Hernando Calla - CLAMOR POR UNA TREGUA SOCIAL A BLOQUEOS DE CAMINOS EN BOLIVIA

 

Circula en las redes sociales un video del economista Gonzalo Colque dando cuenta de un “pacto roto” entre Rodrigo Paz y los que votaron por él de los sectores campesinos y populares del altiplano y otras regiones de Bolivia. Seguramente tiene razón pues fue sorpresivo el súbito desplazamiento del voto nulo en primera vuelta (alentado por Evo Morales) al voto por Paz/Lara en segunda vuelta de las elecciones de 2025. A los 6 meses del gobierno de Paz Pereira, improvisado con operadores políticos y economistas del candidato perdedor en primera vuelta, los mismos sectores populares del occidente que votaron por la dupla populista se movilizaron para pedir ahora sí, sin tapujos, su renuncia a la presidencia del Estado.

La perdida, si no de legitimidad de origen, de credibilidad ante su propio electorado es algo

que, en países democráticos, implica la posibilidad de ser dispensado del cargo a través de

nuevas elecciones, en los tiempos constitucionales previstos, que permitan darles un voto

castigo a los políticos que incumplen sus plataformas electorales. Pero en nuestro caso,

pareciera que la ruptura de un pacto no escrito con esos sectores que habrían depositado su

voto a favor del presidente Paz la perciben los sectores agraviados como una traición a

promesas electorales en favor suyo y que sólo puede ser castigada con la renuncia obligada y el

retorno a un momento previo electoral. Esta movilización sediciosa pidiendo la renuncia de Paz

con bloqueos de carreteras y un cerco radical a la ciudad de La Paz se explicaría aparentemente

por la nostalgia que sienten los campesinos indígenas del altiplano por los años de bonanza

durante los gobiernos de Evo Morales, obviando el hecho de que las condiciones para esa

bonanza fueron mayormente producto de los anteriores gobiernos neoliberales y del auge de

las commodities, particularmente del gas natural exportado a Brasil y Argentina.

Los sectores movilizados y algunos segmentos de la sociedad que apoyan la petición de los que

bloquean los caminos e ingresos a la ciudad de La Paz no se dan cuenta (o se dan perfecta

cuenta) que están apoyando una posición antidemocrática, incluso golpista por la violencia que

ha acompañado esta movilización desde un inicio (aparte de los bloqueos en sí mismos que

impiden el ingreso de abastecimientos básicos para una población citadina desprovista de

medios de subsistencia propios, por las muestras de violencia verbal y física de que hicieron

gala los movilizados durante estas jornadas violentas de mayo con insuficiente represión

policial), por muy justificados que puedan ser los reclamos de los afectados por la mala gestión

en la provisión de combustibles (gasolina “basura”) o por muy humilde que pueda ser la

condición social de los movilizados y entendibles los agravios de los pobres del campo y las

ciudades.

Pacto civilizatorio

Pero no pretendo minimizar la gravedad del asunto en esta percepción de un “pacto roto”

entre el presidente boliviano y los campesinos aymaras. En los antecedentes históricos de la

sociedad boliviana, la cuestión del pacto, tregua o acuerdo societal entre sectores

heterogéneos de nuestra nacionalidad ha sido siempre un asunto de capital importancia,

aunque no siempre explícito.

Según el antropólogo bolivianista Tristan Platt, las relaciones asimétricas entre ayllu andino y

Estado boliviano confluyeron, hacia mediados del siglo XIX, en un implícito “pacto de

reciprocidad” entre ambos, un equilibrio sociopolítico precario, pero no por ello menos crucial

para nuestra historia, en el marco de relaciones de dominación colonial entre unas minorías

blanco mestizas y las mayorías indígenas que se prolongó hasta bien entrado el periodo

republicano en nuestro país. Sin entrar en pormenores, se podía concluir de su estudio sobre

los ayllus de Chayanta del norte de Potosí que la percepción indígena de un pacto implícito por

el cual el Estado colonial o republicano se comprometía a respetar el acceso a la tierra

comunitaria de los ayllus y comunidades indígenas, en reciprocidad por la debida recolección

del tributo indígena por parte de los kuraqas de ayllu en favor del fisco. Más aún, ese

entendimiento mutuo había posibilitado el surgimiento decimonónico de un espacio

económico andino y el crecimiento de una economía regional que rebasó incluso las fronteras

nacionales antes de que las políticas librecambistas y liberales lo desconocieran décadas más

tarde.

