
14/05/2026 a las 17:38h.
Tiene fama de frío y técnico, de político poco cercano y con escaso carisma. Como líder de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el partido conservador de Konrad Adenauer, Helmut Kohl y Angela Merkel –tres de los cancilleres más emblemáticos de Alemania–, Friedrich Merz, de 70 años, llegó al poder hace un año con el resultado más raquítico en la historia de su formación.
La presión de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) lo llevó a buscar un pacto con su eterno rival, el SPD socialdemócrata, pero la coalición experimenta tensiones constantes, bloqueos, descoordinación... lo que le ha valido al canciller críticas por tierra, mar y aire.
Además, Merz tiene el frente exterior abierto. Acusó a Trump de no tener una estrategia clara en su guerra con Irán y subestimar la capacidad del régimen de los ayatolás, llegando a afirmar que Estados Unidos estaba siendo «humillado».
Trump respondió anunciando la retirada de cinco mil soldados de sus bases en Alemania. Con tono pragmático y calmado, el canciller asegura que esa decisión estaba tomada de antemano y que Alemania desea mantener a Estados Unidos como socio clave. No hay descanso, como se ve, en la vida política de Friedrich Merz.
XLSemanal. Lleva un año en el cargo, pero hasta ahora parece que lo que más ha experimentado es impotencia. ¿No es así?
Friedrich Merz. Estoy conociendo lo lenta y, a veces, viscosa que es nuestra democracia. Pero ya hemos logrado bastante. Y aún tenemos muchas cosas por delante.
XL. ¿Se lo imaginaba tan difícil?
F.M. Sí. Durante muchos años pude observar lo difícil que es. Y que los golpes de autoridad, que tan a menudo se reclaman, rara vez conducen al éxito. Lo que se necesita son mayorías en el Parlamento.
XL. Quiere aplicar reformas fundamentales, pero la coalición está ocupada con enfrentamientos internos. ¿A qué se debe?
F.M. La coalición está ocupada con las reformas. Tres partidos diferentes (CDU –su socio bávaro–, CSU y el SPD) intentan cumplir un mandato de gobierno común. Eso no es fácil, pero ya hemos puesto en marcha varias cosas. Ahora estamos impulsando la mayor reforma sanitaria en décadas, algo que habría ocupado por completo una legislatura entera en épocas anteriores.
Merz quiere incrementar un 28 por ciento el gasto de Defensa, convertir su ejército en el más poderoso de Europa y asumir el liderazgo de la OTAN. En abril se subió a un tanque para supervisar unas maniobras.
XL. Dice que los golpes de autoridad rara vez conducen al éxito. Pero la democracia consiste en convencer a otros de la propia posición. ¿Por qué no lo consigue? ¿Es una debilidad suya?
F.M. Pienso en ello. Epicteto dijo que no son los hechos los que mueven a las personas, sino las palabras que se dicen sobre los hechos. Aún puedo mejorar.
XL. Suena autocrítico. Admitirá que en eso ha errado en más de una ocasión, como cuando habló del «paisaje urbano» [hizo comentarios sobre la apariencia de las ciudades que causaron controversia porque parecían criticar la inmigración y la diversidad] o insinuó que Brasil no es tan bonito como Alemania.
F.M. Por mi naturaleza, soy muy abierto. Digo lo que considero correcto y acepto que genere controversias. Pero también percibo que ese lenguaje llega a una opinión pública hipernerviosa y fácil de provocar. Aun así, no quiero cambiar mi forma de ser.
XL. ¿Qué debería tener en cuenta el Partido Socialdemócrata [SPD, socio de su gobierno] para que al final haya un paquete de reformas que realmente merezca ese nombre?
F.M. No soy quién para dar consejos al SPD, y menos en público, pero una mirada a la historia de este partido muestra que siempre ha tenido éxito cuando ha demostrado competencia en política económica. Así fue con los cancilleres Helmut Schmidt y Gerhard Schröder. El SPD debería reflexionar sobre ello. Competencia por la izquierda ya tiene suficiente. El lugar de ambos, la CDU y el SPD, está en el centro político.
«No hemos gestionado bien las expectativas. Vivimos una época que promete gratificación instantánea. Pero la política en una democracia no es un servicio de reparto 'on-line'»
XL. ¿Afecta a su trabajo que el SPD esté luchando por su propia supervivencia?
F.M. Desde luego, las encuestas no son como para que el SPD pueda dormir tranquilo.
