Francisco J. Larios - El caos calculado del poder en Estados Unidos, 2026

¿Cómo llamamos a quienes convierten el terror en herramienta de lucha política?


Los titulares que llegan desde Minneapolis a comienzos de 2026 anuncian una crisis de dimensión nacional, revelando la gestación de tensiones tan intensas como las que suelen anteceder el colapso de las sociedades—manifestaciones de conflicto que, con inquietante frecuencia, degeneran en enfrentamientos armados abiertos entre ciudadanos, esos temidos y autodestructivos episodios que llamamos “guerras civiles”. Simultáneamente, exponen una violencia estatal sistemática, ejecutada con la determinación y la ferocidad propias de una dictadura en ciernes.


Las autoridades federales, bajo órdenes de la segunda administración Trump, han desatado una ola de violencia e intimidación, que exhibe de manera prominente el asesinato de Renee Good, poeta y madre de tres hijos, y la muerte por disparos de Alex Jeffrey Preti, enfermero de cuidados intensivos—ambos de 37 años, ciudadanos nativos de Estados Unidos, blancos, ejecutados mientras ejercían sus derechos constitucionales y, en una vuelta orwelliana, catalogados como “terroristas domésticos”.


En el caso del enfermero, las autoridades alegaron que se encontraba perpetrando una “masacre” y “agresión contra agentes del orden”, a pesar de que existen pruebas claras de que ambos fueron víctimas de la brutalidad de matones uniformados. La detención de niños, abogados y ciudadanos comunes continúa; tácticas paramilitares se despliegan en barrios, aeropuertos e incluso escuelas. La lista de víctimas se alarga semana tras semana. La lógica con que el gobierno defiende las acciones de ICE es cada vez más retorcida, aunque la dirección es inequívoca.


La violencia, el caos, la aparentemente arbitraria selección de víctimas, las razones que motivan la tragedia en curso suelen interpretarse como signos de incompetencia o locura; de hecho, las acciones del presidente al frente de este gobierno exhiben con frecuencia una imprevisibilidad patológica, una inestabilidad personal que se ha vuelto central en su imagen pública. Sin embargo, existe método en esa locura. La imprevisibilidad del régimen no es solo fruto de un liderazgo errático: se despliega estratégicamente como instrumento de terror. El propósito es claro: que nadie se sienta verdaderamente seguro, que el miedo se vuelva constante y ambiental, y que el peligro se perciba, en cualquier momento, como una posibilidad real para cualquiera. Este es el “Arte de negociar” de Trump, reimaginado como gobierno del terror.


El término “terror”, en su sentido político, irrumpió en el vocabulario durante la Revolución Francesa, cuando el nuevo Estado utilizó la violencia para destruir a la clase dirigente del antiguo régimen—pero también como espectáculo y advertencia para quienes osaran obstaculizar la consolidación de su poder centralizado.


En los sistemas políticos sostenidos por el terror, las fronteras finalmente se disuelven; las reglas anteriores pierden vigencia. El miedo las sustituye, la violencia se torna arbitraria y el mensaje es inconfundible: cualquiera puede ser el próximo.


La reacción humana ante semejante horror es profundamente psicológica. Se buscan explicaciones que puedan brindar consuelo: quizá las víctimas eran realmente una amenaza para la autoridad, quizá eran—como repite incansablemente el discurso oficial—“inmigrantes ilegales peligrosos”, quizá provocaron su propio destino. Estas racionalizaciones se convierten en mitos tranquilizadores, permitiendo que las personas crean que, evitando ciertos comportamientos o guardando silencio, pueden eludir el peligro. La administración Trump, en suma, pretende que sus opositores, reales o potenciales, se autocensuren, se autoderroten, renuncien a sus derechos humanos por el miedo que flota en el ambiente y adopten la lógica del terror antes de enfrentarla siquiera.


La historia y la experiencia demuestran que esa es una ilusión inútil. El aparato de terror se alimenta de la imprevisibilidad. El sistema represivo necesita engendrar más terror y nutrirse de la incertidumbre y la amenaza. La exigencia de cuotas de arrestos—para agentes de ICE, por ejemplo—la conveniencia de capturar grupos, el señalamiento aleatorio de individuos: todo refuerza la enseñanza de que nadie está exento.