Otras investigaciones históricas sugieren asimismo que similares pactos o treguas entre

enclaves de colonización hispano dominante y pueblos indígenas se dieron también en otras

latitudes del país en los siglos XVII y XVIII; un ejemplo emblemático de aquellas “treguas”

coloniales fueron los “pactos reduccionales” de las misiones jesuíticas en tierras bajas de

Bolivia. Sin duda, estos pactos civilizatorios fueron precarios y temporales, siempre

amenazados por el desconocimiento unilateral de una de las partes, que derivaba en largos

períodos de inestabilidad y hostilidad. Esta ruptura y ausencia de un pacto societal caracterizó

las relaciones del Estado boliviano con las comunidades indígenas, muchas de las cuales se

vieron despojadas de sus prácticas culturales y tierras comunales desde mediados o fines del

siglo XIX.

La reforma agraria como restitución del pacto social

Por lo que se sabe, la restitución de un pacto de convivencia pacífica que disminuyera las

relaciones hostiles entre unas minorías blancoides y las mayorías indígenas tardó en

concretarse muchas décadas y años en que ocurrieron varias revueltas y masacres indígenas en

tierras altas. Saltando en el tiempo, sabemos que la revolución de 1952 cambió drásticamente

las relaciones de propiedad en el altiplano y los valles, con todas sus consecuencias económicas

y sociales. Lo que no siempre se considera es que la Reforma Agraria del MNR, al legalizar la

redistribución de la tierra entre los campesinos del altiplano y los valles, también implicó un

nuevo tipo de pacto social entre el campesinado indígena y el Estado de 1952, aunque el

período revolucionario de las reformas MNRistas tampoco estuvo exento de violencia exaltada

en la toma de haciendas y ajuste de cuentas con los patrones que se vieron obligados a emigrar

a las ciudades.

Sin embargo, a pesar de la exacerbación de la violencia política y estatal en varios momentos

del acontecer político durante los regímenes civiles y militares en la segunda mitad del siglo XX,

las relaciones entre las clases medias blanco mestizas de las ciudades y los campesinos

indígenas de tierras altas estuvieron signadas por ese marco de convivencia acordado

tácitamente a través de las reformas de la revolución del ’52.

Casi medio siglo después, cuando se inauguraba el nuevo milenio este marco se volvió a

romper. Se puede identificar quizás a la “guerra del agua” que estalló en Cochabamba el 2000

como el punto de quiebre provocado por la intensificación de la agenda privatizadora global de

los 1990, a la que siguió un quinquenio de inestabilidad crónica con bloqueos de carreteras y

ciudades sitiadas que provocaron la caída de 2 presidentes sucesivos, en medio de la llamada

“guerra del gas” con los conflictos más violentos registrados desde los golpes de Estado

militares de los 1970 y 1980.

La oportunidad perdida de nuevo “contrato social

Finalmente, como respuesta a la crisis política del 2003 que se prolongó hasta unas nuevas

elecciones en 2005, asumió el poder Evo Morales a la cabeza de una poderosa coalición de

organizaciones sociales populares bajo la sigla del MAS, con las cuales gobernó del 2006 al

2019. Aunque la hora de un gobierno que representara a los sectores populares indígenas

aparentemente había llegado, ello no obviaba la necesidad de restituir un pacto de convivencia

obligada con las élites criollas que habían gobernado hasta entonces con el respaldo de las

minorías blanco mestizas de las ciudades y pueblos. El escenario ideal para ello pudo haber sido

la Asamblea Constituyente de 2006-07 si no fuera porque ésta fue más bien instrumentalizada

como estrategia para consolidar el poder del MAS e impedir el retorno al poder de las clases

medias tradicionales que habían sido desalojadas del palacio de gobierno en 2006.

