Título original:
El regreso de lo intuitivo: cuando la tecnología nos obliga a reaprender lo humano
Hay momentos históricos en los que el progreso, lejos de empujarnos hacia adelante, nos obliga a girar la cabeza y mirar hacia lo que dejamos atrás. No para idealizarlo, sino para reconocer lo que fue injustamente descartado. La irrupción de la inteligencia artificial está produciendo uno de esos momentos de inversión silenciosa: cuanto más sofisticadas se vuelven las máquinas, más evidente resulta que lo específicamente humano no reside en la lógica pura ni en la capacidad de cálculo, sino en una constelación de facultades que durante siglos hemos considerado secundarias, imprecisas o incluso sospechosas. Intuición, creatividad, sensibilidad emocional, comprensión interpersonal, lo poético: aquello que el racionalismo moderno relegó a los márgenes regresa ahora como el núcleo mismo de nuestra relevancia.
Durante más de trescientos años hemos vivido bajo una premisa implícita: que pensar bien equivale a pensar de forma analítica, secuencial, desprovista de ambigüedad. La Ilustración nos legó una fe casi religiosa en la razón como herramienta soberana para acceder a la verdad. Y sin duda, ese énfasis produjo avances extraordinarios. Pero también instauró una amputación silenciosa. Aprendimos a desconfiar de lo intuitivo, a sospechar de la emoción, a considerar la creatividad un lujo y no una forma de conocimiento. Hoy, la tecnología, en un giro profundamente irónico, está exponiendo los límites de esa visión.
La intuición, lejos de ser un residuo primitivo del pensamiento, se revela como una forma de inteligencia de una complejidad extraordinaria. No opera por pasos visibles ni por deducciones explícitas, sino por integración: reúne experiencias pasadas, percepciones sutiles, patrones inconscientes y señales emocionales en una síntesis inmediata. Allí donde el análisis lineal requiere tiempo y datos estructurados, la intuición reconoce configuraciones. No compite con la lógica; la antecede y la orienta. Cuando una persona “sabe” algo antes de poder explicarlo, no está renunciando al pensamiento: está pensando desde una profundidad distinta.
Algo similar ocurre con la creatividad. Durante mucho tiempo fue tratada como un adorno del intelecto, una capacidad decorativa útil para el arte, pero prescindible en los asuntos serios. Sin embargo, la creatividad es precisamente la facultad que permite concebir soluciones que aún no existen, formular preguntas que todavía no tienen lenguaje, romper marcos conceptuales cuando los problemas ya no caben dentro de ellos. En un mundo donde las máquinas sobresalen en la optimización de lo dado, la creatividad humana emerge como la capacidad de imaginar lo que aún no puede ser calculado.
Y quizás aún más decisiva es la revalorización de la inteligencia emocional y de la comprensión interpersonal. La vida humana no se desarrolla en sistemas cerrados ni en entornos perfectamente racionales, sino en redes densas de significados, afectos, miedos y expectativas implícitas. Comprender a otro ser humano no es resolver una ecuación: es captar tonos, silencios, contradicciones. Es leer entre líneas. Estas formas de cognición, que durante siglos fueron consideradas “blandas”, resultan hoy indispensables para navegar por la complejidad social, política y cultural de nuestro tiempo.
Aquí aparece la paradoja central de nuestra época: para seguir siendo relevantes en un mundo dominado por la inteligencia artificial, no debemos volvernos más eficientes que las máquinas, sino más humanos. Como ha señalado Yuval Noah Harari en una advertencia tan simple como inquietante: «En el siglo XXI, el mayor peligro no es la explotación, sino la irrelevancia». Esa irrelevancia no provendrá de la falta de inteligencia, sino de la reducción de lo humano a aquello que las máquinas ya pueden hacer mejor.