XL. ¿Y eso se nota?
F.M. Percibimos un nerviosismo general en el país y una gran incertidumbre en la población. Eso también se refleja en nuestros partidos. Somos atacados desde izquierda y derecha. Y eso tiene consecuencias.
XL. ¿Qué parte de responsabilidad tienen usted y la CDU en que ahora mismo no se avance realmente en las reformas?
F.M. No hemos gestionado bien las expectativas. No se pueden esperar éxitos rápidos de la noche a la mañana. Los éxitos llegarán con el tiempo. Vivimos en una época que promete gratificación instantánea para todas las necesidades. Pero la política en una democracia no funciona como un servicio de reparto, en el que uno hace un pedido por Internet y todo llega de inmediato.
XL. ¿Es este Gobierno de coalición la «última bala de la democracia», como ha dicho Markus Söder?
F.M. No sería mi forma de expresarlo, pero esta es una de las últimas oportunidades del centro político.
XL. Si esta es la prueba definitiva para el centro, ¿qué falta para superarla con éxito?
F.M. Demostrar que podemos llevar a cabo grandes reformas. Y falta una convicción propia, claramente reconocible, de que estas reformas son las correctas. Si la población ve lo tensos que estamos los tres socios, no se puede esperar que esa misma población se entusiasme.
XL. En este sentido, ¿hasta qué punto son útiles los enfrentamientos en su gabinete, como entre el ministro de Finanzas del SPD y la ministra de Economía de la CDU?
F.M. Hay parejas que trabajan de manera excelente y hay otras que representan, de forma casi simbólica, el distinto origen de nuestros partidos. Pero aun así acaban encontrando puntos en común. En el gabinete no hay luchas. En general, me molesta esta inflación de lenguaje estridente: solo leo sobre conflictos, broncas, disputas. Hace poco, en un solo artículo, leí que todo «estalla», «cruje», «retumba» y «explota». Deberíamos rebajar el tono.
XL. Gerhard Schröder, uno de sus predecesores, actuó de forma distinta a usted. Preparó su Agenda 2010 en silencio y luego sorprendió con un gran discurso. ¿Por qué no hace lo mismo?
F.M. La reforma de Schröder iba en contra de su propio partido. Aceptó dañarlo con ello y estaba seguro de que su socio de coalición, Los Verdes, lo seguiría. Existe el conocido dicho político: «Only Nixon could go to China». Solo el SPD podía sacar adelante una reforma así, porque no se lo podía acusar de falta de empatía social. Del mismo modo que solo el presidente estadounidense Richard Nixon pudo viajar a China porque no se sospechaba que pactara con comunistas. En cualquier caso, no creo que eso pueda repetirse.
XL. ¿Hay algún ámbito en el que usted podría ser ese Nixon?
F.M. No en la política de reformas en la que trabajamos ahora. Ahí represento posiciones de la CDU que durante años han tenido demasiado poco espacio en el país. Este es parte de nuestro problema: hemos reducido innecesariamente el centro político y ahora nos sorprendemos del poco margen de maniobra que nos queda.
XL. El año pasado, su coalición presentó una propuesta de reforma de las pensiones con la que ningún economista quedó satisfecho. En Semana Santa discutía qué hacer frente a los altos precios del combustible. Y ahora se anuncian reformas integrales en impuestos, sanidad...
F.M. No entiendo cuál es el drama. Primero hemos ido cumpliendo todo lo que habíamos pactado en el acuerdo de coalición. Era muchísimo, pero no basta. Ahora seguimos adelante y nos enfrentamos a las grandes reformas. Pero ¿sabe cuál es mi mayor preocupación? Que seguimos quedándonos atrás. Gran parte de la población, pero también de la clase política, subestima lo ocurre en el mundo en estos momentos. Nos hemos acomodado en un entorno de prosperidad. Soy el primer canciller en 20 años que les dice a los alemanes: «Nuestra ilusión de prosperidad no se mantendrá». Debemos hacer más.
