Margaret Atwood: "Cuando escribí El cuento de la criada los europeos no creían que Estados Unidos pudiera acabar así"
Entrevista
Irónica, lúcida y lenguaraz, es complicado que a sus 86 la escritora canadiense no lance una opinión polémica y al tiempo juciosa sobre cualquier cosa. Convocada para celebrar el Día Mundial de la Poesía y charlar de su poemario 'Sinceramente', su sabiduría se desparrama opinando sobre Trump, el feminismo, el amor, la vejez y, por supuesto, la poesía

"¿Son las 5 de la tarde, en serio? Aquí son solo las 10 de la mañana, así que para mí son buenos días y para ti buenas tardes. Supongo que has tenido un día duro. ¿Cómo estás?", pregunta Margaret Atwood, divertida y chapurreando un cantarín español, antes de desplegar esa sonrisa curiosa y algo irónica que la caracteriza, como si estuviera observando el mundo desde una ligera distancia crítica. Ese aquí es México, concretamente la ciudad de San Miguel de Allende, a unas cuatro horas de la capital. "Me encanta venir a escribir aquí para escapar del siglo XXI, porque es un lugar muy antiguo que sobrevivió a la modernización. Visito una residencia para artistas que fundó hace muchos años un soldado veterano estadounidense que descubrió que podía vivir allí mejor con su pensión del ejército que en Estados Unidos. El lugar empezó a atraer creadores, intelectuales, refugiados políticos y hoy sigue teniendo algo de refugio cultural. Es sencillo y encantador", afirma la escritora haciendo un barrido por una habitación sobria, con muebles de madera y apenas decoración.
El motivo de interrumpir su escritura es celebrar el Día Mundial de la Poesía, mañana sábado 21, charlando sobre su nuevo poemario, Sinceramente (Salamandra), una recopilación de versos escritos entre 2008 y 2019 en los que late un tono claramente crepuscular, pero también la voz aguda, sarcástica y combativa de la escritora. En ellos aborda una variada paleta de temas que, como ocurre siempre con la autora, van desde lo íntimo -el paso del tiempo, la memoria, la vejez, el duelo y el amor longevo- hasta lo político -la conciencia ecológica, la identidad femenina, y la historia humana-.
Atwood habla con una mezcla de precisión y humor seco que hace que incluso las ideas más abstractas parezcan anecdóticas. Al explicar cómo nacen sus poemas no menciona ninguna epifanía ni ningún trance creativo. "Diría que con algunas palabras. A veces esas palabras se refieren a una imagen, otras a una persona o a una situación, pero el punto de partida es siempre el mismo, el lenguaje, pues los poemas están hechos de palabras", explica, "como la música está hecha de notas". Esa comparación le gusta porque subraya algo para ella es esencial, la diferencia entre escribir un poema y escribir una novela. "Una novela necesita arquitectura, personajes, tiempo narrativo. Un poema, en cambio, puede surgir de un pequeño fragmento verbal, de un ritmo que aparece de repente. En definitiva, toda literatura es oral. La página escrita no es literatura hasta que el lector la traduce convirtiéndola en una voz".
A lo largo de su carrera, Atwood ha publicado decenas de libros de poesía, novelas, ensayos y cuentos, sin embargo, el público suele identificarla sobre todo con su narrativa, en especial con la ustopía [neologismo de su invención que mezcla ucronía y distopía] que imaginó en El cuento de la criada en 1985. Sin embargo, ella insiste en que nunca hubo una elección deliberada entre géneros. "¿Por qué tendría que ser una cosa o la otra? ¿No puedo ser ambas? En los niños vemos claramente que el ritmo y la pulsión de narrar, ambas cosas tan humanas, conviven. Vienen de partes diferentes del cerebro, cierto, pero no hay razón para que no puedas usar las dos. Está permitido", dice con sorna.
De hecho, ella empezó escribiendo ambas cosas al mismo tiempo. "Lo que ocurrió es que en el Canadá de los años 60 era mucho más fácil publicar poemas que novelas. Las novelas eran caras de editar y había muy pocas editoriales. Los poetas, en cambio, se las arreglaban solos, creaban revistas, pequeños sellos, fanzines. Hoy sería lo mismo, sólo que con páginas web y publicaciones digitales", apunta. Cuando recuerda aquella escena literaria, lo hace con una mezcla de nostalgia e ironía. "En Canadá, cuando yo tenía veinte años, no había mucha competencia, porque sólo un lunático habría elegido ser escritor. Aquella comunidad bohemia, explica, estaba formada por un grupo bastante peculiar de jóvenes que vivían al margen de la vida convencional y Atwood se sentía un poco fuera de lugar entre ellos. "Yo era bastante anormal. No era alcohólica, no era drogadicta y no quería suicidarme, así que no pintaba nada en el mundillo literario", dice con sarcasmo.
