Dice desde el comienzo Carlo Masala, uno de los más destacados geoestrategas de la academia alemana, en su libro recientemente traducido al español con el título Si Rusia Ganara (Península 2026) que los llamados escenarios son en las ciencias sociales proyecciones del presente hacia el futuro y, por lo mismo, son hechos con materiales, datos y opiniones que vienen del presente el que, a su vez, está siempre cambiando. Por eso los escenarios casi nunca se dan -si es que se dan- como inicialmente fueron concebidos.
EL MALESTAR EN LA GUERRA
La historia, como todos sabemos, es una caja de Pandora, y las sorpresas distan de ser la excepción. No obstante, desde el punto de vista geopolítico, estamos obligados a construir escenarios. Aunque sea, dice Masala, para alertar sobre la posibilidad de que los más negativos se cumplan.
Un proceso histórico, a diferencia de las películas de Holywood, no tiene por qué terminar bien. Hay episodios que incluso terminan muy mal. Recordemos por ejemplo los resultados de acciones emprendidas por los EE UU en el pasado reciente, entre ellas las invasiones a Irak y a Afganistán. Irak, ayer próspera economía petrolera, fue convertido en un nido internacional de terroristas y en Afganistán los talibanes dominan el país sin contrapeso, maltratando a las mujeres sin importarles la opinión pública mundial. Por esos mismos motivos, la guerra cometida por Rusia a Ucrania puede terminar muy mal, no solo para los ucranianos sino también para los europeos, aduce Masala. Si es cierto, como ha propagado el mismo Putin, que la de Ucrania fue solo el comienzo de una guerra destinada a restaurar la grandeza del antiguo imperio estalinista, una derrota de Ucrania sería solo una derrota anticipada para toda Europa.
Lo que está en juego en Ucrania no es solo Ucrania, afirman los líderes democráticos europeos, mensaje que, sin embargo, no logra ser transmitido a las diferentes ciudadanías entre las que predomina el sentimiento de que la guerra en Ucrania es un fenómeno externo que nada tiene que ver con los intereses de las respectivas naciones. Ese es también el mensaje que transmiten los partidos putinistas de la ultraderecha europea, con la excepción de Polonia, y en parte, Italia. A la vez, esa es también la opinión dominante en el gobierno norteamericano. Trump diría, según Masala, lo mismo que dice hoy con respecto a Ucrania: “Si Zelenski quiere seguir luchando, pues que lo haga. Pero que él asuma los gastos”.
Las guerras, efectivamente, no son rentables y, de una u otra manera, a pesar de que benefician algunas ramas de la economía, liquidan la productividad en muchas otras. Por eso mismo las guerras no sirven para ganar elecciones. Puede ser que al comienzo aparezcan manifestaciones nacionalistas o altruistas, pero si la guerra tiende a extenderse a lo largo de años, el apoyo popular comenzará a estancarse en muchas naciones. De este modo, y eso es lo que ha advertido Putin, aparecerá el momento en el que una ciudadanía como la europea comience a experimentar síntomas de fatiga hasta alcanzar el punto en el que la mayoría de la población llegará al convencimiento de que tal vez sería mejor ceder a las ambiciones de Putin, entregar a Ucrania a su perra suerte, y regresar al estado de bienestar que predominaba antes de la guerra.
Ese malestar social lo pueden soportar bien las dictaduras. En las democracias, en cambio, ese mismo malestar se transforma en votos. Y es evidente: ningún político, europeo o no, quiere perder votos. Digamos crudamente algo que entendió Carl Schmitt: las democracias, sobre todo la parlamentarias, no son aptas para la guerra. Por eso nunca ha habido guerras entre democracias. Por eso también, una gran potencia militar como son los EE UU, ha perdido dos guerras: la de Vietnam y la de Afganistán. Las dictaduras, en cambio, al haber declarado de hecho la guerra interna a sus pueblos, son más aptas para la guerra que las democracias.
Así imagina Masala el fin de la guerra: Ucrania cede más del 20% de su territorialidad a Rusia. Además, le son cerradas las posibilidades de ingresar a la OTAN, a la vez que los estados bálticos, más Moldavia y Georgia, siguen en las miras de Putin. Lentamente los gobiernos europeos, comenzando por la Italia de Meloni y una Francia ya lepenista, deciden recomponer sus alianzas económicas con Rusia al mismo tiempo que los EE UU concentran casi todas sus fuerzas en la zona indo-pacífica, reduciendo drásticamente su personal militar en Europa. Incluso Putin se da el lujo de renunciar poniendo en su lugar a un político de su línea, pero mucho más joven, quien hace alentar esperanzas en los gobiernos europeos de que ha aparecido un gobierno liberal, quizás un nuevo Gorbachov.