XL. ¿Qué significa eso?
F.M. Debo decirle a la población: «No podemos seguir como en los últimos 20 años». Acepto que por ello me ataquen, pero he prestado juramento al asumir el cargo y tengo una conciencia. Ambas cosas me obligan. Quizá pueda expresarlo de forma más amable, decirlo con más suavidad, pero la situación es tan desafiante que no voy a eludir la realidad.
XL. Schröder perdió el cargo, pagando un alto precio por sus reformas. ¿Qué riesgo está dispuesto a asumir?
F.M. Déjeme retroceder un momento. Schröder tuvo que enfrentarse a una fuerte resistencia, pero no fue atacado como yo. Solo entro ocasionalmente en redes sociales, pero si observa lo que se difunde sobre mí, cómo se me ataca y menosprecia… ningún canciller había tenido que soportar algo así. No me quejo, pero es así.
XL. Olaf Scholz, el anterior canciller, soportó bastante...
F.M. Es cierto. La diferencia es que Scholz le dijo a la población que nada sería tan grave si lo elegían. Siempre dijo que no habría que elegir entre seguridad y política social. Eso ya no nos lo podemos permitir. Debemos establecer prioridades.
Al dejar la política se fue a un influyente bufete que asesoraba a empresas como BlackRock y se hizo millonario. Cuando Merkel se jubiló, regresó. Es católico y lleva 40 años casado con la jueza Charlotte Gass. Tienen tres hijos y siete nietos.
XL. Repasemos los temas clave: impuestos. La CDU quiere aliviar a todos los contribuyentes; el SPD, en cambio, solo a los de ingresos bajos y medios. ¿Cómo acercar posiciones?
F.M. No lo sé. Tendremos que debatirlo. Hay diferencias fundamentales: ¿es el impuesto sobre la renta un instrumento de redistribución o una herramienta para hacer atractiva la actividad económica a empresarios y trabajadores? Yo me sitúo en la segunda opción.
XL. Segundo tema clave: pensiones. Hace poco provocó malestar al decir que el sistema público de pensiones, como mucho, podría ser «una garantía básica» para la vejez. El SPD interpretó que quería convertir la pensión en una especie de asistencia social...
F.M. Si ustedes y los del SPD hubieran leído el contexto, nos habríamos ahorrado esta polémica. 'Garantía básica' significa que la parte principal de la pensión de jubilación sigue estando en el sistema público.
«¿Somos los alemanes un pueblo tan enfermo como para tener uno de los niveles de absentismo laboral más altos de Europa? Debemos crear incentivos para que bajen esas cifras»
XL. Usted ejerce el cargo de canciller con 70 años. ¿Debería elevarse la edad legal de jubilación por encima de los 67?
F.M. No me guío por fechas de nacimiento, eso es irrelevante. La ministra de Trabajo, Bärbel Bas, lo expresó muy bien: lo decisivo son los años de cotización y no la edad.
XL. Entonces, ¿apoya vincular la edad de jubilación a los años cotizados?
F.M. Es un elemento del sistema de pensiones que puedo imaginar.
XL. Eso crea otros problemas: los hombres suelen tener más años cotizados que las mujeres, y perjudica a las trayectorias laborales irregulares. ¿Por qué no vincular simplemente la edad de jubilación a la esperanza de vida?
F.M. Eso daría lugar a una edad de jubilación fija. No estoy seguro de que sea mucho más inteligente. ¿Cómo explicaríamos que alguien que ha estudiado y empieza a trabajar a los 30 se jubile a los 68 igual que alguien que empezó como aprendiz a los 16?
XL. En enero lamentó que el promedio de bajas médicas fuera de 14,5 días al año y se preguntó: «¿Es realmente necesario?». ¿Cree usted que vivimos en un país de impostores?
F.M. Esa sería una interpretación malintencionada de mis palabras. Pero, en cuanto a las cifras, incluso podría expresarlo de forma más tajante.
XL. Puede hacerlo aquí.
F.M. Me refiero a la cifra, sabiendo que detrás de cada estadística hay historias personales. Pero esos 14,5 días solo cuentan a quienes están de baja tres días o más. Si incluimos también las bajas de uno o dos días, llegamos a unos 20 días al año. Y vuelvo a preguntar: ¿somos realmente un pueblo tan enfermo como para tener uno de los niveles de absentismo laboral más altos de Europa? Debemos encontrar las causas y crear incentivos para que bajen esas cifras.