"A mi edad estoy en una posición envidiable, tengo la libertad de decir todo aquello que otros temen decir. Y lo disfruto"
En aquellos años, una poeta más veterana le dio un consejo que aún recuerda: "Me dijo que si quería dedicarme a escribir, tendría que aprender a conducir un camión. No era una metáfora. Era un recordatorio bastante literal de que la literatura rara vez paga las facturas". Y, sin embargo, Atwood consiguió, desde hace más de medio siglo, -tras trabajar como camarera, profesora, periodista de moda e incluso analista financiera- convertirse en una de esas raras autoras que han logrado vivir exclusivamente de su escritura. "No tengo trabajo desde 1972", dice con orgullo, "y eso me ha dado una libertad muy práctica y real, porque nadie ha podido nunca despedirme de ningún sitio", reconoce. "Y por otro lado están los años. A mi edad no me preocupa demasiado la brillante carrera que tengo por delante, por decirlo claramente, así que estoy en una posición envidiable, tengo la libertad de decir todo aquello que otros temen decir. Y lo disfruto al máximo".
La perspectiva de la edad
Una edad que marca inevitablemente los poemas de Sinceramente, que parecen escritos desde una conciencia muy clara de la etapa final de la vida. Atwood no se molesta en suavizar la expresión: "Podríamos llamarlo simplemente vejez", apunta con franqueza. Pero la vejez, en su caso, no aparece como una tragedia ni como una revelación solemne, sino más bien como una forma distinta de mirar las cosas en la que la nostalgia no tiene mucha cabida.
"Es cierto que siempre se añora la juventud, pero si para algo sirve la vejez es para no idealizarla. Cuando uno es joven cree que vive una existencia superior, pero luego aprendes que tener entre 20 y 30 años es un infierno", afirma la escritora, para quien la incomunicación generacional es hasta cierto punto inevitable. "Cuando eres joven no entiendes la vejez, no la concibes, pero los viejos tampoco somos capaces de entender cómo piensa un joven. Puedes escucharlos, pero solo para intuir lo que están pensando, del mismo modo que ellos solo pueden intuir cómo piensas tú. Hace falta voluntad".
La edad también cambia la forma en que se perciben emociones fundamentales como el amor, cuyas referencias en el libro llevan lógicamente a pensar en su marido Graeme Gibson, fallecido en septiembre de 2019 después de 50 años juntos. "Ciertamente el amor cambia con los años. A los 80 ya no tienes las mismas ilusiones románticas ni esas expectativas idealizadas que tenías a los 20, así que el amor es menos pasión y más toda una vida de experiencias que has compartido. Y el lenguaje del amor se vuelve más complejo más realista", reflexiona. "Tú misma te vuelves más tolerante, a no ser que seas una vieja gruñona", dice riéndose.
Algo parecido ocurre con la memoria, otro de los grandes temas que atraviesan su poesía reciente. En Sinceramente el pasado aparece muchas veces como un archivo que se desdibuja: fotografías que pierden color, palabras que dejan de usarse, recuerdos que se vuelven imprecisos... Pero Atwood se resiste a interpretar ese proceso de manera sentimental: "Recordar puede ser una bendición o una carga. Hay personas que prefieren no recordar porque el pasado fue demasiado doloroso y otras que desean recordarlo porque fue feliz, pero eso mismo les provoca tristeza porque ya no pueden volver allí. En mi caso, me considero una afortunada por tener memoria", dice.
Un torrente de recuerdos que destiló hace poco en su monumental y muy detallada autobiografía Libro de mis vidas, donde se despachaba a gusto con mucha gente, incluida ella misma. "Cuando llegas a mi edad, mucha gente que has conocido ya ha muerto, así que puedes contar historias sobre ellos y sobre ti mismo que quizá no habrías contado 30 años antes", dice sonriendo con picardía.
