Fernando Mires - LA PREDISPOSICIÓN FASCISTA



Putin, un dictador acosado por los vendavales que el mismo ha desatado, ha buscado convertir con una pomposa parada militar al aniversario de la derrota del nazismo alemán, en un símbolo populista que otorgue legitimación a la que él – de todos los mandatarios del mundo el que más tiene similitudes psíquicas y políticas con Hitler- imagina como una guerra destinada a librar  en contra del "fascismo" representado en la invadida Ucrania y en la, por Rusia, amenazada Europa.

Probablemente el asesino presidente se considera a sí mismo como una encarnación de la guerra en contra del fascismo mundial y no como el imperialista decimonónico que objetivamente es. En ese proyecto, Putin no está solo. Como para la mayoría de los dictadores de nuestro tiempo, los “fascistas” son “los otros”. De este modo, el término fascismo ha sido descontextualizado, es decir des-historizado, hasta ser convertido en una ignominia usada para denigrar al adversario, sea este quien sea. Ese fenómeno puede llevar a preguntarnos si en verdad existió y existe el fascismo o solo fue una creación ideológica de las dictaduras y de sus seguidores.

Para contestar esa pregunta, podemos partir de un hecho incontrovertible. El fascismo puede que no exista tal como ayer, pero de existir, existió.

El fascismo fue un hecho y un periodo histórico a la vez y, como tal, obedece a las condiciones de espacio y tiempo que primaban en la Europa de los años treinta y cuarenta. En su versión originaria italiana y nazi-alemana fue un movimiento de masas articulado en torno a una figura mesiánica, nacionalista, expansiva y militarista, surgida como respuesta a una profunda crisis económica en las llamadas sociedades industriales y que políticamente pretendió erigerse como respuesta nacionalista al internacionalismo propagado por la Rusia stalinista, es decir, como una reacción al imperialismo comunista (en ese último punto no hay como contradecir al destacado historiador alemán Ernst Nolte, tan criticado por sus contemporáneos, sobre todo por Habermas).

A ese fascismo originario podemos llamarlo también fascismo histórico. La pregunta obvia es si ese fenómeno puede repetirse más allá del contexto histórico de donde emergió. Y bien, justo en ese punto se dividen las opiniones. A un lado están los que afirman que los fenómenos históricos, al serlos, son irrepetibles. Al otro, quienes afirman que, si bien los fenómenos históricos no son repetibles, hay características comunes que pueden repetirse en distintos periodos históricos. La pregunta entonces sería la siguiente:¿es el fascismo un fenómeno histórico o uno suprahistórico? 

Puede incluso que no sea desafortunada la pregunta si también el estalinismo fue un fascismo adaptado a las condiciones de la atrasada Rusia. En su impronta nacionalista, imperialista, mesiánica, militarista, caudillista, el periodo estaliniano no tiene nada que envidiar al hitleriano, al mussoliniano y al franquista. Incluso, el pacto de no agresión contraído por los regímenes nazi y soviético (1939) puede que haya sido también un acto de reconocimiento y atracción mutua como observó el historiador español Fernando Claudin. Por el lado soviético al menos, así lo fue. No Stalin, Hitler fue quien traicionó a ese pacto de no agresión que, en la práctica, estaba destinado a convertirse en un pacto de agresión a toda Europa.

Ahora bien, a partir de los tres fascismos considerados como originarios, los científicos sociales han construido diversas tipologías. Una de las más completas y, a la vez, más sugerentes, fue la elaborada por el escritor italiano Umberto Eco.

Eco acuñó el concepto de Ur- fascismo utilizando el prefijo alemán Ur no encontrable ni traducible en otros idiomas. Ur significa en este caso, fascismo natural, prehistórico, originario, al que Eco y otros autores, han traducido como “fascismo eterno”, es decir, un fascismo intemporal, no histórico, más bien antropológico, cuyos orígenes no se encuentran tanto en la historia moderna como en la historia de la humanidad.