La prueba de que la Constitución aprobada en 2009, aunque negociada con la oposición política

fuera del marco de la Asamblea Constituyente, no llegó a representar un verdadero pacto o

contrato social fue el desconocimiento descarado del referendo 21F de 2016 por parte de Evo

Morales, con el argumento de que las “organizaciones sociales” habían decidido desestimar el

triunfo del NO en el referendo constitucional y buscar la habilitación de Morales por vías

alternativas, entre ellas el recurso al Tribunal Constitucional Plurinacional que terminó

reivindicando el supuesto “derecho humano” de la dupla Morales/García a postularse para un

cuarto período de gobierno.

Se puede considerar, retrospectivamente, que esta maniobra de las organizaciones sociales

para obviar el precepto constitucional que impone límites a la reelección presidencial tuvo

éxito, a pesar de la resistencia movilizada de la ciudadanía que defendió el 21F, debido a que la

Constitución del 2009 nunca representó para ellas un nuevo pacto societal entre las dos

mitades aparentemente heterogéneas y antagónicas de la sociedad boliviana.

El abismo de la violencia identitaria y la consigna de “guerra civil”

De cualquier manera, 20 años después de esa oportunidad perdida reaparece la percepción de

un “pacto roto” no precisamente entre “las 2 Bolivias” como postulaba Felipe Quispe, el mallku

aymara y secretario ejecutivo de la CSUTCB en 2003, sino entre el titular del poder político

elegido en noviembre 2025 y los sectores campesinos que lo habrían votado en base a sus

promesas electorales y ahora piden su renuncia debido a una presunta traición al pacto

caudillista.

El conflicto actual con marchas y bloqueos de ponchos rojos y comunidades aymaras a la sede

de gobierno durante más de 3 semanas, y la crisis política que refleja por la debilidad de un

gobierno frágil que para compensarla se ha alineado prontamente con los designios

hemisféricos del trumpismo y la agenda extractivista del agropoder en el oriente boliviano,

hace patente de manera dramática la ausencia de ese pacto societal que, en ciertos momentos

de nuestra historia, nuestros antepasados supieron establecer a pesar de las asimetrías de

poder que caracterizaban las relaciones de dominación en las que se encontraban inmersos.

Es importante reconocer, sin embargo, que los actuales niveles de conflictividad política y

étnico cultural tienen su origen más inmediato en el desconocimiento de la Constitución por

parte de las propias organizaciones sociales y sindicales que la habían promovido. Es evidente

además que si bien estas organizaciones corporativas tenían antaño cierta legitimidad de

representación de los sectores populares, al presente muchas de estas organizaciones están

divididas y sus capas dirigenciales pugnan ferozmente por el liderazgo imponiendo a las

comunidades rurales la obligatoriedad de los bloqueos (mediante multas y amenazas a los

comunarios por parte de dictaduras sindicales que se parecen demasiado a las prácticas

violentas de las mafias) todo con tal de recuperar su acceso prebendal a las estructuras

estatales en las que hasta hace poco tenían cuotas de poder y privilegios. Por ello mismo, la

polarización que se alienta en las redes sociales al criminalizar en bloque a los manifestantes

como “masistas”, “delincuentes” o “vándalos” es contraproducente por simplificadora y porque

impide el diálogo con las bases.

