Fernando Mires - LA DIGNIDAD ONTOLÓGICA

 


Notas sobre la Encíclica Magnífica Humanitas



1. Si bien vemos, no es una Encíclica sobre la Inteligencia Artificial (IA) sino más bien sobre el mundo en donde aparece la IA. Justamente en el primer inciso este propósito aparece aclarado.

Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud” (1.).

La IA, de acuerdo a esa premisa, se encuentra en condiciones de alterar el mundo, no solo el tecnológico pues, como toda nuevo gran fenómeno tecnológico, conlleva el peligro de causar estragos en los tejidos culturales, sociales, incluyendo a nosotros mismos, si llega a ser controlada por poderes que no sitúan a la persona humana en el centro de sus objetivos (7.). “Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión” (7.).

2. En gran medida, el que ha lanzado el Papa desde la máxima institución de la cristiandad, es un alerta frente a la posibilidad de que lo humano sea succionado por una tecnología a la que algunos llaman poshumanista o transhumanista. Por lo demás eso ha sucedido en todas las grandes revoluciones tecnológicas; ellas no solo han sido el resultado de estilos de pensamiento (Ludwig Fleck). Además, alteran nuestros modos de pensar o, lo que es casi lo mismo, nuestros modos de ser. Pongamos por ejemplo la TV de cada día. Al haberse instalado en el medio de nuestros hogares, regula horarios, impone modas, hábitos sexuales, vincula lo privado y lo público de un modo directo.

Todas las grandes invenciones, desde el descubrimiento del fuego, pasando por la máquina a vapor, hasta llegar a la radioactividad y ahora a la IA, poseen un doble poder: uno creativo, otro destructivo (Shumpeter). Con eso hay que contar y el Papa León también cuenta con ello. Echar pie atrás no se puede (quizás ni se debe). De lo que se trata entonces es adaptar nuestra subjetividad a las condiciones objetivas que forman parte de cada vida. La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es “un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre” (4.).

3. La Encíclica Magnífica Humanidad aparece en el momento preciso. Pero la IA no.

La IA irrumpe en uno de los momentos más peligrosos por los que ha atravesado la historia de la humanidad. Tres grandes imperios intentan repartirse el mundo no vacilando en desatar guerras sin final, con apoderarse de recursos de otras naciones, con violar los reglamentos, acuerdos y leyes que regían al orden mundial, con declarar caduca a la democracia liberal y a la validez universal de los derechos humanos. La IA podrá ser usada – y es usada -por esos tres imperios en nombre del progreso tecnológico y económico pero, con el propósito, a veces declarado, de conquistar el mundo. La Encíclica de León XlV surge, en cambio, desde una institución sin poder fáctico. O, si se prefiere, desde otro poder: del poder de la tradición.

¿Cuántos batallones tiene el Papa?, así quiso burlarse Stalin de Churchill. Pero lo que no sabía el dictador es que la iglesia tiene historia, una que viene, con todas sus miserias y grandezas, de una larga tradición. Una que proclama el verbo, la lógica, es decir el Logos como punto de partida. En fin, tiene armas que no tenía Stalin.

De la tradición no viene el poder, pero sí viene la autoridad” dictaminó Hannah Arendt en una de sus más divulgadas Conferencias (¿Qué es la Autoridad?) Y cuando los poderes estatales fallan, cuando el mundo parece derrumbarse sobre sí mismo, la voz de la autoridad es más necesaria que la del poder. Putin, Trump, Xi, tienen poder. Mucho poder. Pero no tienen autoridad (quizás por eso tienen poder). León, en cambio, intenta oponer al principio del poder de la fuerza bruta, la autoridad moral que viene de una verdad que está más allá de la Iglesia, la que para el Papa no puede ser sino la verdad de Dios, esa verdad que nos trajo y nos comunicó Dios hecho hombre, Jesús.

No se trata, por lo tanto, de un choque entre la tradición y la modernidad, si es que alguien ha entendido así la contradicción que separa al papado de esos tres imperios, sino de colaborar en la construcción una modernidad sobre la base de la tradición, pero no de una suspendida en el vacío, o librada al arbitrio de los más fuertes y poderosos. Al poder de las armas y de la tecnología, la Iglesia, a través de su Papa, propone un desarme, comenzando por el desarme de las propias palabras.En contra de las balas, León XlV elige y exige el diálogo. Un diálogo que ha de comenzar desde las comunidades más primarias, como son las familias, pero que deberá elevarse hacia el conjunto de la humanidad.