"Viviendo en Canadá tenemos una perspectiva muy clara de lo que son los Estados Unidos de Trump. Y no queremos ser el estado 51"
Ese interés por los detalles biográficos es algo clave en la forma en que construye sus personajes de ficción. Cuando empieza una novela, confiesa, una de las primeras cosas que hace es anotar la fecha de nacimiento del personaje. Año y mes. "No es una manía trivial, es algo fundamental que permite situarlo dentro de los grandes acontecimientos históricos que podrían haber marcado su vida. Cuando desarrollo un personaje necesito saber qué estaba pasando cuando tenía diez años, o quince, qué comía, dónde vivía, qué guerras o crisis ocurrieron durante su juventud... Y es que todo eso influye muchísimo en la manera en que alguien ve el mundo", afirma.
En su propio caso, dice, la fecha es significativa: 1939, lo que considera "una suerte". "Soy de las pocas personas con vida que recuerda aquellos años. Eran los tiempos de la guerra y de la Gran Depresión, por lo que había una baja natalidad, pero luego llegó el baby boom. Cuando éramos jóvenes no éramos suficientes para cubrir el ritmo de crecimiento de todo, así que era mucho más fácil encontrar trabajo", rememora. "No se trataba de si tendríamos trabajo, sino de qué tipo de trabajo tendríamos, por eso fuimos tan afortunados".
Una edad que marca inevitablemente los poemas de Sinceramente, que parecen escritos desde una conciencia muy clara de la etapa final de la vida. Atwood no se molesta en suavizar la expresión: "Podríamos llamarlo simplemente vejez", apunta con franqueza. Pero la vejez, en su caso, no aparece como una tragedia ni como una revelación solemne, sino más bien como una forma distinta de mirar las cosas en la que la nostalgia no tiene mucha cabida.
"Es cierto que siempre se añora la juventud, pero si para algo sirve la vejez es para no idealizarla. Cuando uno es joven cree que vive una existencia superior, pero luego aprendes que tener entre 20 y 30 años es un infierno", afirma la escritora, para quien la incomunicación generacional es hasta cierto punto inevitable. "Cuando eres joven no entiendes la vejez, no la concibes, pero los viejos tampoco somos capaces de entender cómo piensa un joven. Puedes escucharlos, pero solo para intuir lo que están pensando, del mismo modo que ellos solo pueden intuir cómo piensas tú. Hace falta voluntad".
La edad también cambia la forma en que se perciben emociones fundamentales como el amor, cuyas referencias en el libro llevan lógicamente a pensar en su marido Graeme Gibson, fallecido en septiembre de 2019 después de 50 años juntos. "Ciertamente el amor cambia con los años. A los 80 ya no tienes las mismas ilusiones románticas ni esas expectativas idealizadas que tenías a los 20, así que el amor es menos pasión y más toda una vida de experiencias que has compartido. Y el lenguaje del amor se vuelve más complejo más realista", reflexiona. "Tú misma te vuelves más tolerante, a no ser que seas una vieja gruñona", dice riéndose.
Algo parecido ocurre con la memoria, otro de los grandes temas que atraviesan su poesía reciente. En Sinceramente el pasado aparece muchas veces como un archivo que se desdibuja: fotografías que pierden color, palabras que dejan de usarse, recuerdos que se vuelven imprecisos... Pero Atwood se resiste a interpretar ese proceso de manera sentimental: "Recordar puede ser una bendición o una carga. Hay personas que prefieren no recordar porque el pasado fue demasiado doloroso y otras que desean recordarlo porque fue feliz, pero eso mismo les provoca tristeza porque ya no pueden volver allí. En mi caso, me considero una afortunada por tener memoria", dice.
Un torrente de recuerdos que destiló hace poco en su monumental y muy detallada autobiografía Libro de mis vidas, donde se despachaba a gusto con mucha gente, incluida ella misma. "Cuando llegas a mi edad, mucha gente que has conocido ya ha muerto, así que puedes contar historias sobre ellos y sobre ti mismo que quizá no habrías contado 30 años antes", dice sonriendo con picardía.
