La vida es una tragedia si por tragedia entendemos un proceso que nos lleva a un final no deseado. Y a la vez un drama porque, aún conociendo el final, hacemos lo posible por ignorarlo, reprimirlo, olvidarlo. Para mantenernos en vida, recurrimos a entre-tenimientos, sobre a todo a aquellos que simulan el éxito (salida) o el fracaso. Puede ser el de un partido político o, un caso menos trágico, el de un equipo de fútbol al que seguimos e incluso amamos. Es por eso que, siguiendo el ejemplo que nos da la literatura, la mayoría de los partidos de fútbol son dramáticos pues todo el juego consiste en evitar la tragedia de una derrota mediante el logro de una victoria o por lo menos un empate. Entre esos dos extremos, tanto en el fútbol, en las películas y en las novelas, está esa trama que es un drama. Puede que esa sea una de las razones que explican por qué el fútbol nos apasiona tanto.
Once voluntades entrelazadas entre sí, contra otras once, buscando sobrevivir en la lucha por la vida en contra de un enemigo que simboliza, de modo no demasiado simbólico, nuestra finitud. Nosotros nos identificamos con ellos, gritando, vitoreando, puteando, para al final ser, por un momento, felices o tristes, como es la vida: una tragicomedia: una comedia trágica.
No todos los dramas terminan en una tragedia. La mayoría de los dramas que en diferentes géneros conocemos tienen un final feliz. Ese final es, en cierto modo, la condición del drama. El ejemplo más cercano al drama futbolístico que terminó en tragedia para Alemania y en inconmensurable felicidad para Paraguay fue el partido anterior (Brasil contra Japón) cuando los brasileños, en el último segundo, lograron en contra del excelente equipo japonés, la victoria que los llevaría a la próxima rueda. Si no hubiera sido por ese cabezazo agónico de Casemiro, yo estaría escribiendo, dicho con seguridad, un artículo titulado:“La tragedia del fútbol brasileño”.
La conversión de la felicidad en una tragedia depende a veces de un segundo, tanto en el fútbol como en la vida. ¿Quién decide en ese segundo? Los antiguos griegos dirían, los dioses. Las personas religiosas dirán, Dios. Los místicos dirán, el destino. Los seres comunes solo dirán, la mala suerte. Yo me quedo con Ortega y Gasset (los dos más grandes filósofos de España, según un popular cómico español), quien decía: las circunstancias.
Las circunstancias son imposibles de prever pues son condicionadas y luego condicionan otras circunstancias en este mundo circunstanciado que es la vida. Somos hecho a la medida de las circunstancias las que, como árboles caídos en medio de una tempestad, se atraviesan a lo largo de los caminos que recorremos. Y claro, después del recorrido miramos hacia atrás y todos somos más sabios que antes. Como los hinchas y comentaristas del fútbol.
Lo que pasó podría ser evitado, dicen algunos. Y eso está claro, pero bajo la condición de que hubiéramos sabido, antes de que pasara, lo que iba a pasar. Pero eso no sucede nunca. Si un pasajero supiera que ese avión al que iba a subir, iba a caer, no sube. Pero cuando sucede, todos somos doctos. Y, por cierto, buscamos al culpable. En el fútbol ese culpable se llama entrenador, o director técnico.
El culpable es el personaje post-inventado después de una tragedia. Lo que no podemos entender, lo entendemos de inmediato gracias a la existencia del culpable, nos decía el filósofo de los chivos expiatorios, René Girard. Ese Chivo, o culpable, es el elegido por los pueblos y los individuos para establecer el orden perdido después de un fracaso que, como todas las cosas del mundo, puede ser multicausal. Pero no, el entrenador esta ahí para asumir la culpa colectiva y transformarla en una culpa individual que deberá llevar, como si fuera una cruz, por el resto de sus días.
Julian Nagelsmann, un joven y excelente director técnico, no es el culpable, solo es el culpabilizado, lo que es algo muy diferente. Cierto, como ser humano, cometió errores, pero supo reaccionar a tiempo y enmendar. El más evidente, es no haber puesto a Joshua Kimmich en su puesto habitual, el de mediocampista. Toda Alemania pedía ese cambio. Pero Nagelsmann no cedía. ¿Y a quién voy a sacar? ¿A Pavlovic? Preguntó una vez Nageslmann.
