Cuando Alemania invadió Francia en 1940, la población francesa se vio forzada a tomar una decisión trascendental: alinearse con el régimen de Vichy y convertirse en colaboracionista o unirse a las filas clandestinas de la Resistencia. Esta división marcó a una generación, dividiendo familias y amistades bajo el peso de la ocupación militar. La elección nunca fue sencilla, siempre implicando un alto costo moral o físico.
Ahora, en 2026, la historia parece repetirse, aunque con matices contemporáneos, políticos y geográficos distintos: Venezuela ha sido ocupada por los Estados Unidos. La presencia de la Casa Blanca se siente en cada rincón del poder. Washington no solo dicta la política petrolera, el nervio vital de la economía nacional, sino que también establece el cronograma y las condiciones para las elecciones, diseña la nueva agenda legislativa y ejecuta la liberación de los presos políticos. Estas acciones, aunque en principio se revisten de una capa brillante de positividad y progreso, no son sino manifestaciones de un poder impuesto. Es, innegablemente, una ocupación.
El poder soberano reside ahora en manos extranjeras. Los venezolanos han sido relegados al rol de meros ejecutores, administrando las órdenes y directrices emanadas por los ocupantes estadounidenses. La estructura de gobierno opera como un eco, una extensión del brazo político y militar de una potencia extranjera.
Durante toda mi vida, mi simpatía y admiración se habían dirigido instintivamente hacia la Resistencia francesa, ese espíritu indomable que se negaba a doblegarse ante el invasor, luchando en la sombra por recuperar la dignidad y la autonomía de su nación. Era un ideal romántico de heroísmo puro.
Sin embargo, en este nuevo y amargo escenario de la ocupación venezolana, la complejidad moral se ha vuelto palpable. Ahora, puedo entender a los colaboracionistas. Puedo ver el cálculo pragmático, la búsqueda de una estabilidad precaria, la justificación de que trabajar con el ocupante puede mitigar los peores excesos, asegurar un mínimo de orden, o incluso, como en este caso, implementar cambios que la política interna nunca pudo lograr. Es una elección nacida del agotamiento de salir de una dictadura agobiante, del realismo crudo o, quizás, de la desesperación.
Este entendimiento, sin embargo, viene acompañado de una profunda punzada de vergüenza. Como venezolano, la empatía hacia quienes cooperan con la fuerza de ocupación choca frontalmente con mi sentido de identidad nacional. No estoy orgulloso de ello. La comodidad o el supuesto beneficio de la colaboración se paga con la moneda de la soberanía. La historia juzgará esta era no sólo por los resultados inmediatos de las políticas impuestas, sino también por la pérdida intrínseca de la autodeterminación, un precio que, para un patriota, resulta inaceptable, aunque dolorosamente comprensible.
jdsosa(r)(2026)