Fernando Mires - INTERPRETACIÓN POLÍTICA DE UN DISCURSO RELIGIOSO


(León XlV en España)

Hay diversos modos de dar a conocer una religión (o una doctrina). Una es referirse a las palabras de los textos; otra, explicarla a través de los hechos, principalmente de los que nos afectan. El primero es doctrinario y el otro, al partir de la existencia de un hecho, es dialógico. Jesús, el Cristo, recordemos, dialogaba con las personas que se atravesaban en su camino, fuera una samaritana, un inválido, una mujer pecadora, un guerrillero, un mercader; y, dialogando con ellos, emitía su mensaje. León, fiel a esa tradición, dice también en los primeros párrafos del discurso ante el Congreso español: La Iglesia “camina con la humanidad”

Benedicto XVl, un gran intelectual, hablaba la mayor de las veces dando a entender el sentido de las palabras de Jesús para después referirse a la realidad que lo circundaba. León XlV, en cambio, sigue más el método de Jesús (en cierto modo socrático) y se refiere a los temas que aparecen atravesados en los caminos y, desde ahí, eleva la palabra religiosa que aparece en las cosas tal como ellas se van dando.

León nos habla de problemas de nuestro tiempo y solo después dicta su enseñanza. Por eso pienso aquí que Benedicto era más teológico (y filosófico) y León es más político. Pero entiéndase bien: no quiero decir –Dios me libre- que León sea un papa político, pero sí que su punto de referencia se encuentra centrado en la polis de nuestro tiempo. Puede ser la polis ciudadana, la polis nacional o la polis global, pero lo que tiene en mente el pontífice, es la comunidad humana, partiendo desde la comunidad familiar, pasando por la social, hasta llegar a la comunidad internacional a la que pertenecemos todos por el solo hecho de habitar en esta tierra. La Iglesia reconoce, nos dice León, la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En contra de la deshumanización de la humanidad

León XlV no es político, pero sus palabras tienen enorme sentido político, o lo que es mejor todavía, sus palabras sacuden a la política de nuestro tiempo, sin olvidar nunca la base teológica de su discurso, como a veces hacía Francisco (en mi opinión muy personal). Para hacer un recorrido a través de los tres últimos papados, Juan Pablo ll hablaba principalmente a favor de los oprimidos y, aunque una vez haya rezado codo a codo con el asesino general Pinochet, el mundo le debe su contribución a la liberación de gran parte de Europa de las tiranías comunistas. Benedicto hablaba en contra de lo que para la Iglesia son los escribas y los apóstatas. Francisco a favor de los pobres y ofendidos de la tierra (olvidando lamentablemente a Ucrania). León, sin dejar de lado la tradición de sus predecesores, nos habla a favor de los humillados y ofendidos, pero también de los peligros que se ciernen sobre la humanidad. No es casualidad que su primera encíclica sea un manifiesto en contra de la enajenación a que puede llevar un uso inhumano de las nuevas tecnologías de acuerdo con esa tradición social de la Iglesia iniciada por la Encíclica Rerum Novarum de León Xlll (1891) y por el Concilio Vaticano ll convocado por Juan XXlll (1962), es decir, en nombre de una Iglesia que ha sabido, a pesar de sus grandes delitos y errores, modificarse sin abandonar la tradición, algo que no se puede decir siempre de otras grandes confesiones.

Tanto en el judaísmo como en el islamismo, tendencias fundamentalistas están ganado terreno. En la ortodoxia cristiana rusa, el Pope Kiril, retrocediendo a los periodos más oscuros del medievalismo, ha llegado a santificar a las masacres en Ucrania. Para León, en cambio, la Iglesia vive en un mundo político y, por lo mismo, polémico. Comunica con ese mundo, pero subrayando que la Iglesia no puede ni debe ser un instrumento al servicio de la política. Ese punto quedó muy claro en su discurso ante el Congreso de España.

Muy importante es que el Papa se hubiera referido en el Congreso español a la tradición neoescolástica de Salamanca iniciada en los siglos XVI y XVll, en donde fue estipulada, gracias a las polémicas plumas de Vitoria, Suárez, Las Casas y otros, el derecho de todas las naciones (incluyendo la de los indios americanos) a ser libres y soberanas, algo que vale la pena recordar en nuestros días, cuando tres grandes imperios amenazan derribar los pilares que han sostenido al orden occidental después de la segunda guerra mundial. No podemos olvidar que los tres nombrados teólogos eran ardientes defensores de la paz, incluyendo el derecho de las naciones agredidas a defenderse en contra de sus agresores, algo que omitió decir León XlV.

