La gran victoria electoral obtenida en las elecciones húngaras del 12-A por Péter Magyar en contra de Víktor Orban marca un punto de inflexión en la construcción política de un nuevo orden internacional. Eso hay que resaltarlo en tiempos en donde cada elección nacional, no solo en Europa, agrega o quita terrenos en la lucha por la hegemonía mundial que libran los tres imperios -China, Rusia y los EE UU- cada uno apoyado por diversas potencias intermedias.
Los EE UU y Rusia lo comprendieron desde la primera hora. El gobierno de Viktor Orbán era para Putin y Trump una pieza estratégica fundamental en sus respectivos proyectos internacionales: el de expansión territorial y política hacia Europa, de Putin, y el de la expansión de una economía i-liberal (según el término inventado por el propio Orbán) en una Europa a ser dominada por la ultraderecha nacional populista impulsada por el gobierno de Trump a escala mundial.
La victoria de Magyar forma parte de una tendencia reciente que ya se venía vislumbrando en algunos países del continente europeo. En esa cadena de sucesos podemos mencionar la detención del avance del nacional-populismo en los Países Bajos donde fue sacada del juego la figura del líder Geert Wilders, las derrotas comunales de Reagrupación Nacional en Francia, la derrota de Meloni en el plebiscito elaborado para lesionar la división del poderes a través del control velado del Poder Judicial. Esa tendencia democrática ha sido coronada el 12-A por el gran triunfo del partido Tizsa de Péter Magyar sobre el partido-estado Fidesz de Viktor Orbán.
La derrota electoral de Orbán fue total. El partido Tisza obtuvo los dos tercios de la votación. Con 138 asientos de 199 y el 56% de los votos contra Fidesz que solo obtuvo un 37%, el camino para implementar un cambio de orientación gravitante a favor de Europa, ya está despejado.
Pero no solo fue una derrota de Orbán. Los grandes perdedores fueron los gobiernos de Rusia y de los EE UU al haber decidido intervenir directamente y en conjunto en el proceso electoral húngaro.
La presencia activa de JD Vance al lado de Orbán pasará a la historia como un boomerang, esto es, como una derrota electoral estadounidense en Hungría. Con los llamados a votar por Orbán hechos por Putin y con toda la demagogia populista de Vance puesta en juego, los electores húngaros, quisiéranlo o no, votaron por la emancipación política de Hungría con respecto a las grandes potencias. Puede que ese no haya sido el principal motivo de los electores, pero el producto neto de sus votos puede y debe interpretarse de ese modo. Si Trump fue ideológicamente derrotado en Hungría, Putin lo fue política políticamente e incluso estratégicamente en su guerra de invasión a Ucrania.
Es probable que Péter Magyar no se convierta de la noche a la mañana en un ardiento defensor de Ucrania, pero todo permite predecir que no será "el peón de Putin" en el tablero europeo, como fue bautizado Orbán. En cualquier caso, la ayuda económica a Ucrania en la guerra de liberación nacional que lleva a cabo en representación de Europa en contra del imperio ruso no será persistentemente bloqueada por la punta de lanza húngara que enarbolaba Orbán en representación de Hungría.
Puede ser cierto que los electores húngaros no hubiesen votado directamente en contra de Putin o Trump. En ese sentido todos sabemos que nunca las elecciones pueden ser ganadas en ningún país por razones internacionales o geopolíticas y, en gran medida, eso también ocurrió en las húngaras. Los electores votan, en primer lugar, y con mucha razón, a favor o en contra de su bienestar material. Y razones para votar en contra de la desastrosa economía a que había llevado Orbán a su país, había demasiadas en Hungría.
Por de pronto, en materia de corrupción, Hungría se había convertido en país líder. En la Unión Europea ocupó en el índice de percepción de 2025, el último lugar junto a Bulgaria. La malversación de fondos europeos a favor de las amistades. e incluso de familiares de Orbán, era un hecho de sobra conocido en Hungría. La UE se ha visto incluso en la obligación de congelar fondos destinados a Hungría por falta de transparencia.