4. Según León XlV la humanidad se encuentra frente una disyuntiva: o se deja regir por la lógica de la construcción de la Torre de Babel, o se deja regir por la lógica de la reconstrucción de Jerusalén De acuerdo a la de la Torre de Babel, los hombres intentaron usurpar el poder de Dios. De acuerdo a la de la reconstrucción de Jerusalén, según las enseñanzas del libro de Enemías, intentaron reconstruir un espacio de mundo, donde yace la propuesta de construir a la realidad (la ciudad en ruinas) usando las condiciones dadas con los materiales dados y buscando el bien común (categoría muy importante para León). Una disyuntiva no solo histórica sino una con la que somos permanentemente confrontados. Por eso dice la Encíclica en su primer apartado: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto” (1.)

De eso se trata la convivencia con la IA: O nos alejamos de lo humano en aras de una modernidad anti-humana o, con su ayuda, optamos por proteger a la humanidad, incluso de sí misma, en los espacios a cada uno asignados, frente a aquellos poderes que intentan usurparla. Una antinomia que seguramente no será resuelta en términos inmediatos. Puede que nunca sea resuelta, o que sea mantenida como parte de una lucha permanente entre las fuerzas que representan a los habitantes de de la Torre de Babel con los reconstructores de la ciudad bíblica Jerusalén. En los dos casos podemos usar la IA, pero el objetivo no puede ser más distinto.

El fuego sirve para calentarnos pero también para incendiar casas. La máquina a vapor sirve para construir ferrocarriles y barcos pero también para revolucionar a la guerra terrestre. La radioactividad sirve en algunos casos para curar el cáncer y otras enfermedades pero también para convertir en polvo ciudades como Hiroshima. La IA puede servir para aumentar el saber y con ello al ser, pero también puede servir para aniquilarlo.

La IA sirve para informar, pero también para desinformar. Puede convertirnos en un medio puesto al servicio del descubrimiento de la verdad (la verdad siempre es divina) o en uno para mentir y engañarnos. Podemos ponerla a nuestro servicio, pero también convertirnos en sus servidores. Eso lo sabemos casi todos. Lo que no sabemos muy bien es que, para determinar el sentido de la IA, tenemos que cambiar el mundo desde donde emergió y la rodea. Y esa es precisamente la propuesta de León XlV. Por eso su Encíclica, más que otras encíclicas, tiene un carácter subversivo. Si quisiera extremar la idea, podría decir que en esta Encíclica yace una propuesta de cambio de mundo: Un mundo más humano que el que vivimos y, por eso, más divino, en contra de un mundo infernal que lleva a la destrucción y a la guerra.

5. El ser humano es portador de su propia sacralidad.

Dios nos creó a su imagen y semejanza, así como fue y es Jesús, nos comunica el Papa. Un mensaje que casi siempre ha sido mal entendido. No porque seamos dioses, como tantos tiranos han creído serlo, sino porque lo humano porta en sí el espíritu de lo divino y, por eso mismo, de lo sagrado. O dicho así: No somos dioses pero portamos la potencia (Aristóteles) de lo divino como un legado que nos dejó Jesús. Poner en el centro a la persona humana y no al progreso, al dinero, al lucro, es defender la sacralidad del ser, sobre todo cuando ese ser ha sido humillado u ofendido, desterrado por razones políticas o económicas, maltratado e incluso vejado y, lo peor, asesinado en nombre de supuestos “principios superiores” que no tienen nada que ver con Dios; ni con su imagen ni con su semejanza.

6. A la gran humanidad y a la humanidad que representamos hay que cuidarla y protegerla, nos dice León, con esa arma todopoderosa que nos fue concedida: la palabra. La palabra hecha carne, en Jesús y en cada uno de nosotros. En ese contexto, el Papa busca conectar sus palabras con la “doctrina social de la iglesia” una que, desde la Rerum Novarum hasta ahora, ha llevado a tomar partido a la Iglesia a favor de los pobres y menesterosos, en estricta consonancia con la palabra evangélica.

