En el psicoanálisis se entiende el concepto de identidad como un hecho y como un proceso a la vez. Eso quiere decir que la identidad tiene que ver con el Yo pero también con el proceso de formación del Yo. Reiteramos, del Yo, no del Ser.
Identidad, hay que aclararlo, no es el Ser sino que un proceso de desvinculación de un ser con respecto a otro ser cuando uno comienza a distinguir, desde el momento del lactar, que hay una presencia que lo alimenta, una que no hace la distinción con el Tú sino con un no-yo que todavía no es el Tú pero tampoco es todo Yo. Para los no familiarizados con la lógica psicoanalista, bastaría fijar unas sola frase: el Yo resulta de la diferenciación frente al Otro. Pero primero aparece lo otro y después aparece lo uno. La escisión entre lo otro y lo uno es, digamos así, el primer piso de ese edificio que llamaremos identidad personal.
El Yo -me parece que ahí hay un acuerdo de Eric Erikson con Sigmund Freud- resulta de un proceso de formación a partir de de la aparición del Tú, proceso largo que en muchos casos nos acompañará a lo largo y a lo ancho de la vida. El Yo, luego, supone la separación con respecto a un ser total y su conversión en un ser particular que espera el momento determinado en que reconocerá que yo soy yo y no soy tú.
“Yo soy” es el momento inicial del ser en sí, el comienzo de una larga marcha en conquista del propio Yo que no solo debe separarse del Tú, sino, además, necesita de la permanente presencia de un Tú para lograr esa separación. No todos lo logran: los que fracasan en ese proceso que lleva a diferenciar el Yo del Tú serán catalogados después con el epíteto de narcisistas, vale decir, de seres cuyo desgarro del sí mismo hacia afuera, donde reside el Tú, no ha sido logrado, o solo lo ha sido de modo insuficiente. En el lenguaje cotidiano hablamos de seres sin empatía.
Lo importante es reiterar que el Yo surge de un desgarro, uno que llevamos todos desde los inicios de la formación del Yo: un Yo del Ser que precede al Yo a partir del reconocimiento del Tú. Lacan diría – quizás lo dijo – ese proceso comienza a darse como la transformación de la madre-teta en la teta de la madre. En términos heideggerianos, es la separación del Yo con respecto a la totalidad del Ser y en términos bíblicos es la aparición de Dios ante Moisés cuando, desde la zarza ardiendo, Dios se definió a sí como “Yo soy el que soy”.
Siguiendo a la ontología bíblica, solo Dios es idéntico a sí mismo. Solo Dios es indivisible. Solo Dios es el yo y el tú y el nosotros y el vosotros al mismo tiempo. Por eso, cuando Dios se definió como “Yo soy el que soy” estaba diciendo a Moisés, y tú eres Moisés, el que llegaste a ser desde que te salvaron de las aguas: un hombre. Un humano, el líder de un pueblo y desde el momento en que hablas conmigo, un hombre de Dios. Dios es Dios. Moisés, solo uno entre muchos.
A Moisés podemos diferenciarlo por muchas identidades: como un hombre, o como un desertor de la casta faraónica, o como el líder de los judíos esclavos en Egipto. Moisés, como cada humano, poseía varias identidades, pero una era la principal en cada capítulo de su vida. Así sucede también con cada uno de nosotros: Quien escribe estas líneas, por ejemplo, puede definirse por su sexo, por su nacionalidad, por su oficio, por su religión, por su edad, por sus ideas políticas, literarias, futbolísticas. Para unos seré más lo uno que lo otro. Eso quiere decir que no solo uno sino otros intervienen en la conformación de una identidad. La identidad, luego, no solo es un "para sí! sino, también, un "para los demás". Pues bien, a lo largo de nuestras vidas tratamos de que nuestro Yo corresponda más o menos con la identidad que cada uno cree que es o debería tener, o lo que es parecido, que nuestra identidad interna corresponda de modo aproximado con la externa, la que se nos adjudica.
El Freud maduro dijo que la identidad corresponde al Ideal del Yo (para diferenciarlo del Yo-Ideal); o en mis palabras menos finas, con lo que uno quisiera ser reconocido durante su vida y recordado después de su muerte. Lo importante es que cada uno desea ser reconocido de una manera similar o aproximada a como uno se reconoce a sí mismo. Cuando la discordancia entre la identidad interna no es equivalente con la identidad que recibimos del mundo externo, comenzamos entonces a hablar de problemas de identidad. Ese es, pienso yo, el problema básico de la condición humana, la única que puede definirse por su desgarro interior. Esa también es la fuente de nuestro dolor, pero a la vez, es la condición de la humanidad del Ser. Por eso, durante la vida, tratamos que ese desgarro interno -que es, repito, la condición de la existencia del Yo, es decir, de nuestra identidad- no nos duela demasiado. Esa es la razón por la que el Yo al romper con el Tú busca permanentemente al Tú del que una vez se separó. Lo busca para fusionarse con el Tú, pero también para separarse del Tú.
El deseo de fusión con el Tú, al que a veces llamamos amor, resulta del intento fracasado para cerrar el desgarro gracias a la intervención del Otro, sucedáneo de la madre y del padre originario. Ese es el deseo de integrar al Tú en el Yo, pero sabiendo que eso es imposible, pues si lo hacemos, desaparecerá ese Tú que es, a la vez, la condición de existencia del Yo. Todo amor humano está destinado al fracaso y -esta es la endiablada paradoja– esa imposibilidad,es la que hace posible al deseo de amor (si quieren lo llamamos fusión)
La identidad se define entonces por un sentido de pertenencia y de no pertenencia con respecto al Tú (o en plural, al Nosotros). Pero hay pertenencias duras y hay pertenencias blandas, o dicho en los términos de Michael Walzer, cambiables e intercambiables. El problema deviene, por lo tanto, cuando hacemos de un pertenencia cambiable una intercambiable. O al revés.