El ser humano, bajo el concepto de Ur-fascismo aparece descrito por Eco como portador de una serie de disposiciones heredadas y culturales que lo llevan, bajo determinadas circunstancias, a convertirse en fascista. En cierto modo, una pre-disposición natural. Desde esa perspectiva el Ur-fascismo precede y a la vez hace posible al fascismo histórico. El Ur- fascismo, en consecuencias, sería una predisposición que portan individuos y pueblos la que puede aparecer, bajo distintas formas, en diversos tiempos y lugares.

Para afirmar su propuesta Eco nos propone catorce puntos para identificar el Ur fascismo.

1.Culto a la tradición como símbolo de una pertenencia común identitaria a la que hay que defender por todos los medios pues se trata nada menos que de la defensa de la identidad (nacional, racial)2 Rechazo a la modernidadLos valores inscritos en las tradiciones democráticas son dejados de lado desde la Ilustración. El fascismo ha sido, por lo mismo, considerado como una reacción moderna en contra de la modernidad3. Culto de la acción por la acción: Pensar es una forma de castración. La cultura es sospechosa cuando es crítica. Los intelectuales son parásitos a los que hay que aislar. Surge el culto al líder fuerte y duro

4. El desacuerdo es traición: O estás conmigo o estás con los otros. No hay espacio para el debate; la diferencia de opinión es señal de deslealtad.5. Miedo a la diferencia: El fascismo crece buscando el consenso contra lo "intruso" o diferente (racismo) frente a lo cual se erige "lo nuestro".frente a lo cual se erige lo “nuestro“ o “lo propio"-6. Llamamiento a las clases medias frustradas: Se apoya en una clase social que sufre crisis económicas o se siente humillada. Por lo general son los sectores medios, siempre temerosos a caer más abajo de lo que están. El odio es encauzado a veces a “los de arriba”, otras a las elites “politiqueras” (clase política). No obstante, también existen los fascismos autodenominados de “izquierda” que intentan encauzar odio en contra de los “ricos”7. Obsesión por el complot: Los seguidores deben sentirse sitiados por enemigos internos o externos (a menudo judíos o extranjeros, pobres, emigrantes.

8. El enemigo es a la vez fuerte y débil: Se presenta al enemigo como ostentador de una riqueza insolente, pero a la vez como alguien a quien se puede derrotar fácilmente.

9.No hay lucha por la vida, sino "vida para la lucha": El pacifismo es colusión con el enemigo; la vida es una guerra permanente.

10. Elitismo popular: Todo ciudadano pertenece al mejor pueblo del mundo, y los líderes son "mejores" que los ciudadanos corrientes.

11. Culto al héroe y a la muerte: El héroe Ur-fascista anhela o no teme la muerte anunciada como la mejor recompensa.

12. Machismo: Desdén por las mujeres y condena de las costumbres sexuales que no sean la castidad o la reproducción. Las campañas suelen ser dirigidas también en contra de los homosexuales y lesbianas y, por cierto, en contra del matrimonio igualitario y en contra de las leyes que permiten el aborto.

13. Populismo cualitativo: El pueblo se concibe como una entidad monolítica cuya voluntad es interpretada por el líder (el individuo como tal no tiene derechos).

14. Neolengua: Uso de un léxico pobre y una sintaxis elemental para limitar las herramientas del pensamiento complejo y crítico.                                                       O todo es negro, o todo es blanco. Nunca existen puntos intermedios.


Según Eco no es necesario poseer todas estas características para designar a un movimiento o gobierno como fascista. Basta que algunas de ellas aparezcan discursivamente articuladas para que sea activada la potencialidad fascista.

Podemos estar de acuerdo o no con la numeración de Eco, pero lo cierto es que se ajusta a las características de los fascismos llamados históricos. Muchas de ellas no solo son propias a las de los regímenes fascistas del siglo XX; también corresponden a los momentos de quiebres y vacíos sociales, institucionales o políticos como son los que estamos viviendo en los decenios iniciales del siglo XXl, a los que también podríamos llamar periodos de ruptura con la continuidad histórica.

Las alteraciones que estamos observando en las áreas rconómicas como consecuencia de la informática y de la inteligencia artificial han roto con la continuidad tecnológica, política, social, e incluso cultural de la modernidad. Las migraciones actuales son las más grandes vividas en la historia de la humanidad. Los cambios culturales, sea en las prácticas sexuales y amorosas, sea en las relaciones de producción y trabajo, han sido demasiados repentinos. La globalización económica ha sido transformada en globalización cultural, y los sectores tradicionalistas, no solo en los países dominados por gobiernos teocráticos, se sienten existencialmente amenazados.

