No podemos negarlo. En lo que entendemos por mundo occidental, queramos o no, estamos viviendo una crisis de la democracia. Prácticamente no hay país democrático que no se encuentre amenazado, no solo desde fuera sino también desde dentro, por fuerzas políticas que no rinden culto a la democracia. En términos generales, por extremos que en su forma de movimientos de masas, de partidos y de gobiernos, amenazan arrasar con instituciones y valores que en algún momento parecieron inamovibles. Los llamados movimientos populistas, predominando hoy los que se dicen de derechas, son dirigidos por líderes autoritarios, con evidentes tendencias autocráticas, y algunos, esto es lo más preocupante, seguidos por grandes masas con un fervor casi religioso. Y lo más nuevo, este fenómeno no es regional sino mundial.
Basta recordar que hasta hace un par de decenios lo que sucedía en Europa parecía estar muy lejos de lo que sucedía en América Latina. Hoy vemos que, de un modo cada vez más intenso, las tendencias políticas tienden a concordar. Lo que dice Waidel en Alemania, Le Pen en Francia, Orbán en Hungría, Abascal en España, no se diferencia casi nada de lo que dicen Putin y Trump, ni de lo que dicen Milei, Kast, o líderes de movimientos nacional populistas como son los de Bolsonaro (hijo) en Brasil o Bukele en El Salvador.
Estamos frente a una nueva ola antidemocrática, diría Samuel Hungtinton. A esa ola podría sumarse el movimiento mesiánico mas que político conducido por la líder venezolana María Corina Machado cuya toma de posición frente al gobierno español parece marcar la ruta pro-Trump que en el futuro tomará.
No deja de ser ironía que todos estos movimientos, partidos y gobiernos, algunos llamándose nacionalistas, mantienen una cohesión internacional que nunca tuvieron movimientos llamados internacionalistas como fueron los socialistas, socialcristianos y comunistas.
La nueva derecha aunque dice ser nacionalista es muy internacionalista. Sin embargo, ninguno de estos gobiernos, movimientos y partidos, se declaran antidemocráticos como sí lo hicieron los fascistas del pasado. Y, en cierto sentido, tienen razón. En modo literal, si entendemos por democracia al gobierno del pueblo, tales gobiernos no son antidemocráticos. Todos ellos se declaran democráticos, pero a la vez –y este es el punto- anti liberales. Lo que ellos rechazan no es la democracia “en sí” sino la democracia liberal. De tal manera, podrían afirmar algunos teóricos, la diferencia no se da entre democracia y antidemocracia sino entre dos modos de entender la democracia. ¿Cuál sería entonces la diferencia entre la democracia populista y la democracia liberal? Esa es la inevitable pregunta.
La democracia liberal es tributaria de una ideología, la del liberalismo político. De acuerdo a esta concepción, las libertades democráticas que todos conocemos, deben estar vigiladas institucional y constitucionalmente. El pueblo de la democracia liberal es un pueblo sometido al derecho y a las leyes y sus intereses deben ser mediados por partidos en elecciones periódicas. El órgano representante del pueblo reside en los poderes ejecutivos y parlamentarios. En breve: la democracia liberal, la que todos conocemos, es una democracia reglamentada. Ahí reside la gran diferencia con la llamada democracia i-liberal (Orbán) la que en rigor debe ser definida como una democracia anti-liberal.
La democracia anti-liberal, a diferencias de la liberal, concede primacía al Ejecutivo por sobre los demás poderes del Estado. Muchas veces, para sus gobernantes, el gobierno es el Estado. El Ejecutivo representado en el líder se autoconcede poder sobre las instituciones, entre ellas el parlamento y el poder judicial. La política, a diferencias de la que prima en la democracia liberal, deja de ser actividad deliberativa y se transforma en conducción personalista y ejecutiva. El gobernante, bajo estas condiciones, no solo debe ser considerado como representante de un partido o una ideología sino de la cultura, de la tradición e incluso de la religión como ya sucede en Rusia y en los propios EE UU. En última instancia, las raíces históricas del gobernante anti-liberal son más monárquicas que republicanas, de ahí que, no en pocos casos, los gobiernos antiliberales se convierten -como está ocurriendo en Rusia, en Hungría, en Turquía, en Israel- en gobiernos confesionales y autoritarios.
La crítica antiliberal a la democracia liberal debe ser tomada muy en serio. Y, esto por tres razones:
La primera razón es que si recurrimos a los grandes pensadores políticos, desde la Antigüedad Clásica hasta nuestros días, nos vamos a encontrar con la sorpresa de que, lo que entendemos por democracia liberal de masas, está lejos de ser favorecida por ellos.