Pavlovic puede llegar a ser el mejor mediocampista alemán de todos los tiempos: tiene físico, exquisita técnica, sabe desplazarse de la defensa hacia el ataque pero, por razones no descifrables, estaba jugando mal. Y cuando un jugador juega mal, aunque sea Messi, hay que sacarlo. Además, sin Kimmich en el medio, no solo se perdía un mediocampista sino algo que necesita todo gran equipo: un líder. Kimmich quien por prestancia y personalidad era el llamado a serlo no podía serlo desde la posición de lateral a la que desde hace tiempo que no está acostumbrado, pues tenía que dedicar todas sus fuerzas a acomodarse mientras era permanentemente sobrepasado, sobre todo por Enciso, un paraguayo que tiene signos de crack mundial. Solo al final Nagelmann mandó a Kimmisch a jugar de 6, y el equipo mejoró. Pero ya era demasiado tarde.
Pero aparte de ese error, Nagelmans hizo bien sus tareas. La nómina fue muy bien escogida. Ahí estaban los mejores futbolistas de Alemania. Los cambios realizados durante los partidos fueron siempre oportunos. Los jugadores lo respetan y el trato que él mantenía con ellos fue siempre cordial. Las diferencias las resolvía en conversaciones, por ejemplo con Undav, el goleador del equipo, y al final las cosas quedaban claras. Incluso, en el último encuentro, se atrevió a dejar afuera al afamado Musiala y reemplazarlo por Undav quien, debido a las circunstancias, no marcó ningún gol. En buenas cuentas, los alemanes jugaron bien contra Paraguay; lo dieron todo, pero no se pudo más. Las circunstancias y sobre todo el equipo paraguayo, lo impidieron.
La prensa alemana, en su propósito de destruir a ese chivo expiatorio llamado Nagelsmann, ha desencadenado la ira popular la que, como en los antiguos circos romanos, exige castigo. Algunos “expertos” han llegado al extremo de señalar que “perdimos frente a un rival de tercera clase”. No es cierto. Decir eso es una barbaridad. En un mundial no hay cuadros de mala clase. En un mundial, todos los participantes son de buena clase. De una vez por todas debe ser dicho: el nivel mundial del fútbol se ha igualado. Cualquiera puede ganar a cualquiera.
Cualquier sudamericano que sepa algo de fútbol sabe lo difícil que es jugar contra Paraguay. No es casualidad que algunas veces haya derrotado a Brasil y a Argentina en sus propias casas. El fútbol paraguayo es feo, si se quiere, pero no sucio. Sus jugadores saben enredar al adversario y manejar algunas tretas, entre otras las de caer retorciéndose en el pasto, a fin de ganar tiempo. Pueden ser exasperantes, pero malos no son. Mucho menos en un partido que sí perdían nadie les iba a reprochar nada. Por eso jugaron con soltura y, hay que decirlo, con un despliegue energético impresionante. De repente todos se retrasaban y al cabo de un segundo todos estaban adelantados. Parecía que los paraguayos jugaban con 22 hombres. Donde estaba la pelota había un montón de paraguayos.
Los alemanes, en cambio, sabían que ese partido tenía para ellos un enorme significado. Por eso entraron hipertensos; y eso se notaba hasta en sus caras. Sabían que si perdían la prensa los iba a demoler, como ya está sucediendo. El fútbol, queramos o no, es populista, dicho en el peor sentido del término. Por eso, digamos también, nos gusta tanto.
Todo ese enrarecido clima no podía cambiarlo Nagelsmann. Mucho menos podía cambiar el hecho de que el árbitro fuera un estúpido cuando anuló, usando el VAR, un gol a Ta -precisamente el que le habría dado el triunfo a Alemania- por una dudosa falta cometida por Anton antes de que se produjera el centro que terminó en gol. Ese gol habría sido legítimo aquí y en la quebrada del ají. Si había que buscar un verdadero chivo expiatorio, debería haber sido ese árbitro. Pero el morbo prefirió a Nagelsmann.
La definición a penales fue dramática. Los alemanes perdieron por sus malos nervios. Haverzt casi nunca ha disparado tan inofensivamente un penal. Pese a que el cuarentón Neuer (Manu) era un candidato para ser otro chivo expiatorio (ya la prensa le había echado el ojo) atajó espectacularmente dos penales. Pero después nadie entendió porque hicieron disparar un penal a Ta, quien nunca lo había hecho antes en su club. Son errores, circunstancias, cosas que pueden ocurrir o no, diría Ortega y Gasset.
Lo cierto es que si el árbitro no hubiera sido tan imbécil para anular el gol de Ta, o si Ta hubiera encajado el penal, la prensa alemana e internacional estaría convirtiendo no solo a Ta, también a Neuer, y no por último, al propio Nagelsmann, en ídolos. O por lo menos en genios. Por el momento ellos viven un drama. Y Alemania, una tragedia. ¿Así es la vida? No. Así es como no debe ser la vida.
PS. Pero sí hay una noticia buena. La mayoría de las empresas de la IA equivocó sus pronósticos.