Ucrania ha sido convertida en una ruina. Cierto, quedan todavía algunos grupos guerrilleros en las zonas ocupadas por Rusia, hecho que aprovechará el estado ruso para incrementar la represión y al mismo tiempo “rusificar” grandes zonas del país. Zelenski juega entonces su última carta y llama a elecciones; las pierde. Europa ya no recibirá más dinero de EE UU para gastos de defensa y todavía está lejos de cumplir con los planes de defensa acordados en la UE, situación que alienta al gobierno de Rusia a planear una nueva ofensiva. Siuiendo ese propósito, el gobierno ruso elabora un test cuidadosamente preparado para observar las reacciones europeas.
LA NECESARIA FICCIÓN
En la historia-ficción de Masala, la situación geopolítica es favorable al nuevo gobierno putinista. Rusia se ha convertido económicamente en la gasolinera barata de China (del mismo modo como Venezuela es la gasolinera barata de los EE UU) pero sigue conservando el rango de tercera potencia militar del mundo. Bajo estas condiciones, el test a que someterá Rusia a Europa – de acuerdo a las fundadas fantasías de Masala- será apropiarse de una ciudad (Nerva) y de una isla de Estonia (Hiiumaa), con muy pocos habitantes y exiguas riquezas naturales. Las reacciones comienzan a sucederse de acuerdo al plan de Rusia.
La acción de Rusia en contra de Estonia, un gobierno miembro de la OTAN, provocará una condena enérgica de todos los gobiernos europeos, incluyendo los gobernados por la derecha putinista. Pero pronto comenzarán a aparecer algunos disensos. El gobierno italiano, por ejemplo, emite una declaración de “solidaridad con Estonia”, pero agrega: hay que proceder “con prudencia”. El gobierno húngaro estima que hay que “evitar a toda costa un conflicto mundial”. Desde EE UU Trump declara que “no podemos declarar una guerra mundial por una isla y una ciudad sin importancia económica ni militar”. El gobierno ruso afirma por su parte que no es su intención provocar a la OTAN, pero hay que tener en cuenta que los estados bálticos pertenecen históricamente a Rusia. En la EU los gobiernos de Polonia y de Alemania se declaran dispuestos a defender a Estonia. El canciller alemán declara: “Si la OTAN no responde, Rusia habrá ganado. Espero que todos sean conscientes de ello”: Frente a esa actitud el gobierno lepenista de Francia da las espaldas a Alemania poniendo fin a una colaboración de decenios, produciendo así una ruptura a nivel continental. La UE, después de la deserción de Francia, entra en un periodo de crisis existencial. Otra vez, desde EE UU, el gobierno declara que la apropiación de territorios de Estonia por parte de Rusia es inaceptable, pero a la vez hay que tener en cuenta que el gobierno de Estonia nunca reconoció los derechos de la población filo-rusa.
En pocas palabras, dice Masala, después de su muy bien descrita ficción histórica, Occidente ha sido (otra vez) derrotado. La derrota de Occidente, todo lo simbólica que se quiera, dejará el camino abierto a China para apoyar esta vez abiertamente a Rusia, consolidar el Sur Global junto con Rusia, India, Corea del Norte e Irán, y así avanzar de acuerdo a una concepción pro-china del nuevo orden mundial.
Sin necesidad de que Rusia hubiera nombrado el tema nuclear, observa Masala que la ciudadanía de Europa tiene un miedo horrible a un estallido atómico, aunque todo indica que este no va a tener lugar. Ese miedo es utilizado por las ultraderechas y también por las ultras izquierdas putinistas para continuar avanzando electoralmente al interior de cada país europeo. La derrota militar de Occidente se va convirtiendo poco a poco en una capitulación política frente al eje China-Rusia. Para Rusia, la ocupación de dos insignificantes lugares de Estonia ha sido el test que necesitaba para continuar su política de expansión y anexiones territoriales en las que considera sus propiedades “naturales” en Europa. El Kremlin ya sabe que Europa no está en condiciones de actuar de un modo rápido y ordenado, entre otras cosas, porque esa Europa carece de una estrategia conjunta frente a Rusia y China.
Por cierto, los EE UU no abandonarán totalmente a la OTAN, pero su permanencia en la gran organización solo estará condicionada a una amenaza directa a los EE UU. En el intertanto, Europa debe aprender a defenderse a sí misma. Recursos económicos y militares, observa el gobierno norteamericano, no les faltan. Lo que sí les falta en cantidad son recursos políticos; eso no lo dicen los personeros norteamericanos. Los EE UU no son conscientes de que, para ganar las guerras en el frente exerno, hay que consolidar el frente interno, lugar en donde el mismo Trump, si se consideran algunas tendencias, podría experimentar decisivas derrotas en su propio país. En cualquier caso, a diferencia de los EE UU, para Europa sería una tarea muy difícil mantener el actual nivel de vida y aumentar los gastos militares a la vez. Una hazaña casi imposible de lograr.
