Hace unos días escribí un artículo en donde afirmo que “Trump no está loco” pues a mi juicio el presidente norteamericano persigue objetivos estipulados en la Carta de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Debo decir, sin embargo que, por un momento, al enterarme de la controversia desatada por Trump en contra del Papa León, llegué a pensar que el mandatario no estaba en todos sus cabales. Pero una segunda lectura puede llevar a concluir en que no es así. Mucho indica que las diatribas antipapales de Trump forman parte del proyecto de dominación mundial que intentan imponer “los tres imperios” y, por lo mismo, corresponde a una racionalidad que, aunque no sea la nuestra, no deja de ser racional.
Dicha deducción se vio reforzada cuando fueron dadas a conocer las imprecaciones (anti) teológicas lanzadas por sus dos ministros más íntimos: Peter Hegseth y J.D. Vance en contra del Papa. Entonces, la pregunta inevitable fue esta: ¿Qué objetivos persigue la administración Trump al romper el tabú de la división de poderes entre el poder secular y la potestad religiosa de la cristiandad?
RELIGIÓN COMO IDEOLOGÍA
Para comenzar debemos advertir que Trump no ha sido el primero – ni probablemente será el último – presidente norteamericano que recurre a nociones religiosas para justificar una guerra. Todavía late en el recuerdo la ideología que formuló el, en muchos puntos precursor de Trump, Bush Jr. , cuando inventó al Eje del Mal para designar a todos los enemigos de EE UU.
Mal y Bien son conceptos religiosos y no políticos. Al formular su doctrina, Bush otorgaba a la defensa de Occidente un significado misional. Con ello pretendía señalar que hay guerras justas y no justas. Justas, según Bush, eran las libradas en contra del terrorismo internacional las que después del 11-S mantenían algún grado de credibilidad. Por eso la invasión norteamericana a Afganistán fue apoyada por la mayoría de las naciones democráticas del mundo. La misma ideología teológica utilizaría Bush al referirse a la guerra a Irak a la que intentó, además, dar una connotación defensiva utilizando la falacia de “las armas de destrucción masiva”. Pero esta vez no contó con el apoyo unánime del occidente político.
Al intentar otorgar a la guerra a Irán una connotación religiosa, Trump no solo ha imitado las visiones de Bush, también las de las fracciones fundamentalistas de Israel, las visiones de Putin quien utiliza al siniestro Pope Kyril para otorgar a la invasión a Ucrania el carácter de una “Cruzada”, y no por último las cosmovisiones islámicas de los tiranos de Irán quienes también han dado a la guerra que libran en contra de los EE UU. un sentido religioso. En efecto, casi no hay poder tiránico en el mundo que no haya intentado poner a Dios a su servicio, sea para justificar represiones a sus pueblos, sea para cometer genocidios o guerras de invasión .
Toda guerra necesita de una justificación. Una ideología como cobertura. Y aunque la religión, aunque no es ideología (Arendt) puede actuar, bajo determinadas condiciones, como ideología. Pues bien, eso es lo que evidentemente está intentando Trump en su guerra a Irán.
Que todas las intervenciones militares necesitan de una ideología para encubrir objetivos, no lo vamos a descubrir ahora. Para poner un ejemplo, a Trump le funcionó bien el invento de “la guerra en contra del narcotráfico” antes de actuar en contra de Maduro. Hoy, sin embargo, ya sabemos que la extracción de Maduro no tenía nada que ver con el narcotráfico sino con un proyecto de los EE UU para comenzar a “depurar” al Hemisferio Occidental de la presencia militar de Rusia e Irán y así frenar un exceso de inversiones chinas, y, como postre, apoderarse de yacimientos estratégicos como el petróleo. Hoy, habiendo Trump sentado posiciones en Venezuela en estrecha alianza con una fracción del chavismo, nadie se acuerda del Cartel de los Soles, del Tren de Aragua y de las barcazas de “narcotraficantes” bombardeadas en las aguas del Caribe.
Del mismo modo la guerra a Irán no tiene nada que ver con una lucha de la cristiandad en contra del extremismo islámico. Si fuera por eso los EE UU deberían haber declarado la guerra a Egipto, a Arabia Saudita, a los emiratos y a otras satrapías “suníes” enemigas de las satrapías “chiíes”, sobre todo de la de Irán. Pero sí tiene que ver con la simbiosis (más que alianza) que se ha dado entre Netanyahu y Trump en la región; y eso es demasiado visible. De ahí los esfuerzos enormes que está haciendo Trump para encubrir los verdaderos propósitos de la guerra, entre ellos, inhabilitar militarmente y para siempre a Irán y a los destacamentos schiíes que asolan en la región (sobre todo en el Líbano).
