizo el gol. Y así sucesivamente. Hicieron lo imposible, cada uno a su manera. Entre esos dos goles, Messi aportó su gol costumbrado.

¿De dónde vino esa sospecha, mejor dicho, esa calumnia relativa a que el juego estaba amañado?

Del partido mismo, no. Como hemos dicho, Argentina mereció su triunfo. Un gol puede haber sido ilegítimo, pero el triunfo argentino, no. Creo que frente a esa pregunta hay otra respuesta, una que no tiene nada que ver con el fútbol; y es esta: el mundial 2026 ha estado amañado desde sus comienzos por un espíritu maligno. Nos referimos al maligno espíritu del excelentísimo presidente Trump, espíritu que ha terminado por enrarecer el ambiente futbolístico, no solo en los EE UU.

El intento de influir el fútbol desde el poder político no es nuevo. En los países comunistas eso era una constante. Sucede también bajo muchas dictaduras, las que usan los deportes para legitimarse a sí mismas, algo que hacen desde las Olimpiadas de 1934, durante Hitler en Alemania. La dictadura militar argentina, recordemos, sobornó a algunos jugadores peruanos en el mundial del 1978, a fin de clasificar. Lo nuevo es que el contubernio entre poder político y deporte, en este caso el fútbol, es practicado hoy por un presidente elegido democráticamente, en un país que justamente se encontraba festejando el nacimiento de la democracia norteamericana, la más antigua del mundo moderno. Y lo peor, es que las relaciones gangsteriles establecidas entre Trump y Gianni Infantino presidente de la FIFA (caso Balogun), han sido presentadas por ambos sujetos como lo más normal del mundo.

En los EE UU ha comenzado a reinar una desconfianza en las instituciones y en la propia democracia. Esa desconfianza ha llegado al fútbol, donde una prensa, siempre ávida, intenta encontrar manipulaciones hasta en donde no las hay. El daño moral provocado al fútbol por la dupla Trump-Infantino es, en este caso, enorme.

Trump definitivamente es como el rey Midas; pero al revés: todo lo que toca lo ensucia.

Debo decir al fin que en mis comentarios futbolísticos pensaba dejar la política a un lado. Pero me ha sido imposible. La política, o por lo menos lo que es política para Trump, está amenazando al fútbol. Partidos como el que jugaron Argentina y Egipto, en cambio, lo reivindican.