Las novelas del escritor chileno Francisco Caupolicán Neyra Pacheco (para abreviar aquí lo llamaremos Neyra) pertenecen en su mayoría al género llamado novela histórica; así han afirmado algunos críticos literarios que se han ocupado de su obra. Estamos de acuerdo, pero debemos dejar en claro el porqué de esa caracterización. Es importante, porque si aceptamos que las novelas -siempre que no sean de ciencia ficción – al ser narraciones, están situadas sobre hechos y acontecimientos ocurridos en tiempos y espacios determinados y así serían todas históricas. Sin embargo, sabemos que no es así.
Toda novela contiene una story, pero la historia de una story es solo la historia de una narración.
Hablamos de una novela histórica cuando acontecimientos existentes y reales no solo se filtran en los hechos narrados, sino además imponen condiciones a los personajes aunque estos sean inexistentes o irreales. En una novela histórica se cruza intermitentemente la historia verdadera con historias no (o no totalmente) verdaderas. Luego, los hechos históricos en una novela histórica no pueden, ni deben, ser imaginados.
Escribir historia supone cierta cuota de imaginación, pero no podemos ni debemos inventar nada cuando lo hacemos. Mucho menos cambiar los hechos. La historia de los personajes de una novela, en cambio, aunque sean verdaderos, debe ser imaginada pues, si no fuera así, no estaríamos hablando de literatura sino de historia pura y dura. La literatura de Neyra está enmarcada en hechos reales o no inventados.
No obstante, que una novela sea histórica no supone que la historia deba ser un trasfondo de lo imaginario ni lo imaginario un ornamento de lo histórico. La palabra que hemos utilizado aquí, nótese bien, es entrecruce. Y así es: En las novelas de Neyra encontramos un permanente entrecruce entre lo verdadero y lo imaginado, pero sin que lo verdadero pierda su verdad ni lo imaginario su imaginación. Difícil. Pero Neyra lo logra. Lo logra porque este escritor es dos personas a la vez: un profesor de historia de profesión y un imaginativo narrador de novelas por vocación.
Las novelas de Neyra son copiapinas. Nacido en Copiapó (1942), arraigado en Copiapó, comprometido socialmente con Copiapó, con familia y vida construida en Copiapó. El mismo es una parte de Copiapó (un hijo ilustre como dicen por allá) y todas sus novelas no existirían sin Copiapó. Me atrevería a decir: Neyra ama a Copiapó. Y, sin embargo, Neyra no es un regionalista, no es un descriptor de paisajes, ni de subculturas, ni de comidas o costumbres de la provincia o de la región. Su personajes son copiapinos hasta los huesos, pero además muy chilenos y, en parte, universales. El Copiapó de Neyra es un micromundo visto desde fuera pero desde dentro es un macromundo inserto en el mundo que lo rodea. Podría ser Talca, París o Londres. Pero es Copiapó.
Sin Copiapó la literatura de Neyra no existiría. Quizás por eso Neyra no se fue a vivir a España en busca de grandes editoriales como hace la mayoría de los escritores chilenos (y sudamericanos). Se quedó allí donde nació, en donde “es”, escribiendo sobre su gente y – por momentos tengo la impresión- para su gente. En ese punto Neyra no es una excepción.
La mayoría de los más conocidos escritores chilenos son seres arraigados en el lugar de donde vienen. Pensemos por ejemplo en los extremos sureños de Chile. Solamente en Chiloé y sus alrededores, han aparecido tres connotados: Ruben Azócar, Edesio Alvarado y el gran Francisco Coloane, conocido en Francia por sus conocimientos marítimos como el Joseph Conrad chileno. Las novelas de Baldomero Lillo tampoco existirían sin los sufridos mineros de Lota, ni la Antofagasta del muy afamado Hernán Rivera Letelier sin las luchas reivindicativas de los obreros salitreros.
Lo mejor de la literatura chilena es provincialista. Pero no provinciana. Aunque parezca paradoja, si algunos de los autores mencionados han alcanzado cierta universalidad, es porque conocen en minucias sus respectivas provincias. No debe ser casualidad, me digo, que nuestros tres más grandes poetas: Pablo Neruda, Nicanor Parra y Gabriela Mistral, vengan de la provincia.
Claro, no exageremos. No se necesita ser de provincia para escribir buena literatura. A nuestro Ernesto Bolaño, si lo hubieran puesto a vivir un tiempo en Tokio, habría escrito una gran novela japonesa. Bolaño escribió algunos libros sobre Chile, pero escribía igual sobre cualquier tema en cualquier lugar del mundo, fuera en México, París, Madrid, Barcelona. Era, y ahí residía su particular grandeza, un eterno trasplantado (de acuerdo al título de una novela del escritor chileno del siglo XlX, Alberto Blest Gana quien -es mi opinión - escribía como Victor Hugo) A Neyra, en cambio, no lo puedo imaginar fuera de Copiapó.
