Donald Winnicott
La idea del inconsciente conserva algo de misterio desde que Sigmund Freud la introdujo con la fuerza de una revelación incómoda. Pensar que nuestra vida no está gobernada únicamente por decisiones conscientes, sino también por experiencias que se sedimentan desde el nacimiento y, de manera decisiva, durante la infancia y la adolescencia resulta tan fascinante como perturbador. No somos tan transparentes con nosotros mismos como creeríamos.
El inconsciente no dicta cada acto con una precisión mecánica, pero influye con una persistencia silenciosa. Cuando elegimos qué estudiar, con quién vincularnos, en qué país establecernos, cómo reaccionar ante el conflicto o el éxito, no partimos de un terreno neutro. Decidimos desde una historia emocional que comenzó antes de que tuviéramos lenguaje para nombrarla. Aquellos primeros años, vividos bajo el cuidado, siempre imperfecto, de nuestros padres, dejan impresiones que siguen operando mucho después de que creemos haberlas superado.
Sin embargo, rara vez pensamos en esto mientras todo parece funcionar.
Llamamos normal a aquello que se ha universalizado. Si la mayoría lo hace, debe ser razonable. Entre esas normalidades se encuentra la búsqueda de la felicidad. Desde la antigüedad hasta nuestro presente hipermoderno, la felicidad se ha asociado con el éxito: el éxito individual, social, profesional y económico. Y la fórmula más difundida para alcanzarlo es clara: eficiencia, disciplina, actividad constante, movimiento. Mantenerse en marcha. Producir. Avanzar. Naturalmente, también intervienen factores imprevisibles, la suerte, las circunstancias, aquello que algunos llaman providencia, pero el eje permanece: hacer.
Esa fórmula ha producido logros admirables. También ha generado efectos secundarios menos visibles. Basta observar el paisaje contemporáneo: una proliferación constante de ofertas terapéuticas, psicofármacos e intervenciones destinadas a aliviar la ansiedad, la depresión y múltiples formas de malestar psíquico. Algo en el modelo del rendimiento perpetuo parece haber tensionado el equilibrio interior de quienes lo adoptaron con mayor convicción.
Tal vez, sin advertirlo, hemos desplazado el centro de gravedad de la existencia. Hemos aprendido a hacer antes que ser y estar.
Pero ninguna de estas consideraciones resulta verdaderamente relevante hasta que la vida obliga a detenerse. Las teorías sobre el inconsciente, la infancia o la familia de origen permanecen abstractas mientras la maquinaria funciona. Solo adquieren peso cuando el estado emocional se vuelve imposible de ignorar: cuando la narrativa que sostenía nuestra identidad comienza a resquebrajarse, las relaciones se rompen y la depresión invade.
Durante mucho tiempo pareció obvio que la vida consistía en hacer cosas. No recuerdo haber recibido esa enseñanza de manera explícita; simplemente era el aire cultural que respirábamos. Hacer era avanzar. Hacer era mejorar. Hacer era, en el fondo, existir. Cuando algo no funcionaba, había que hacer otra cosa. Cuando algo dolía, había que intervenir. Incluso la pregunta por el sentido de la vida se formulaba en términos operativos: ¿qué debo hacer para que esto tenga sentido?
La idea de simplemente ser habría parecido, entonces, vaga o incluso irresponsable. ¿Ser qué? ¿Ser cómo? En un mundo organizado en torno al movimiento, el ser suena a una pausa injustificada. La quietud despierta sospecha. Detenerse demasiado parece peligroso, como si algo pudiera desmoronarse si dejamos de actuar.
Y, sin embargo, hay una fragilidad en esa lógica. Si existir depende únicamente de hacer, la vida queda atada a la energía disponible para sostener la acción. ¿Qué ocurre cuando esa energía se agota? ¿Qué sucede cuando el hacer deja de aliviar, cuando la acción ya no calma, cuando el esfuerzo no alcanza para mantener la historia que nos contamos sobre nosotros mismos?
Nuestra época ha encontrado una respuesta ingeniosa a esa incomodidad: intensificar el movimiento. Si el trabajo no basta, hay que optimizarse. Si el éxito no satisface, hay que reinventarse. Si la productividad cansa, aparece incluso la espiritualidad convertida en tarea: meditar para rendir mejor, sanar para funcionar con mayor eficiencia, transformarse para ser una versión más afinada de uno mismo. Seguimos haciendo, incluso cuando creemos estar buscando el ser.