La palabra, interpretemos a León, tiene una potencia divina. Por eso la verdad nunca la encontraremos más allá de la palabra, a través del diálogo ininterrumpido el que puede ser llevado a cabo con, pero no en la, IA. Al fin y al cabo la IA es una proyección de nuestros pensamientos, nos sugiere el Papa. Sin diálogo no podemos alcanzar la paz pues la realidad es dialógica. Desarmar a las palabras quiere decir, en la escritura de León, defender a las palabras, no ponerlas al servicio del poder y la guerra, pero sí ponerlas al servicio de la inteligencia humana, es decir, del espíritu de Dios. A ese diálogo, algunos que no hemos consagrado nuestra vida a ninguna Iglesia, pertenece la política: la discusión en la polis.

7. La palabra entrecruzada, a veces ofensiva (dicho con el perdón de León, pero la verdad suele ser escandalosa) aunque siempre comunicativa, es el pan de la política. La razón es obvia: Ese diálogo, según León, tiene lugar en nuestros mundos comunes, es decir, en nuestras comunidades y, desde ahí, se eleva hacia un diálogo extracomunitario.

Para expresarnos en términos más filosóficos que teológicos, las palabras de León bordean las teorías de la razón comunicativa de Habermas y sus seguidores, pero en consonancia con una visión comunitaria de la vida a la que pertenecen filósofos comunitarios (Sennett, Walzer, Taylor). León es en cierto modo un Papa comunitario. Llama comunidades a las que como comunidad pertenece la humanidad cristiana a la que el mismo representa. La Iglesia es autoridad solo si es comunidad entre comunidades, es lo que nos dice León. Esas comunidades comienzan en nuestro propio corazón a través de la comunión con el Dios trinitario del que formamos parte, sigue en el seno de nuestros próximos inmediatos que se encuentran en la familia, luego en las amistades, y en las propias naciones y estados. Un mundo común que lucha por el bien común en la comunión de las comunidades. Pero la comunidad para nacer y crecer necesita de la paz y no de la guerra.

8. En cierto modo, pero sin decirlo, el mensaje de León es pacifista. Parece insinuar, y no sin cierta razón, que no hay guerras justas pues todas las guerras son injustas. Para León XlV el concepto de Guerra Justa, designada originariamente para designar a la que libraban los indígenas americanos en contra de la invasión conquistadora, se ha vuelto obsoleta, dicen algunos comentaristas, incluyendo la IA de Google. Sin embargo, eso no es así. Citemos el párrafo exacto

Así, la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Cuando se atenúa la memoria histórica y se debilitan los criterios éticos que protegen a los civiles y a los más frágiles, se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso “limpia”. Es en este clima donde la humanidad está cayendo en la cultura violenta del poder, donde la paz ya no se presenta como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto (192.).

León XlV tiene razón: Hasta Hitler y Putin imaginaron que sus guerras eran justas. La justicia de la guerra, como toda idea de justicia es, la mayoría de las veces, muy subjetiva. O como decía no sin cierta ironía el Papa Francisco, a menudo confundimos el concepto de guerra justa con el de guerra justificada. No existen guerras, en efecto, que no hayan sido justificadas por sus hechores. Pero leámos con cuidado. El Papa nos dice: guerra justa “sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto”. O sea, las únicas guerras justas para León XlV son las de defensa. Pues bien, ese fue el concepto de guerra justa originario de las doctrinas de Francisco Vitoria, Francisco Suárez y Bartolomé de las Casas, cuando se refirieron a las guerras que libraron los nativos de las llamadas Indias en contra de los conquistadores.

La guerra que libra Rusia contra Ucrania, a la que León no ha vacilado en criticar (a diferencia de Francisco) es, sobre todo y antes que nada, una guerra de invasión. La de los soldados ucranianos es, por lo mismo, una guerra defensiva en el sentido más estricto del término, para usar las palabras del mismo Papa. Luego, según León, la que libran los ucranianos es una guerra justa, a diferencia de la que libran los rusos, que es una guerra radicalmente injusta.