Podríamos decir, y eso es lo que trata de comunicar Masala, que el avance de Rusia esta cuestionando el estado de bienestar europeo al que se intenta mantener pagando el precio por una paz que puede llegar a ser solo la antesala de una guerra por el momento inimaginable. O dicho en breve: una guerra que puede reducir a Europa a su pura existencia geográfica. Ese, opina el pensador alemán, es el objetivo de Putin.
Rusia vencerá en Ucrania y más allá de Ucrania, no por su propia fuerza sino gracias a las debilidades no militares pero sí políticas de Europa. La deducción que se desprende de esta realidad es que en los países de Europa deben ser resistidas las fuerzas disgregadoras que habitan la política interna, construyendo frentes o dique democráticos de contención en contra de ultraderechas y ultraizquierdas, objetivamente pro-putinistas. De hecho algunas naciones ya lo han logrado, entre otras Holanda, la República Checa, Eslovenia, Polonia y, en cierto modo, Alemania.
Las sociedades democráticas de Europa, es la triste conclusión de Masala, no están preparadas ni condicionadas para la guerra si esta no es dirigida directamente en contra de sus propias naciones. Justamente en este punto han fallado los políticos democráticos de Europa, agrega Masala. No han sabido o podido transmitir a sus ciudadanías que un triunfo de Rusia sobre Europa significaría el fin del estado de bienestar y de la prosperidad del continente. Si cada nación queda librada a su suerte, la misma idea de una Europa Unida desaparecerá, y así, los partidos extremistas seguirán ganando la guerra interna en sus respectivos países. En otras palabras, los políticos europeos no han logrado explicar a sus naciones que toda guerra externa está destinada a ser perdida si es que no logran ganar una guerra interna. Hay, en efecto, una intensa relación entre esos dos tipos o formas de guerra. Pero las primeras tareas deben hacerse en casa y no en la política exterior.
LO INTERNO Y LO EXTERNO EN LA POLÍTICA INTERNACIONAL
Hay, en efecto, una relación muy estrecha entre política interna y externa. La segunda suele ser reflejo de la primera y no al revés. Si en próximas elecciones pierden Orbán en Hungría, o Fico en Eslovaquia, no será por su adhesión a Rusia sino por la corrupción interna que caracteriza a ambos gobiernos. De la misma manera, si Macron y los demócratas franceses terminan cediendo el poder a los lepenistas, no será por las políticas a favor de Putin de sus líderes, sino por las enormes debilidades económicas, acrecentadas durante el gobierno de Macron.
Lo externo en la política no es una prolongación de lo interno, aunque lo interno sí opera como condición de lo externo. Sin un frente político internamente consolidado no es posible ganar ninguna guerra. Ahora bien, hay dos modos de consolidar al frente interno: uno, excluyendo la política a nivel interno y es lo que hacen Putin, Xi, y otras autocracias de la tierra. El otro medio es lograr una hegemonía democrática al interior de cada nación. Esa hegemonía la tiene hoy Merz en Alemania pero no la tiene Macron en Francia. Esa es la razón por la cual el liderazgo político y militar europeo lo está ocupando Alemania, cuyo canciller mantiene por el momento un lugar hegemónico dentro del país, y no Macron cuyas buenas ideas no pasan de ser las de un presidente “saliente” en un país cuyo gobierno está a punto de ser ocupado por fuerzas políticas extremistas. Lo importante –y con ese factor no había contado todavía Masala en los días en que escribió su libro– es que Alemania bajo Merz está aceptando ese rol hegemónico en un momento de transición en Francia y de incertidumbre electoral en Inglaterra y -a diferencias del anterior gobierno, el de Scholz – lo está haciendo bien.
HEGEMONÍA EN LA POLÍTICA INTERNACIONAL
Cabe al llegar a este punto preguntarse sobre el concepto de “lugar hegemónico”.
En política, la hegemonía (o si se prefiere, la conducción o liderazgo) es alcanzada por una mayoría sólida o por una flexibilidad política que permita a un líder formar grandes coaliciones. La combinación de gobierno en Alemania es todavía mayoría, pero a su vez suma la flexibilidad para incorporar al bloque de gobierno a otros partidos políticos si se diera el caso de que Alternativa para Alemania (AfD) alcanzara alguna vez la mayoría nacional. Como dijo Willy Brandt: “en una democracia, todos los partidos deben ser coalicionables entre sí”. Hoy tal vez diría, “una democracia es viable si todos los partidos democráticos son coalicionables entre sí cuando aparece un poderoso partido antidemocrático”. Si se hubiera dado esas condición en los años treinta del pasado siglo, nunca los nazis habrían llegado al poder. Alemania es uno de los pocos países que ha aprendido de su historia. No ocurre lo mismo en otros países de Europa. Pongamos, por ejemplo, el caso de España.