Yo soy de origen latinoamericano, yo soy padre de familia, yo soy hombre y no mujer ni tampoco ambas cosas, todo eso que soy no lo puedo cambiar. Pertenecen a mi Ser-Yo.
Ser comunista o conservador, amante de la música clásica y no del rock, fanático del fútbol y no del tenis, del vino tinto y no del blanco, son en cambio identidades intercambiables y de hecho, muchos hemos cambiado unas por otras en el curso de nuestra existencia. Ahora bien, donde más se nota la conversión de una pertenencia o identidad cambiable por una no cambiable (o de una blanda por una dura) es en dos campos: el de la religión y el de la política. Y ahí voy ahora.
En la religión buscamos la fusión del presente con la eternidad, es decir, de lo humano con lo divino. En cada religión subyace el deseo de no morir, y la alternativa solo puede ser encontrada en el vivir más allá de esta vida, en otra vida. Solamente gracias al amor a la vida total o eterna, encontramos el sentido de la vida parcial y limitada. Pero a la vez la eternidad debe darnos una garantía de que más allá de esta vida hay otra vida y esa garantía solo la podemos recibir a escala humana. Por eso justamente necesitamos que lo divino aparezca en lo humano, ya sea en la presencia de un Mesías que ya vino como en el cristianismo, o en el de un Mesías que vendrá como en el judaísmo, o simplemente en la persona de un profeta encomendado por Dios, como en el islamismo. Gracias a ese Mesías o encomendado conectamos nuestro dispositivo divino con Dios y así nos elevamos hacia la eternidad y dejamos de ser un simple estar-aquí para integrarnos en el Ser de los tiempos todos. El ser del humano se integra, gracias al auxilio religioso, en el Ser de lo divino.
Dios, o el Ser total y Eterno, otorga gracias a su presencia visible e invisible un sentido a la vida circunstancial que vivimos. Por eso son muy pocos, no he conocido a ninguno, que, después de haber sido un ser religioso, se haya convertido en un ser ateo, aunque sí he conocido a varios ateos que sí se han convertido en seres religiosos. Si has pensado en Dios ya estás con Dios. Así nos explicamos que Dios para los seres religiosos será siempre un Ser difuso o precario ante los ojos de lo humano. La plena existencia, la absoluta visibilidad de Dios no pertenece al reino de este mundo. Si perteneciera, habríamos encontrado a Dios pero, si lo encontramos, no necesitamos buscar a Dios.
La condición de la existencia de Dios en el mundo religioso no reside en el encuentro con Dios sino en su búsqueda, no en el sentimiento sino en el pre-sentimiento. Por eso, religiosos o no, nunca estamos conformes con nuestro simple estar aquí. Queremos encontrar a Dios o por lo menos a su Mesías y hay veces en que creemos haberlo encontrado. No obstante, el Dios encontrado, justamente porque es encontrado, nunca podrá ser Dios. Cuando más, un ídolo. Pero el ídolo nunca podrá ser divino, cuando más será un simulacro de lo divino.
El humano es un animal para-mesiánico. Lo es porque busca el “cierre” entre el Yo y el Ser total, la simbiosis entre lo humano y lo divino, el reencuentro de la unidad que perdimos en nuestra primera infancia cuando no eramos ni siquiera un Yo, solo pura existencia no desgarrada. La omnipotencia del bebé, la llamaba Freud.
El Yo es la autoconciencia de nuestra radical incompletud. Y justamente esa búsqueda es la que nos conduce, en nuestros desiertos personales o colectivos, a sustituir a Dios por un ídolo al que le cedemos nuestra, o parte de, nuestra identidad, para indenticarnos con nosotros y entre nosotros. Puede ser entre los jóvenes una estrella de cine, o un cantante de rock; o más adultos, un amor imposible (una Dulcinea por ejemplo) y, en la política, un líder al que concedemos atributos mesiánicos. La divinidad pagana es el sustituto de la religión espiritual. Solo así nos explicamos por qué una líder populista venezolana dijo una vez, “el nuestro es un movimiento espiritual”. Con esa afirmación, y tal vez sin darse cuenta, ella estaba diciendo “nuestro movimiento no es político“. En efecto, solo las religiones, a veces el arte, son espirituales. No hay casi nada en la vida que sea tan poco espiritual como la política.
Mientras en la religión buscamos la unidad con el Otro, en la política buscamos la división con el Otro. Mientras en la religión necesitamos de la fe, en la política necesitamos de la duda. Mientras en la religión nos postramos humildemente ante la eternidad, en la política nos activamos buscando el poder terreno. Mientras en la religión buscamos la meditación silenciosa, en la política buscamos la deliberación, a veces muy ruidosa de la polis. Por eso, quienes en los líderes buscan al Mesías, están destinados al fracaso. Y los que un día creyeron ser una o un Mesías, serán después vilipendiados por esas mismas masas que ayer con pasión los siguieron y amaron.
El líder político, cuando es visto como, o cuando imagina ser, un Mesías, termina siendo un personaje trágico.