No hay ningún filósofo político griego que haya sido partidario de la democracia. Para Platón era una de las más bajas y peligrosas formas de asociación política. En La República, sobre todo en su famosa analogía de “el barco y el timón”, explica Platón que la democracia o gobierno del pueblo conduce al dominio de los ignorantes y al naufragio de los gobiernos. El pueblo, para Platón, es una multitud manipulable por demagogos que apelan a emociones y deseos por sobre toda racionalidad. Dicha tesis la vio Platón dolorosamente confirmada con la muerte de Sócrates, cuando un gobierno de ignorantes, atizando el odio de la multitud, eliminó al hombre más sabio de toda la ciudad.
Como alternativa a la democracia, Platón se mostró partidario de la Sofocracia, o gobierno de los sabios. En una escala de gobiernos (hoy la llamaríamos tipologías) pone en primer lugar a la Aristocracia, o gobierno de los mejores, en segundo lugar a la Timocracia, es decir, a los grandes héroes militares, en tercer lugar a la Oligarquía o gobierno de los ricos, y recién en cuarto lugar, a la Democracia; en quinto lugar a la Tiranía.
La Democracia es deleznable según Platón porque en su incapacidad para gobernar lleva a la Tiranía. Esta última tesis la haría suya Aristóteles para quien entre Tiranía y Democracia hay una estrecha filiación. Para ambos filósofos, un buen gobierno debe mantener a raya a las multitudes.
Para Aristóteles la democracia era una forma de gobierno surgida como resultado de la pérdida del equilibrio social. Pragmático como era, se pronuncia, diferenciándose de Platón, a favor de la Monarquía en donde estaría simbolizado un Poder cuyo cometido es vigilar que otros poderes situados en el contexto social, no se desequilibren entre sí. Por eso postulaba Aristóteles que el poder debería estar situado en los sectores intermedios de la estructura de la Polis. Para el gran filósofo, los ricos pecan de arrogancia y los pobres de ignorancia. Podríamos así decir que, mientras Platón operaba con elementos politológicos, Aristóteles lo hacía con elementos sociológicos. En cierto sentido sus tesis son mesocráticas, o lo que es igual, apelaba al núcleo central de la Politeia (ciudad política o república).
A pesar de sus muchas diferencias, con relación a la democracia hay coincidencias entre Platón y Aristóteles. La democracia debe ser rechazada, según ambos, porque al integrar a las clases bajas, crea condiciones para el advenimiento de dictaduras. En palabras actuales, podríamos decir que ambos filósofos se plantean en contra del peligro populista. En verdad, no pocas dictaduras de la modernidad han sido precedidas por movimientos populistas, es decir por movimientos de masas desintegradas.
Muchos siglos después de Platón y Aristóteles, Hannah Arendt, profunda conocedora de la filosofía clásica griega, también advertiría en su libro sobre los Orígenes del Totalitarismo que el fenómeno totalitario, en su forma nazi y staliniana, había sido precedido por la alianza entre el líder y el “Mob” (masas en estado de desintegración). En ese punto, así como en muchos de sus escritos, Arendt concordaba con Emmanuel Kant en el sentido de que también para el filósofo alemán la democracia solo era una forma, y no la mejor, de la República. Por eso Kant no optó por defender a la democracia en contra de la Monarquía sino a la República dejando el campo abierto para que la República fuese monárquica o parlamentaria.
Sintetizando, para Kant, la República es el estado de derecho en donde el poder ejecutivo está separado del legislativo. Se basa en la libertad, la igualdad ante la ley y en el principio representacional. Democracia, según Kant, es una forma de despotismo pues si todo está sometido al principio de las mayorías se termina sometiendo a la minoría, convirtiendose en un gobierno de la voluntad de todos (Rousseau) y no en un gobierno de la ley.
Podemos decir que lo que entendemos hoy por democracia constitucional es lo que entendía Kant por República, y lo que entendemos por democracia populista es lo que se entendía, en los tiempos griegos, y después por Kant, por democracia.
Arendt siguiendo a Kant (y en cierto modo a Tocqueville) concebía a la democracia norteamericana, no tanto como una democracia liberal sino como una república constitucionalmente bien constituida, impermeable frente a acosos de masas enardecidas. La democracia para Arendt, sigiendo otra vez a Kant, no es un ideal, pero sí un proceso basado en instituciones difícilmente modificables.
