En nuestras sociedades —y con particular crudeza en Venezuela— la inclinación a admirar al político de turno nace del cansancio, la esperanza y el miedo. Cuando la realidad se vuelve áspera y el futuro se difumina, surge el impulso de aferrarse a un rostro que prometa dirección y alivio. No se admira al político por lo que es, sino por lo que se anhela que sea. Se le atribuyen virtudes imaginarias, certezas imposibles, una estatura moral que nadie puede sostener sin quebrarse. Esa admiración opera como refugio emocional, una forma de esquivar la intemperie.
En Venezuela ese gesto se ha vuelto un ciclo extenuante: se eleva a alguien con fervor casi religioso y, cuando la realidad demuestra que ningún líder puede cargar con tantas expectativas, se le arroja a la molienda pública. La idolatría lo convierte en fetiche; la caída lo reduce a residuo. En ambos extremos se pierde lo esencial: las causas, las ideas, los proyectos que deberían sostener la vida colectiva. Olvidamos con facilidad que lo importante no son los ídolos, sino las razones que dicen representar.
Esa tendencia a sustituir convicciones por rostros es una de nuestras heridas más profundas. La figura del “salvador” alivia por un instante, pero también sirve de excusa para evadir la tarea más ardua: pensar, debatir, construir, exigir. Cuando la política se transforma en un concurso de devociones, las ideas se diluyen, las causas se vuelven eslóganes y la ciudadanía queda atrapada en un vaivén emocional que no produce cambios. La admiración excesiva nubla la mirada, debilita la crítica y desplaza la responsabilidad cívica.
La madurez democrática exige otra actitud: memoria, rigor, vigilancia. Exige sostener una causa incluso cuando cambia el rostro que la encarna. Exige comprender que ningún líder es más importante que el propósito que dice defender. Exige más autoridad y menos poder. La política no debe ser un altar, sino un espacio de trabajo donde los ciudadanos observan, preguntan, corrigen, reconocen y sancionan cuando corresponde.
El desafío —y también la oportunidad— está en romper ese péndulo: dejar de fabricar ídolos para construir instituciones, dejar de buscar salvadores para sostener ideas. Las causas verdaderas sobreviven a los nombres. Los países que se toman en serio se edifican sobre convicciones, no sobre pedestales.
La crisis que hoy parece desbordarlo todo —económica, social, moral, afectiva, institucional— está dejando al descubierto la fragilidad del mesianismo que durante décadas nos sedujo. Cuando un país toca fondo tantas veces, cuando los ídolos se derrumban uno tras otro y las promesas se disuelven, algo se quiebra en la conciencia colectiva. Y en esa fractura aparece una posibilidad.
La sensación apocalíptica no es sólo destrucción; también es desnudez. Obliga a mirar sin adornos lo que antes maquillábamos: la dependencia emocional de un líder, la comodidad de delegar, la ilusión de que un individuo podía resolver lo que es, en esencia, una tarea común. El mesianismo se alimenta del miedo y del cansancio, pero también de la esperanza mal encauzada. Esta crisis, con toda su dureza, está agotando ese combustible.
Quizás por primera vez en mucho tiempo, la sociedad venezolana tiene la posibilidad de ver con claridad que ningún rostro basta, que ningún nombre salva, que ningún caudillo puede sustituir la arquitectura ética e institucional que un país necesita. La devastación tiene un filo pedagógico: nos recuerda que la idolatría es un lujo que ya no podemos permitirnos.
Si algo puede nacer de este derrumbe estrepitoso es la oportunidad de romper con el hechizo maldito. Dejar atrás la búsqueda del ungido y empezar a construir desde las causas, desde las ideas, desde la responsabilidad compartida. La crisis, con toda su ferocidad, nos empuja hacia una adultez política largamente postergada. Tal vez ese sea su único regalo: la posibilidad de cerrar, de una vez por todas, el ciclo del mesías.
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