XL. ¿Está pensando en días de carencia sin sueldo? [En los primeros días de baja no se cobra salario].
F.M. Los días de carencia ya se aplicaron por ley y terminaron en un fracaso rotundo.
XL. Fue con el canciller Helmut Kohl y provocó huelgas masivas. La medida fue revertida en 1998 por el Gobierno del SPD con Los Verdes.
F.M. Después de que empresarios y sindicatos reintrodujeran por convenio el pago íntegro del salario. No recomendaría que volviéramos a eso. Estamos debatiendo dentro de la coalición instrumentos mejores.
«Los socialistas alemanes deberían reflexionar: ya tienen suficiente competencia por la izquierda. Su lugar y el de la CDU está en el centro político»
XL. Da la impresión de que está algo insatisfecho con su pueblo...
F.M. Estoy insatisfecho con el ambiente que reina en Alemania. ¿Cómo decirlo sin que se malinterprete? Llevamos más de 80 años en paz y, desde hace 36, alemanes del Este y del Oeste están reunificados. Vivimos un cambio profundo y debemos adaptarnos, pero aún no lo hemos conseguido porque muchos quieren preservar sus privilegios y se resisten al cambio.
XL. En septiembre, en las elecciones regionales del Este, se espera un gran vuelco. La AfD podría ser la fuerza más votada y en algún lugar incluso lograr mayoría absoluta. ¿Qué ofrecerá a los ciudadanos para evitar que se inclinen por la AfD?
F.M. Confianza y seguridad, generar una sensación positiva de cambio. Debemos salir del estancamiento, demostrar que somos capaces de transformarnos y de seguir el ritmo del mundo. La sanidad, los cuidados y las pensiones son los tres grandes proyectos de reforma para mediados de año. Esperamos que eso genere más confianza, por ejemplo, en las pequeñas y medianas empresas. Que vuelva a merecer la pena invertir y trabajar en Alemania.
XL. ¿Hace falta un discurso suyo de 'sangre, sudor y lágrimas'?
F.M. No estoy seguro, pero no lo descarto. Sin embargo, ese tipo de discursos siempre tiene un 'día después'. ¿Y entonces qué? En una dictadura se pronuncia un discurso y al día siguiente se ejecuta –literalmente, en el peor de los casos–. Pero vivimos en una democracia.
XL. Parte de los problemas de Alemania se deben a decisiones del presidente estadounidense, Donald Trump, como, por ejemplo, su guerra en Irán. ¿Es difícil ser canciller en tiempos de Trump II?
F.M. Se podría decir que sí.
XL. ¿Qué piensa cuando escucha lo que Trump dice, por ejemplo, sobre España, socio de la OTAN?
F.M. No voy a discutir en público en el Despacho Oval sobre España o el Reino Unido. En privado le dije que ambos son socios fiables de la OTAN.
XL. Cuando la situación se tensa, a veces usted reacciona con vehemencia. ¿Recurre a algún tipo de mantra para mantener la calma con Trump?
F.M. No tiene sentido entrar en discusiones en ese ambiente. Si observa a quienes lo han hecho, no les ha ido bien.
XL. ¿Se refiere al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski?
F.M. Por supuesto. Yo me adapto a mis interlocutores.
XL. Volvamos al 'Nixon' en usted. ¿Podría impulsar una emancipación de Europa respecto a Estados Unidos?
F.M. Pondría 'emancipación' entre comillas. Pero es cierto que las relaciones transatlánticas ya no son como antes. Hay un distanciamiento mutuo. Un deseo en Estados Unidos de no asumir la seguridad europea y en Europa de no depender totalmente de Estados Unidos. Mi principal contribución es reforzar nuestra cohesión europea. La Unión Europea tiene cien millones de habitantes más que Estados Unidos. Eso debería traducirse en mayor confianza, respaldada por fuerza propia.
XL. El poder también se mide en armas, incluso nucleares.
F.M. Federico II de Prusia dijo: «La diplomacia sin armas es como la música sin instrumentos». Yo lo traduzco así: debemos poder defendernos para no tener que hacerlo. La fuerza diplomática de Europa solo será efectiva si se apoya en capacidades militares. Por eso hablo con Francia sobre cómo proteger Europa.
XL. ¿Se refiere a un escudo nuclear?
F.M. También. A todo lo que sea necesario para una Europa segura.