"Viviendo en Canadá tenemos una perspectiva muy clara de lo que son los Estados Unidos de Trump. Y no queremos ser el estado 51"
Ese interés por los detalles biográficos es algo clave en la forma en que construye sus personajes de ficción. Cuando empieza una novela, confiesa, una de las primeras cosas que hace es anotar la fecha de nacimiento del personaje. Año y mes. "No es una manía trivial, es algo fundamental que permite situarlo dentro de los grandes acontecimientos históricos que podrían haber marcado su vida. Cuando desarrollo un personaje necesito saber qué estaba pasando cuando tenía diez años, o quince, qué comía, dónde vivía, qué guerras o crisis ocurrieron durante su juventud... Y es que todo eso influye muchísimo en la manera en que alguien ve el mundo", afirma.
En su propio caso, dice, la fecha es significativa: 1939, lo que considera "una suerte". "Soy de las pocas personas con vida que recuerda aquellos años. Eran los tiempos de la guerra y de la Gran Depresión, por lo que había una baja natalidad, pero luego llegó el baby boom. Cuando éramos jóvenes no éramos suficientes para cubrir el ritmo de crecimiento de todo, así que era mucho más fácil encontrar trabajo", rememora. "No se trataba de si tendríamos trabajo, sino de qué tipo de trabajo tendríamos, por eso fuimos tan afortunados".
Una escritura profética
Quizá por eso Atwood mira el presente y el futuro con una mezcla muy particular de escepticismo y esperanza obstinada. Algo que aplica a la zozobra política actual con su mezcla de ironía y pragmatismo. "Se avecinan tiempos difíciles por varias razones: el envejecimiento de la población y la baja natalidad, la degradación ambiental y el calentamiento global o la posibilidad de que alguien de gatillo fácil apriete el botón nuclear", repasa. "Sin embargo, es curioso cómo hoy en día las grandes preocupaciones globales son las mismas que en mi juventud: el paro y la economía, la bomba atómica, el cambio climático... Parece que no avanzamos".
A pesar de esa sensación de repetición, asegura que haber vivido tantos años también le da una perspectiva histórica más amplia. "Con la edad una se vuelve más inclusiva, entiendes que no es sólo tu propia sociedad la que tiene cosas horribles, sino que todas esconden monstruos". Lo que le hace relativizar las cosas, por ejemplo, el que Estados Unidos esté comandado por "un mentiroso analfabeto". "Recuerdo que cuando Donald Trump fue elegido por primera vez y después reelegido, muchos jóvenes que habían vivido en una sociedad bastante estable hasta entonces dijeron: '¡Buuuuu, buuu, buuu [imita el balbuceo], esto es lo peor que ha pasado jamás!'. Yo, sin embargo, afirmo que no lo es. Han pasado y pasarán cosas peores", asegura.
"La gente habla de la revolución, pero no es consciente de que todas comienzan con visiones utópicas y acaban con Stalin o con el Terror"
De hecho, Atwood rememora cuando a ella misma se la tildaba de exagerada: "Cuando escribí El cuento de la criada en 1985 y vine de gira por Europa, los europeos me llamaban loca. No creían que Estados Unidos, ese 'faro de la libertad y líder del mundo libre', pudiera acabar siendo una teocracia autoritaria como la de mi novela. Ahora siempre me llaman profeta", afirma con suficiencia y exhibiendo una sonrisa lobuna. Y remacha: "viviendo en Canadá tenemos una perspectiva muy clara de los son los Estados Unidos de Trump. Y no, no queremos ser el estado número 51, muchas gracias".
La alusión a su novela abre la puerta del feminismo, una de las grandes señas de identidad de la escritora, muy presente también en sus poemas, como en "La ropa de la princesa", una ácida crítica a la represión del cuerpo femenino a través de la moda a lo largo de la historia o "Canciones para hermanas asesinadas", que trata sobre violencia de género. "Sé que son temas crudos y polémicos, pero ¿cuál sería la alternativa? ¿No introducirlos? No gracias, estoy muy vieja para escribir con escrúpulos, dudas e inquietudes", asegura.
Sobre la situación actual del feminismo, lamenta el retroceso que le recuerda a los años 80 que inspiraron su obra más célebre. "Todo viene del pasado. En la historia de cualquier país hay ideas antiguas que permanecen latentes y pueden resurgir si se dan las condiciones adecuadas. Yo me inspiré en las antiguas teocracias de la época fundacional porque la era del presidente Reagan trajo un auge del fundamentalisto religioso, de la época de la quema de brujas. Y se me ocurrió una pregunta muy simple: ¿si una sociedad quisiera imponer esa visión de la mujer, cómo lo haría exactamente? La respuesta fue Gilead", explica. "En los 80 vimos una reacción al feminismo de los 70 y a sus logros, y hoy vuelve a ser atacado por lo conseguido en el siglo XXI. Ahora mismo, no creo que sea un buen momento para las escritoras feministas, porque la gente se hartó del #MeToo. Me preocupa, pero también me da esperanza, pues esas ideas resurgieron entonces y lo harán en el futuro", desea.