El terror de Estado como ritual de poder—y medicina falsa


Las dinámicas psicológicas evocan poderosamente al clásico literario sobre la injusticia racial estadounidense, Matar a un ruiseñor, de Harper Lee: la persecución se convierte en espectáculo, la dominación de los más vulnerables reconforta a quienes se sienten marginados por el sistema y se “redimen” a través del sufrimiento de otros aún más desposeídos. Finalmente, estas victorias destruyen incluso a sus beneficiarios. Hoy, como en la ficción de Lee, el chivo expiatorio sustituye a la empatía y la crueldad se vuelve herramienta para preservar la jerarquía del poder.


El espectáculo del terror estatal no solo infunde miedo; funciona como una medicina falsa, un placebo administrado a los seguidores pobres, blancos, y de clase trabajadora, del régimen. En lugar de soluciones económicas reales, les dan a estos rituales de dominación y culpabilización—distracciones que prometen alivio pero profundizan las divisiones.


Las víctimas—sean inmigrantes documentados o indocumentados, ciudadanos nativos o naturalizados, negros, morenos, blancos, indígenas (“nativos americanos”), periodistas o manifestantes—son vilipendiadas sistemáticamente en los comunicados oficiales; su sufrimiento se refrenda como actos de agresión contra el Estado.


En la Estados Unidos de 2026, esta dinámica ha alcanzado nuevos extremos. El movimiento MAGA, alimentado por el resentimiento y facilitado por el colapso institucional, ha transformado la violencia en ritual público. El aparato de terror no es solo punitivo, sino—y quizá más importante—a la vez performativo: su objetivo es tranquilizar a la base, recordándoles que el poder sigue siendo suyo, incluso cuando sus propias vidas se tornan cada vez más precarias.


Este caos calculado cumple una doble función. Para el régimen, elimina la resistencia haciendo que la acción parezca peligrosa e inútil. Para la población, disuelve la solidaridad, reemplazándola por la sospecha y la esperanza desesperada de que, agachando la cabeza, quizá puedan evitar el castigo. En realidad, nadie está realmente protegido; la lógica del terror es que la inmunidad no puede ganarse.


El síntoma de Casandra: ¿qué está realmente en riesgo?


En la mitología griega, Casandra fue bendecida con el don de prever el futuro, pero maldecida para que sus advertencias nunca fueran escuchadas. Sus profecías de destrucción y sufrimiento fueron recibidas con incredulidad, incluso cuando el peligro que anunciaba se acercaba inexorablemente. De modo semejante, las advertencias sobre el auge del terror estatal y el autoritarismo en Estados Unidos han sido largamente tachadas de alarmistas o exageradas. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que ignorar esas voces suele conducir a consecuencias que pudieron haberse evitado.


Las advertencias sobre los peligros del terror autoritario suelen parecer exageradas—hasta el momento en que la tragedia irrumpe. En cada caso histórico, el sistema represivo se justificó invocando la seguridad o la tradición; sólo más tarde su arbitrariedad se hizo evidente. La lección de la historia no es que esas advertencias sean alarmistas, sino que habitualmente se desoyen hasta que es demasiado tarde.


Hoy, el precio del silencio y la complicidad se manifiesta en vidas y comunidades destrozadas por todo Estados Unidos. La normalización de la crueldad, la erosión de la empatía y el fracaso de las instituciones que deberían ser sólidas barreras frente al poder ejecutivo—la Corte Suprema, el Congreso, buena parte de los medios—no son riesgos abstractos, sino realidades vivientes. Los lazos de solidaridad, el tejido mismo de la vida democrática, se desgarran bajo la presión de la sospecha manipulada y el miedo inducido por la propaganda. Para detener el aparato de terror, es imprescindible reconstruir la confianza entre la gente común—más allá de líneas étnicas, de origen nacional y de divisiones ideológicas antiguas o ya superadas—y esa reconstrucción debe traducirse y cobrar vida a través de actos cotidianos de resistencia y la defensa de la Carta de Derechos.


El corolario inevitable


La tragedia puede evitarse si se escuchan las advertencias. El aparato de terror prospera en el silencio y la complicidad. Solo mediante la acción colectiva, el coraje y el rechazo a aceptar la lógica del caos calculado puede revivirse la promesa de la justicia. Nuestra meta debe ser derrotar a los arquitectos y perpetradores del terror en Estados Unidos, quienes ocupan—lamentable y peligrosamente—la cúspide del poder, exigiendo que rindan cuentas plenamente y restaurando la justicia.