Tiene fama de frío y técnico, de político poco cercano y con escaso carisma. Como líder de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el partido conservador de Konrad Adenauer, Helmut Kohl y Angela Merkel –tres de los cancilleres más emblemáticos de Alemania–, Friedrich Merz, de 70 años, llegó al poder hace un año con el resultado más raquítico en la historia de su formación.
La presión de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) lo llevó a buscar un pacto con su eterno rival, el SPD socialdemócrata, pero la coalición experimenta tensiones constantes, bloqueos, descoordinación... lo que le ha valido al canciller críticas por tierra, mar y aire.
Además, Merz tiene el frente exterior abierto. Acusó a Trump de no tener una estrategia clara en su guerra con Irán y subestimar la capacidad del régimen de los ayatolás, llegando a afirmar que Estados Unidos estaba siendo «humillado».
Trump respondió anunciando la retirada de cinco mil soldados de sus bases en Alemania. Con tono pragmático y calmado, el canciller asegura que esa decisión estaba tomada de antemano y que Alemania desea mantener a Estados Unidos como socio clave. No hay descanso, como se ve, en la vida política de Friedrich Merz.
XLSemanal. Lleva un año en el cargo, pero hasta ahora parece que lo que más ha experimentado es impotencia. ¿No es así?
Friedrich Merz. Estoy conociendo lo lenta y, a veces, viscosa que es nuestra democracia. Pero ya hemos logrado bastante. Y aún tenemos muchas cosas por delante.
XL. ¿Se lo imaginaba tan difícil?
F.M. Sí. Durante muchos años pude observar lo difícil que es. Y que los golpes de autoridad, que tan a menudo se reclaman, rara vez conducen al éxito. Lo que se necesita son mayorías en el Parlamento.
XL. Quiere aplicar reformas fundamentales, pero la coalición está ocupada con enfrentamientos internos. ¿A qué se debe?
F.M. La coalición está ocupada con las reformas. Tres partidos diferentes (CDU –su socio bávaro–, CSU y el SPD) intentan cumplir un mandato de gobierno común. Eso no es fácil, pero ya hemos puesto en marcha varias cosas. Ahora estamos impulsando la mayor reforma sanitaria en décadas, algo que habría ocupado por completo una legislatura entera en épocas anteriores.
Merz quiere incrementar un 28 por ciento el gasto de Defensa, convertir su ejército en el más poderoso de Europa y asumir el liderazgo de la OTAN. En abril se subió a un tanque para supervisar unas maniobras.
XL. Dice que los golpes de autoridad rara vez conducen al éxito. Pero la democracia consiste en convencer a otros de la propia posición. ¿Por qué no lo consigue? ¿Es una debilidad suya?
F.M. Pienso en ello. Epicteto dijo que no son los hechos los que mueven a las personas, sino las palabras que se dicen sobre los hechos. Aún puedo mejorar.
XL. Suena autocrítico. Admitirá que en eso ha errado en más de una ocasión, como cuando habló del «paisaje urbano» [hizo comentarios sobre la apariencia de las ciudades que causaron controversia porque parecían criticar la inmigración y la diversidad] o insinuó que Brasil no es tan bonito como Alemania.
F.M. Por mi naturaleza, soy muy abierto. Digo lo que considero correcto y acepto que genere controversias. Pero también percibo que ese lenguaje llega a una opinión pública hipernerviosa y fácil de provocar. Aun así, no quiero cambiar mi forma de ser.
XL. ¿Qué debería tener en cuenta el Partido Socialdemócrata [SPD, socio de su gobierno] para que al final haya un paquete de reformas que realmente merezca ese nombre?
F.M. No soy quién para dar consejos al SPD, y menos en público, pero una mirada a la historia de este partido muestra que siempre ha tenido éxito cuando ha demostrado competencia en política económica. Así fue con los cancilleres Helmut Schmidt y Gerhard Schröder. El SPD debería reflexionar sobre ello. Competencia por la izquierda ya tiene suficiente. El lugar de ambos, la CDU y el SPD, está en el centro político.
«No hemos gestionado bien las expectativas. Vivimos una época que promete gratificación instantánea. Pero la política en una democracia no es un servicio de reparto 'on-line'»
XL. ¿Afecta a su trabajo que el SPD esté luchando por su propia supervivencia?
F.M. Desde luego, las encuestas no son como para que el SPD pueda dormir tranquilo.