En otras palabras, y para decirlo con el título de uno de mis libros, estamos en el medio de “una revolucion que nadie soñó”. El problema es que no hay revolución sin contrarrevolución. Y las contrarrevoluciones (contra-olas las llamaba Samuel Huntington) suelen ser más fuertes y violentas que las revoluciones. Eso lo sabemos no desde los primeros fascismos, sino desde las guerras que aparecieron durante el periodo de “La Santa Alianza” europea. En fin, todas estas son razones que avalan la tesis de Umberto Eco relativa a la existencia del fascismo (podríamos hablar también de proto-fascismo) antes y durante el periodo del fascismo.

El fascismo, según Eco, no sería solo un fenómeno histórico, sino uno que, además, se encuentra anidado en las profundidades del alma humana, en nuestros miedos, en nuestra infinita incapacidad de odio, en nuestra violencia congénita, en fin en todo lo que niegan las religiones y constituciones, hechas para protegernos no solo del mal externo, sino de ese mal cuya semilla hay que encontrarla en el miedo a la muerte que cada ser intenta en vano negar. De ese “malestar en la cultura” (Freud) que experimentamos cada cierto tiempo surgen las predisposiciones que llevan al triunfo parcial de Thanatos sobre Eros (Freud, otra vez).

De acuerdo a la numeración de Eco podemos entonces extraer algunas deducciones útiles. Una de ellas es que no todas las dictaduras son fascistas aunque todas ellas contienen algunos rasgos fascistas. Para poner algunos ejemplos latinoamericanos, las "dictaduras de seguridad nacional" del siglo XX fueron atrozmente crueles, pero en ningún caso podemos calificar a sus gobernantes como fascistas. 

Pinochet y Videla eran, políticamente hablando, seres monstruosos, pero no poseían carisma y, por lo mismo, no eran ni podían ser líderes de movimientos sociales. Eso quiere decir que el grado de crueldad o maldad de una dictadura no basta para calificarla como fascista. Más cerca de las proposiciones de Eco se encontraría, por ejemplo, un Fidel Castro, un auténtico líder mesiánico capaz de mantener encendidas a multitudes durante largas horas de discursos. A Fidel, siguiendo las caracterizaciones de Umberto Eco, podríamos calificarlo como un un auténtico fascista.

El fascismo reposa siempre sobre una ciudadanía fascistizada, es lo que quiere comunicarnos Eco. Quiere decir: Las dictaduras fascistas no dominan solo gracias al terror sino también gracias al fervor semireligioso que despiertan en las masas, apelando a los instintos más primarios. En ese sentido, el venezolano Hugo Chávez era personalmente un fascista típico (en el sentido mussoliniano del término) pero jurídicamente no llegó a constituir un gobierno fascista ya que preservó algunas instituciones, entre ellas las elecciones, para mantenerse en el poder. De la misma manera, Nicolás Maduro, mucho más brutal, cruel y mafioso que Chávez, era, justamente por eso, menos fascista que Chávez. Carecía de carisma, era impopular, no movilizaba a grandes multitudes, no entusiasmaba a nadie. Como me escribió una vez una amiga venezolana: “a ese no le da ni para fascista”. Lo mismo podría decirse de ese Maduro sin petróleo llamado Daniel Ortega.

El fascismo es un fenómeno de masas o no es. En las palabras de Ernesto Laclau: el fascismo es populista, aunque no todo movimiento populista es fascista. Laclau creía, efectivamente, en la posibilidad de un populismo democrático y la tarea, frente a la inevitabilidad del populismo (sobre todo en Argentina), era vencer de modo populista democrático al populismo anti-democrático. Por momentos eso llegó a ocurrir durante el peronismo durante algunos breves periodos. Tan populista como Perón y Eva es Milei, pero Milei no es un dictador, ni mucho menos un líder mesiánico. En el pasado reciente, Evo Morales estuvo a punto de convertirse en un dictador mesiánico en Bolivia, del mismo modo que Nayib Bukele en El Salvador ya lo es.