Quizá por eso Atwood mira el presente y el futuro con una mezcla muy particular de escepticismo y esperanza obstinada. Algo que aplica a la zozobra política actual con su mezcla de ironía y pragmatismo. "Se avecinan tiempos difíciles por varias razones: el envejecimiento de la población y la baja natalidad, la degradación ambiental y el calentamiento global o la posibilidad de que alguien de gatillo fácil apriete el botón nuclear", repasa. "Sin embargo, es curioso cómo hoy en día las grandes preocupaciones globales son las mismas que en mi juventud: el paro y la economía, la bomba atómica, el cambio climático... Parece que no avanzamos".
A pesar de esa sensación de repetición, asegura que haber vivido tantos años también le da una perspectiva histórica más amplia. "Con la edad una se vuelve más inclusiva, entiendes que no es sólo tu propia sociedad la que tiene cosas horribles, sino que todas esconden monstruos". Lo que le hace relativizar las cosas, por ejemplo, el que Estados Unidos esté comandado por "un mentiroso analfabeto". "Recuerdo que cuando Donald Trump fue elegido por primera vez y después reelegido, muchos jóvenes que habían vivido en una sociedad bastante estable hasta entonces dijeron: '¡Buuuuu, buuu, buuu [imita el balbuceo], esto es lo peor que ha pasado jamás!'. Yo, sin embargo, afirmo que no lo es. Han pasado y pasarán cosas peores", asegura.
"La gente habla de la revolución, pero no es consciente de que todas comienzan con visiones utópicas y acaban con Stalin o con el Terror"
De hecho, Atwood rememora cuando a ella misma se la tildaba de exagerada: "Cuando escribí El cuento de la criada en 1985 y vine de gira por Europa, los europeos me llamaban loca. No creían que Estados Unidos, ese 'faro de la libertad y líder del mundo libre', pudiera acabar siendo una teocracia autoritaria como la de mi novela. Ahora siempre me llaman profeta", afirma con suficiencia y exhibiendo una sonrisa lobuna. Y remacha: "viviendo en Canadá tenemos una perspectiva muy clara de los son los Estados Unidos de Trump. Y no, no queremos ser el estado número 51, muchas gracias".
La alusión a su novela abre la puerta del feminismo, una de las grandes señas de identidad de la escritora, muy presente también en sus poemas, como en "La ropa de la princesa", una ácida crítica a la represión del cuerpo femenino a través de la moda a lo largo de la historia o "Canciones para hermanas asesinadas", que trata sobre violencia de género. "Sé que son temas crudos y polémicos, pero ¿cuál sería la alternativa? ¿No introducirlos? No gracias, estoy muy vieja para escribir con escrúpulos, dudas e inquietudes", asegura.
Sobre la situación actual del feminismo, lamenta el retroceso que le recuerda a los años 80 que inspiraron su obra más célebre. "Todo viene del pasado. En la historia de cualquier país hay ideas antiguas que permanecen latentes y pueden resurgir si se dan las condiciones adecuadas. Yo me inspiré en las antiguas teocracias de la época fundacional porque la era del presidente Reagan trajo un auge del fundamentalisto religioso, de la época de la quema de brujas. Y se me ocurrió una pregunta muy simple: ¿si una sociedad quisiera imponer esa visión de la mujer, cómo lo haría exactamente? La respuesta fue Gilead", explica. "En los 80 vimos una reacción al feminismo de los 70 y a sus logros, y hoy vuelve a ser atacado por lo conseguido en el siglo XXI. Ahora mismo, no creo que sea un buen momento para las escritoras feministas, porque la gente se hartó del #MeToo. Me preocupa, pero también me da esperanza, pues esas ideas resurgieron entonces y lo harán en el futuro", desea.