XL. ¿Y eso se nota?
F.M. Percibimos un nerviosismo general en el país y una gran incertidumbre en la población. Eso también se refleja en nuestros partidos. Somos atacados desde izquierda y derecha. Y eso tiene consecuencias.
XL. ¿Qué parte de responsabilidad tienen usted y la CDU en que ahora mismo no se avance realmente en las reformas?
F.M. No hemos gestionado bien las expectativas. No se pueden esperar éxitos rápidos de la noche a la mañana. Los éxitos llegarán con el tiempo. Vivimos en una época que promete gratificación instantánea para todas las necesidades. Pero la política en una democracia no funciona como un servicio de reparto, en el que uno hace un pedido por Internet y todo llega de inmediato.
XL. ¿Es este Gobierno de coalición la «última bala de la democracia», como ha dicho Markus Söder?
F.M. No sería mi forma de expresarlo, pero esta es una de las últimas oportunidades del centro político.
XL. Si esta es la prueba definitiva para el centro, ¿qué falta para superarla con éxito?
F.M. Demostrar que podemos llevar a cabo grandes reformas. Y falta una convicción propia, claramente reconocible, de que estas reformas son las correctas. Si la población ve lo tensos que estamos los tres socios, no se puede esperar que esa misma población se entusiasme.
XL. En este sentido, ¿hasta qué punto son útiles los enfrentamientos en su gabinete, como entre el ministro de Finanzas del SPD y la ministra de Economía de la CDU?
F.M. Hay parejas que trabajan de manera excelente y hay otras que representan, de forma casi simbólica, el distinto origen de nuestros partidos. Pero aun así acaban encontrando puntos en común. En el gabinete no hay luchas. En general, me molesta esta inflación de lenguaje estridente: solo leo sobre conflictos, broncas, disputas. Hace poco, en un solo artículo, leí que todo «estalla», «cruje», «retumba» y «explota». Deberíamos rebajar el tono.
XL. Gerhard Schröder, uno de sus predecesores, actuó de forma distinta a usted. Preparó su Agenda 2010 en silencio y luego sorprendió con un gran discurso. ¿Por qué no hace lo mismo?
F.M. La reforma de Schröder iba en contra de su propio partido. Aceptó dañarlo con ello y estaba seguro de que su socio de coalición, Los Verdes, lo seguiría. Existe el conocido dicho político: «Only Nixon could go to China». Solo el SPD podía sacar adelante una reforma así, porque no se lo podía acusar de falta de empatía social. Del mismo modo que solo el presidente estadounidense Richard Nixon pudo viajar a China porque no se sospechaba que pactara con comunistas. En cualquier caso, no creo que eso pueda repetirse.
XL. ¿Hay algún ámbito en el que usted podría ser ese Nixon?
F.M. No en la política de reformas en la que trabajamos ahora. Ahí represento posiciones de la CDU que durante años han tenido demasiado poco espacio en el país. Este es parte de nuestro problema: hemos reducido innecesariamente el centro político y ahora nos sorprendemos del poco margen de maniobra que nos queda.
XL. El año pasado, su coalición presentó una propuesta de reforma de las pensiones con la que ningún economista quedó satisfecho. En Semana Santa discutía qué hacer frente a los altos precios del combustible. Y ahora se anuncian reformas integrales en impuestos, sanidad...
F.M. No entiendo cuál es el drama. Primero hemos ido cumpliendo todo lo que habíamos pactado en el acuerdo de coalición. Era muchísimo, pero no basta. Ahora seguimos adelante y nos enfrentamos a las grandes reformas. Pero ¿sabe cuál es mi mayor preocupación? Que seguimos quedándonos atrás. Gran parte de la población, pero también de la clase política, subestima lo ocurre en el mundo en estos momentos. Nos hemos acomodado en un entorno de prosperidad. Soy el primer canciller en 20 años que les dice a los alemanes: «Nuestra ilusión de prosperidad no se mantendrá». Debemos hacer más.
XL. ¿Qué significa eso?
F.M. Debo decirle a la población: «No podemos seguir como en los últimos 20 años». Acepto que por ello me ataquen, pero he prestado juramento al asumir el cargo y tengo una conciencia. Ambas cosas me obligan. Quizá pueda expresarlo de forma más amable, decirlo con más suavidad, pero la situación es tan desafiante que no voy a eludir la realidad.