Traspasando a todos los límites retóricos, Trump afirmó de modo insolente "No quiero un Papa que piense que está bien que Irán tenga armas nucleares. No quiero un Papa que piense que es terrible que Estados Unidos atacara a Venezuela".
Sobre Venezuela, ningún gobierno democrático, tampoco el Vaticano, ha defendido a Maduro. Pero la extracción, por muy necesaria que hubiera sido desde un punto de vista militar, no fue precisamente un acto legal y había que decirlo para que no fuera usado como “hecho precedente“ y cualquier potencia decidiera sacar a dictadores de sus camas. Fue un acto de guerra, la extracción, en el marco de una guerra no declarada.
Tampoco es cierto que el Papa se haya declarado a favor de que Irán tenga armas nucleares. De hecho, el Papa, al igual que todos sus predecesores está en contra de la posesión de armas nucleares en todos los países del mundo. Por cierto, armas nucleares en manos de bárbaras dictaduras, significan un peligro mundial. Pero la de Rusia y la de China o la de Pakistan son dictaduras tanto o más bárbaras que la de Irán , y si los EE UU siguen gobernados por presidentes como Trump, también pueden ser un peligro para toda la humanidad. El tema, en ese punto, debe ser el desarme nuclear, y no solo las armas nucleares en Irán. “El Papa tiene que entender”, agregó Trump, “que Irán ha matado a 42.000 personas. Este es el mundo real. Un mundo desagradable”. Por supuesto, el Papa entiende eso. Como también entiende – a diferencias de su predecesor Francisco – que Putin ha matado a muchísimas más personas que los Ayatolas, y por eso mismo se ha planteado en contra de la guerra a Ucrania iniciada por Rusia, algo que nunca ha hecho Trump. En el recuerdo todavía suenan las palabras que dijo Trump el día en que Putin enfilaba hacia Kiev: “fue una decisión genial”.
TEOLOGÍA DE LA GUERRA
Trump ha roto con todas las convenciones diplomáticas. Ha dicho que el hermano del Papa es mejor que León porque sigue a Maga y no al Vaticano. Ha escrito en las redes que León le “debe el puesto”. Ha criticado fuera de todo tiempo y lugar el apoyo del Vaticano a las muy necesarias restricciones impuestas durante los días de la pandemia. Pero algunos han ido todavía más allá de Trump. Entre ellos Pete Hegseth, ayer Secretario de Defensa, hoy Secretario de Guerra. La del Ministro de Guerra es una postura revisionista basada en un nuevo esperpento pseudo teológico llamado “nacionalismo cristiano”, en donde destaca el excepcionalismo estadounidense como mandato providencial y la ejecución de guerras como mandato divino. Como miembro de la “Comunión de Iglesias Evangélicas reformadas (CREC)”, institución radicalmente conservadora, Hegseth defiende un cristianismo teocrático muy cercano al de la ortodoxia rusa. Sus discursos están siempre adornados con citas bíblicas. Ha llegado incluso al extremo de presentar a los soldados norteamericanos como “guerreros espirituales” o “guerreros de Jesús”. En esa línea asume la guerra a Irán como un mandato divino del mismo modo como en Rusia el pope Kyril asume la guerra rusa a Ucrania como una “cruzada en contra de los infieles”. A la guerra a Irán, Hegseth la llama “violencia absoluta”. Y como a diferencia de su colega J.D. Vance no es versado en materias teológicas, suele cometer errores garrafales, nombrando supuestas citas bíblicas que solo existen en películas, como “Pulp, la tiranía de los hombres malvados”. En estos mismos momentos se encuentra purificando al ejército de tendencias homosexuales y “teorías liberales”. A la guerra a Irán la llama Guerra Santa y a los iraníes los llama “salvajes y bárbaros”. La guerra a Irán según el agresivo ministro, se basa en la superioridad de la civilización norteamericana. Con toda probabilidad Hagseth considera al Papa como un “progre” cuyo objetivo es corromper la vitalidad de la guerra. En todos esos puntos, está de más decirlo, cuenta con el apoyo irrestricto de Trump. Hegseth a su vez le devuelve la mano, viendo en Trump al profeta de un nuevo movimiento espiritual cristiano.Evidentemente Trump y Hegseth son ignorantes en materias teológicas. No así el ministro J.D Vance quien puede ser considerado el ideólogo del movimiento MAGA. Por eso mismo él es para muchos (me incluyo) la persona políticamente más peligrosa del régimen. Vance, con una prepotencia ilimitada, se atrevió a decir al Papa que debe revisarse en materias teológicas, afirmación que recuerda su intervención en la Conferencia de Munich del 2025 cuando señaló que Europa debía revisarse en materias democráticas, para luego reunirse aparte con los neonazis de AfD. O cuando en Hungría se quejó de la intervención electoral europea mientras él intervenía groseramente en el proceso electoral que perdió Orbán. La Conferencia Episcopal norteamericana se dio cuenta hacia donde apuntaba la “revisión teológica” que proponía Vance al Papa. Nada menos que revisar la doctrina de la Guerra Justa inserta en una ya larga tradición católica. Precisamente la misma tradición que pretenden alterar personajes como Trump y Hageth. Advirtiendo que Vance pretendía dar a las guerras un sentido teológico opuesta al papado y a la tradición de la Iglesia, la Conferencia Episcopal norteamericana se apresuró a declarar: “Un estado debe recurrir de modo legítimo a la autodefensa solo cuando todos los esfuerzos para conseguir la paz han fracasado”. La frase es de Francisco Vitoria, el gran teólogo de Salamanca. Precisamente lo contrario había hecho Trump al apresurar su ofensiva a Irán, sin consultar la opinión de sus aliados en la OTAN, y después culparlos de no haber recibido apoyo de ellos. Puede que Vance no hubiera ignorado la doctrina de la Guerra Justa seguida por la Iglesia Católica desde el siglo XVl gracias a la influencia de dos de los más grandes teólogos de la cristiandad: Francisco de Vitoria y Francisco Suárez.