La vocación de la literatura
Pero más allá de lo mal que esté el mundo, la escritora no es partidaria de revoluciones. "Me inquieta que se utilice ese término, y no porque se lo asocie a la izquierda radical, sino porque la gente no es consciente de qué es realmente una revolución", asegura. "Da igual cuál escojas, todas comienzan como visiones utópicas: 'Las cosas van a ser mucho mejor para todos si solo...'. Y cuando te descuidas acabas con Stalin o con el Terror de la Francia del XVIII. Así que no estoy segura de que realmente nadie quiera ese tipo de revolución", dice con ironía.
"La muerte da miedo en la mediana edad, no en la vejez. A mí no me entusiasma la perspectiva, pero ya me he hecho a la idea"
Superada la política, el último tema de reflexión de Sinceramente es, cómo no, la muerte, un tema que la escritora no rehuye. "En realidad, la muerte sólo le da miedo a la gente de mediana edad. Cuando eres joven no piensas en ella, la ves muy lejos. Y cuando eres viejo...a mí no me entusiasma la perspectiva, pero ya me he hecho a la idea", bromea. Más seria, añade: "No sirve de nada pensar en ella porque no podemos hacer nada al respecto. En contra de la opinión popular, no puedo predecir ni controlar el futuro, así que de qué sirve preocuparse", zanja.
De lo que sí se preocupa es de seguir escribiendo, a ordenador, confiesa, pero sin tecnología extra: "De la inteligencia artificial sólo sé que es pésima haciendo poemas y que imita bastante mal mi estilo", asegura jocosa. Atwood escribe no porque espere algo concreto de la literatura ni porque tenga un objetivo definido, más bien porque escribir es una vocación.
Y una vocación, recuerda, "no funciona como un trabajo convencional. No hay un horario fijo ni un resultado garantizado. A veces la inspiración llega, otras veces no, pero tú sigues escribiendo", afirma antes de negarse a desvelar qué es lo que la ocupa. "Detesto hablar de qué escribo, porque Puedes hacer planes, pero en realidad no controlas hasta el último minuto si una idea fantástica se convertirá en un libro. Hay que descubrirlo durante el proceso". Y en ese proceso la dejamos, con todo un soleado día por delante para perseguir la escritura. (El Mundo)
Pero más allá de lo mal que esté el mundo, la escritora no es partidaria de revoluciones. "Me inquieta que se utilice ese término, y no porque se lo asocie a la izquierda radical, sino porque la gente no es consciente de qué es realmente una revolución", asegura. "Da igual cuál escojas, todas comienzan como visiones utópicas: 'Las cosas van a ser mucho mejor para todos si solo...'. Y cuando te descuidas acabas con Stalin o con el Terror de la Francia del XVIII. Así que no estoy segura de que realmente nadie quiera ese tipo de revolución", dice con ironía.
"La muerte da miedo en la mediana edad, no en la vejez. A mí no me entusiasma la perspectiva, pero ya me he hecho a la idea"
Superada la política, el último tema de reflexión de Sinceramente es, cómo no, la muerte, un tema que la escritora no rehuye. "En realidad, la muerte sólo le da miedo a la gente de mediana edad. Cuando eres joven no piensas en ella, la ves muy lejos. Y cuando eres viejo...a mí no me entusiasma la perspectiva, pero ya me he hecho a la idea", bromea. Más seria, añade: "No sirve de nada pensar en ella porque no podemos hacer nada al respecto. En contra de la opinión popular, no puedo predecir ni controlar el futuro, así que de qué sirve preocuparse", zanja.
De lo que sí se preocupa es de seguir escribiendo, a ordenador, confiesa, pero sin tecnología extra: "De la inteligencia artificial sólo sé que es pésima haciendo poemas y que imita bastante mal mi estilo", asegura jocosa. Atwood escribe no porque espere algo concreto de la literatura ni porque tenga un objetivo definido, más bien porque escribir es una vocación.
Y una vocación, recuerda, "no funciona como un trabajo convencional. No hay un horario fijo ni un resultado garantizado. A veces la inspiración llega, otras veces no, pero tú sigues escribiendo", afirma antes de negarse a desvelar qué es lo que la ocupa. "Detesto hablar de qué escribo, porque Puedes hacer planes, pero en realidad no controlas hasta el último minuto si una idea fantástica se convertirá en un libro. Hay que descubrirlo durante el proceso". Y en ese proceso la dejamos, con todo un soleado día por delante para perseguir la escritura. (El Mundo)