XL. Schröder perdió el cargo, pagando un alto precio por sus reformas. ¿Qué riesgo está dispuesto a asumir?
F.M. Déjeme retroceder un momento. Schröder tuvo que enfrentarse a una fuerte resistencia, pero no fue atacado como yo. Solo entro ocasionalmente en redes sociales, pero si observa lo que se difunde sobre mí, cómo se me ataca y menosprecia… ningún canciller había tenido que soportar algo así. No me quejo, pero es así.
XL. Olaf Scholz, el anterior canciller, soportó bastante...
F.M. Es cierto. La diferencia es que Scholz le dijo a la población que nada sería tan grave si lo elegían. Siempre dijo que no habría que elegir entre seguridad y política social. Eso ya no nos lo podemos permitir. Debemos establecer prioridades.
Al dejar la política se fue a un influyente bufete que asesoraba a empresas como BlackRock y se hizo millonario. Cuando Merkel se jubiló, regresó. Es católico y lleva 40 años casado con la jueza Charlotte Gass. Tienen tres hijos y siete nietos.
XL. Repasemos los temas clave: impuestos. La CDU quiere aliviar a todos los contribuyentes; el SPD, en cambio, solo a los de ingresos bajos y medios. ¿Cómo acercar posiciones?
F.M. No lo sé. Tendremos que debatirlo. Hay diferencias fundamentales: ¿es el impuesto sobre la renta un instrumento de redistribución o una herramienta para hacer atractiva la actividad económica a empresarios y trabajadores? Yo me sitúo en la segunda opción.
XL. Segundo tema clave: pensiones. Hace poco provocó malestar al decir que el sistema público de pensiones, como mucho, podría ser «una garantía básica» para la vejez. El SPD interpretó que quería convertir la pensión en una especie de asistencia social...
F.M. Si ustedes y los del SPD hubieran leído el contexto, nos habríamos ahorrado esta polémica. 'Garantía básica' significa que la parte principal de la pensión de jubilación sigue estando en el sistema público.
«¿Somos los alemanes un pueblo tan enfermo como para tener uno de los niveles de absentismo laboral más altos de Europa? Debemos crear incentivos para que bajen esas cifras»
XL. Usted ejerce el cargo de canciller con 70 años. ¿Debería elevarse la edad legal de jubilación por encima de los 67?
F.M. No me guío por fechas de nacimiento, eso es irrelevante. La ministra de Trabajo, Bärbel Bas, lo expresó muy bien: lo decisivo son los años de cotización y no la edad.
XL. Entonces, ¿apoya vincular la edad de jubilación a los años cotizados?
F.M. Es un elemento del sistema de pensiones que puedo imaginar.
XL. Eso crea otros problemas: los hombres suelen tener más años cotizados que las mujeres, y perjudica a las trayectorias laborales irregulares. ¿Por qué no vincular simplemente la edad de jubilación a la esperanza de vida?
F.M. Eso daría lugar a una edad de jubilación fija. No estoy seguro de que sea mucho más inteligente. ¿Cómo explicaríamos que alguien que ha estudiado y empieza a trabajar a los 30 se jubile a los 68 igual que alguien que empezó como aprendiz a los 16?
XL. En enero lamentó que el promedio de bajas médicas fuera de 14,5 días al año y se preguntó: «¿Es realmente necesario?». ¿Cree usted que vivimos en un país de impostores?
F.M. Esa sería una interpretación malintencionada de mis palabras. Pero, en cuanto a las cifras, incluso podría expresarlo de forma más tajante.
XL. Puede hacerlo aquí.
F.M. Me refiero a la cifra, sabiendo que detrás de cada estadística hay historias personales. Pero esos 14,5 días solo cuentan a quienes están de baja tres días o más. Si incluimos también las bajas de uno o dos días, llegamos a unos 20 días al año. Y vuelvo a preguntar: ¿somos realmente un pueblo tan enfermo como para tener uno de los niveles de absentismo laboral más altos de Europa? Debemos encontrar las causas y crear incentivos para que bajen esas cifras.
