Francisco Larios - POSEER LA LIBERTAD



“Sean cuales sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio se arraiga siempre en dos compromisos difíciles de sostener: negarse a mentir sobre lo que se sabe y resistir a la opresión”.―Albert Camus.

Las palabras de Camus hieren mi tímpano, agitan mi sangre. Las repito: “sean cuales sean nuestras debilidades personales…dos compromisos difíciles de sostener: negarse a mentir sobre lo que se sabe y resistir a la opresión.” Las tomo a pecho. Me niego a mentir sobre lo que sé—al menos sobre lo que creo saber—y me opongo a la opresión, a toda opresión.

Los hechos: sin que medie siquiera una ficción legal, el actual presidente de Estados
Unidos, jefe supremo del ejército más poderoso de la tierra, ha enviado fuerzas militares a bombardear la capital de un país ajeno y ha tomado cautivo al ocupante de facto de lapresidencia de este. Sobre quién debe quedar al mando en Venezuela, la declaración delpresidente es transparentemente colonial, del más viejo cuño: “No podemos arriesgarnos a que alguien más lo dirija y simplemente continúe donde él lo dejó, así que estamos tomando esa decisión ahora. Participaremos muy de cerca”. El vencedor de esta batalla, debe recordarse, ha amenazado también con invadir México, anexar Canadá, tomar Groenlandia, permitir que el dictador ruso aplaste Ucrania yprovocar que “cosas malas” le acontezcan a España si el gobierno de esta no acepta modificar su presupuesto nacional para acomodar los intereses estadounidenses. En lo doméstico, el mismo personaje ha intentado establecer la militarización del control de las protestas cívicas, ha desatado un clima de odio contra el inmigrante, que personifica, másampliamente, a todos aquellos que no pertenecen a la élite anglosajona del país. Y no esconde su ambición de poder total, que—arguye—le concede la Constitución del país.

Es útil recordar todo esto, unas cuantas pinceladas acaso, para sanarse de la ilusión
maniqueísta que el poder estadounidense intenta crear: el bien, por supuesto, representado por la armada del emperador del norte, cual ángel vengador aplastando al mal; el mal, cualquier blanco que el emperador del norte decida. Hoy puede ser un personaje deleznable, mañana cualquiera. El bien puede, también, ser un personaje deleznable—como el tirano que ordenó descuartizar a un periodista saudí en la propia embajada de su país—si el emperador del norte así lo quiere. “Era un periodista controversial”, dijo entonces, para justificar el crimen.

¿Qué significa todo esto? Vuelvo a las palabras de Camus: “negarse a mentir sobre lo que sesabe”. ¿Y qué se sabe? Lo visto: un emperador decide atacar a otro, bombardear su capital y tomarlo cautivo, al margen de toda legalidad. Lo visto, lo visto siempre, a través de la historia humana; miles de años de violencia cruda, y apenas unas cuantas décadas, luego del holocausto de mediados del siglo XX, en las que el interés humano y los intereses creados brevemente coincidieron en buscar una salida de la selva e intentar construir una civilización de leyes y normas que nos alejara de aquella brutalidad que, en palabras de Thomas Hobbes, hacen la vida “solitaria, pobre, mezquina, brutal y breve” (“…and the life of man, solitary, poor, nasty, brutish, and short”).

Y a través de toda esta triste saga del transcurso humano en el planeta, los perdedores de las batallas muchas veces han sido—como es común en el poder humano—criaturasabominables, a veces más que los vencedores, a veces menos que los vencedores…el juicio siempre queda a merced de los vientos de la victoria.

Esos vientos también hacen que el juicio sobre la opresión vuele en camino a los caprichos del poder. No cabe duda, por ejemplo, de que el régimen chavista en Venezuela es opresivo, y así, repetidamente, y honrando las palabras de Camus en las que creo, lo he llamado desde los años ya remotos en que su fundador gozaba de popularidad nacional e internacional.

