Recientemente publiqué mi último libro, titulado “No soy mi herida”, y entre los temas que se derivan de su lectura está el hechizo amoroso. Esa experiencia divina, que durante siglos ha sido asociada con el desengaño y la brevedad. La historia que narra el libro plantea otras aristas y, en este artículo, intento explicarlas.
Solemos hablar del hechizo amoroso o de la infatuación casi siempre con un tono diminutivo y de advertencia. Lo asociamos con idolatría, pérdida de autonomía, proyección y transferencia psicológica, aferramiento y, finalmente, con el sufrimiento que surge cuando el otro no puede sostener el peso de nuestras expectativas. Todo eso es cierto. Pero si queremos pensar este fenómeno con más profundidad, conviene reconocer también algo menos obvio y, quizás, más importante: el hechizo amoroso revela e ilumina. Y una de las verdades más hondas que puede mostrarnos es que, bajo su influjo, las heridas sufridas desde la niñez parecen quedar en suspenso para que surja todo lo bueno que somos capaces de ser.
Esa suspensión no debe entenderse de manera ingenua, como si el enamoramiento borrara mágicamente las fracturas que cada uno arrastra. No las borra. Pero sí modifica temporalmente la manera en que las habitamos. La persona que vive bajo el hechizo amoroso suele sentirse más viva, más abierta, más intensamente presente. El mundo recobra brillo. La propia interioridad deja de organizarse exclusivamente en torno a la carencia, la defensa o la soledad. Algo se aligera. Algo se expande. Y esa expansión no es una ilusión en el plano de la experiencia. Es real. El sujeto, por un instante o por un tiempo, deja de estar enteramente gobernado por su antigua narrativa de insuficiencia. El deseo por el otro o la otra desplaza el centro de gravedad del yo herido.
Quizá por eso el enamoramiento intenso ha sido descrito tantas veces en términos casi sagrados. Tiene gracia, tiene excepción, permite vislumbrar una vida menos dominada por la ansiedad habitual del yo. Bajo el hechizo amoroso, la persona no deja de tener heridas, pero deja de sentirse totalmente confinada en ellas. Por eso mantengo que ese hechizo puede ser una revelación preciosa. Puede mostrarnos que no somos únicamente sombra, miedo, repetición ni defensa. Puede mostrarnos que en nosotros hay capacidad de apertura, ternura, entusiasmo y comunión. Puede enseñarnos, aunque sea de manera inestable, que la herida no agota la totalidad del ser.
El problema comienza cuando confundimos esa suspensión de la herida con la curación definitiva. Cuando creemos que el otro, por el solo hecho de despertar en nosotros esa expansión, será capaz de sostenerla para siempre. Cuando la experiencia luminosa del hechizo se convierte en una exigencia silenciosa: “no dejes de hacerme sentir así”, “no dejes que regresen mis vacíos”, “no permitas que vuelva a caer en mí mismo”. Entonces, aquello que comenzó como revelación empieza a endurecerse en la dependencia. El otro deja de ser compañero de una experiencia viva y se transforma en guardián de nuestra frágil redención.
Sin embargo, hay otra posibilidad, más madura y más fecunda. El hechizo amoroso puede ser el comienzo, no de una esclavitud, sino de una conciencia. Puede convertirse en una ocasión para que ambos reconozcan qué ha quedado en suspenso y qué amenaza con regresar. Precisamente porque el hechizo abre una zona de expansión, también vuelve más visibles las grietas que tarde o temprano reaparecen: la ansiedad, el miedo al abandono, la necesidad de control, la susceptibilidad ante la ambigüedad, la vieja tristeza, las reacciones desproporcionadas ante pequeños silencios o demoras. Cuando esa irrupción comienza a sentirse, el vínculo entra en una fase decisiva. O se rompe bajo la presión de lo originario que vuelve, o se vuelve más verdadero porque ambos empiezan a mirarlo de frente.
La verdadera oportunidad del hechizo amoroso surge cuando la pareja no se limita a disfrutar de su embriaguez, sino que desarrolla la capacidad de reflexionar sobre lo que ocurre. Es decir, cuando ambos advierten que la intensidad inicial ha suspendido temporalmente sus heridas, pero no las ha abolido; cuando comprenden que la aparición de ansiedad, temor o necesidad desmedida no significa necesariamente el fracaso del amor, sino el regreso de aquello que el hechizo había mantenido en la penumbra. En ese momento, el vínculo puede comenzar a madurar. Ya no se trata solo de sentir mucho, sino de entender juntos qué se está moviendo en cada uno.
Esta autorreflexión compartida tiene algo profundamente valioso. Permite que la pareja deje de interpretar las reacciones más primitivas como simples defectos del otro y empiece a reconocerlas como expresiones de una historia interior. El miedo deja de ser solo “tu inseguridad”; la necesidad de reafirmación deja de ser solo “tu dependencia”; la distancia deja de vivirse únicamente como amenaza y empieza a leerse también como activación de viejas memorias emocionales. Cuando esto ocurre, el amor empieza a desprenderse del puro hechizo sin perder del todo su fuego. La fascinación no desaparece necesariamente, pero se vuelve más consciente. Más humilde. Más capaz de verdad.
Lo positivo del hechizo amoroso, entonces, no reside solo en la deliciosa intensidad que trae consigo, sino también en que puede ofrecer una visión anticipada de una vida menos sometida a la herida. Nos deja probar, aunque sea brevemente, una forma de plenitud. Lo maravilloso es que ambos, por fin, somos y estamos. La química surge de la autenticidad de ambos. Pero su valor más alto tal vez consista en otra cosa: en que, cuando esa plenitud se interrumpe y reaparecen las emociones originarias, nos obliga a decidir si queremos seguir pidiendo al otro que suspenda mágicamente nuestro dolor, o si estamos dispuestos a conocernos mejor a través del vínculo.
En ese sentido, el hechizo amoroso puede ser una puerta de entrada a una forma más madura de amar, de ser y de estar en el mundo. Primero nos rescata momentáneamente de la herida. Luego nos la devuelve, pero bajo una nueva luz. Ya no como condena muda, sino como material de conciencia. La ansiedad, los celos, el miedo, la necesidad excesiva dejan de ser solo perturbaciones; se convierten en señales. Alertas. Indicios de que algo profundo busca ser visto, pensado, comprendido. Y si ambos pueden sostener ese trabajo sin humillación ni soberbia, el amor deja de depender exclusivamente del hechizo y empieza a fundarse en algo más sólido: una reciprocidad capaz de acompañar la verdad.
No se trata, por tanto, de despreciar el hechizo amoroso ni de idealizarlo. Se trata de entender su doble rostro. Por un lado, nos eleva por encima del dominio inmediato de la herida y nos deja entrever una expansión real del ser. Por otro lado, al retirarse parcialmente, deja al descubierto las emociones originarias que aún no han sido integradas. Su don es la suspensión; su enseñanza, la revelación. Y acaso la pareja más afortunada no es aquella que logra permanecer para siempre en el hechizo, sino aquella que sabe convertir esa experiencia inicial en un camino compartido de lucidez, ternura y reconocimiento mutuo.
Porque, al final, el amor más grande del planeta no es el que nos evita para siempre la ansiedad y el miedo, sino el que nos permite reconocerlos sin que destruyan el vínculo. El hechizo puede abrir la puerta. Pero solo la conciencia compartida puede ayudar a cruzarla y alcanzar la vida plena.