En el presente ensayo intentaré demostrar que hay una sobredeterminación imposible de eliminar entre la política y lo no político en su forma religiosa, constatación que lleva a deducir que una política pura existe solamente en los textos de politología. En el vínculo que se da entre el espacio religioso y el político esa relación es persistente. Eso significa que la secularización que caracteriza al orden político occidental ha tenido lugar en el plano institucional, pero no en el comportamiento ciudadano, algo por lo demás muy lógico: el ser humano no es una institución.
La relación entre religión y política ha llevado a que muchas veces la política sea practicada como si fuese una verdadera religión. Sin embargo, no se trata de una simple sustitución, sino de un hecho que proviene, por un lado, de la génesis religiosa de la política, y por otro, de la coexistencia de la política con la religión en un mismo espacio nacional.
Creo advertir, además, una razón adicional que explica la interrelación que se da entre política y religión, y esta es que tanto la una como la otra han debido enfrentar, en diversas ocasiones, a un enemigo común. Ese enemigo común es la ideología. Religión como ideología y política como ideología obligan muchas veces a que la religión y la política deban unirse para conservar sus respectivos espacios de realización. De ahí que diversas luchas políticas y religiosas (o político-religiosas) han coincidido con las luchas democráticas de nuestro tiempo. En ese objetivo común suelen confundirse la una en la otra en una relación que es muy difícil separar.
En fin, el mundo religioso no es una etapa «superada» en el desarrollo histórico de la humanidad. Por el contrario, persiste en anunciarse no sólo entre los creyentes, sino también –y puede decirse: sobre todo– en aquellos que quieren levantar políticas sobre la base de la negación de la religión, con el objetivo de reemplazarla por nuevos ídolos que lamentablemente no son sólo de barro.