Es precisamente en este punto donde el debate deja de ser tecnológico y se vuelve ontológico. La pregunta ya no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué es el ser humano cuando la razón instrumental deja de ser su rasgo distintivo. Esta es la cuestión central que abordo en mi libro El desafío de existir: hacia una psicología del ser, un texto que anticipa el dilema que hoy comienza a desplegarse a escala global. Allí sostengo que la crisis contemporánea no es, en esencia, cognitiva ni tecnológica, sino existencial: una desconexión progresiva del ser respecto de su propia experiencia, sustituida por identidades funcionales, narrativas de rendimiento y modelos de control racional.
Desde esta perspectiva, el avance de la inteligencia artificial no crea el problema, sino que lo expone con brutal claridad. Cuando la razón es externalizada, automatizada y optimizada por sistemas no humanos, queda al descubierto el vacío que deja al reducir la existencia al pensamiento lógico, a la productividad y a la eficacia. El desafío de existir plantea que solo una psicología anclada en el ser, y no exclusivamente en la mente, puede ofrecer un marco adecuado para comprender y atravesar este momento histórico. Una psicología que reconozca que el núcleo de la experiencia humana no es la coherencia perfecta, sino la tensión, la ambigüedad, la finitud y la búsqueda de sentido.
El desafío, sin embargo, no es menor. Para quienes han sido formados en la lógica rigurosa, la claridad conceptual y la primacía del argumento racional, esta transición puede resultar profundamente desestabilizadora. No se trata de sumar nuevas habilidades como quien añade herramientas a una caja ya existente. Se trata de revisar la propia idea de conocimiento. De aceptar que la razón, por más refinada que sea, solo captura una fracción de la experiencia humana. De reconocer que hay formas de saber que no se pueden traducir por completo en conceptos sin perder algo esencial en el proceso.
Este reconocimiento exige una humildad intelectual poco habitual en una cultura que ha identificado el control cognitivo con la verdad. Implica aceptar que la ambigüedad no es un defecto, sino una condición estructural de la realidad humana. Que la emoción no distorsiona necesariamente el juicio, sino que a menudo lo orienta. Que la intuición no reemplaza al análisis, sino que lo precede, lo enmarca y le da sentido. Como escribió Michael Polanyi en una frase que sigue incomodando al pensamiento técnico: «Sabemos más de lo que podemos decir».
Todo indica que el año 2026 marcará un punto de inflexión visible. No porque la inteligencia artificial haga algo radicalmente nuevo, sino porque su superioridad en tareas analíticas se volverá incuestionable incluso para los más escépticos. La automatización ya no se limitará al trabajo manual ni a procesos repetitivos, sino que penetrará de lleno en el ámbito del trabajo cognitivo: diagnóstico, análisis financiero, programación, diseño estructural. Al mismo tiempo, una generación formada desde la infancia en entornos digitales comenzará a ocupar posiciones de liderazgo, introduciendo formas de organización más fluidas, menos jerárquicas y más experimentales.
Pero este cruce de caminos no es solo tecnológico o generacional; es existencial. Nos obliga a decidir qué entendemos por inteligencia, por valor, por sentido. Si reducimos lo humano a la eficiencia, perderemos. Si, en cambio, comprendemos, como propongo en El desafío de existir, que la conciencia humana es un tejido en el que razón, emoción, intuición y presencia se entrelazan de manera inseparable, entonces la tecnología puede convertirse en un catalizador de autoconocimiento y no en una amenaza.
El regreso de lo intuitivo no es una moda ni una reacción romántica contra la técnica. Es una corrección histórica. Una invitación (tal vez la última) a reconciliarnos con dimensiones de nosotros mismos que nunca debieron ser expulsadas del centro. En un mundo donde las máquinas piensan cada vez mejor, la tarea del ser humano no será pensar más rápido, sino existir con mayor profundidad en lo subjetivo, en lo poético. Y para ello, tendremos que reaprender a escuchar aquello que no grita, a confiar en formas de saber que no siempre pueden demostrarse, como en la filosofía, la poesía, la literatura, y a aceptar que la inteligencia más valiosa no siempre es la más visible, sino la que nos mantiene humanos cuando todo a nuestro alrededor empuja en la dirección contraria.
