Como animales, la biología nos ha dotado de una existencia marcada por la vulnerabilidad y la deficiencia. Somos criaturas con un cuerpo relativamente débil y con instintos que, si bien son fundamentales, resultan insuficientes para garantizar nuestra supervivencia y adaptación ante la complejidad del mundo. Para compensar estas evidentes insuficiencias biológicas, la naturaleza y el proceso de la evolución nos dotaron de un cerebro excepcionalmente grande y complejo. Este órgano prodigioso no solo niveló la balanza en términos de supervivencia, permitiéndonos manipular el entorno y crear herramientas, sino que también nos catapultó hacia logros culturales, científicos y tecnológicos sin precedentes.
Sin embargo, fue con el desarrollo de este mismo cerebro que comenzaron nuestros intrincados problemas que solemos llamar "emocionales" o "psicológicos". El cerebro humano es, en efecto, una maravilla de la evolución, pero su complejidad intrínseca se convierte también en la fuente de nuestro sufrimiento humano. Nuestra adaptación no solo a la naturaleza, sino, crucialmente, a nuestro entorno cultural y social ha generado una serie de serios inconvenientes emocionales. Estos dilemas son, a fin de cuentas, la manifestación de nuestra lucha interna por conciliar la vasta capacidad de nuestra mente con las limitaciones de nuestra condición biológica y las demandas de la vida en sociedad.
Históricamente, tanto las ciencias (como la psicología, la neurociencia y la medicina) como las humanidades (a través de la filosofía, la literatura y el arte) se han dedicado con fervor al estudio y, más importante aún, al intento de aliviar este ineludible sufrimiento humano. Se han propuesto innumerables teorías, terapias y sistemas éticos con la esperanza de encontrar la clave para mitigar la angustia existencial.
Después de más de dos décadas y media dedicadas al estudio profundo de este monumental esfuerzo transdisciplinario, analizando los avances y los límites de la psicología, la filosofía existencial y las tradiciones de sabiduría, he llegado a una conclusión fundamental y, para muchos, sombría: el sufrimiento humano, en su dimensión esencial y profunda, no tiene una "solución" o "cura" definitiva. No es un problema a resolver, sino una condición a gestionar.
La aceptación de esta realidad no conduce a la desesperación, sino a una forma de liberación pragmática. La única vía que nos permite transitar nuestra existencia de manera sostenible y con cierta paz, sin sucumbir a la desesperación ante nuestra fragilidad, se encuentra en dos virtudes cardinales: la humildad y la compasión. La humildad para reconocer y aceptar nuestra condición animal vulnerable, nuestras insuficiencias biológicas y la complejidad intrínseca de nuestra mente, y la compasión, tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás, por ser partícipes de esta misma y a menudo dolorosa experiencia humana. Es solo a través de esta aceptación profunda y esta empatía radical con nuestra propia condición que podremos vivir con dignidad y entereza, desde el nacimiento hasta el día de la muerte.
Sin embargo, este entendimiento puramente intelectual y cognitivo no debe confundirse con la vivencia profunda, con el sentir auténtico ni con el ser en su máxima expresión. La complejidad inherente a nuestra propia psique y la dualidad de la existencia humana hacen que la mente, por sí sola, sea insuficiente. Requiere de una dimensión superior, un anclaje ético y emocional, para poder aspirar y finalmente alcanzar ese estado de nirvana, un concepto que en este contexto se traduce como la cúspide de la humildad y la compasión genuinas.
Es justamente en esta búsqueda de la plenitud existencial donde mis obras, El desafío de existir y Una vida examinada, encuentran su propósito. En ellas, me aventuro a desarrollar una reflexión filosófica y práctica cuyo objetivo primordial es servir de catalizador. Busco que esta meditación profunda contribuya sustancialmente a la generación de un sentimiento de esperanza inquebrantable, una humildad radicalmente sincera y una compasión que no sea meramente teórica, sino auténtica y activa. Solo a través de la internalización y la aplicación de estos principios se puede aspirar a existir en plenitud, trascendiendo la mera supervivencia para abrazar una vida examinada, consciente y profundamente significativa
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