La segunda razón nos dice que no está escrito en ninguna parte que la democracia será para siempre la forma de organización predominante en la política de las naciones. Que la democracia fuera para Churchill “la peor forma de gobierno con la excepción de todas las demás” no significa que alguna vez no surgirá alguna forma de gobierno, si no superior, diferente a todas las que hemos conocido.
Pero la frase de Churchill dice más de lo que parece decir. Por de pronto, dice que la democracia no es perfecta sino perfectible. Una frase que corresponde con el pesimismo antropológico heredado de Hobbes. Los gobiernos, según Hobbes. no pueden ser perfectos porque el ser humano no es perfecto. Pero sí puede ser mejor de lo que es, gracias a los procesos que se dan al interior de un orden democrático, agregamos aquí. También puede ser peor, como opina Hobbes, pero aún así, la peor de las democracias no puede ser peor que la mejor de las dictaduras, pensó Churchill. En cierto modo, la de Churchill, es una toma de posiciones a favor de la libertad, pero a la vez entendiendo que esa libertad debe estar garantizada por un orden constitucional, como aspiraba Kant. Visto así, la democracia, cuando las demandas por la libertad son demasiadas, o utópicas, o imposibles de ser realizadas a corto plazo, puede ser vista por muchos como un muro de contención.
No todas las libertades son posibles de ser alcanzadas, es un dictamen que muchos grupos políticos no aceptan. El gobierno democrático debe efectivamente mediar entre excesos libertarios y proyectos radicalmente conservadores. Esa mediación se llama hoy política. El exceso de libertades puede llegar a ampliar el campo de la democracia pero al precio del deterioro del orden republicano, deducimos de Kant. Los extremismos “de izquierda” eligen entre el orden republicano, y el cumplimiento de las demandas democráticas, la segunda alternativa. Los ultraconservadores, al revés. Por lo general, ambos extremismos se dan de modo combinado. Para poner un ejemplo, un Putin y un Trump, levantan políticas sobre el cuerpo humano, sobre todo el de las mujeres, apelando a viejas tradiciones culturales y religiosas, pero a la vez permiten que los depositarios del poder violen esas tradiciones cuantas veces quieran. El caso Epstein no es una singularidad. Trump y Putin no solo son libertarios como Milei; además son libertinos.
Milei y Bolsonaro (hijo), encarnan, está de más decirlo, los prototipos de lo que, en oposición a la democracia liberal podríamos llamar democracias populistas de “derecha”, de la misma manera que en el pasado reciente personajes como Chávez y Morales representaban a las democracias populistas de “izquierda”. Trump, a través del movimiento MAGA intenta integrar a las dos a la vez. Por eso, ante el estupor de sus conciudadanos, un día es conservador y otro día es anarco. En ese punto (solo en ese) el populismo de Trump coincide con el que fuera movimiento fascista europeo: revolucionario y contrarrevolucionario a la vez.
La tercera razón es que la democracia liberal fue construida, o por lo menos reforzada, en oposición a los regímenes comunistas que imperaron hasta 1989-1990. Los valores que proclama son la negación de los que levantaban las dictaduras comunistas durante el imperio de la URSS y de la China de Mao Tse Dong. Ahora, habiendo sido derrotado el comunismo en los países europeos, el concepto de democracia liberal como oposición a la democracia socialista, debió experimentar modificaciones, tanto a nivel internacional como nacional.
En términos simples, la republicanización democratica occidental mantuvo su legitimidad en el marco de una confrontación bipolar de acuerdo a normas y reglas que se dieron en las grandes potencias, en este caso, EE UU y la URSS. En ese sentido, en la mayoría de las repúblicas democráticas existía plena concordancia con el mundo internacional. Con el fin de la Guerra Fría -a la que se suma la irrupción de una globalización económica, más una revolución digital cuyas consecuencias sociales y políticas están lejos de ser analizadas entre ellas, las más grandes migraciones de la historia universal- las relaciones internacionales también debían cambiar.
Las invasiones iniciadas por EE UU en las dos Guerra del Golfo a las que siguieron las invasiones de la Rusia de Putin en Chechenia, en Georgia, en Siria, en Ucrania, terminaron por romper la delgada cáscara republicana que amparaba al mundo durante la Guerra Fria. Visto desde esa perspectiva, el advenimiento de un gobierno populista y autoritario en los EE UU, lejos de iniciar la quebrazón del orden jurídico internacional, fue más bien el resultado de este. Trump solo ha asumido la lógica de una nueva realidad.
El orden internacional del pasado reciente ya no existe, de modo que las tres primeras potencias mundiales pueden actuar como les parezca conveniente. Ahora bien, si el principio de convivencia republicana ha sido roto a escala mundial, lo más probable es que lo mismo suceda a escalas regionales y nacionales. En breve: hoy no hay orden mundial; hay anarquía mundial.