Pero tampoco cabe duda de que una acción militar como la que se ha descrito arriba es un acto de opresión: imponer la voluntad del más fuerte, quien se autoriza a sí mismo e inventa para sí mismo la justificación del acto, sea esta verdadera, coherente o falsa. La duda más bien cabe en cuanto a esta: todos los imperios representan al bien, todos tienen buenas razones, todos se defienden del mal; el propio imperio romano justificaba su expansión como defensa. Las guerras napoleónicas eran, igualmente, una defensa de la revolución, al igual que los intentos del castrismo en la América hispana. Roma se decía civilizadora; Napoleón, portador de los Derechos del Hombre; Castro, heraldo de la emancipación. Y entre ellos, un rastro inacabable de sangre y crueldad: la marca misma del fracaso humano.
¿Qué más se sabe, y qué más hay que resistir? El impulso imperial reaparece. Lo que
ocurre, independientemente de qué acontecimientos se sucedan en Venezuela y dentro de Estados Unidos, es una reactivación de la lucha entre los nuevos y los viejos colosos del poder mundial. El del norte se ha cansado de modales y protocolos: quiere lo suyo, es decir, lo que pueda tomar por la fuerza. Teme al poderoso imperio que ha surgido en la antigua China, que vive ya la era del poder tecnológico y demuestra que Estados Unidos no puede imponerle un chantaje económico-militar. Y entre la Europa “afeminada” por la liberalidad y un zar “viril” el nuevo Teodoro Roosevelt ha hecho su escogencia—y si queda atrapada Ucrania en la nueva repartición, y si perece la democracia parlamentaria europea, poco importa.

¿Y para Venezuela? ¿Y para Nicaragua? ¿Y para la libertad y la democracia de
Hispanoamérica? Lo primero: América (el continente) para los “americanos” (el poder político de Estados Unidos)—un patio. Y “trasero”, donde uno puede hacer lo que le venga en gana, sin que ningún “vecino” pueda quejarse de si afea o no su cuadra. Ellos tienen el poder, pueden “dar” la libertad.Si tenemos que recibirla de esa manera, no la poseemos. No es nuestra. El poder del imperio decidirá si nos la da o nos la quita, y en esa facultad está ya definida la esclavitud.

Peor aún, la historia nos muestra que son raros los casos en los que un imperio permite la libertad ciudadana en estados dependientes. El imperio, diría nuestro Pablo Antonio Cuadra, prefiere entenderse con uno que con muchos. De ahí que veamos a la caterva de políticos anti-orteguistas haciendo fila, en silencio, con el cuello doblado en sumisión, peleando entre ellos por ser el elegido. ¡No lo harán para entregar a la ciudadanía lo que tanta súplica les ha costado!

Mientras tanto, el humo todavía se alza sobre Caracas, y la ilusión de libertad de nuestros pueblos sigue siendo eso: ilusión. Porque la libertad no es limosna, ni se impone con misiles; se conquista, se cuida y se comparte entre iguales. Mentir sobre esto—que sabemos, por dolorosa experiencia—sería nuestra derrota final. Por eso no podemos claudicar. Del mismo discurso de Camus extraigo lo que para mí es aliento inagotable: “La verdad es misteriosa, esquiva, siempre por conquistar. La libertad es peligrosa, tan ardua de vivir como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos objetivos, con esfuerzo pero con firmeza, conscientes de antemano de nuestras flaquezas en tan largo camino.” Del discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura: “Quelles que soient nos infirmités personnelles, la noblesse de notre métier s’enracinera toujours dans deux engagements difficiles àmaintenir : le refus de mentir sur ce que l’on sait et la résistance à l’oppression.”*

* Del discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura: “La vérité est mystérieuse, fuyante, toujours à conquérir. La liberté est dangereuse, dure à vivre autant qu’exaltante. Nous devons marcher vers ces deux buts, péniblement, mais résolument, certains d’avance de nos défaillances surun si long chemin.”