9. No podemos tener la misma comprensión para un invasor que para un invadido.

Los primeros destruyen la dignidad del ser (nación, habitante, ciudadano, humano). Los segundos, defienden la dignidad de ser a la que León llama, con exacta precisión, dignidad ontológica, dignidad que puede ser considerada como una expresión sinónima y secular del “amor al prójimo” que proclama la cristiandad. Esa dignidad ontológica, es reconocida por León en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Derechos, los humanos, que son inviolables. En ls palabras de León, son una “piedra millar”. “La Iglesia reconoce con gratitud que “el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana”. Y, como afirmó san Juan Pablo ll, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. Esta es “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”. Por eso, en la perspectiva cristiana, los derechos humanos no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca, que la comunidad internacional está llamada a tutelar y promover” (54.)

Por esos Derechos Humanos, hay que combatir, recurriendo al uso de las palabras, pero cuando las palabras ya no sirven o no bastan – es mi agregado – con otras armas. Las comunidades para que cumpla su papel dialógico deben existir y por eso hay que defenderlas, como nos defendemos del asaltante nocturno, del ladrón que intenta penetrar en nuestra casa, del invasor cuando se propone destruir a nuestra nación. Los propios Derechos Humanos, un regalo de Dios a través de los hombres fueron hechos entre otras cosas, para que los defendamos como humanos. Esos Derechos son parte de nuestro cuerpo colectivo. Por eso mismo debemos defender a los más débiles, a los más pobres, a los que emigran en busca de un futuro mejor. Son hijos de Dios. Defender su dignidad es defender la dignidad de Dios, reconociendo antes que nada, la dignidad ontológica de lo humano, la del ser, la inviolable, la que nos pertenece por el solo hecho de haber aparecido en este mundo.

En las palabras de León XlV: “Cuando hablamos de dignidad no siempre usamos la palabra de la misma manera; en ocasiones nos referimos a la dignidad moral, es decir, al modo en el que la persona orienta sus propias decisiones y su propio obrar; otras veces pensamos en la dignidad social, es decir, en las condiciones de vida de la persona y en el respeto concreto que le es reconocido por la sociedad; en otros casos indicamos la dignidad existencial, que alude al modo en el que una persona percibe el valor de sí y de su propia vida. Estas dimensiones de la dignidad pueden crecer o disminuir. Pero más allá de estos significados hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica. Es la dignidad que merece todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios; ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser” (52.).

10. León recurre a Agustín cuando nos habla de las dos ciudades, la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres, dos ciudades que no están separadas pues en tanto hombres y en tanto hijos de Dios han sido erigidas al interior de nuestro propio cuerpo. Aceptando la hegemonía y la preeminencia de la Ciudad de Dios, vivimos en la Ciudad de los Hombres. A la primera nos orientamos, en la segunda existimos. En la primera vemos la presencia de Dios; en la segunda nuestras limitaciones. Allí laboramos, amamos, nos reproducimos. Como Jesús somos lo uno y lo otro. A veces somos más dignos; otras veces más indignos. En la versión de León XlV: indignos nunca somos porque simplemente somos. El derecho civil así lo reconoce. Hasta el peor de los criminales tiene derecho a juicio, algo que olvidó Donald Trump cuando alegremente mandaba bombardear a las barcazas del Caribe, o cuando deportaba emigrantes, sin mediación de juicio alguno, a las siniestras cárceles de El Salvador.

11. Es una Encíclica magnífica, la de León XlV. Una obra de arte retórica, teológica e incluso, política. Hay que leerla, pero no solo apelando a la soledad de nuestra mente, sino en comunicacion con las figuras ontológicas más próximas, sean estos nuestros familiares, nuestros amigos y, no por último, nuestros lectores. En fin, donde sea.

Jesús no viajó a Roma; nos habló desde su provincia, región o pueblo, para comunicarse con su palabra clara y simple con el mundo y desde el mundo con Dios. Y si algún acápite inciso o párrafo de esta Encíclica no lo entendemos, podemos recurrir sin complejos ni miedos a la IA, para que nos ayude. Al fin, para eso la inventamos. O como dice León XlV: “Si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad” (180.).