En este nuevo terreno Putin y Trump se mueven como peces en el agua. Para entender ese mundo, en consecuencia, no nos sirven los filósofos griegos, ni Kant, ni siquiera Hannah Arendt. Pero si nos sirve alguien que esperaba su momento para regresar a la escena política. Sí, me refiero a Maquiavelo.
En el microespacio mediterráneo del año 1512, cuando Maquiavelo escribió su joya, El Príncipe, no existían países constitucionalmente organizados y mucho menos algo parecido a una legislación internacional. Lo mismo ocurre hoy. En el nuevo macro-espacio mundial el mundo se ha vuelto maquiavélico. Sin leyes ni normas, el destino de las naciones está librado a la discreción (Maquiavelo dice, astucia) de sus gobernantes. Eso quiere decir que la política de cada nación tenderá a ser personalizada, es decir, muy poco republicana y menos aún, democrática. Ahora bien, los príncipes de nuestro tiempo son principalmente tres: Putin, Trump y Xi. Para ellos rigen los consejos que dictó en su tiempo Maquiavelo a su Príncipe.
Maquiavelo dividía a los estados-naciones en tres tipos: Hereditarios, Nuevos y Eclesiásticos. Hereditario son en parte el de Putin, elegido por el ex presidente Jelzin y el de Xi, quien recibió su herencia del Partido Comunista. El de Trump no lo es, pero ya ha nombrado a JD Vance como su sucesor. El marco en el cual deben realizar su política los príncipes, antes que el de la política, es el de la guerra. Putin lo sabía muy bien, Xi tMBIÉN lo sabe y por eso financia guerras desde la oscuridad de su oficina, y Trump lo ha descubierto recientemente.
Para ser un gran príncipe hay que ser un gran estratega militar. Putin y Xi lo son. De Trump no sabemos todavía si su guerra declarada a Irán será un gran éxito o un pantano, como lo fue para Kennedy y Nixon la de Vietnam.
En el arte de la guerra, Maquiavelo recomienda no usar demasiados mercenarios y confiarse más en los ejércitos regulares de sus naciones. Aquí Putin lleva las de perder en sus propósitos militares. Xi y Putin, en cambio, pueden confiar en sus ejércitos nacionales.
En cuanto a la religiosidad, Putin ha incorporado a la Iglesia ortodoxa al Estado, Xi mantiene su partido comunista con todas sus pompas y rituales, y a Trump lo hemos visto haciéndose masajear públicamente por los representantes de todas las sectas evangélicas.
La Virtud (que según Maquiavelo no tiene nada que ver con la virtud moral sino por la astucia para ejercer control sobre la realidad) es poseída por los tres adversarios, ganando por puntos Trump gracias a la audacia y capacidad de engaño mostrada en la extracción de Maduro así como por haberse servido de la estructura de poder del chavismo para ponerla al servicio de sus ambiciones económicas. También Trump ha mostrado audacia al arrancar de las manos de Putin a prácticamente todo el Oriente Medio.
Para Maquiavelo era muy importante ser más temido que amado. Xi siempre será temido por el inmenso poderío económico de China y por las redes que mundialmente domina. Putin es temido, pero más que temido, es odiado. En ese punto falló Maquiavelo. Si incluyó al amor, debería haber incluido al odio. Trump, a su vez, es amado, pero a la vez temido, no por sus proyectos sino porque uno no sabe con qué barbaridad va a salir al día siguiente.
En cuanto a la elección de sus consejeros, otra virtud según Maquiavelo, la ventaja la lleva lejos consigo XI pues tiene detrás de sí a todo un partido con muchos obedientes y eficientes expertos. Putin, sabiéndose odiado, no puede confiar en nadie. Y a Trump le gusta ser adulado; de eso no cabe ninguna duda. No obstante, ha creado una camarilla de consejeros a su alrededor entre los que se cuentan ministros como Vance y Rubio y desde más lejos, el ideólogo Steve Bannon.
Esa es la realidad: el mundo está en las manos de tres maquiavélicos anti-demócratas. De ellos dependerá nuestra suerte, no solo la personal sino la de la especie humana.
¿Y la democracia? Difícil que desaparezca, como vaticinó Sygmunt Bauman poco antes de morir. Lo más probable es que, si es construido un nuevo orden, esa democracia sobrevirá pero muy mutilada, algo así como la de Atenas, después de las guerras médicas.
Como sea, esa democracia ya no será la misma que una vez conocimos. Si esto es bueno o malo, no sé decirlo.