Según los dos teólogos, quienes más allá de la teología son considerados los padres del moderno derecho internacional, las diferencias de religión, el deseo de expandir territorios y la gloria personal de un gobernante no deben ser nunca causa de las guerras. No cualquiera ofensa o agresión debe ser tampoco causa de guerra. Sostienen, además, que es ilícito matar a personas inocentes (población civil). Suárez, además, introdujo en la teología el concepto de “guerra defensiva” como condición única para levantarse en armas en contra de un enemigo.
Junto con Bartolomé de las Casas, los citados autores extrajeron su teología de las experiencias vividas en la ocupación de las mal llamadas Indias y sus postulados dieron origen a las Nuevas Leyes de 1542 las que prohibieron la esclavización de los indígenas. A partir de esa experiencia Vitoria propuso el concepto de Totus orbis (todo el mundo), viendo a la humanidad como una comunidad internacional de Estados iguales ante el derecho natural, sin importar su religión. En ese contexto, la filosofía de Vitoria y Suárez puede ser considerada teólogica y jurídica a la vez. Teológica, porque todos los seres humanos son hijos del mismo Dios (Romanos 2:11) y jurídica, porque la mayoría de los seres humanos están organizados en naciones y son regidos por sus respectivas leyes. No por casualidad, la Declaración de Los Derechos Humanos en los EE UU. Recogió ese legado teológico cristiano y le dio forma jurídica en su famoso Preámbulo.
Hay pues una profunda diferencia entre el significado del Papado y los “teólogos del trumpismo”. El Papa es el representante de la Iglesia Católica cuyos miembros tienen muchas ideologías políticas e incluso, como es el caso de Vance, con pretensiones teológicas. Tarea del Papa es predicar el Evangelio de acuerdo a diversas circunstancias históricas, respetando las diferencias que se dan entre las comunidades humanas. Pero a la vez, evitando que poderes seculares imperiales intenten apoderarse de la palabra de Dios para llegar a hablar en su nombre como ya está ocurriendo en la Rusia de Putin y en los EE UU del presidente Trump. Putin ordenando declarar a la Iglesia ortodoxa cristiana que su guerra a Ucrania es santa y Trump criticando al Papa porque no declara la legitimidad de su guerra a Iran son ejemplos que dan cuenta de un latente “césaropapismo de posmodernidad”. Las fotos de un asesino como Putin besando cruces en ceremonias religiosas ortodoxas, o las de Trump haciéndose acariciar por pastores de confesiones evangelistas pasarán, ojalá, pronto, a figurar en las exposiciones de las grandes herejías.
El mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos", dijo León XlV desde Camerún. Tiene toda la razón. Atravesamos por un periodo extraordinariamente peligroso donde tres imperios y no pocas potencias intermedias han hecho trizas el derecho internacional que regía desde 1945 hasta nuestros días. En ese mundo sin orden ni leyes debe prevalecer al menos la voz de la autoridad moral. Y la del papa es una de ellas.
"Con la iglesia hemos topado" es un tópico literario, derivado de un pasaje de Don Quijote de la Mancha (la versión literal es, Sancho:con la Iglesia hemos dado). Probablemente Cervantes, al haber escrito esa frase, pensó en las palabras de San Pablo.
“He puesto en Sion una piedra y muchos tropezarán con ella. Mas, los que crean en ella. jamás se arrepentirán de haberlo hecho” (Romanos 9:33).
Trump ha tropezado con esa piedra.
León XlV es la piedra.