EUROPA NECESITA UNA REVOLUCIÓN CÍVICA

 


 

Diez años después de que un grupo de líderes políticos, empresariales y de opinión de Europa hiciera un llamamiento a “un nuevo Renacimiento europeo” y esbozara una hoja de ruta para la UE tras el Brexit, el bloque se encuentra, una vez más, en una encrucijada decisiva. La cuestión ya no es si la UE debe convertirse o no en una potencia global -sin duda debe hacerlo-, sino si puede hacerlo de forma democrática y a tiempo para dar forma, en lugar de padecer, al nuevo orden mundial que se está gestando.

Por supuesto, esa transformación sería más fácil si Europa no tuviera saboteadores que obstaculizan el proceso en sus propias filas -como el primer ministro húngaro recientemente destituido Viktor Orbán-. Pero incluso sin desafíos internos a la toma de decisiones colectivas y al estado de derecho, la transformación que Europa necesita solo será posible si la ciudadanía participa plenamente. Por eso acordamos copresidir la Iniciativa Europa Power (lanzada en noviembre pasado) y por eso hacemos un llamamiento a que se multipliquen las iniciativas de organización cívica transnacional, tanto a nivel nacional como de la UE.

Lo que está en juego para Europa es existencial. Casi 500 millones de europeos se enfrentan a un entorno geopolítico cada vez más marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y China. Mientras que ambos países operan a escala civilizacional, proyectando su poder a través de la tecnología, las finanzas, la seguridad y la ideología, Europa corre el riesgo de caer en una dependencia estratégica -valorada por su mercado, su talento y sus datos, pero limitada en su capacidad de actuar políticamente.

Este desenlace no es inevitable. Pero revertirlo requiere algo más que ajustes políticos o retoques institucionales. Exige una revolución cívica.

Ahora bien, no hay que malinterpretar este término. Lo que Europa necesita no es una ruptura, sino una transformación autodirigida: una reafirmación de la capacidad de acción democrática a nivel europeo para alinear a las instituciones, los ciudadanos y los estados miembro en torno a un proyecto político compartido. De lo contrario, la UE seguirá adaptándose a las presiones externas en lugar de moldearlas.

Las señales de alarma ya son visibles. Las potencias extranjeras están utilizando cada vez más su influencia económica y sus herramientas políticas, tecnológicas y culturales para incidir en lo que ocurre en Europa. Están interfiriendo en los procesos democráticos, aplicando regulaciones extraterritoriales y acumulando control estratégico sobre infraestructura y datos críticos. Ante esas presiones, la fragmentación europea se convierte en una amenaza para la soberanía europea. Cuando las grandes potencias compiten sin control, las esferas de influencia se endurecen y la autonomía se erosiona. Para Europa, el peligro no es solo la marginación geopolítica, sino un debilitamiento gradual de sus principios definitorios: el pluralismo, los derechos fundamentales y el estado de derecho.

Afortunadamente, los ciudadanos europeos son cada vez más conscientes de lo que está en juego. Durante los últimos diez años, la opinión pública ha apuntado sistemáticamente en la misma dirección. Los europeos quieren una unión capaz de defenderse, garantizar la paz y actuar de forma coherente en la escena mundial. Esperan protección sin aislamiento, prosperidad sin dependencia y un liderazgo basado en la sostenibilidad y en los valores democráticos. Estos compromisos ofrecen una base para poner en marcha una transformación cívica.

Este compromiso ciudadano ya se ha hecho evidente en momentos de crisis. Sostuvo la unidad europea tras el Brexit, permitió una respuesta colectiva sin precedentes a la pandemia y sigue sustentando el apoyo a Ucrania. Cada vez que Europa se ha enfrentado a una necesidad, ha actuado de forma conjunta de maneras que habrían parecido políticamente inalcanzables apenas unos años o incluso unos meses antes.

En conjunto, estos episodios señalan el surgimiento gradual de una conciencia política europea que trasciende las fronteras nacionales. El siguiente paso es traducir esta visión compartida del mundo en acciones duraderas y decisivas. Una revolución cívica significaría fortalecer la legitimidad democrática de la formulación de políticas europeas y elevar a las instituciones de la UE al ámbito principal para la toma de decisiones que ningún estado miembro puede tomar por sí solo. Requeriría fomentar debates políticos genuinamente transnacionales, empoderar a la ciudadanía para que defina directamente las prioridades europeas y construir un sentido de soberanía compartida que complemente las identidades nacionales.

Una transformación de esas características no solo es necesaria, sino inevitable. Las fuerzas que la impulsan son estructurales. El cambio climático, la digitalización, las amenazas a la seguridad y la interdependencia económica operan más allá de las fronteras nacionales. Asimismo, las generaciones más jóvenes ya viven, trabajan y piensan más allá de las fronteras nacionales, experimentando una realidad cotidiana que la política europea aún no refleja en su totalidad.

Mantener el statu quo ya no es una posición neutral, sino un voto a favor de la decadencia. Sin una integración más profunda y una renovación democrática, Europa se verá arrastrada a la órbita de otras potencias -dependiendo de la infraestructura tecnológica estadounidense o acomodándose a la influencia económica china.

Una revolución cívica ofrece un camino diferente, desde el cual Europa pueda surgir como una potencia democrática global, redefiniendo en lugar de imitar los modelos tradicionales de soberanía. Una UE capaz de combinar la apertura económica con la cohesión social, la innovación tecnológica con las garantías éticas y la diversidad con la unidad política ofrecería un modelo distintivo para el siglo XXI. No se vería atrapada entre Estados Unidos y China, porque se erigiría como una potencia en pie de igualdad junto a ellos -cooperando cuando sea posible, ofreciendo resistencia cuando sea necesario y configurando las normas globales en consonancia con sus valores.

Sin duda, algunos percibirán esta visión con escepticismo. La diversidad de Europa muchas veces se considera un obstáculo para la unidad. Pero la diversidad podría ser el mayor activo de Europa. Un sistema democrático capaz de funcionar más allá de las lenguas, las culturas y las historias demostraría que el pluralismo no es una debilidad, sino una fuente de resiliencia y legitimidad.

El verdadero riesgo reside en no hacer nada. Europa ha llegado a un punto en el que el incrementalismo no alcanza. Los desafíos a los que se enfrenta -y las oportunidades que se le presentan- exigen un salto de la coordinación a la soberanía, de la tecnocracia a la democracia y de la vacilación a la acción.

La tarea ahora consiste en garantizar que esta transformación sea deliberada, inclusiva y ambiciosa. Europa no debe limitarse a adaptarse al mundo tal y como es. Debe ayudar a definir el mundo tal y como será. Eso requiere valentía por parte de todos los europeos.

Invitamos a todos aquellos que deseen contribuir a esta transformación a unirse a la Conferencia Europa Power, que tendrá lugar del 21 al 23 de octubre en Estrasburgo. Esta conferencia con visión de futuro reunirá a partes interesadas de Europa y otras regiones, en representación de la política, los negocios, el mundo académico, la ciencia, la cultura y las artes, y la sociedad civil en general.

Margrethe Vestager, a former vice president of the European Commission, is Co-Chair of the Europa Power Initiative. Guillaume Klossa, a former AI special adviser to the president of the European Commission and co-chair of the Europa Power Initiative, is the author of Fierté européenne, manifeste pour une civilisation d’avenir (Telemaque/Editis, finalist of the European Book Prize, 2022). Slavoj Žižek, Professor of Philosophy at the European Graduate School, is the author, most recently, of Christian Atheism: How to Be a Real Materialist (Bloomsbury Academic, 2024), and a co-chair of the Europa Power Initiative.