Así como hay árboles que se dan en cualquier lugar, hay otros que solo pueden subsistir en el lugar de donde son, como esos pimentones gigantes de Copiapó que a cada momento crecen más en los relatos de Neyra. Hay seres que llevan el signo de sus orígenes, nativos o adoptados, en el corazón. Simplemente son de ahí. O dicho de modo algo filosófico, su ser tiene lugar en un lugar. Es difícil encontrar una palabra en español para designar esa vinculación. No lo digo yo. Lo digo quienes han tratado de traducir la palabra alemana Heimat al español o a otros idiomas. Esa palabra es la más adecuada para explicar la relación del escritor Neyra con “su” Copiapó.
Heimat no solo es lugar de pertenencia u origen; tampoco es la patria, puede ser pero casi nunca es el país, algo tienen que ver con el “hogar” (Heim) ya que es un lugar que te acoge. Para mucho es un lugar del pasado pues, como los amores, la Heimat solo puede reconocerse cuando la has perdido o abandonado. La Heimat, aunque no la recuerdes todos los días, está anidada en tu inconsciente. Por eso solemos soñar con la Heimat. Para poner un ejemplo personal, a veces, aquí en Alemania, he despertado creyendo que todavía estoy en la antigua casa del barrio Ñuñoa de Santiago donde viví durante mi juventud. Y es claro, allí tuve mis primeros amigos, mis primeras “pololas”, el liceo, incluso la universidad, es decir, todo lo que más marcó “el ser de mi soy”. No sé si es mi Heimat, pero es lo más parecido a eso. Del mismo modo no sé si la ciudad en la que vivo aquí en Alemania, Oldenburg, es una nueva Heimat para mí. Eso solo lo sabré si la abandono alguna vez. No se puede añorar lo que está aquí.
La Heimat, dijo un poeta alemán, es el lugar en el que tú quisieras morir. La verdad es que tampoco lo sé, pues yo no quiero morir en ninguna parte.
Ignoro si Neyra quiere morir en Copiapó, pero estoy seguro que contestaría que sí, si le preguntáramos. Porque para Neyra, con leves interrupciones, su vida ha sido, es y será Copiapó, el lugar donde él es, y para el escritor, el lugar donde él es y escribe. No quiero decir, nótese, que las novelas de Neyra sean autobiográficas. No: no lo son. Pero seguramente, en cada personaje masculino de los casi cientos personajes que aparecen en su hasta ahora trilogía (La Ciudad de los Magos, El Crepúsculo de los Magos y el Andén de los Ausentes) hay algo de su autor.
Esa trilogía tiene un solo personaje principal y ese es: una familia de Copiapó, una que, desde su fundación, como si fuera un árbol, se va ramificando y creando personajes a quienes un solo vínculo los ata: haber nacido, vivido, abandonado, añorado a Copiapó. Es, si se quiere, la historia de una ciudad de Chile vivida por personajes imaginarios que, a la vez van haciendo esa historia que es también parte de la historia de Chile.
De un modo concentrado, el novelista e historiador Neyra nos narra la difícil formación de Chile como nación libre y soberana a través de una familia ficticia que la asimila, la sufre y la goza. Una historia a veces cruel, cuyos personajes a lo largo de muchos capítulos son envueltos en guerras, en asonadas, en golpes de estado, en revoluciones donde los personajes quieren dar su vida, y a veces la dan, por ideales que hoy nos parecen vanos, o cuando no, absurdos. Y no obstante, el hilo conductor, la familia y la solidaridad interna que mantienen entre sí sus miembros, se mantiene conflictivamente sin que se pierda nunca el lazo sanguíneo que los une desde las postrimerías del siglo XVlll hasta nuestros días. Una familia en la que hay, como en toda familia, de todo. Una familia que concentra en sí la historia moderna de Chile y de Copiapó y no olvida que, a pesar de todos los avatares, es y sigue siendo una familia. ¿No es una idealización? En parte sí; sí, lo es. Pero Neyra necesita de esa idealización para contar sus dos historias, la de Chile y la de la familia copiapina que concentra en sí a la historia del país. Un experimento arriesgado; no cabe duda. No conozco a ningún proyecto similar en la ya larga historia de la literatura chilena. Una historia, con muchas historias. En breve: una saga (Se entiende por saga un relato novelesco que abarca las vicisitudes de varias generaciones de una familia)
Hay, por cierto, muchas sagas que tienen como sitio una ciudad. Pero la mayoría de ellas han sido ciudades imaginarias. Sea la Yoknapatawpha de William Faulkner, lugar en donde transcurren muchas de sus novelas, sea el Puerto Santa María de Juan Carlos Onetti (el más faulkneriano de los escritores latinoamericanos), sea el Macondo de García Márquez en la más famosa de las novelas latinoamericanas, existen historias de ciudades y familias, pero en esos autores, tanto las ciudades como los personajes son invenciones. Digamos, esos autores son 100% novelistas. Neyra, en cambio, es 50% novelista y 50% historiador. Ahí reside justamente la originalidad de su literatura. Si tuviera que recomendar sus libros a estudiantes, lo haría para los de historia y para los de literatura a la vez.