En cierta medida Orbán había reconstruido los mecanismos de corrupción que imperaban dentro del Partido Comunista pro-soviético dando lugar a la formación de una "nueva nomenklatura". A ese desolador panorama hay que agregar que en Hungría, durante 2024-2025, se manifestó la más alta inflación de toda Europa. El PIB apenas creció un 0.5% en 2024 tras una contracción en 2023.
Debido a las razones señaladas, los inversores extranjeros, incluso los de China, no encontraban ninguna razón para invertir masivamente en Hungría.
Por otra parte, el acercamiento ideológico de Orbán a Rusia no podía traducirse en ayuda económica, toda vez que Rusia es una potencia solo militar y no es capaz de dar ayuda ni siquiera a su propia población. Visto de esa manera, Orbán fracasó rotundamente en la construcción de su propia utopía: una república i-liberal. El único i-liberalismo existente se dio en el aumento de la dotación represiva del estado, en la destrucción de las libertades democráticas, en el apoderamiento casi total de los medios de difusión, en la inhabilitación del parlamento.
Podemos entonces estar de acuerdo. La ciudadanía se manifiesta en primer lugar por razones materiales, pero esas razones se expresan políticamente. La corrupción genera desconfianza frente al partido de gobierno. A su vez, la inflación se manifiesta en el descenso social y en inseguridad familiar no solo frente a emigrantes que no están interesados en emigrar a un país que no ofrece condiciones dignas de trabajo, sino también frente a las autoridades de la propia nación. La lucha por las necesidades termina por convertirse, de este modo, en lucha por las libertades. Esas libertades existen en los países a los que al lado de Rusia, combatía Orban en la UE.
Como ocurrió poco antes de la gran revolución democrática de 1989, la por Orbán denostada Europa, comenzó a ser nuevamente vista como la tierra prometida. No extraña así que ese "nuevo europeísmo" haya prendido con fuerza en la juventud del país. Y aquí hay que destacar algo muy interesante. La participación masiva de la juventud húngara fue decisiva en el triunfo del Tisza. El 77,8% de participación de jóvenes, batió un record nacional. Mientras que el oficial Fidesz mantuvo una base sólida entre los mayores de 65 años (con un apoyo cercano al 50%), entre los menores de 30 años su apoyo cayó por debajo del 10%. Esa juventud a las que se sumaron movimientos urbanos y subculturas, entre ellas las comunidades homosexuales, se manifestó alegremente en las calles, con su música, con sus pancartas, con sus medios digitales, con sus memes, dotando a la campaña con un ambiente libertario (en vez de i-liberal) y no por último, en manifestaciones anti-rusas, repitiendo en las calles el grito de la revolución de 1956: "rusos, váyanse de aquí", demostrando así que, aunque se piense lo contrario, los pueblos sí tienen memoria histórica. Esos jóvenes fueron, como en el pasado, el nexo humano que unió a las reivindicaciones sociales húngaras con el espíritu democrático nacido en Europa desde la revolución francesa, pasando por las revoluciones anticomunistas de 1989-1990, hasta llegar a nuestros días.
Hungría ha regresado, no tanto a la UE, sino a Europa. Es por eso que el triunfo electoral de Magyar, siendo rotundamente húngaro, fue celebrado en toda Europa.
En la EU, los "ultranacionalistas" han perdido a su líder máximo. Los partidos europeos antieuropeístas, casi todos putinistas y trumpistas, son tan grandes perdedores como las huestes de Orbán. En fin y en breve, la ciudadanía húngara ha demostrado que la democracia, sobre todo la europea, no ha sido derrotada y aún es capaz de resistir durante mucho tiempo. Podrá haber muchas batallas perdidas, pero también habrá muchas batallas ganadas.
El autócrata Putin y el autoritario Trump conservan posiciones en todos los países europeos. Entre ellas algunas muy poderosas como Reagrupación Nacional, VOX, AfD. Pero no son invencibles. Eso fue lo que demostró la gran rebelión húngara, electoralmente expresada en las urnas del 12-A.