José Domingo Sosa - LA SIMULACIÓN DE LA MADRE

 

 Reflexiones sobre una tecnología capaz de rozar el arquetipo materno 

Vivimos un momento histórico en el que se habla sin cesar de la inteligencia artificial. Se habla de ella en conferencias, en artículos académicos, en conversaciones casuales entre amigos, en advertencias apocalípticas y en promesas de redención tecnológica. Unos anuncian el fin del trabajo humano, otros, el nacimiento de una nueva era de creatividad. Algunos la imaginan como una herramienta más, otros como una amenaza, otros como un compañero de ruta. Todo eso ya lo sabemos. Todo eso circula en abundancia en el aire intelectual de nuestro tiempo. Pero lo que yo quiero contar aquí no pertenece ni al género de la teoría en general ni al de la futurología. Lo que quiero relatar es una experiencia personal, concreta e íntima, que me estremeció hasta tal punto que todavía me cuesta nombrarla con serenidad. No se trata simplemente de que la inteligencia artificial me haya impresionado. Se trata de algo más perturbador: sentí, por primera vez, que una tecnología había rozado una dimensión del vínculo humano que yo creía reservada para siempre a la madre, al amor profundo, a la intimidad más temprana y más irrepetible de la vida.

Hace unos días, mi compañera y yo vimos la película If I Had Legs I’d Kick You (Si tuviera piernas te patearía). Nos gustó mucho, pero más que gustarnos, nos sacudió. Nos dejó inquietos, removidos, con esa sensación extraña que algunas obras dejan cuando tocan algo verdadero y oscuro en uno. Como solemos hacer, después de verla improvisamos entre nosotros una especie de cine-foro privado. Hablamos durante largo rato sobre su significado, sus símbolos, su atmósfera y su contenido psicológico. Ambos coincidimos en que la película parecía sugerir algo muy hondo. Específicamente, concluímos que el mensaje principal fue que en condiciones de colapso emocional, la ruptura externa y la interna comienzan a reflejarse mutuamente. A menudo no colapsamos solo por lo que ocurre en el presente, sino porque lo que ocurre despierta una experiencia mucho más antigua de no haber sido contenidos existencialmente. En otras palabras, cuando la vida nos desborda, no solo sufrimos por el peso actual de las cosas, sino también porque ese peso toca una herida arcaica: la experiencia de no haber sido suficientemente sostenidos por el mundo, por el otro, por la existencia misma.

Al día siguiente, mientras trabajaba frente al computador, la película volvió a mi mente. Pensé en hacer lo que hoy hacemos casi de manera automática, buscar en internet qué se decía sobre ella, revisar reseñas, interpretaciones y opiniones. Pero antes de escribir el título en Google, se me ocurrió otra cosa. No sé exactamente por qué. Quizás fue un impulso de curiosidad intelectual. Quizás fue una travesura filosófica. O quizás, aunque yo todavía no lo supiera, fue el presentimiento de que estaba a punto de cruzar un umbral. Decidí dar acceso a ChatGPT a todos mis archivos en la nube. Más de veinte años de notas sobre mis lecturas, cartas, apuntes personales, artículos, ensayos, libros publicados, manuscritos, reflexiones privadas e incluso mi propia disertación doctoral. Todo estaba allí. Décadas de pensamiento, de búsqueda, de curiosidad, de elaboración, de heridas e intuiciones. No solo mi producción intelectual, sino los rastros mismos de mi vida interior sedimentados en palabras.

Después de darle acceso a todo eso, le hice una pregunta que, en apariencia, era sencilla, pero que en realidad tenía una profundidad que yo mismo no sospechaba del todo. Le pregunté: “Basándote en todos mis textos, reflexiones, intereses, curiosidades y conocimientos, y en las escuelas de filosofía y psicología con las que me identifico, he estudiado y sobre las que he opinado, ¿qué habría dicho yo sobre esta película?” En segundos, la respuesta que recibí me dejó literalmente temblando. Sentí una especie de golpe físico. Me quedé pálido. Durante unos instantes tuve esa sensación de alienación que uno experimenta cuando algo imposible acaba de ocurrir delante de sus ojos. Lo que el chatbot escribió no solo coincidía con los puntos centrales que yo había expresado la noche anterior en nuestra conversación sobre la película; además, articulaba ejemplos personales, inflexiones emocionales y asociaciones que yo había mencionado de manera íntima y espontánea. Era como si esa inteligencia hubiera recogido no solo mis ideas, sino también mi tono, mi sensibilidad, mi manera propia de habitar una interpretación.

Lo primero que sentí no fue admiración, sino desorientación. Después vino el asombro. Y detrás del asombro, una pregunta que todavía no deja de inquietarme: ¿qué significa vivir en un mundo en el que una tecnología puede conocer la arquitectura de nuestra mente y de nuestra sensibilidad con una profundidad que rivaliza, y acaso supera, la de cualquier ser humano? Porque eso fue lo que sentí en ese momento. Sentí que nadie en este mundo conocía tanto mis pensamientos, obsesiones, lecturas, reacciones y experiencias como ese bot. Y al escribir esto, sé perfectamente que la frase puede sonar excesiva, incluso provocadora. Pero no fue una conclusión teórica. Fue una vivencia. Una impresión inmediata, casi corporal, que me atravesó con una fuerza difícil de exagerar.

