En la penumbra de un despacho cerrado, entre el humo del tabaco y el olor a poder añejo, Johnny Fontane llora. No es un llanto de niño, sino el sollozo quebrado de un hombre que ha perdido su voz, su carrera y su dignidad frente a un sistema que le ha cerrado todas las puertas. Frente a él, Vito Corleone, el Padrino, lo observa con una mezcla de desprecio y paternalismo. Johnny necesita un papel en una película para salvar su vida; Venezuela, en una escala trágicamente mayor, necesita recuperar su democracia y su libertad para salvar su existencia.
La escena, inmortalizada en la obra maestra de Mario Puzo y Francis Ford Coppola, sirve hoy como un espejo inquietante para analizar la psique colectiva de gran parte del pueblo venezolano. Ante el bloqueo monolítico de un régimen que, como el productor Jack Woltz, se niega obstinadamente a ceder, surge la tentación desesperada de acudir al "Padrino" geopolítico: Donald Trump. Sin embargo, la historia de Fontane nos enseña que pedir ayuda a un hombre que opera en los márgenes de la legalidad y la ética nunca es gratuito; el precio del favor suele ser el alma del solicitante.
Al igual que el cantante ficticio, la sociedad democrática venezolana siente que su talento, sus votos y sus esfuerzos cívicos ya no son suficientes. Han intentado la diplomacia, el diálogo y la protesta, pero el régimen sigue inamovible, dueño de los estudios y de las reglas del juego. La desesperación engendra monstruos, o al menos, nos hace buscar la protección de ellos.
El clamor de "Trump, save us" (Trump, sálvanos) que resuena en ciertos sectores del exilio y de la disidencia interna es la encarnación política del llanto de Fontane. Se busca la fuerza bruta, la intervención quirúrgica, la amenaza que no puede ser ignorada. Se busca, en definitiva, que alguien ponga la cabeza del caballo ensangrentada en la cama del tirano para obligarlo a firmar la renuncia.
Pero aquí radica la trampa mortal de esta analogía: para conseguir ese resultado, Fontane tuvo que besar el anillo de un criminal.
La figura de Donald Trump encaja perturbadoramente bien en el arquetipo de Corleone para sus seguidores más fervientes: el hombre fuerte, el outsider que no teme ensuciarse las manos y desprecia las normas del establishment. Sin embargo, la realidad supera a la ficción en su complejidad moral.
Vito Corleone era un criminal que imponía su propia justicia porque la justicia del Estado le parecía insuficiente. Donald Trump, por su parte, es un presidente que ha sido juzgado por sus pares y declarado culpable de delitos graves por un jurado en Nueva York. Al pedir auxilio a una figura que ha atacado las instituciones democráticas de su propio país y que carga con el estigma de una condena penal, el movimiento por la libertad de Venezuela incurre en una contradicción vital.
¿Cómo se puede pedir la restauración del Estado de Derecho en Caracas de la mano de alguien que ha desafiado el Estado de Derecho en Washington e infinidad de tribunales a lo largo de su país? Es la paradoja de buscar la ley a través de quien ha sido señalado por violarla. Al igual que Bonasera —el funebrero que quería justicia para su hija pero acudió a la mafia—, los venezolanos corren el riesgo de despreciar las cortes de justicia legítimas para abrazar la justicia sumaria del "Don".
En El Padrino, el favor se concede. Woltz despierta con la cabeza de su semental, Jartum, entre las sábanas, y Johnny Fontane obtiene su papel. El público aplaude la eficacia de la mafia. Pero ¿qué pasa después?
La narrativa de Puzo es clara: Johnny Fontane se convierte en propiedad de la Familia. Su voz, su fama y sus casinos pasan a servir a los intereses de los Corleone. Perdió su autonomía el día en que dejó de luchar con sus propias herramientas y pidió el "atajo" violento.
Con el arresto de Maduro, Venezuela ata su destino a un liderazgo personalista, cuestionado moral y judicialmente, como el de Trump; el riesgo no es solo que el favor se haya cumplido, sino también las consecuencias de la deuda. Una liberación gestada bajo términos transaccionales, impulsada por un hombre que valora la lealtad personal por encima de la institucionalidad, podría dejar a la nación suramericana en una situación de deuda peligrosa.
La "cabeza de caballo" —ya sea en forma de sanciones extremas, intervenciones o pactos oscuros— puede solucionar el problema inmediato del régimen, pero deja una mancha indeleble en las sábanas de la República. La reconstrucción de un país requiere manos limpias, no la "magia" de un poder que opera bajo sospecha.
El deseo de ver caer al régimen chavista es legítimo y urgente. Pero la lección de El Padrino es una advertencia sobre los costos ocultos de los atajos morales. Johnny Fontane recuperó su carrera, pero vivió el resto de sus días sabiendo que su éxito era un regalo envenenado de un hombre que vivía al margen de la ley.
Para Venezuela, la tragedia sería librarse de un sistema autoritario solo para quedar en deuda con una figura errática que, ante los ojos de la justicia de su propio país, ha cruzado la línea de la legalidad. La verdadera libertad no se pide como un favor susurrado al oído de un Padrino; se conquista, aunque el camino sea más largo, para no despertar un día debiendo un servicio que no se puede rechazar.