Aquí las observaciones del psiquiatra norteamericano Mark Epstein resultan particularmente precisas. Gran parte de nuestra actividad, incluida la más sofisticada, puede nacer menos de la libertad que de la ansiedad. Actuamos para no sentir; nos movemos para no detenernos; deseamos el placer para evitar un vacío intolerable. El yo se mantiene en actividad constante no porque esté pleno, sino porque teme desmoronarse.
Freud ya había advertido que la vida psíquica se organiza en gran medida para evitar el dolor o el displacer. Incluso nuestras formas más elevadas de creatividad, la sublimación, pueden ser respuestas elaboradas a conflictos no resueltos. La cuestión no es sublimar, sino desconocer que lo estamos haciendo.
Hay, además, una consecuencia más sutil de este mundo centrado en el hacer: la pérdida del otro como ser. No la pérdida física, sino la pérdida perceptiva. Cuando la existencia se organiza en torno al rendimiento, las personas comienzan a aparecer como funciones: placer, aliados, obstáculos, espejos, promesas. Nos relacionamos, sí, pero desde la expectativa o la necesidad, no desde el reconocimiento.
No se trata de cinismo ni de mala intención. Reconocer al otro como ser es difícil cuando uno mismo no se experimenta así. Donald Winnicott formuló esta intuición con una sencillez luminosa al hablar del going on being: la posibilidad básica de continuar siendo, de existir sin tener que justificarse constantemente ante el entorno.
Cuando esa experiencia no se mantiene lo suficiente en la infancia, el ser no desaparece, pero se repliega. En su lugar surge una estructura adaptativa eficaz, funcional, orientada al hacer: lo que Winnicott llamó el falso self. No es una impostura deliberada, sino una solución temprana que permite sobrevivir. Pero esa supervivencia tiene un precio: una vida organizada más por la respuesta que por la presencia.
Desde allí, el otro resulta difícil de percibir en su plena humanidad. Si no sé estar conmigo sin hacer, tampoco sé estar con otro sin necesitarlo, idealizarlo o utilizarlo para sostener mi identidad. Confundimos entonces la intensidad con el amor, el apego con la profundidad. El amor, si la palabra conserva algún significado, implica reconocer al otro como otro, permitirle existir fuera de nuestras fantasías. Eso exige empatía y la empatía solo es posible cuando uno ha aprendido a habitar su propio ser sin defensas permanentes.
El budismo lleva siglos señalando algo semejante con notable claridad: el sufrimiento no proviene únicamente del dolor, sino también del apego. Nos aferramos no solo a personas y objetos, sino también a formas de funcionar. Nos apegamos al movimiento, al pragmatismo, a la urgencia y a la intensidad porque nos hacen sentir vivos. Cuando cesan, creemos que algo esencial se ha perdido. ¿Y si ese vacío no fuera carencia, sino un territorio que nunca aprendimos a habitar?
Quizá el problema no sea que hagamos demasiado, sino que no sabemos dejar de hacerlo sin sentir que desaparecemos. Ser, en este sentido, no es una iluminación espectacular ni una meta moral. Es una experiencia frágil, elemental y a menudo incómoda. Requiere paciencia. Requiere tolerar la ambigüedad. Requiere aceptar que no toda energía debe convertirse en acción, que no todo deseo necesita ejecución, que no toda quietud equivale a muerte.
Esto no es una invitación a la pasividad. Hacer seguirá siendo parte de la vida. La diferencia radica en el lugar desde el que se hace. Cuando el hacer deja de ser defensa, puede convertirse en expresión. Cuando deja de responder al miedo, puede responder a la presencia.
Ese desplazamiento no ocurre sin costo. Implica atravesar un territorio intermedio donde las viejas certezas se disuelven y las nuevas aún no se han formado. Un territorio donde la vida parece perder intensidad antes de encontrar profundidad.
Recuperar el centro de gravedad en el ser transforma radicalmente nuestra percepción del mundo. Las personas dejan de ser espejos de nuestras carencias o peldaños en nuestra escalera de eficiencia para convertirse en misterios ante los cuales solo cabe el asombro. Este cambio de perspectiva es el que permite que la empatía deje de ser un esfuerzo ético y se convierta en una consecuencia natural de nuestra propia integridad. Ya no necesitamos que el entorno nos valide constantemente, porque hemos aprendido a sostenernos en ese going on being que alguna vez quedó postergado.
Hacer desde la presencia es, en última instancia, el acto de libertad más radical que podemos ejercer. Es pasar de una vida dirigida por las sombras de un inconsciente temeroso a una existencia guiada por una conciencia que acepta su fragilidad. No es el final del camino, sino el comienzo de una forma de caminar más ligera, donde el sentido ya no es una meta que se persigue con ansiedad, sino un perfume que emana de cada gesto realizado desde la quietud del propio ser.