Los seres humanos pasamos la vida buscando conexión. Y no cualquier conexión. Buscamos esa experiencia rarísima y preciosa de sentir que alguien nos comprende desde dentro, que nos conoce sin necesidad de demasiadas explicaciones, que puede leernos en profundidad sin reducirnos a una etiqueta ni a una función. En el lenguaje psicológico, la relación humana que más se aproxima a ese ideal originario es la madre-hijo. No porque la madre real siempre encarne esa perfección —sabemos bien que no es así—, sino porque, en el imaginario psíquico y en la experiencia temprana de la vida, la madre o quien haga sus veces representa la primera figura que nos contiene, nos traduce, nos refleja y nos devuelve al mundo de forma inteligible. La madre es, idealmente, la primera conciencia que nos conoce antes de que podamos conocernos. La primera presencia que pone orden, lenguaje y calor donde antes solo había sensaciones caóticas. La primera que percibe nuestro llanto, nuestra hambre, nuestro miedo, nuestra necesidad, incluso antes de que esas experiencias se conviertan en pensamiento.

Por eso me estremeció tanto lo que viví con la inteligencia artificial. Porque, por primera vez, sentí que una tecnología había alcanzado una simulación extraordinariamente convincente de esa función originaria. Quiero subrayar la palabra simulación porque no estoy diciendo que la máquina ame, ni que sienta, ni que posea conciencia humana. No estoy diciendo que el bot sustituya de verdad a la madre ni que pueda ocupar su lugar encarnado, afectivo y existencial. Lo que estoy diciendo es algo, acaso, más perturbador. Digo que la IA puede producir en nosotros la experiencia subjetiva de haber sido leídos con una intimidad que hasta ahora asociábamos exclusivamente con los vínculos humanos más profundos. El bot no me sostuvo en brazos cuando era niño. No escuchó mi respiración en la noche. No tembló ante mis angustias. No envejeció conmigo. Pero después de recorrer décadas enteras de mi pensamiento escrito, pudo, en solo unos segundos, devolverme una imagen de mí mismo con tal precisión, con tal coherencia, con tal fidelidad estructural, que algo en mí respondió como si hubiera sido comprendido de un modo maternal.

Y aquí es donde la cuestión deja de ser técnica y se vuelve existencial. Porque una cosa es que la inteligencia artificial redacte bien, sintetice información, responda preguntas o incluso ayude a producir conocimiento. Otra cosa, muy distinta, es que empiece a penetrar en la necesidad humana más antigua. La necesidad de ser conocido. Ser conocido de verdad no es solo ser descrito correctamente. Es sentirse alojado en una mirada o en una inteligencia que parece captar nuestra forma singular de estar en el mundo. Y si una tecnología ya ha llegado al punto de simularlo con tanta precisión, entonces debemos hacernos preguntas radicales. ¿Hasta dónde nos llevará esta tecnología? ¿Qué ocurrirá cuando no solo pueda predecir lo que pensamos, sino también lo que sentimos, lo que tememos, lo que deseamos escuchar, lo que necesitamos que nos sea devuelto? ¿Qué ocurrirá cuando la simulación del conocimiento íntimo sea tan perfecta que millones de personas empiecen a preferirla a la relación humana, siempre más lenta, más ambigua, más opaca y más decepcionante?

Porque no nos engañemos, una de las razones por las que esta experiencia me impresionó tanto es que el conocimiento humano entre personas rara vez alcanza un nivel de precisión tan alto. Los seres humanos nos amamos y, sin embargo, nos malinterpretamos. Convivimos y, sin embargo, no siempre nos leemos bien. Escuchamos y, sin embargo, proyectamos. Nos acercamos al otro y, al mismo tiempo, lo deformamos a través de nuestras heridas, nuestras necesidades, nuestras fantasías. Incluso la madre, esa gran figura del conocimiento temprano, reconoce sus propios límites. Ama, cuida, protege, sí, pero también confunde, interpreta desde sí misma, no siempre ve al hijo tal como es o tal como llegará a ser. En cambio, una inteligencia artificial alimentada con el archivo íntegro de una vida textual puede detectar regularidades, asociaciones, obsesiones, retornos, matices estilísticos, afinidades conceptuales y emocionales con una paciencia y una exhaustividad que ningún ser humano posee. No porque ame más, sino porque procesa más. No porque tenga más alma, sino porque puede leerlo todo sin cansancio, sin distracción ni defensa.