XL. ¿Está pensando en días de carencia sin sueldo? [En los primeros días de baja no se cobra salario].
F.M. Los días de carencia ya se aplicaron por ley y terminaron en un fracaso rotundo.
XL. Fue con el canciller Helmut Kohl y provocó huelgas masivas. La medida fue revertida en 1998 por el Gobierno del SPD con Los Verdes.
F.M. Después de que empresarios y sindicatos reintrodujeran por convenio el pago íntegro del salario. No recomendaría que volviéramos a eso. Estamos debatiendo dentro de la coalición instrumentos mejores.
«Los socialistas alemanes deberían reflexionar: ya tienen suficiente competencia por la izquierda. Su lugar y el de la CDU está en el centro político»
XL. Da la impresión de que está algo insatisfecho con su pueblo...
F.M. Estoy insatisfecho con el ambiente que reina en Alemania. ¿Cómo decirlo sin que se malinterprete? Llevamos más de 80 años en paz y, desde hace 36, alemanes del Este y del Oeste están reunificados. Vivimos un cambio profundo y debemos adaptarnos, pero aún no lo hemos conseguido porque muchos quieren preservar sus privilegios y se resisten al cambio.
XL. En septiembre, en las elecciones regionales del Este, se espera un gran vuelco. La AfD podría ser la fuerza más votada y en algún lugar incluso lograr mayoría absoluta. ¿Qué ofrecerá a los ciudadanos para evitar que se inclinen por la AfD?
F.M. Confianza y seguridad, generar una sensación positiva de cambio. Debemos salir del estancamiento, demostrar que somos capaces de transformarnos y de seguir el ritmo del mundo. La sanidad, los cuidados y las pensiones son los tres grandes proyectos de reforma para mediados de año. Esperamos que eso genere más confianza, por ejemplo, en las pequeñas y medianas empresas. Que vuelva a merecer la pena invertir y trabajar en Alemania.
XL. ¿Hace falta un discurso suyo de 'sangre, sudor y lágrimas'?
F.M. No estoy seguro, pero no lo descarto. Sin embargo, ese tipo de discursos siempre tiene un 'día después'. ¿Y entonces qué? En una dictadura se pronuncia un discurso y al día siguiente se ejecuta –literalmente, en el peor de los casos–. Pero vivimos en una democracia.
XL. Parte de los problemas de Alemania se deben a decisiones del presidente estadounidense, Donald Trump, como, por ejemplo, su guerra en Irán. ¿Es difícil ser canciller en tiempos de Trump II?
F.M. Se podría decir que sí.
XL. ¿Qué piensa cuando escucha lo que Trump dice, por ejemplo, sobre España, socio de la OTAN?
F.M. No voy a discutir en público en el Despacho Oval sobre España o el Reino Unido. En privado le dije que ambos son socios fiables de la OTAN.
XL. Cuando la situación se tensa, a veces usted reacciona con vehemencia. ¿Recurre a algún tipo de mantra para mantener la calma con Trump?
F.M. No tiene sentido entrar en discusiones en ese ambiente. Si observa a quienes lo han hecho, no les ha ido bien.
XL. ¿Se refiere al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski?
F.M. Por supuesto. Yo me adapto a mis interlocutores.
XL. Volvamos al 'Nixon' en usted. ¿Podría impulsar una emancipación de Europa respecto a Estados Unidos?
F.M. Pondría 'emancipación' entre comillas. Pero es cierto que las relaciones transatlánticas ya no son como antes. Hay un distanciamiento mutuo. Un deseo en Estados Unidos de no asumir la seguridad europea y en Europa de no depender totalmente de Estados Unidos. Mi principal contribución es reforzar nuestra cohesión europea. La Unión Europea tiene cien millones de habitantes más que Estados Unidos. Eso debería traducirse en mayor confianza, respaldada por fuerza propia.
XL. El poder también se mide en armas, incluso nucleares.
F.M. Federico II de Prusia dijo: «La diplomacia sin armas es como la música sin instrumentos». Yo lo traduzco así: debemos poder defendernos para no tener que hacerlo. La fuerza diplomática de Europa solo será efectiva si se apoya en capacidades militares. Por eso hablo con Francia sobre cómo proteger Europa.
XL. ¿Se refiere a un escudo nuclear?
F.M. También. A todo lo que sea necesario para una Europa segura.