En España hay dos grandes partidos democráticos, el PSOE y el PP, ambos constitucionales y constitucionalistas pero no coalicionables entre sí. Años de recíprocos insultos han convertido a la política española -perdonen mi latín- en un mierdal. España debe ser el único país de Europa en donde la enemistad política es confundida con la enemistad personal. Gracias a esa inflexibilidad, los dos grandes partidos constitucionales prefieren coaligar con lo extremos que con el centro (Podemos en un caso, VOX en el otro) situación realmente irrisoria que no se da en otras naciones europeas. Por eso España, pese a su buen desarrollo económico, no está en condiciones políticas para ocupar un lugar hegemónico en Europa. Una verdadera lástima.
LA NUEVA HEGEMONÍA ALEMANA
Gracias al papel hegemónico ocupado por Alemania, las palabras inaugurales de Merz fueron escuchadas en la reciente Conferencia de Múnich con tanta o más atención que las retóricas alocuciones de Marco Rubio. Por de pronto, Merz comenzó diciendo la verdad: “El viejo orden mundial ya no existe”.
La brutal guerra de Rusia a Ucrania, las pretensiones de China por moldear el mundo y las reacciones norteamericanas, han destruido las relaciones internacionales basadas en reglas. Pero eso, agregó el canciller, no debe ser aceptado por Europa. "No estamos a merced de este mundo. Podemos darle forma. Y lo podemos hacer mediante una Europa libre, segura y competitiva. Una Europa soberana es nuestra mejor respuesta a los nuevos tiempos. Unir y fortalecer Europa es hoy nuestra tarea más importante".
Unir y fortalecer a Europa significa, es obvio, unir y fortalecer a cada uno de sus países. Efectivamente: Alemania, aún pagando el precio de un mayor endeudamiento externo, ha aumentado de modo impresionante su presupuesto de defensa, alcanzando la cifra de 108.000 millones de euros. La cifra más alta desde la Guerra Fría.
De acuerdo con las palabras del ministro alemán de defensa Boris Pictorius: “hemos hecho nuestros deberes”. El objetivo histórico trazado por Merz es que Europa siga el ejemplo alemán hasta que llegue el momento de hablar de igual a igual con Rusia y con los EE UU. Eso significa que Europa debe estar en condiciones de redactar su propia estrategia de seguridad interior la que, por supuesto, no debe ser coincidente con la de EE UU ni mucho menos con las de China y Rusia. Merz ha comenzado a hacerlo. Directamente aclaró a los representantes del gobierno norteamericano: “En tiempos de rivalidad entre grandes potencias, ni siquiera EE UU será lo suficientemente poderoso como para hacerlo todo por sí solo" …..."Por eso es necesario reparar y revitalizar la confianza transatlántica. Alemania está contribuyendo a ello".
Europa, en otras palabras, busca independizarse de los EE UU; y esa es la condición para una mejor unidad con los EE UU cuando se trata de enfrentar a enemigos que son comunes. Por razones diplomáticas Merz no dijo lo que muchos entre líneas entendieron: Que para tener una política en común tenemos que tener enemigos comunes y EE UU no está contribuyendo a esa alianza al ser complaciente con la Rusia de Putin en desmedro de los intereses geoestratégicos de Europa. Pues bien, esas palabras dichas y no dichas solo las puede emitir un jefe de estado que se siente protegido por la hegemonía ejercida en su propia nación. Así no extraña que en el Congreso de la Democracia Cristiana alemana, una semana después de la Conferencia de Múnich, Merz fue consolidado como Presidente del partido con una abrumadora mayoría (más del 90%), contando incluso con la solidaria presencia de su ex adversaria Angela Merkel. Los tiempos están cambiando.
Si los tiempos están cambiando hasta el punto de anular la distopía que nos dibuja Masala, no lo sabemos todavía. Lo que sí sabemos es que la transformación política militar de Europa no es la que más conviene a la dictadura de Rusia. Y eso es bueno para Europa.
Solo Europa puede derrotar a Rusia. Eso es lo que intentó decirnos Carlo Masala al trazar intencionalmente los rasgos del peor de los escenarios posibles. Si eso no ocurre, es la deducción final, Rusia derrotará a Europa y con ello al principal baluarte de la democracia occidental. Para que eso no ocurra, las democracias europeas deben hacer bien sus tareas, empezando con las que tienen lugar en sus propias casas.