El derecho a defenderse es también un derecho en contra de la guerra, pienso yo. Pero lo  importante es que, para León, sus discursos están centrados en el ser humano, en tanto todos somos hijos del mismo Dios. Atentar contra la vida humana es atentar contra Dios. Solo así entendemos la crítica vaticana, no solo a las guerras, sino también a las nuevas tecnologías, en particular a la IA, la que puede llevar a separarnos de nosotros convirtiéndonos en individualidades fragmentadas, es decir, deshumanizandonos.

La técnica no es neutral, enfatiza León, pero podemos correr el peligro de que esa técnica nos haga a su imagen y semejanza. Sin embargo, la tecnología y la ciencia, argumentan los partidarios de la IA, son productos de la humanidad y luego portan consigo la impronta humana. En ese sentido podríamos ir más lejos y afirmar que toda inteligencia, incluso la nuestra, es artificial (somos al fin “hechos” en el marco de nuestras tradiciones y culturas). O también al revés, que todas las tecnologías, en tanto contienen los signos de sus inventores, son humanas. En fin, puede que la discusión recién comience. Lo importante es que la Iglesia la asume y, en cierto modo nos incita a seguir polemizando pues sin polémica no hay polis. Más que en la tecnología, es lo que intenta precisar León XlV, el peligro reside en la deshumanización en una era en donde han surgido poderes que consideran a la condición humana como un factor secundario.

Abajo las armas

El escándalo es uno solo: el irrespeto a la vida. Esa es la razón por la cual León se pronuncia vehemente en contra de las guerras de nuestro tiempo, sobre todo, las de invasión. Allí donde hay guerras ha fracasado la política, nos dice. En ese contexto, el papa toma abierto partido por la política en contra de la guerra y por ello enaltece el arma principal de la política: las palabras. En cierto modo, contradice a Clausewitz: La guerra no es la continuación de la política por otros medios. La guerra es la negación radical de la política. Hay que convertir a la guerra en política, leemos entre líneas. Y en sus palabras: Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

En la era orwelliana de los tres imperios, que es la que estamos viviendo, tres poderes mundiales practican una negación de la política, tanto en los planos internos como externos. Los seres humanos son considerados como medios, no como fines. Putin asesina a sus enemigos dentro y fuera del país, sin contemplación alguna. Para Xi, los seres humanos son fuerza de trabajo destinada a ser usada en una guerra económica a nivel mundial. Trump ha declarado guerras a potencias nucleares, sin explicar las razones, atreviéndose a criticar al papa porque se opone a esos actos, señalando que un país como Irán no debe poseer armas atómicas. De acuerdo, pero nadie debe poseerlas. ¿O acaso la Rusia de Putin o Corea del Norte son menos peligrosos para la paz mundial que el Irán de los ayatolás? Siguiendo la lógica de Trump, el mundo debería estar ardiendo en llamas.

El reino de la palabra

Alguien debe parar la locura mundial que estamos viviendo. Podría ser Europa, pero a la vez, no hay país de Europa en donde la democracia no se encuentre cercada por extremos políticos altamente irracionales, de extrema derecha y de extrema izquierda, como en la misma España. Recuperar el valor de las palabras es recuperar un don de Dios, dice el papa, pensando seguramente en el Evangelio de San Juan. Gracias a la invención de la palabra llegamos a ser humanos. Allí, donde no reina la palabra, reina la violencia. Por eso, agregamos aquí, la defensa de la palabra es la defensa de la democracia. 

No hay democracia sin libertad de palabra. No hay democracia sin discursos democráticos, diría Habermas. Y es bueno que el papa lo diga en España, un país muy democrático, pero también uno donde ese mismo Congreso es usado por los políticos como ring de boxeo para dirimir diferencias que no son tantas. Frente al papa, cierto, los congresistas se comportaron de modo educado, pero antes de que hubiera abandonado España, Vox y Podemos tenían de nuevo convertido al Congreso en un templo del odio.

Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje. (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026)

No se puede sino estar de acuerdo. Pero hay un tema que el papa no toca porque entre otras cosas no le corresponde hacerlo: ¿Y que sucede si hay un poder que se niega rotundamente a usar las palabras? Pienso en el poder de Putin, quien pone las palabras al servicio de sus drones.

Recordemos que antes y en los inicios de la guerra a Ucrania, los principales presidentes de Europa viajaron a Moscú a conversar con el dictador ruso. Putin los denigró recibiéndolos en mesas largas después de hacerlos esperar, a veces horas, en la sala de audiencia. Con esos gestos, Putin ya les había dicho: “Digan lo que digan, mi decisión está tomada. Ucrania pertenece a Rusia aunque todo el derecho internacional afirme lo contrario. Basta”.