José Domingo Sosa, Ph.D. *
*Jdsosa1@gmail.com
El regreso de lo intuitivo: cuando la tecnología nos obliga a reaprender lo humano
Hay momentos históricos en los que el progreso, lejos de empujarnos hacia adelante, nos obliga a girar la cabeza y mirar hacia lo que dejamos atrás. No para idealizarlo, sino para reconocer lo que fue injustamente descartado. La irrupción de la inteligencia artificial está produciendo uno de esos momentos de inversión silenciosa: cuanto más sofisticadas se vuelven las máquinas, más evidente resulta que lo específicamente humano no reside en la lógica pura ni en la capacidad de cálculo, sino en una constelación de facultades que durante siglos hemos considerado secundarias, imprecisas o incluso sospechosas. Intuición, creatividad, sensibilidad emocional, comprensión interpersonal, lo poético: aquello que el racionalismo moderno relegó a los márgenes regresa ahora como el núcleo mismo de nuestra relevancia.
Durante más de trescientos años hemos vivido bajo una premisa implícita: que pensar bien equivale a pensar de forma analítica, secuencial, desprovista de ambigüedad. La Ilustración nos legó una fe casi religiosa en la razón como herramienta soberana para acceder a la verdad. Y sin duda, ese énfasis produjo avances extraordinarios. Pero también instauró una amputación silenciosa. Aprendimos a desconfiar de lo intuitivo, a sospechar de la emoción, a considerar la creatividad un lujo y no una forma de conocimiento. Hoy, la tecnología, en un giro profundamente irónico, está exponiendo los límites de esa visión.
La intuición, lejos de ser un residuo primitivo del pensamiento, se revela como una forma de inteligencia de una complejidad extraordinaria. No opera por pasos visibles ni por deducciones explícitas, sino por integración: reúne experiencias pasadas, percepciones sutiles, patrones inconscientes y señales emocionales en una síntesis inmediata. Allí donde el análisis lineal requiere tiempo y datos estructurados, la intuición reconoce configuraciones. No compite con la lógica; la antecede y la orienta. Cuando una persona “sabe” algo antes de poder explicarlo, no está renunciando al pensamiento: está pensando desde una profundidad distinta.
Algo similar ocurre con la creatividad. Durante mucho tiempo fue tratada como un adorno del intelecto, una capacidad decorativa útil para el arte, pero prescindible en los asuntos serios. Sin embargo, la creatividad es precisamente la facultad que permite concebir soluciones que aún no existen, formular preguntas que todavía no tienen lenguaje, romper marcos conceptuales cuando los problemas ya no caben dentro de ellos. En un mundo donde las máquinas sobresalen en la optimización de lo dado, la creatividad humana emerge como la capacidad de imaginar lo que aún no puede ser calculado.
Y quizás aún más decisiva es la revalorización de la inteligencia emocional y de la comprensión interpersonal. La vida humana no se desarrolla en sistemas cerrados ni en entornos perfectamente racionales, sino en redes densas de significados, afectos, miedos y expectativas implícitas. Comprender a otro ser humano no es resolver una ecuación: es captar tonos, silencios, contradicciones. Es leer entre líneas. Estas formas de cognición, que durante siglos fueron consideradas “blandas”, resultan hoy indispensables para navegar por la complejidad social, política y cultural de nuestro tiempo.
Aquí aparece la paradoja central de nuestra época: para seguir siendo relevantes en un mundo dominado por la inteligencia artificial, no debemos volvernos más eficientes que las máquinas, sino más humanos. Como ha señalado Yuval Noah Harari en una advertencia tan simple como inquietante: «En el siglo XXI, el mayor peligro no es la explotación, sino la irrelevancia». Esa irrelevancia no provendrá de la falta de inteligencia, sino de la reducción de lo humano a aquello que las máquinas ya pueden hacer mejor.
