José Domingo Sosa - SOLIDARIDAD Y COMPROMISO: UNA RESPUESTA ANTE EL DESASTRE


El doble impacto sísmico que recientemente ha sacudido mi país, Venezuela, no solo fractura el suelo físico y las vidas de sus habitantes, sino que también golpea de lleno a un cuerpo social que ya cargaba con el peso de una crisis crónica y extenuante. Cuando la naturaleza descarga su fuerza ciega sobre un escenario previamente precarizado, el sufrimiento humano se multiplica y el entorno se tiñe de un sentimiento de absurdo e injusticia. En estas horas de incertidumbre, en las que las réplicas del terreno amenazan con derrumbar lo poco que queda en pie y el miedo legítimo empuja a la neurosis, el entramado social se enfrenta a su prueba más severa. La de resistir a la desesperación o la de entregarse a la ley del sálvese quien pueda, desde aprovecharse para acabar con el enemigo y con las propias sombras.

Es en este preciso umbral de la tragedia donde el pensamiento de Albert Camus y su lúcido retrato en La peste adquieren una vigencia estremecedora. Al describir la ciudad de Orán, confinada bajo el yugo de la enfermedad, el filósofo francés no buscaba teorizar sobre el heroísmo, sino desnudarnos ante la fragilidad de nuestra condición. Camus nos enseñó que ante las catástrofes colectivas, sean estas políticas o telúricas, los discursos grandilocuentes y los mesianismos políticos revelan de inmediato su inutilidad. La respuesta al sufrimiento no se encuentra en abstracciones ni en promesas futuras, sino en lo que el protagonista de la novela, el doctor Bernard Rieux, define simplemente como la "honestidad común". Una decencia sin adornos que consiste, fundamentalmente, en hacer bien el propio oficio en el momento en que más se necesita.

Contemplar la Venezuela de hoy a través de este prisma existencialista permite descubrir que, en medio de los escombros y la precariedad, esa honestidad camusiana es el verdadero pilar que sostiene al país. No se manifiesta en gestos teatrales y neuróticos, sino en la obstinación silenciosa de quienes se niegan a claudicar. Está en el personal de salud que improvisa soluciones en hospitales a oscuras, en los equipos de rescate que desafían el peligro para remover el concreto, y en el ciudadano de a pie que, compartiendo un trozo de pan o un bidón de agua, reconoce la vulnerabilidad del vecino como propia. Cuando el Estado o la infraestructura falla, es este tejido humano y laico el que asume la responsabilidad de salvaguardar la dignidad común.

La gran lección que nos dejó Camus es que el universo puede ser profundamente indiferente a nuestros dolores, pero la humanidad no tiene por qué serlo. La verdadera victoria frente a la tragedia no se mide únicamente en el recuento de vidas perdidas y de daños materiales, sino en la capacidad de una población para impedir que el desastre corrompa su espíritu. Al final, la resistencia venezolana ante estos terremotos confirma la intuición más profunda del escritor, que incluso en las épocas de mayor oscuridad, cuando todo parece crujir a nuestro alrededor, siempre hay en los seres humanos muchas más cosas dignas de admiración que de desprecio. La reconstrucción de una sociedad herida no comienza con luchar contra el enemigo, sino con la mirada empática de quien decide no dar la espalda al prójimo. Es en esa sutil pero radical transición del "contra" al "con" donde verdaderamente se juega el destino de un pueblo que ha visto su realidad agrietarse. La tentación inmediata ante la precariedad suele ser buscar un culpable, canalizar la angustia mediante la confrontación o esperar que una fuerza externa resuelva el caos. Sin embargo, los sismos, al igual que las grandes crisis históricas, no entienden de ideologías ni de bandos, caen con el mismo peso ciego sobre toda la geografía humana, recordándonos una igualdad elemental y descarnada ante el dolor.