¿Qué hacer con un tirano para quien las palabras no tienen ningún valor? ¿Qué podía hacer EE UU durante la segunda guerra mundial sino evitar la expansión de Hitler que no escuchaba más palabras que las que venían de su atormentado cerebro como ocurre hoy con Putin?

No vamos a entrar aquí en la discusión salamantina sobre las guerras justas o injustas. Lo único que podemos decir, más allá de los principios, es que hay guerras evitables e inevitables. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra, nos dice León. Eso es indiscutible. Pero hay veces en que el mal -es decir, la presencia de la ausencia de Dios - está armado. Y mata. Esa no es una deducción religiosa, pero sí es una deducción política. Y el papa, como ya dijimos, no es político.

El ser humano es una creación de Dios, y hay que preservar la condición humana de esa criatura, la única que puede comunicarse con Dios a través de sus oraciones (gramáticas y religiosas). En ese sentido, todo ser humano es un ser privilegiado. Como Jesús, dicho en palabras cristianas, todos somos hijos de Dios y de ahí, y de ninguna otra parte, viene la dignidad del ser. Por eso, ante los ojos de León, todo ser humano es una entidad sagrada.

Tomar partido por Dios es tomar partido por el ser humano y al revés también. O en palabras más laicas: todo ser humano es parte de un tejido múltiple y complejo. Privar a un ser humano del derecho a la vida, expulsar a un ser humano de tus cercanías, despreciar a un ser humano por su cultura o religión, es romper ese tejido del cual todos formamos parte. Y bien, justamente por esa razón, religiosa y laica a la vez, ha tomado decididamente partido León XlV.

Todos somos emigrantes

La defensa de los emigrantes, con pasión emprendida en su primera encíclica y luego en España, es conmovedora. Sin ser una defensa política, tiene connotaciones políticas. Acusa definitivamente a los que han hecho motivo de escarnio, de persecución y odio a los que, rechazados en sus países, buscan conservar su vida y sus costumbres en otros lugares más prósperos y más liberales en el que tarde o temprano -como hacen los futbolistas- se integrarán. En ese punto León es fiel a la palabra de Jesús, un hombre miembro de una familia de un pueblo de emigrantes, más aún, de un pueblo que se hizo pueblo en su largo camino a través del desierto, de un pueblo que fue rechazado y perseguido por otras naciones y que hoy se nos representa de nuevo, de modo multiculor y heterogéneo en las migraciones humanas de la modernidad.

Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos. Son palabras acusatorias de León.

Por supuesto, todo Estado tiene derecho a regular las migraciones, pero ningún político tiene derecho a usar el tema de las migraciones para enardecer el miedo de los votantes, miedo que en última instancia no proviene de las migraciones sino de cambios estructurales provocados por la nueva revolución tecnológica, sobre todo en el campo laboral.

Los partidos nacional-populistas, o neofascistas, aumentan electoralmente como buitres alrededor de un campo de batalla. El emigrante, como ayer el judío, se ha convertido en el chivo expiatorio que usan políticos miserables, para alcanzar el poder. Esa maldad merece ser combatida y, en su modo piadoso, León XlV lo está haciendo.

Siempre la palabra del papa ha sido seguida con mucho interés en las más diferentes naciones. En cierto sentido el Vaticano, pese a sus fallas, ha llegado a ser un compás moral de la humanidad. Sin tener batallones, el papa tiene millones de seres humanos que escuchamos sus palabras con respeto y atención. Sin embargo, esta vez parece estar ocurriendo algo nuevo. En gran parte, no la vamos a dudar, eso se debe a la enorme simpatía que despierta la capacidad comunicativa, moderada y valiente a la vez del papa León. Pero, por otra parte, parece ser evidente que la figura del papa parece esta vez estar llenando un vacío que no está en condiciones de ocupar la política.

Para nadie, en efecto, es un misterio que los cambios económicos y tecnológicos de nuestro tiempo han provocado una crisis política que a la vez es una crisis de la política. Frente al avance de las fuerzas antipolíticas y antidemocráticas que intentan ocupar el vacío político, es notoria la ausencia o escasa presencia de líderes democráticos como ayer lo fueron un Churchill o un Roosevelt. El papa, sin ser político, ha llegado a ser, en contra de sus intenciones, un líder mundial, un defensor de los derechos humanos, un abogado de la dignidad humana, para él, divina. En buena hora.

Demos gracias a Dios, o a quien sea, por tener hoy a este papa.