Hacia fines del año de 1939, poco tiempo después de que los nazis invadieran Polonia, el político, historiador y activista social Emanuel Ringelblum comenzó a observar, con cierto asombro y preocupación, la suerte de los judíos de Varsovia. Estaba en contacto con la calle, recibía noticias de lo que pasaba en la ciudad y en los suburbios y sintió cómo la guerra, de pronto, había cambiado la vida judía. Cada día era diferente del siguiente por lo que no dejaba de estar atento, para captar cada suceso nuevo en el momento preciso, cuando todavía palpitaba su sustancia. Por la noche escribía todo aquello de lo que se hubiera enterado durante el día y se explayaba en sus comentarios.
Enmarcado en la rica vida comunitaria, social, política y cultural que vivía Varsovia, en mayo de 1940, varios meses antes de que se levantaran los muros que delimitarían el sector de la ciudad en donde se encerró a los judíos locales y a los acarreados desde otras ciudades, desde las áreas rurales y desde los pequeños pueblitos judíos de Polonia, Ringelblum consideró la importancia de organizar un trabajo colectivo que recogiera y registrara un cuadro fotográfico, cuidadoso y detallado, de la azarosa existencia en que se había transformado la vida de los judíos, de lo que deberían experimentar, pensar y sufrir. Convocados por él, intelectuales, académicos, escritores, artistas, científicos así como estudiantes jóvenes e incluso niños habitantes del ghetto de Varsovia, se dieron a la subversiva tarea de construir memoria. En un principio Ringelblum pensó en un archivo que facilitara la tarea de los futuros historiadores, pero a medida que avanzaba la guerra y se iban revelando las intenciones de la solución final, lo entendió como una forma de resistencia y de denuncia de las atrocidades que se palpaban en la vida del ghetto y que se iban revelando desde el afuera. El grupo se reunía los sábados por la tarde en la más íntima clandestinidad, para protegerse, no solo de la vigilancia nazi y de los soplones de la policía judía, sino también de los vecinos más medrosos del ghetto que rechazaban con lamentosa indignación cualquier acto subrepticio que pudiera traer una nueva desgracia a sus desgracias. Por eso es que dieron en llamarse Oyneg Shabbes, la alegría del sábado.
Todo lo que transitaba por el ghetto se constituyó en material de archivo: diarios personales, periódicos, bonos de racionamiento, boletos de tranvía, cartas, postales, carteles con edictos y decretos de la ocupación alemana, invitaciones a eventos, entradas y programas de las funciones de teatro, obras literarias escritas durante el tiempo del encierro, dibujos y pinturas en acuarela. Se consideraba un deber sagrado para todos y cada uno anotar lo que habían visto o escuchado de otros sobre lo que hacían los alemanes. Aunque la necesidad de discreción restringía su alcance, todo debía ser grabado sin dejar de lado un solo hecho, así, cuando llegara el momento, como ciertamente llegaría, el mundo habría de enterarse de las atrocidades cometidas por la ocupación del Tercer Reich en Polonia.
Muchos escritores ya estaban en una etapa avanzada de su trabajo cuando, en el verano de 1942 descendió sobre la judería de Varsovia la gran deportación. En un tiempo en que cada segundo era una amenaza de captura y transporte al campo de exterminio de Treblinka, ya no se podía pensar en una recolección sistemática de datos. Solo un puñado de personas continuaban manteniendo los diarios y registrando sus experiencias. Hubo una interrupción de varios meses en las actividades de Oyneg Shabbes, pero Abrham Lewin alcanzó a contar en su diario sobre el regreso de un deportado escapado de Treblinka, donde había sido obligado a cavar fosas para sepultar cadáveres no solo de judíos de Varsovia sino de más lejos en Europa, dijo. Izrael Lichtensztajn dejó escrito en el material escondido que “lo único que quiero es que se acuerden de mí para que mi gente, mis hermanos y hermanas, al otro lado del mar, sepan a dónde fueron a parar mis huesos.” “Mientras escribo estas líneas --dice Peretz Opoczynski-- más calles son cerradas, hay menos espacio, la soga es apretada alrededor de nuestro cuello. ¿Podremos salvar al niño judío?” “El mundo está girando al revés, un planeta se derrite en lágrimas, y yo tengo hambre, hambre, tengo hambre” escribió en su diario Leyb Goldin.
El 3 de agosto de 1942 Dawid Graber y Nachum Grzywacz secundados por su maestro, Izrael LIchtensztajn escondieron la primera parte de lo que hoy se conoce como el Archivo Ringelblum, enterrándolo en el sótano de la escuela Ber Borochov, en la calle Nowolipki Nº 68. Se trataba de diez cajas de metal en las que agregaron sus propios testamentos. “Queremos vivir no por una razón personal, sino para alertar al mundo --alcanzó a escribir Dawid Graber-- (...) Lo que no pudimos gritar al mundo lo escondimos bajo la tierra“. No se sabe que fue de él, probablemente haya muerto en la gran deportación de ese verano del cuarenta y dos. Una parte del resto de los archivos fue escondido en febrero de 1943 y el resto al estallar el levantamiento, en abril de ese mismo año.
En septiembre de 1946, los sobrevivientes Rachel Auerbach, Hersh Wasser y Bluma Wasser, guiaron a un grupo de académicos a uno de los lugares, en las ruinas del ghetto, donde habían sido enterrados los archivos. En 1950 el grupo descubrió el segundo alijo del material escondido, enterrado en tarros de leche, pero el tercero aun permanece perdido.
Mientras todo se derrumbaba a su alrededor, Ringelblum no perdió la esperanza de que los historiadores tuvieran algo que contar al mundo de la posguerra... lecciones que impidieran otro genocidio... Logró sobrevivir a la destrucción del ghetto y el 1º de marzo de 1944, uno de sus últimos actos fue escribir una carta al mundo libre. Denunciaba que el 95 por ciento de los judíos de Polonia habían perecido y los que aún quedaban vivos, él incluido, pocas esperanzas tenían de sobrevivir, y dejaba constancia de la existencia del archivo, al que describe como una voz de alarma que detalla el más grande crimen de la Historia... El 7 de marzo fue capturado y fusilado junto a su familia, en las ruinas del ghetto.
Todos los años, en este mes de abril, no solo los judíos, sino la Humanidad toda, memoramos a los que se levantaron contra la barbarie nazi, dejando las esencias de sus vidas y sus pensamientos, en unas cajas de metal y unos botes de leche enterrados bajo las ruinas.
Te preguntarás como yo, atribulado lector, qué hicieron con esa memoria los que fundaron un país, recostados, de alguna manera, en la atribulada amargura de las revelaciones de la posguerra, los que eyectados de tradiciones humanistas hicieron del país de Israel una tropa de legionarios que extiende su corazón genocida por el Oriente Medio, más allá aun de Gaza, aliado al Imperio que quizá recuerde que, aunque tarde, una vez desembarcó en Normandía para combatir al fascismo. Qué remembranzas guardarán en Europa, el continente que ha desatado las guerras más tremebundas, las persecuciones y las rapiñas planetarias más escandalosas desde que existe la historia escrita y que hurga nuevas o repetidas enemistades para incentivar la industria de las armas y hundir a sus pueblos en un nuevo infierno.
Me pongo de pie ante mi computadora y deposito una flor en recuerdo de Emanuel Ringelblum y de la gente de Oyneg Shabbes, que se deslomaron, en la inestabilidad de sus vidas, tan al pedo. Ojalá me equivoque.