En fin, para decirlo en una frase, el fascismo es un fenómeno político no solo impuesto desde “arriba”, sino también, y sobre todo, uno que viene “desde abajo”. Eso es lo que desprendemos del listado propuesto por Umberto Eco. Visto así, el fascismo sería algo así como un virus que todos portamos pero que solo aparece en la superficie cuando el cuerpo se encuentra debilitado. Para seguir con esa mala comparación, hay que atender no solo al desarrollo del virus sino también a la constitución corporal. Mente sana en cuerpo sano. Eso fue lo que propuso antes que Eco, Theodor Adorno, advirtiéndonos que el fascismo viene desde las entrañas sociales, en cuyas profundidades habitan los por él llamados (en su libro Mínima Moralia) “pequeños fascistas”. Adorno, efectivamente, argumentó que el fascismo no desapareció en 1945, sino que sus condiciones sociales y psicológicas permanecen latentes en la sociedad moderna.

No hay grandes fascistas sin pequeños fascistas, intentó decirnos Adorno. Esos, los pequeños fascistas, viven junto a nosotros, están en nuestro vecindarios, los vemos día a día temerosos, pidiendo una mano dura que ponga freno a la delincuencia, a la llegada de los emigrantes, al alza de los precios, a la solidaridad con Ucrania que consume “nuestros” ingresos. Los vemos odiando a los diferentes, no solo a los extranjeros, también a los homosexuales. Los vemos radicalizados, apoyando a uno o al otro extremo, esperando una revolución mágica que ponga fin a sus miserias personales. En la mayoría de los países democráticos europeos amenazan con destruir al centro político. Las socialdemocracias y los partidos conservadores y liberales tradicionales están por convertirse en ruinas arqueológicas de una sociedad industrial sustituida por una sociedad digital que destruye fuentes tradicionales de trabajo.

En otros términos: el neo-fascismo avanza a pasos gigantescos. En Francia está a centímetros de ocupar el poder. En Alemania, la AfD ya se ha convertido, según todas las encuestas, en el partido mayoritario de la nación. En los propios Estados Unidos, el movimiento MAGA reúne todas las características protofascistas diseñadas por Eco y Adorno.

¿La suerte está echada? En parte sí. Pero solo en parte. El gobierno italiano de Giorgia Meloni ha demostrado que para mantenerse en el gobierno ha sido necesario limar algunas de las asperezas más extremistas de su movimiento neo-fascista, sobre todo en materia internacional, y lo ha hecho sin temor a entrar en disputa con el gobierno de Trump y sobre todo con el de Putin. Cuando no se muestra esa capacidad de adaptación al orden republicano – así han logrado entender algunos miembros de la mal llamada “ultraderecha” polaca – los gobiernos neofascistas también pueden venirse abajo, destituidos por alternativas republicanas las que han llegado a formar parte de las tradiciones nacionales que los neo fascistas (o nacional-populistas) reclaman para sí. Así al menos lo demostró la reciente caída de Viktor Orban en Hungría. Incluso, en la latinoamericana Venezuela, el gobierno de Delcy Rodríguez se ha visto en la obligación de romper con el ala madurista para satisfacer los apetitos de Trump, única posibilidad para mantenerse en el poder.

Lo importante: llegando al poder o no, en cada país occidental anida el morbo fascista o fascistoide. Ha llegado a ser parte constitutiva de la estructura política predominante. Queramos o no, ese morbo forma parte de la estructura política occidental. Vino para quedarse. Y ya se quedó. Con eso morbo tenemos que vivir, y por un largo tiempo más.

¿Como enfrentar al nuevo-viejo fascismo? Sobre eso podríamos escribir un libro. Por el momento digamos que ha sido probado que, con más concesiones a los neo-fascistas, no se puede, e incluso, éticamente hablando, no se debe. ¿Quizás con más democracia, como una vez dijo ese gran socialdemócrata que fue Williy Brandt?

Quizás.

 

Referencia: Umberto Eco - LOS 14 SÍNTOMAS DEL FASCISMO ETERNO