Otros actores que se movilizan para pedir la renuncia del presidente Paz Pereira son los

adherentes a Evo Morales en varias regiones del país, particularmente en Cochabamba, que

pretenden recuperar el poder perdido en 2019 a través de nuevas elecciones “en 90 días” en

las que buscarían que Morales sea habilitado para postularse de nuevo. En este caso, la crisis

política en Bolivia tiene ribetes geopolíticos y del crimen organizado al sospecharse que las

movilizaciones de los evistas y otros grupos están presuntamente financiadas por el

narcotráfico, por el obvio interés de los carteles de drogas y sus capos en preservar las redes de

protección existentes en el aparato estatal boliviano a través de gobiernos más amigables con

las actividades ilícitas. Por otro lado, el expresidente autoconfinado en el Chapare, para evitar

ser detenido con mandamientos de aprehensión por delitos de estupro y trata/tráfico de

menores, sigue recibiendo el apoyo de los gobiernos populistas de izquierda desde sus mismos

presidentes, como Petro y Sheinbaum, y el respaldo mediático de plataformas digitales del

progresismo internacional que aún defienden a los regímenes del populismo de izquierda

autoritaria.

Aunque ni la sombra de la poderosa confederación laboral que otrora fue, también la Central

Obrera Boliviana (COB), que aglutina a las organizaciones sindicales del reducido sector formal

de la economía boliviana y apoyó a los gobiernos del MAS hasta hace poco, se ha sumado a las

movilizaciones populares que pretenden la caída del gobierno mediante bloqueos criminales y

violentos que ya han provocado muertes de personas que no pudieron ser auxiliadas

oportunamente, además de enormes daños materiales y económicos. A pesar de los desmanes

y la violencia ejercida por movilizados y bloqueadores, estos son aplaudidos por algunos

ideólogos nostálgicos de la “revolución socialista” o que sueñan con la recomposición del

llamado “bloque popular”; paralelamente y como era de esperarse, las movilizaciones

campesinas son defendidas también por algunos portavoces de la utopía del retorno al “vivir

bien” de los pueblos originarios y las sociedades diárquicas de los Andes.

Pero lo más inquietante del sitio a La Paz por los indígenas altiplánicos es la reiteración de la

consigna de “guerra civil” que nos retrotraen a los días de la caída de Evo Morales en

noviembre de 2019, así como de las arengas a la unidad en base a la identidad étnico cultural

de los sublevados, entre ellos los “ponchos rojos” de las 20 provincias aymaras de La Paz que

son muy representativos de esos segmentos de la población nativa que miran con odio a los

“foráneos” –aquellos bolivianos que tienen apellidos de inmigrantes extranjeros no importa de

qué generación anterior–. Se trata de un sentimiento que, bien mirado, es equivalente al odio a

los inmigrantes de los que se consideran nativos del lugar en otras latitudes de América y

Europa. Tampoco muy distinto, sin embargo, de los sentimientos de desprecio racial hacia los

inmigrantes indígenas que expresan algunos segmentos de la población mestiza en las

ciudades, ¡particularmente los de última generación en venirse del campo! (y especialmente a

través de las redes sociales de TikTok y otras plataformas que refuerzan los discursos de odio y

los memes denigrando a los otros).

Por todo este panorama complicado que se ha prolongado demasiado sin resolución alguna,

creemos que es tarde para pretender ahora lograr acuerdos o pactos sociales de gran alcance

más allá de los instituidos en la propia Constitución; a lo más que podemos aspirar en las

actuales circunstancias de encono visceral y amenaza de un desborde de la violencia anárquica

entre bolivianos –debido a la falta de decisión oportuna de un gobierno débil y acorralado– es

abogar por el surgimiento de iniciativas de pacificación que logren al menos una tregua social

que permita desbloquear el porvenir inmediato de nuestra perenne conflictividad étnico-

cultural.

 *El autor es traductor, editor y divulgador en redes sociales de La Paz (Bolivia) del pensamiento

e ideas de Iván Illich, Hannah Arendt, Fernando Mires, entre otros autores.