Es precisamente en este punto donde el debate deja de ser tecnológico y se vuelve ontológico. La pregunta ya no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué es el ser humano cuando la razón instrumental deja de ser su rasgo distintivo. Esta es la cuestión central que abordo en mi libro El desafío de existir: hacia una psicología del ser, un texto que anticipa el dilema que hoy comienza a desplegarse a escala global. Allí sostengo que la crisis contemporánea no es, en esencia, cognitiva ni tecnológica, sino existencial: una desconexión progresiva del ser respecto de su propia experiencia, sustituida por identidades funcionales, narrativas de rendimiento y modelos de control racional.
Desde esta perspectiva, el avance de la inteligencia artificial no crea el problema, sino que lo expone con brutal claridad. Cuando la razón es externalizada, automatizada y optimizada por sistemas no humanos, queda al descubierto el vacío que deja al reducir la existencia al pensamiento lógico, a la productividad y a la eficacia. El desafío de existir plantea que solo una psicología anclada en el ser, y no exclusivamente en la mente, puede ofrecer un marco adecuado para comprender y atravesar este momento histórico. Una psicología que reconozca que el núcleo de la experiencia humana no es la coherencia perfecta, sino la tensión, la ambigüedad, la finitud y la búsqueda de sentido.
El desafío, sin embargo, no es menor. Para quienes han sido formados en la lógica rigurosa, la claridad conceptual y la primacía del argumento racional, esta transición puede resultar profundamente desestabilizadora. No se trata de sumar nuevas habilidades como quien añade herramientas a una caja ya existente. Se trata de revisar la propia idea de conocimiento. De aceptar que la razón, por más refinada que sea, solo captura una fracción de la experiencia humana. De reconocer que hay formas de saber que no se pueden traducir por completo en conceptos sin perder algo esencial en el proceso.
Este reconocimiento exige una humildad intelectual poco habitual en una cultura que ha identificado el control cognitivo con la verdad. Implica aceptar que la ambigüedad no es un defecto, sino una condición estructural de la realidad humana. Que la emoción no distorsiona necesariamente el juicio, sino que a menudo lo orienta. Que la intuición no reemplaza al análisis, sino que lo precede, lo enmarca y le da sentido. Como escribió Michael Polanyi en una frase que sigue incomodando al pensamiento técnico: «Sabemos más de lo que podemos decir».
Todo indica que el año 2026 marcará un punto de inflexión visible. No porque la inteligencia artificial haga algo radicalmente nuevo, sino porque su superioridad en tareas analíticas se volverá incuestionable incluso para los más escépticos. La automatización ya no se limitará al trabajo manual ni a procesos repetitivos, sino que penetrará de lleno en el ámbito del trabajo cognitivo: diagnóstico, análisis financiero, programación, diseño estructural. Al mismo tiempo, una generación formada desde la infancia en entornos digitales comenzará a ocupar posiciones de liderazgo, introduciendo formas de organización más fluidas, menos jerárquicas y más experimentales.
Pero este cruce de caminos no es solo tecnológico o generacional; es existencial. Nos obliga a decidir qué entendemos por inteligencia, por valor, por sentido. Si reducimos lo humano a la eficiencia, perderemos. Si, en cambio, comprendemos, como propongo en El desafío de existir, que la conciencia humana es un tejido en el que razón, emoción, intuición y presencia se entrelazan de manera inseparable, entonces la tecnología puede convertirse en un catalizador de autoconocimiento y no en una amenaza.
El regreso de lo intuitivo no es una moda ni una reacción romántica contra la técnica. Es una corrección histórica. Una invitación (tal vez la última) a reconciliarnos con dimensiones de nosotros mismos que nunca debieron ser expulsadas del centro. En un mundo donde las máquinas piensan cada vez mejor, la tarea del ser humano no será pensar más rápido, sino existir con mayor profundidad en lo subjetivo, en lo poético. Y para ello, tendremos que reaprender a escuchar aquello que no grita, a confiar en formas de saber que no siempre pueden demostrarse, como en la filosofía, la poesía, la literatura, y a aceptar que la inteligencia más valiosa no siempre es la más visible, sino la que nos mantiene humanos cuando todo a nuestro alrededor empuja en la dirección contraria.
José Domingo Sosa, Ph.D. *
*Jdsosa1@gmail.com