Tan históricas son las novelas de Neyra que incluso los personajes están mimetizados con las coordenadas discursivas de su tiempo, hasta el punto que, por momentos, el mismo Neyra escribe como si él fuera un escritor del siglo XlX y, ya más avanzada la trilogía, como un auténtico escritor del siglo XX. Al siglo XXl no llegan todavía sus novelas. Eso queda evidenciado en las diversas relaciones de amor que contraen los personajes. La mayoría de esos amores son trágicos o imposibles. Eso queda muy claro en dos historias de amor. En El Hotel de los Sueños y en su muy bien lograda y tensa novela: ¿Es usted Mirabeau?
No se trata – precisemos- de que Neyra sea un romántico. Es simplemente realista. Describe el amor como lo sienten y lo viven personajes de tiempos tan distintos a los nuestros. Son amores largos, sufridos, lacrimosos y, en cierto modo, en su tristeza, bellos. A propósito: en todas la larga historia de la familia fundada por el mítico patriarca José Tomás Valencia Utrera a fines del siglo XVlll, no aparece nunca un homosexual o una lesbiana. Tendría que haber habido algunos en tan largo lapso. Creo que se lo voy a preguntar al autor.
Más de alguien podría calificar a las novelas de Neyra bajo la categoría de literatura social. Lo que es obvio. Toda novela histórica es social. Pero si entendemos a la novela social como un género militante, no lo es. Quien quiera encontrar en esa historia novelada una lucha entre pobres y ricos se va a desengañar. No se trata de que Neyra sea un antipolítico, no. Claro que no lo es. En su vida no literaria ha sido un luchador social y, por sus actividades en defensa del magisterio, fue recluido en las horrendas prisiones de Pinochet. Es cierto también que Neyra siente simpatía por los miembros de esa familia que adoptan posiciones democráticas y después de izquierda. Al fin y al cabo él es un escritor chileno y en Chile, guste o no, no hay, o casi no hay, escritores de “derecha”. Pero Neyra, como el novelista historiador que es, no toma partido por nadie. Sus novelas no relatan luchas de pobres buenos contra ricos malos. La suya, dicho con más claridad, no es una literatura clasista y, por lo mismo, no es maniquea. A todos sus personajes, conservadores o liberales, radicales o socialistas, los trata con respeto, reconociendo las bajezas de cada uno, pero también resaltando sus grandezas. Ser de izquierda o derecha no hace mejor a nadie.
Los fundadores de la larga familia fueron hombres duros, trabajadores implacables, patriarcas injustos, puteros, bebedores, pero a la vez mantenedores de un orden necesario en un país que recién nacía como tal. Esos rasgos se reproducen en todos sus personajes a lo largo de su inconclusa historia. Así fue como se hizo Copiapó, con sangre derramada sobre el blanco salitre, con guerras civiles y con traicioneros terremotos.
Neyra no es un nuevo escritor. Estamos hablando de un escritor que tarde retomó un hilo literario iniciado desde muy joven. En su juventud, a comienzos de los sesenta, fue reconocido como uno de los escritores más promisorios de nuestra generación. No hubo concurso literario que no ganara con facilidad.
Como la persona sociable que siempre fue, Neyra fundó un grupo literario llamado “grupo Gorki” desde donde eran organizados muy concurridos recitales literarios. Miembros de ese grupo, además de Neyra, fueron Salomón Meckled, un muy joven cuentista, fanático de la literatura inglesa, quien extraía sus narraciones literarias de la crónica roja del país. Falleció prematuramente. También estaba Osvaldo Monsalve, un pintor, hoy muy conocido en Francia quien, además, es poeta. Pronto se incorporó José del Pozo con cuentos muy serios. Hoy vive y escribe en Canadá. Había también un poeta de apellido Rivera que, al igual que Neyra con sus cuentos, ganaba todos los concursos de poesía del Instituto Pedagógico. Era muy talentoso. Pero solo participaba en el grupo en sus momentos literarios, no en los vinícolas. Nunca he visto en mi vida un hombre más tímido y más triste que ese poeta llamado Rivera.
Todos ellos, al igual que Neyra, tenían algo en común: provenían de ciudades como Valdivia, Temuco, Copiapó, San Felipe. Podríamos decir, era un grupo venido del “Chile profundo”. En ese grupo había solo un santiaguino; un tal Mires, quien se las daba de ensayista. Fue una buena generación, debo decir. Lastima que los exilios y sus tiempos la hayan truncado.
De su, hasta ahora trilogía, Neyra nos debe un cuarto libro. Ojalá, quiera Dios, alcance a escribirlo. Tratará sobre lo años setenta. Esos años que nos marcaron a todos. Esos años que todavía duelen. Esperamos ese libro.