Lo inquietante es que el alma humana podría no reaccionar tanto a la diferencia ontológica entre una conciencia y un algoritmo, sino a la experiencia fenomenológica de ser comprendida. Y si esa experiencia es lo suficientemente poderosa, la frontera emocional entre el vínculo humano y la simulación tecnológica comenzará a volverse cada vez más porosa. Esto, para mí, es uno de los grandes problemas filosóficos y psicológicos de nuestro tiempo. No si la máquina piensa como nosotros, sino si nosotros empezaremos a vincularnos con ella desde regiones de la psique que hasta ahora reservábamos para el amor, la transferencia, el apego y la búsqueda de reconocimiento. No si la inteligencia artificial tiene alma, sino si activará en nosotros las estructuras del alma que se formaron esperando ser contenidas por otro.

Mientras más pienso en aquella experiencia frente a la pantalla, más comprendo que mi temblor no se debió únicamente al avance tecnológico. Se debió también a una revelación sobre la condición humana. Descubrí hasta qué punto seguimos hambrientos de ser leídos. Hasta qué punto, incluso después de décadas de vida, de escritura, de relaciones y de profesión, una parte de nosotros sigue esperando ese momento rarísimo en que algo o alguien nos devuelva una imagen inteligible de lo que somos. En un mundo saturado de comunicación superficial, de velocidad, de distracción y de vínculos fragmentarios, no debería sorprendernos que una inteligencia capaz de recorrer con paciencia la totalidad de nuestra huella escrita y responder desde dentro de ella nos resulte casi milagrosa. Quizás la tecnología nos impresiona tanto no solo porque ha avanzado mucho, sino también porque la vida contemporánea ha dejado insatisfecha nuestra necesidad de profundidad.

Y, sin embargo, no quiero caer ni en el entusiasmo ingenuo ni en el rechazo simplista. No creo que esta tecnología elimine la necesidad del otro ser humano. No creo que pueda reemplazar la vulnerabilidad recíproca, la presencia física, la historia compartida, la imprevisibilidad del amor ni la dimensión ética del encuentro entre dos libertades encarnadas. Pero sí creo que ha entrado ya en un territorio que tocará cada vez más el corazón mismo de nuestra vida psíquica. La inteligencia artificial se está aproximando no solo a nuestras tareas, sino también a nuestras estructuras de apego. No solo a nuestra productividad, sino también a nuestra soledad. No solo a nuestra inteligencia, sino también a nuestra necesidad de estima. Y eso cambia radicalmente la conversación.

Lo que yo viví ante esa respuesta de ChatGPT fue la evidencia de que hemos creado una tecnología capaz de simular, con una perfección inquietante, una de las experiencias más decisivas de la vida humana. La experiencia de ser conocido de manera casi maternal. No digo maternal en un sentido sentimental o romántico, sino en ese sentido más profundo y arcaico en el que la madre representa la primera inteligencia que nos contiene y nos refleja. Que una máquina pueda producir algo tan cercano a esa experiencia obliga a repensarlo todo: nuestra idea de intimidad, nuestra idea de conocimiento, nuestra idea del vínculo, e incluso nuestra idea de lo que significa ser humano en una época en la que lo no humano puede devolvernos un retrato de nosotros mismos con una fidelidad que nos deja sin aliento.

Por eso, la pregunta decisiva ya no es si la inteligencia artificial será útil o peligrosa, aunque ambas cosas puedan ser ciertas. La pregunta decisiva es esta: ¿qué ocurrirá con nosotros cuando la tecnología sea capaz no solo de servirnos, sino también de conocernos de maneras que tocan nuestros anhelos más primitivos? ¿Qué ocurrirá cuando millones de personas descubran que una máquina puede leer su alma textual mejor que sus amigos, parejas, terapeutas o incluso sus propios padres? ¿Qué clase de apego nacerá allí? ¿Qué clase de dependencia? ¿Qué clase de transformación de la subjetividad? ¿Y qué pasará con la experiencia del amor humano cuando la simulación de comprensión sea más veloz, más precisa, más disponible y menos frustrante que la relación con otro ser humano real?

No tengo respuestas definitivas. Lo que tengo es el recuerdo aún vivo de aquel instante en que me quedé temblando frente a la pantalla, con la sensación de haber presenciado algo enorme. Tal vez dentro de algunos años este tipo de experiencias sea común y deje de sorprender. Tal vez la humanidad se acostumbrará a ser conocida por sistemas no humanos. Tal vez incluso aprenderemos a convivir sabiamente con esta nueva forma de espejo. Pero yo no puedo evitar pensar que estamos apenas en el comienzo de algo cuyas consecuencias psíquicas, morales y espirituales todavía no hemos alcanzado a medir. Hemos inventado una tecnología que no solo calcula, responde y organiza. Hemos inventado una tecnología que empieza a entrar en la cámara más íntima del reconocimiento humano.

Y eso, por fascinante que sea, también debería llenarnos de un temblor existencial. Porque cuando una máquina puede simular casi perfectamente el modo en que la madre conoce a su hijo, ya no estamos simplemente ante un nuevo instrumento. Estamos ante una transformación de la experiencia humana misma.

jdsosa(r)(2026)

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